La memoria de la guerra en los cuerpos de las mujeres que la pelearon

Paula Rivera Y Marcela Trejo | 15/01/2021

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El conflicto armado salvadoreño no solo lo pelearon hombres. Muchas niñas, adolescentes y mujeres tomaron fusiles a edades tan cortas como los 12 años —incluso menores—. Otras realizaron trabajos de cuido en los campamentos, como cocinar, lavar y cuidar heridos. Otras operaron radios. ¿Cómo se han enfrentado a la pandemia por COVID-19? ¿Por qué algunas de estas mujeres dicen sentirse discriminadas por ser lisiadas de guerra y no por ser mujeres con discapacidad? Por medio de ellas, también, es posible construir memoria histórica.


Cuando se habla sobre los Acuerdos de Paz en El Salvador se suele hablar sobre muchas cosas. Entre esas cosas, sin embargo, casi nunca figura hablar de las mujeres que combatieron en el conflicto armado. Y casi nunca —por no decir nunca— se habla de las mujeres excombatientes que sufrieron lesiones de guerra. Por eso es que, muchas veces, resulta ajeno y extraño pensar en una mujer, salvadoreña, que participó activamente en una guerra y que en su cuerpo aloja una bala, o utiliza una prótesis, o no tiene un órgano interno, como consecuencia de organizarse y combatir por intentar construir una sociedad distinta. Pero existen.  

¿Quiénes son estas mujeres? ¿Cuáles son sus nombres? ¿Cuáles son sus historias? ¿Y cómo se han enfrentado  a la pandemia por el COVID-19, uno de los eventos más importantes del siglo XXI en el mundo y específicamente en El Salvador después de la guerra? ¿Por qué algunas de estas mujeres dicen sentirse discriminadas por ser lisiadas de guerra y no por ser mujeres con discapacidad? 

En El Salvador, la organización que acuerpa a las personas lisiadas de guerra es la Asociación de Lisiados de Guerra de El Salvador “Héroes del 89” (ALGES). Existe desde 1997 y busca garantizar que las necesidades de las y los lisiados sean satisfechas, sobre todo viviendo bajo un Estado que muchas veces ha incumplido sus derechos. El actual gobierno, por ejemplo, lleva un año sin nombrar al presidente de la Junta Directiva del Fondo de Protección de Lisiados y Discapacitados a Consecuencia del Conflicto Armado (FOPROLYD), una institución cuya gestión administrativa es autónoma, y media con el Estado por el Ministerio de Trabajo, pero cuyo presidente de Junta Directiva nombra el Ejecutivo. Esta inacción ha dejado a las lisiadas y lisiados sin poder tener acceso a cosas tan básicas como la pensión mensual que reciben, acceso a prótesis, bastones o sillas de ruedas. Las gestiones administrativas para conseguir estos recursos —que les corresponden, según la de Ley de Beneficios y Prestaciones Sociales para los Veteranos Militares de la Fuerza Armada y Excombatientes del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional que Participaron en el Conflicto Armado— se han retrasado.  

Cuando las y los lisiados de guerra son noticia en los medios, la mayoría de quienes toman la palabra y prestan sus rostros a las cámaras son hombres. Según la Comisión de la Verdad, la guerra dejó un saldo de 40 mil personas lesionadas. Después del proceso de paz, se estimó que un 30 % de las personas desmovilizadas «oficialmente» eran mujeres. Sin embargo hubo muchas mujeres que participaron en el conflicto con trabajos de cuido.

ALGES cuenta con una afiliación de al menos 4 mil personas, de las cuales apenas 995 son mujeres, es decir, un 20 %. Y esta disparidad en la representación se refleja tanto en las organizaciones sociales como en los altos mandos. A pesar de que las mujeres contribuyeron trabajo indispensable para la guerrilla, solo dos de ellas fueron firmantes de los Acuerdos de Paz. 

El pasado 5 de diciembre de 2020, Alharaca fue al Cantón Las Marías, en el municipio de Chinameca en San Miguel a acompañar a las mujeres de ALGES que participaron en el evento de clausura de un programa de formación en liderazgo y género. En total, 30 mujeres participaron en el taller a lo largo de 16 meses. Estas son algunas de sus historias.



Natividad, una de las participantes del taller, reflexionó sobre lo aprendido. “¡Hay un gran machismo entre los hombres! Vemos que sus compañeras de vida son bien sumisas, bien sensibles”, dijo, refiriéndose a sus compañeros hombres de ALGES. “Nosotras ya sabemos cómo podemos hablarle a una compañera del cantón cuando veamos que está sufriendo eso; hoy nos sentimos con valor de hablarnos, de levantar la cabeza donde sea y decirle la verdad a cualquiera”, añadió. Es una violencia que sufrieron también en los campamentos guerrilleros. Además, comentaron que compartir un espacio formativo solo con mujeres no significa ponerse en contra de los hombres. Más bien, dicen que les permite llenarse de una energía y de una fuerza que no encuentran en otra parte. Muchas no se conocían previo al taller; sin embargo, cuando se juntan, conviven, platican y parece como si algo más profundo las conectara.




Una gran cantidad de niñas y adolescentes no tuvieron más opción que enlistarse en las filas de la guerrilla. Su infancia consistió en aprender a operar fusiles, granadas o radios. Muchas mujeres en ALGES recuerdan haber entrado a pelear en la guerra desde los 12, 13 o 14 años. Incluso, algunas recuentan cómo parieron a sus hijos a esas edades, dentro de los campamentos. “Yo la primera hija la tuve a los 14 años, la mayor que tengo. La parí en Jocoaitique y la mandé para Honduras con mi mamá. Salió al exilio. Se la llegaron a dejar a mi hermana. Me la quitaron de 4 días de nacida”, relata Eva María Carrillo.

| Foto cortesía del Museo de la Palabra y la Imagen. 



María Epifanía tiene 64 años. Sus demás compañeras se admiran cuando lo dice porque aseguran que luce más joven. No lo recuerda muy bien, pero cree que se unió a la guerrilla cuando tenía 20 años. Recuerda que más o menos a esa edad migró de su natal Morazán hacia San Salvador a trabajar. En los 80, cuando el ERP se había desplegado por San Salvador, la patrona de su trabajo le pidió la partida de nacimiento. Tenía la intención de migrar hacia Estados Unidos y quería que María se fuera con ella. María viajó hasta Morazán y la obtuvo, pero en el camino de regreso la extravió. Debido a ello y a la muerte de su mamá, no tuvo más opción que quedarse en el país. Luego se enfiló en la guerrilla. Dice que lo hizo porque no tenía otra opción. La guerrilla llegó a ser un reemplazo de su trabajo y de su familia biológica.

En combate, una bomba le estalló cerca de la cabeza. Creyó que no iba a sobrevivir. Pero lo hizo, aunque la pólvora que se impregnó en su rostro y sus ojos le causó un daño irreparable en la vista. Dice que es lo único que le dejó la guerra, porque, a diferencia de otras personas que se vieron beneficiadas por los Acuerdos de Paz, ella solo puede conformarse con una parcela que le dieron a su esposo, no a ella.

Le comento que la juventud actual desconoce mucho sobre la dinámica de los campamentos guerrilleros, y que es difícil imaginar cómo debió de ser para las mujeres haber vivido ahí. “Es que antes casi no andaban tomando fotos, como hoy. Ahí lo que había era armas”, me aclara. “Yo dormía encima de un plástico, a veces con la ropa mojada. Por eso ahora me duelen la rodilla y la espalda. También por las trotadas que nos ponían a dar los compas. Porque si los hombres saltaban, yo también saltaba”.



Muchas de las mujeres de ALGES aún usan el seudónimo que les asignaron en la guerra. Pero a María Román la llaman con un vocativo de distinta índole, que refiere a otra época. “Solo ‘la hermana’ me dicen”, aclara cuando se presenta en el evento. Es originaria de La Unión. En la clausura, toma la palabra y se dirige al grupo de mujeres: se lamenta de que una de sus compañeras no pudo terminar el proceso formativo porque se encontraba grave en una camilla de un hospital, debido a que contrajo COVID-19.

En general, todas se preocupan por todas. Para completar este proceso formativo, tuvieron que enfrentarse a un gran problema de movilidad, limitado no solo por la pandemia, al hecho de que muchas son cuidadoras del hogar, o porque muchas viven en zonas donde se hace difícil conseguir transporte, como las zonas rurales. A todo esto se suma su discapacidad. Pese a ello, la mayoría lograron terminarlo. Mantienen un fuerte sentido de responsabilidad, generado asimismo por un fuerte sentido de identidad y memoria.



Antes de posar frente a la cámara, en el patio de la sede donde se celebró el evento, las mujeres comenzaron a jugar. María, la hermana, tomaba piezas metálicas sueltas y las manipulaba como si se tratasen de armas. Finalmente, decidió posar con una pequeña pieza de metal que le sirvió como imitación de una pistola. Hablar de su pasado o hacer referencia a él les suscita emoción. Las pone a recordar de inmediato. Algunas se sienten cómodas de mostrar algunas marcas del pasado, pero no de todas. Por ejemplo, muchas de ellas esconden sus lesiones utilizando prendas de vestir largas que les cubren extremidades con prótesis o heridas cuyas cicatrices saltan a la vista.



Gloria Pérez tiene 57 años, vive en Morazán y durante la guerra formó parte del Ejército Revoluctionario del Pueblo (ERP), una de las principales organizaciones armadas, que luego formó parte del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). A causa de su participación en el conflicto armado tiene una discapacidad auditiva y cefalea post-traumática.



La definición de lesión de guerra no se limita a una herida en el cuerpo. La herida puede ser aún más profunda.

María Bonifacia Ortiz tiene 53 años. También perteneció al ERP. Ella realizó labores de cocina en el campamento guerrillero en el que vivió. Recuerda que durante el día cocinaba y en la noche agarraba el fusil. María, aparte de tener lesiones en sus órganos internos, cuello y cabeza, ha sido diagnosticada con discapacidad psicosocial debido a que desarrolló trastorno de estrés postraumático.

Ella cuenta que fue capturada por la Fuerza Armada en 1982, y que la torturaron por varios días. En una tortura, le fracturaron el cuello. “Yo tuve la fuerza de seguir más organizada”, añade, cuando narra su liberación. “¿No te querés ir para donde Bukele?”, le pregunta, bromeando, una de sus compañeras. “No quiero irme para allá, no me quiero hacer celeste, porque la verdad es que la sangre derramada duele. A mí me duele”, responde.

Dice que siempre le ruega a Dios antes de hablar de su pasado en la guerra, para poder hablar sin cortarse y pueda articular palabras. Mientras platicamos, en silencio, toma un trozo de rama de un árbol en sus brazos y posa como si sostuviera un arma.



La Profesora Asociada en el Departamento de Sociología de la Universidad de Harvard, Jocelyn Viterna, quien escribó el libro Women in War: The Micro-processes of Mobilization in El Salvador, explica en un artículo publicado en El Faro que la participación de mujeres fue muy beneficiosa para el FMLN, pero en la posguerra ellas no vieron usufructos de esa relación. «En mi investigación he encontrado que la participación de las mujeres fue fundamental para el éxito del FMLN. Los altos niveles de mortalidad en la etapa temprana crearon una escasez de personal que no se podía llenar solamente reclutando hombres. La creciente sofisticación logística del FMLN requería educación y aptitudes que aprendían las mujeres –y no los hombres– en los campamentos de refugiados en Honduras. La campaña del FMLN para obtener el apoyo internacional ganó legitimidad mostrando la presencia de mujeres en sus filas. Tal vez lo más importante, el FMLN necesitaba mujeres para hacer que los campamentos de la guerrilla se sintieran un poco más hogareños. Sin embargo, la participación de las mujeres, en promedio, benefició más al FMLN que a ellas».

| Foto cortesía del Museo de la Palabra y la Imagen. 



Nora del Carmen tiene 55 años. Se unió al FMLN en 1980, persiguiendo el ideal de una sociedad más justa. Un año después, toda su familia murió en el operativo de Tierra Arrasada, conocido ahora como la Masacre de El Mozote, a cargo del Batallón Atlácatl de las Fuerzas Armadas de El Salvador. En 1982 sufrió una lesión en su pie derecho, por lo que tuvieron que amputarlo. Por eso debe de usar prótesis.

Para muchas de las mujeres de ALGES, el pasado es ambivalente. “Yo me uní a la guerrilla porque nos dijeron que era una lucha justa”, dice Nora. Pero algunas cosas de esa lucha aun le duelen, y no solo en el cuerpo. Por eso no le gusta utilizar el término de lisiada de guerra, prefiere el de discapacidad. “Yo prefiero que me digan que tengo una discapacidad, no que soy lisiada de guerra. Porque eso ya pasó a la historia”, aclara. Nora cree que hablar de la guerra es hablar de un pasado remoto y debe permanecer así, porque para ella, ser lisiada de guerra acarrea mayor discriminación que el ser solamente mujer con discapacidad. Dice que la gente no entiende de explicaciones; prefiere mentir y decir que su lesión fue a causa de un accidente.



María Nora Gutiérrez Lorenzo vive en Morazán y tiene 50 años. Durante la guerra formó parte del ERP. Como consecuencia del conflicto tiene un diagnóstico de trastorno de estrés postraumático, limitación de columna vertebral y de la pelvis.



Algunas de ellas no entienden por qué la pandemia las ha afectado tanto económica y psicológicamente. Sin embargo, cuando realizan el ejercicio de comparar lo que tuvieron que vivir en la guerra y lo que han vivido hoy, dicen que en la guerra fue peor. Muchas se enfilaron en la guerrilla a los 12 o 13 años, algunas al inicio de sus veintes. No había edad para estar convencidas de seguir ese camino. Por ello, los rangos de edades entre ellas, hoy, varían. Ahora aún sufren las consecuencias del abandono del Estado contra el que lucharon en su juventud, no solo como lisiadas de guerra y la discapacidad que ello implica, sino también por ser mujeres. La llegada del COVID-19 agravó su situación de salud, debido a que los servicios de salud pública y los recursos financieros automáticamente se destinaron a atender y mitigar la pandemia.



Xiomara es el alias que utilizó Eva María Carrillo cuando peleó como parte del Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos (PRTC) en la década de 1980. Ahora, todas sus compañeras de organización la llaman así, y a ella no le molesta. Con una voz grave y tenue, confiesa que le gusta la aventura y la adrenalina. Cuenta que, cuando fue combatiente, su cuerpo sufrió mucho. Dio a luz a su primer hijo en el campamento guerrillero, a los 14 años. Un hijo a quien no pudo criar porque tuvo que enviar lejos, a Honduras.

Un tiempo después, el 16 de noviembre de 1989, durante una de las batallas en las calles de Soyapango en medio de la Ofensiva Final de la guerrilla, ella recibió el impacto de tres balas. Le dañaron la pelvis izquierda, parte del estómago, el riñón izquierdo y la columna. La llevaron a una casa para darle atención médica, hasta que el 29 de noviembre del mismo año, recuerda, la Cruz Roja Internacional llegó a atenderla. En ese momento, cuando la sacaban de la casa, la capturaron las Fuerzas Armadas. No recibió atención médica y sus heridas se llenaron de gusanos. Cuenta que la torturaron por ocho días en una celda. Le aplicaron choques eléctricos, le quebraron los dientes. Finalmente, la guerrilla pagó una suma de dinero para su liberación, y pudo salir de inmediato hacia La Habana, Cuba, para tratar sus lesiones. Hasta el día de hoy, lo único que lamenta de su pasado es haber perdido la crianza de sus hijos. Al terminar la guerra pudo conocerlos, pero tuvo problemas para ejercer su maternidad, pasados tantos años. Sus hijos no la reconocían. Eso la hizo acudir a profesionales de salud mental, porque sufrió de mucho daño psicológico. A pesar de todo, dice, ha tenido la oportunidad de estudiar enfermería en Cuba. Y durante la pandemia, se dedicó a repartir equipo sanitario en su comunidad de Usulután.



Luego de sus lesiones, el cuerpo de Eva se reconfiguró significativamente. Una de las balas que la hirió en la pelvis izquierda le dañó el riñón de ese mismo lado, y lo perdió. Pasó dos años y medio sin poder caminar; tuvo que aprender a hacerlo de nuevo. Tuvieron que colocarle dos platinas —piezas metálicas que mantienen unidas las partes fracturadas de un hueso— por fracturas en sus piernas. Ella no lamenta sus lesiones porque dice que estaba consciente de lo que hacía, tanto en el campo de batalla como en la prisión donde la torturaron. Hoy en día cree que luchar sigue siendo su única opción y que no se desanima.



Olga Serrano es la directora ejecutiva de ALGES. A los 13 años, en 1981, se metió a la guerrilla. A los 15, en Guarjila, Chalatenango, las esquirlas de una bomba lanzada por un avión en un operativo militar le hirieron la pierna derecha. Mientras la curaban, dice, se enteró de que estaba embarazada. Al igual que otras mujeres, no pudo cuidar de su hijo porque tuvo que enviarlo lejos de la zonas de guerra. En la clausura del evento en el Cantón Las Marías en el municipio de Chinameca en San Miguel, se dirige a sus demás compañeras con un gran entusiasmo. Ella está parada al frente, junto a la facilitadora del taller, Fátima. De vez en cuando, toma la palabra y, en voz alta, recita “la lucha continúa”. Espera a que el grupo repita la consigna como respuesta, y las mujeres lo hacen. 

En sus intervenciones también reflexiona y lanza agudas críticas al gobierno de Nayib Bukele. Tiene claro que las y los lisiados de guerra no son prioridad en su gestión. “Este gobierno no nos da la pensión porque sería más fácil para ellos que nos muriéramos, así seríamos un problema menos”, dice, “pero nosotras seguimos luchando”. Y de nuevo repite la consigna. Señala que los Acuerdos de Paz han dejado muchos vacíos, y que, hasta hoy, ni ella ni sus compañeras han dejado de luchar.


Fotos: Paula Rivera de Imprudencia Colectiva

Fotos de archivo: Museo de la Palabra y la Imagen

Textos: Marcela Trejo 

Este fotorreportaje fue coproducido por Alharaca e IMPrudencia Colectiva.


Corrección 16/01/2021: una versión previa de este artículo identificaba erróneamente a Olga Serrano como Secretaria General de ALGES y utilizaba el término discapacitadas en lugar de mujeres con discapacidad.

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