Los cuartos que esperan

Vilma Laínez | 30/08/2022

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Las habitaciones son los espacios que las familias de personas cuyos paraderos y situación se desconocen —personas desaparecidas— suelen decorar, cuidar y conservar de forma intacta, con la esperanza que vuelvan a ser ocupadas por sus hijas, hijos, esposos, padres o amigos.

Son refugios donde establecen una comunicación con sus parientes, donde les lloran, les rezan, colocan fotografías, frases de aliento y velas. Un espacio donde le ponen rostro a la tragedia de las personas desaparecidas.


El cuarto donde dormía Carlos Ernesto Santos está intacto desde el 1 de enero de 2022, el último día en el que alguien supo de él. Su madre, Eneida Abarca, asegura que mantienen esta habitación intacta porque como familia esperan que regrese y lo vuelva a ocupar. «Las cosas más representativas de él, la ropa que más se ponía, las cobijas que usaba, están en orden», dice Eneida. «Creemos que está vivo, las pistas que hemos tenido nos indican eso», agrega, aferrada a cualquier esperanza. Su hijo desapareció mientras se dirigía a trotar en una colonia de San Salvador y, hasta hoy, no ha dado con su paradero. 

Su historia es la de muchas familias. 

Miriam, Eneida, Virna, Carmen, Carolina y Sandra. Todas sostienen objetos que pertenecen a sus seres queridos desaparecidos. Todas sostienen una búsqueda colectiva en el Bloque de Madres.  

Carmen es otra madre que busca. Su hija Amelia desapareció en 2018. Para ella, la habitación es también un lugar de refugio donde conecta con su hija. Carmen asegura que en su casa solo hay un cuarto, donde dormía junto a Amelia y a sus dos otras hijas. Las cosas de Amelia, una adolescente que tenía 17 años cuando desapareció de su escuela, están intactas. Carmen las suele sacar cada mes, las limpia y las vuelve a guardar. «Yo todas las tardes la esperaba en la casa, porque era una alegría cuando ella llegaba de la escuela. La risa de ella se me viene a la mente. Esa casa está toda vacía sin ella», cuenta. Ahora duerme en la cama que era de su hija.  

Además del dormitorio, la cocina es el lugar donde más la extraña. Su hija soñaba con ser chef y le gustaba dibujar. «Ella me ayudaba a cocinar, y también lo que le gustaba era dibujar a personas. En eso se entretenía ella… Hacía muñequitas con cinturita, bien bonitas». Carmen asegura que a su hija le gustaba reír, era una niña coqueta y ella cree que se retrataba en las muñecas de sus ilustraciones. Cuando dibujaba, lo hacía en la habitación. 

Douglas y su esposa María Elsa también buscan a su hijo. Óscar Alexis desapareció el 7 de enero de este año, dos meses antes de cumplir 20 años. Douglas detalló que, para recordarlo, decidieron celebrarlo en marzo. Decoraron la habitación donde Óscar dormía. Ahí colocaron su ropa, globos y pastel junto a sus recuerdos y fotografías, para sentir su presencia en una fecha importante para la familia. «Esta es la cama que le arreglamos cuando cumplió años», me señala Douglas al mostrarme las fotografías tomadas con su celular ese día del cumpleaños. Cuando Óscar cumplió 40 días de desaparecido, la familia decoró un altar con flores, velas y fotografías de su hijo, como parte del ritual que las personas realizan a sus muertos, donde también le rezan y cantan.  

Esos son parte de los recuerdos que esta pareja carga de su hijo, ya que después tuvieron que desplazarse para resguardar sus vidas ante las amenazas de las pandillas. 

Otra forma con la que Douglas conecta con la memoria de su hijo es a través de la vestimenta. Suele usar la ropa de su hijo: camisas, pantalones y zapatos. En una reunión a la que ha asistido junto a otras familias que buscan a sus parientes, Douglas muestra a otros padres la foto de su hijo vestido con la misma camisa que lleva ese día él. «Si usted ve la foto, es la misma ropa que usaba él», dice.  


Haz clic en las imágenes para ampliarlas y verlas en pantalla completa


El psicólogo German Cerro, de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), sostiene que cuando las personas están pasando por un proceso de duelo difícil, inconcluso, sin la posibilidad o tiempo de reponerse o resignificar la pérdida, es muy común que usen símbolos cargados de dolor y ausencia, pero también de fuerza y resiliencia para poder seguir adelante. «Las familias viven en constante espera y parece que el tiempo se ha detenido en algunos momentos. Un vacío que no se puede llenar con nada», señala. 

Miriam Elizondo, por ejemplo, ha decidido elaborar una cabecera decorada con el rostro de su hijo, Josué, desaparecido el 4 de junio de 2011, como una forma de resiliencia y para visibilizar su caso. «No me he cansado de buscar a mi hijo y lo voy hacer hasta mis últimos días», afirma. Sostiene que, por las noches, en el cuarto donde duerme acaricia los objetos preferidos de su hijo. Ella le ha hecho canciones, le ha escrito poemas y ha mandado a diseñar objetos personalizados como un peluche elaborado con una de las camisas de Josué. «Yo siempre hablo con mi hijo, es algo que a mí me impacta”, añade. 

Ha personalizado también una almohada con el rostro de su hijo, con la cual duerme todas las noches, abrazada. Con esa almohada, Miriam se hizo presente en un evento público para cantar la canción Almohada de una madre, de la cantante Nena Leal. Ella le ha cambiado estrofas dedicada a las madres que buscan a sus hijxs desaparecidxs:


«Si esa almohada hablara quizás nos dijera todas esas noche de insomnio pasadas,

esas largas noches que llora en silencio,

no encuentra consuelo, se siente cansada,

pidiéndole a Dios encontrar su hijo

llorando su llanto, llorando en su almohada…»


Las estrofas de la canción la describen a ella, que lleva más de una década buscando a su hijo. «Quiero que esta (canción) dé un mensaje a los oyentes y a los que no viven esto, para que puedan entender y saber el dolor que vivimos como madres y que no estamos solas», agrega. 

Entre los símbolos que comparte Miriam en cada evento al que asiste hay fotografías, frases de canciones y recuerdos sobre su hijo. Una de las fotos que siempre lleva con ella es una donde está Josué posando frente a un tráiler estacionado. Su hijo soñaba con tener uno y conducirlo cada vez que la visitara.  

Estas familias son parte del Bloque de Búsqueda de Personas Desaparecidas, lanzado en febrero de este año. Decidieron unir su dolor para que sus voces fueran atendidas por las autoridades, y desde entonces no han dejado de compartir, buscar soluciones en colectivo y ayudarse emocionalmente.  


Fotos, recuerdos y los cuartos que esperan 



Collage: Fotos y objetos de las personas desaparecidas que buscan distintos miembros del Bloque de Búsqueda

Las madres comparten en este reportaje los nombres de las películas que más les gustaban a sus hijos e hijas, la música de su preferencia, el perfume que usaban, los dibujos que hacían, la ropa que solían llevar, las actividades que disfrutaban, las fotografías que conservan desde sus infancias y, en algunos casos, las que tomaron de los últimos momentos que compartieron antes de la desaparición. Aseguran que las habitaciones son los espacios donde más conectan con sus seres queridos. Algunas familias han tenido que desplazarse por la violencia de pandillas, pero siguen extrañando las habitaciones donde dormían sus hijos. Algunas madres prefieren no entrar a esos espacios porque no quieren enfrentarse al vacío cargado de recuerdos. Otras, en cambio, han vuelto a ocupar las habitaciones a la espera que sus hijos, hijas, hermanos o esposos, regresen. 

Cerro ha trabajado con víctimas de la guerra y de desplazamiento forzado. Asegura que los espacios que conforman los cuartos donde dormían los seres queridos son una constante en sus relatos y los consideran hasta sagrados. «Podría ser hasta un símbolo que han utilizado las personas para seguir firmes, pero también, de esperanza y en algunos casos, hasta un espacio para llorar, sentir y recordar», explica.  

Para esta publicación se ha llenado una habitación con los recuerdos que las familias han decidido compartir de sus parientes desaparecidos. Esta también es una forma de visibilizar sus casos y de mostrar que la problemática de las personas desaparecidas en El Salvador es real y grave. 


Esta es la habitación que las madres del Bloque llenaron con objetos de sus personas desaparecidas. Da clic para conocer más.

La búsqueda colectiva


Miriam Elizondo y Eneida Abarca son los rostros más visibles de las madres que conforman el Bloque de Búsqueda de Personas Desaparecidas. Son quienes suelen llevar la voz de denuncia de las familias en conferencias de prensa y foros públicos. En este esfuerzo también reconocen la firmeza de Dina Ivette Toledo Guerrero, la madre de los hermanos Keren y Eduardo, desaparecidos en septiembre de 2021 y encontrados sin vida en una fosa clandestina en diciembre del mismo año.  

Dina Ivette fue fundamental en la creación del Bloque, pero tuvo que retirarse para proteger su propia vida, luego de sufrir acoso y persecución durante la búsqueda de sus hijos, al exponer la inactividad de las autoridades ante el problema de las desapariciones. Después de la aparición de ambos, tuvo que salir de nuevo a dar la cara y negar las acusaciones de funcionarios de seguridad, quienes insistían en que los jóvenes fueron asesinados por tener vínculos con grupos delincuenciales.  

Miriam Elizondo es la madre dentro del Bloque que más años lleva buscando a su hijo, Josué. Su experiencia ha ayudado a otras madres a buscar información sobre sus hijxs en instituciones públicas. «Fue necesario hacer este lanzamiento con las mamás que tienen a sus hijos más recientes desaparecidos… En lo que más ha ayudado el Bloque es en visibilizar los casos», dice. 

La búsqueda suele volverse un constante en los días de estas madres, como Eneida Abarca, quien casi a diario recorre varios lugares del país en busca de su hijo, Carlos Ernesto Santos, desaparecido el 1 de enero de 2022. Junto a su hermana Ivette visitan dormitorios públicos, plazas y calles, para colocar afiche de Carlos. El caso es poco común dentro de las supuestas causas de desaparición de personas en El Salvador, es también de los que menos atención reciben. 

En 2019, en el marco de la cuarentena por COVID-19, Carlos Ernesto fue diagnosticado con trastorno efectivo bipolar, un padecimiento que según la Organización Mundial de la Salud (OMS) es una condición que afecta a más de 60 millones de personas en el mundo. Carlos tenía que medicarse para sobrellevar los efectos. «Son resultados pospandemia porque él nunca había tenido trastorno, pero acuérdese que ahorita él no está medicado, pasa a una condición aguda que se llama esquizofrenia», relata Eneida. 

El juez Óscar Escalón, entrevistado en 2019 por Alharaca sobre la desaparición de personas en el país, dijo que los trastornos mentales están entre las causas, pero en muy pocos casos. En su experiencia, la mayoría de las desapariciones –entre un 70 y 80 % de los casos que conoce en su juzgado– involucran al accionar de las pandillas.  

Eneida no solo se ha enfrentado al abandono del Estado por el caso de su hijo, sino también al desprecio de la sociedad salvadoreña por la condición de salud de Carlos. «Esa es otra cosa que nosotras hemos sufrido como familia. ‘Es un enfermito’, se anda diciendo en las redes. ‘Ese es un loquito, ya va a aparecer’. Solo una de madre sabe que no le gusta que le toquen a sus hijos, lo más sagrado», lamenta. 

Ella ha tenido que exponer su caso en medios de comunicación para que las autoridades retomen las investigaciones. Lo único que sabe es lo que la gente que ve los afiches le dicen en las calles, que lo han visto deambulando como indigente en el centro de San Salvador y en San Vicente. Las autoridades encargadas de buscarlo hacen caso omiso de sus llamados. 



El apoyo del Bloque: dos abogadas y un periodista 


El Bloque cuenta con el apoyo de dos abogadas y un periodista. Idalia Zepeda, de la Asociación Salvadoreña por los Derechos Humanos (ASDEHU); Kerli Belloso, de la Fundación de Estudios para la Aplicación del Derecho (FESPAD), y Salvador Sagastizado, periodista independiente, son los profesionales que intentan humanizar cada cifra y fotografía de la persona desaparecida que les llega. Desde mayo, impulsan junto a las familias del Bloque una campaña denominada «No son cifras, son personas», precisamente en la línea de visibilizar la tragedia que significa para una madre o un padre la desaparición de un hijo o una hija. 

La abogada Idalia Zepeda, de ASDEHU, afirmó que el Bloque también cuenta con el respaldo de otras organizaciones de derechos humanos, que en 2021 decidieron a juntarse para incidir ante las autoridades estatales, de forma política y jurídica, sobre uno de los problemas más graves en materia de seguridad pública en El Salvador. «La agenda se volvió más política y social, se tenía puntos de coincidencia entre las familias, y ahí, en ese espacio, las familias decidieron conformar una organización. Para la organización el principal objetivo es la búsqueda de la verdad y de la justicia para las familias, pero para una madre es encontrar a su hijo, ese es su objetivo principal y muchas veces, hasta el único», detalla Zepeda. 

En la actualidad el Bloque de Búsqueda da seguimiento a más de 30 casos de personas desaparecidas, cuyas familias se han unido a este esfuerzo colectivo ante la falta de respuestas de las autoridades públicas encargadas de investigar sus casos.

En El Salvador, las personas siguen desapareciendo, mientras el Estado minimiza la problemática. Las madres han sido principalmente las que, aparte del dolor, tienen que lidiar con la carga económica y emocional que significa la búsqueda de un hijo, una hija, esposo o hermano. 


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