Mujeres de la tierra: resistir desde la raíz

Lizbeth Hernández Y Mahé Elipe | 17/11/2021

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Cultivar formas de vida sin violencia y con mayor libertad para ellas y otras mujeres. Esa es la semilla que germinó en la creación de este colectivo que se ubica en Milpa Alta, en la zona rural de la Ciudad de México: Mujeres de la Tierra. La pandemia por covid-19 evidenció que la vida en el hogar es un escenario de riesgo para millones de mujeres en América Latina. De hecho, ONU Mujeres señaló que la violencia contra éstas se perfiló como “una pandemia en la sombra” agravada por la crisis sanitaria. Por eso, las Mujeres de la Tierra saben que si ellas y otras no tienen autonomía económica les será más difícil separarse de sus agresores. Ellas también saben que para que otras formas de vida sean posibles es importante reapropiarse de todo. Por eso resisten desde su territorio, desde sus cuerpos y su palabra: “Nos quisieron arrancar, pero nuestras raíces están bien puestas”.


Texto: Lizbeth Hernández / Fotos: Mahé Elipe  



Semilla  


La semilla se sembró a finales de mayo e inicios de junio de 2020. La pandemia de la covid-19 motivó cambios en la vida de millones de personas en el mundo. Y ellas, las hermanas Lety, Gris, Alma y Chío, como piden ser nombradas en esta historia, vieron algunos de los impactos más inmediatos y drásticos: 

“Nosotras [Lety y Gris] trabajábamos en una cooperativa en una primaria. Entonces, cuando viene la pandemia, fuimos de las primeras que nos quedamos sin empleo. Surgió la idea porque Gris se iba a vender tortillas y tlacoyos de casa en casa, tons mi hermana Chío le dijo: No, es mucho tiempo y a veces todavía te traes tu producto, ¿sabes qué? Mejor vamos a unirnos. Todas sabemos trabajar el maíz, sabemos desde sembrarlo hasta cosecharlo. Hay que formar una colectiva”, cuenta Lety mientras ella y sus hermanas preparan los productos que entregarán al día siguiente en su taller en Santa Ana Tlacotenco, Milpa Alta, en la zona rural de la Ciudad de México. 



La falta de empleo también agudizó problemas al interior de sus familias. Los esposos de Gris y Alma optaron por consumir alcohol y eso dio pie a discusiones; el marido de Lety, que es albañil, enfermó de covid muy al inicio de la pandemia y, si bien no la golpeaba, sí ejerció violencia económica.   

“Todas sabíamos que vivíamos violencia, que no estaba bien eso. La pregunta era por qué no nos salíamos, y justamente no lo hacíamos porque no teníamos un espacio que nos garantizara un ingreso seguro, ya que todas las mujeres de Mujeres de la Tierra, y la mayoría de mujeres de Milpa Alta, trabajamos en empleos informales”, explica Chío, quien es psicóloga y la única de las hermanas que cuenta con estudios universitarios. 

Así fue que, tras acordar la conformación de Mujeres de la Tierra, mujeres de la periferia, Chío empezó a anunciar en Instagram que vendían antojitos mexicanos a base de maíz como tlacoyos, tamales y gorditas.  

Gradualmente las Mujeres de la Tierra, acompañadas en algunas etapas por otras vecinas de Milpa Alta, empezaron a vender sus productos, a ganar su sustento y a ponerse en contacto con otras colectivas y organizaciones. 

La semilla poco a poco fue germinando entre los surcos de la tierra y las redes sociales. 


Maleza 


Hay plantas cuyo crecimiento afecta a otras. Su presencia en algunos casos puede degradar la tierra e incluso llegan a ser nocivas si se ingieren. Comúnmente se les llama maleza o mala hierba. Las expresiones de violencia machista también podrían entenderse como esa maleza: trastocan la vida de las mujeres.  

En México, durante los primeros meses de crisis por la covid-19,  se registraron 40,910 llamadas de emergencia al número 911 que estaban relacionadas “con incidentes de violencia contra las mujeres”, mientras que entre enero y septiembre de 2021 se contabilizaron 523, 321 llamadas del mismo tipo. La Ciudad de México ocupó el segundo lugar en este periodo de tiempo con 63, 479 llamadas, de acuerdo a datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, SNPS. 

La violencia contra las mujeres en México se agudizó en los últimos cinco años, de ahí que, pese a la pandemia, miles de mujeres en diferentes puntos del país salieran a las calles a exigir un alto a estas expresiones de violencia. Si bien el contexto era este, la crisis sanitaria complicó la situación para mujeres, niñas y adolescentes en diferentes países del mundo.  

No solo eso, según ONU Mujeres, entre los impactos de la covid-19, están que se evidenciaron desigualdades de género preexistentes en aspectos como el acceso a la salud. 

Otro aspecto a considerar es la violencia económica que enfrentan las mujeres. Según la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares, ENDIREH, de 2016, aplicada en 142 mil viviendas, el 29% de las mujeres a partir de los 15 años sufre violencia económica o patrimonial o discriminación en el trabajo. 

De ahí, la relevancia de la independencia económica que buscan miles de mujeres. Esta búsqueda implica diversos obstáculos. Entre ellos: la cultura machista que aún está muy presente en las familias mexicanas como las de las integrantes de Mujeres de la Tierra, quienes son originarias de una comunidad de la Sierra Mixteca de Puebla y que llevan más de 20 años viviendo en Milta Alta. Pero la historia va tomando otros rumbos. Tal como lo muestran estas palabras y reflexiones de Lety:  

“Una vez nos vinieron a hacer una entrevista y salió ahí que vivíamos violencia física. Mi pareja me dice: ¿a poco sufres violencia? No lo aceptan, no quieren aceptar que sufres violencia física, emocional o económica. Yo tengo dos hijos, una de ellas es muy feminista, y dice: Mamá, deja que mi papá se sirva, deja que él lave los trastes…Pero es muy difícil romper con eso porque nosotras venimos de provincia, venimos educadas para servirle al hombre, crecimos con un papá muy machista. Fuimos cinco mujeres y todas lo atendíamos”.



Maizal  


Mi compañera Mahé Elipe y yo conocimos a Chío y a Alma en junio de este 2021. Era domingo. Las hermanas acudieron a un llamado de otra colectiva para ir a sembrar maíz azul y colorado, frijol negro y amarillo, acelgas y otras semillas.  

A ese día de siembra acudieron 47 mujeres de diferentes lugares cercanos a Milpa Alta. Algunas eran estudiantes, algunas activistas. Todas llevaron pequeños refrigerios y palas para la jornada en la que, al final, hablaron de la importancia de tejer redes de mujeres en las periferias de la Ciudad de México no solo para hacer frente a la violencia machista. Ese día Chío reiteró que las Mujeres de la Tierra “también ponemos el cuerpo por la defensa del territorio, por la defensa de la tierra”.  



Aquella tarde empecé a entender un poco más la frase que tienen las Mujeres de la Tierra en su perfil de Instagram: “Tejiendo lazos de organización y hermandad comunitaria contra la violencia a las mujeres”. 

Por eso, cuando volvimos a verlas en su taller en Milpa Alta —su segunda sede porque la primera fue cambiada precisamente por una agresión machista cometida por el esposo de una de ellas en mayo pasado— me interesó escuchar cómo ha cambiado su vida desde que la colectiva fue creada y cómo es para ellas ese tejer lazos con otras. 

“Nosotras estamos dispuestas a enseñar lo que sabemos. Lo que hemos aprendido en esta colectiva es a apoyar a otras mujeres que sufren violencia ya sea física, emocional o económica, a eso queremos que se unan”, dice Lety. 

Gris es consciente de que “la cooperativa nos ha abierto puertas. Nos ha llevado a conocer a más chicas que apoyan a otras”. 

No solo eso, hay una reivindicación más generacional. Chío explica que el trabajo en Mujeres de la Tierra y la relación con otras organizaciones, colectivas y mujeres es parte de un abrazar las herencias de sus madres y abuelas.  

“Y por eso es que decidimos nombrarnos Mujeres de la Tierra, porque venimos de la tierra, desde nuestras familias, abuelas, madres, que se han dedicado a esto, a la siembra, al maíz. El maíz ha sido el que nos ha mantenido a flote”. 

Y, por momentos, cuando las hermanas se juntan con otras mujeres y trabajan la tierra, como aquel domingo de junio, todas ellas lucen como un maizal. 



Fogón 


El taller de las Mujeres de la Tierra es una pequeña casa. Es un lugar que consiguieron por una renta accesible. En la habitación principal está instalada una mesa de madera, un comal y un pizarrón en el que se lee la frase: “Nos quisieron arrancar, pero nuestras raíces están bien puestas” . En el otro espacio está un fogón, lugar donde se enciende el fuego con leña o carbón. La charla que tenemos con ellas ocurre ahí en torno a la mesa.  

—¿Por qué es importante para ustedes la independencia económica?  

ALMA: Fue algo que hizo detonar lo que ahora soy porque sin este trabajo no hubiera hecho lo que hice: Yo ya no estoy con mi pareja y siento que puedo con todo. Yo por ejemplo ahora me siento bien, antes era de las personas que decía: Ay, no, cómo le voy a hacer para pagar esto, no puedo dejar a mi pareja porque me da poquito [dinero] pero me da, no, ahora que ya estoy sin él veo que puedo, que he podido y a la larga voy a poder. Entonces es para mí la salvación de todo. 

GRIS: Te das cuenta de que puedes solventar gastos y no necesitas de nadie. Aparte nosotras hemos trabajado desde muy chiquitas. No le tenemos miedo al trabajo. Desde pequeñas hemos trabajado en el campo, desde pequeñitas nos pusieron a trabajar nuestros papás.  

LETY: Pues, para no depender de un hombre, no sufrir violencia, de que te dicen: «no, pues todo lo que tienes es porque yo he trabajado, porque yo te lo he comprado, yo te lo doy». Entonces aquí nos hemos dado esa oportunidad de trabajar y tener nuestros propios recursos y decir: «bueno, si nos queremos ir a algún lado con nuestra familia, lo puedo solventar».  



Las Mujeres de la Tierra fueron parte de un boom de mujeres que vieron en el autoempleo, la autogestión y/o el emprendimiento (el concepto que usan varía y remite a los diferentes contextos y nivel socioeconómico en el que se sitúen) una vía para hacer frente a la pérdida de trabajo y otras dificultades económicas derivadas de la crisis sanitaria por la covid-19.  

Otro aspectos relevantes de dicho boom también conocido como el de “las nenis” registrado entre abril y agosto de 2020 fueron el uso de las plataformas digitales que usaron para anunciar sus productos (WhastApp, Instagram, Facebook, Twitter) y el uso de sitios públicos para instalar ya sea un tianguis o mercadita feminista (a modo del comercio informal). 

Un estudio enfocado en el uso de las plataformas digitales realizado por TALA, especializada en tecnología móvil, y las empresas Metric y Estafeta indica que hay en el país 5.2 millones de mujeres que optaron por ser microempresarias y que 1.3 millones de mujeres en México perdieron su trabajo en los primeros meses de la pandemia; el 84% de ellas ganaba entre uno y dos salarios mínimos (el salario mínimo equivale a poco menos de 6 dólares al día), consigna la revista Expansión

Pero sostener un proyecto autogestivo no es sencillo. Menos en una pandemia.  

“Hemos hecho un gran esfuerzo todas porque no voy a romantizar, ha sido difícil, principalmente cuando no hay pedidos, hay una decepción, una idea de que esto no está funcionando. Ha sido un año de largas y fuertes experiencias, pero creo que habla mucho de toda la fortaleza que traemos, de toda esa rabia que traemos por dentro, la hemos transformado para mantenernos en pie”, dice Chío a unos pasos del fogón. Destaca el apoyo de otras mujeres ya sea en la compra de los alimentos que preparan, la invitación para vender en espacios comunes como mercaditas o la difusión de su proyecto.



Mujeres  


La charla que tenemos se prolonga varios minutos. Las mujeres no han parado de trabajar: licúan tomates, preparan la masa, los guisos para los tamales, el relleno para los tlacoyos y las gorditas y las tortillas. Todo tiene base de maíz azul. Las recetas son herencia de su madre y abuela. Probamos la salsita roja, la salsita verde.  

Todas lucen contentas. Hay pedidos que atender y eso les anima. Escuchan música de banda, de Jenny Rivera, José José, el Buki, algo de reguetón. Una playlist variada. Hacia el final de la conversación, les pido que me digan qué es ser mujer para ellas.

ALMA: Me parece que ser mujer es una cosa muy bonita porque ser mujer es saber muchas cosas, dar vida, que es algo de lo más importante. 

LETY: Para mí ser mujer es lo máximo, es una cosa maravillosa porque una mujer es lo que dice Alma, es dar vida, entre mujeres nos apoyamos, nos entendemos, cada una de nosotras que somos mujeres tenemos virtudes admirables. Una mujer se levanta desde las 7 de la mañana y se duerme hasta las 11 de la noche y no se rinde, estamos aquí justamente por eso, nunca nos hemos rendido, siempre hemos trabajado para estar mejor, para conseguir lo que de pequeñas nunca tuvimos. En esta colectiva he conocido muchas mujeres y dices: de verdad, no puedo creer cuánto apoyo puede dar una mujer a otra mujer. Apoyo emocional, económico, de toda clase.  Y yo diría: si encuentro a una mujer que está siendo agredida o que está siendo golpeada, yo sí la defendería, porque en este caso que nosotras lo hemos pasado, dices, la unión de la mujer es lo más importante.  

GRIS: Yo resumiría lo que dice Lety, para mí mujer es fuerza, mujer es unión, es esperanza, es ímpetu, lucha, todo eso encierra para mí ser mujer. 



Tierra  


El hervor de la olla de elotes es la música que suena en un cerro de Milpa Alta. En torno a ella están Chío, Alma, Lety y Gris. Los elotes son parte de la cosecha de este año. Las mujeres toman un pequeño descanso. Sus hijos e hijas juegan. 

Al verlas así, imagino su conexión con la tierra. Se me figuran como plantas. Al igual que las plantas o los árboles persisten en sus objetivos pese a las complejidades. Hablar de feminismo o lucha de las mujeres no es sencillo en esta zona de la Ciudad de México. Tan solo en una semana de marzo de este año se registraron 3 feminicidios. En 2019, hubo 197 casos de violencia familiar, según el alcalde de la demarcación citado en un medio local. Las mujeres activistas aún son miradas con recelo.  

Las Mujeres de la Tierra se han acercado al feminismo y a otras luchas sociales debido a la interacción que tienen a través de su proyecto. Ven, a partir de esto, cambios en sus formas de pensar.  Tal como expresó Gris en nuestra primera charla: 

“De lo que vivimos hacia atrás yo creía que el amor era diferente, ahora te puedo decir que el amor para mí es distinto. He aprendido que existe el amor propio. Para mí el amor sincero sería el de mi familia y el de mis hijos”. Si bien estas mujeres no se nombran feministas, entienden que están en un camino de exploración, de nuevos conocimientos y experiencias. Saben que su proyecto inspira a otras y que tiene lazos con articulacioens de otras mujeres, por ejemplo, con las que luchan por el territorio, los pueblos indígenas o ante la violencia del Estado, saben que hay ejemplos como los de las mujeres zapatistas.


** 


La tarde empieza a caer. Las mujeres y sus hijos bromean. Recogen la olla, sus demás pertenencias. Es hora de volver a casa. El trayecto está compuesto de veredas, árboles, flores, algunos maizales. Un escenario que está lejos de la dinámica del centro de la ciudad.  

Mientras veo cómo avanzan, recuerdo palabras de Alma, quien dijo que la tierra es todo para ella, «porque de ella comemos, en el caso de nosotros, pues es nuestra fuente de empleo, nuestra vida. La que nos ha hecho ser estas mujeres que somos, porque la tierra nos ha visto crecer desde chiquitas. Nos ha dado puras cosas buenas».

Quizá por eso mientras las seguimos pienso que esa conexión entre ellas y la tierra es tan fuerte. En la relevancia de conocer historias como las suyas, para situar otras maneras de encarar la violencia. Ese vínculo con la tierra es crucial, marca un principio y un lugar del que agarrarse en contextos complejos. De ahí que ellas resistan desde la raíz».


Este proyecto fue apoyado por el Fondo de Emergencia Covid-19 de National Geographic Society. 

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