Democracia

Cartas del exilio feminista: A mi amiga 

Esta carta forma parte del proyecto de Alharaca "Cartas del Exilio Feminista". Queremos documentar el diálogo entre las personas que se fueron de su país de su origen y las personas que se quedan. Aquí escucharemos sobre las renuncias, los miedos, las culpas, los cambios y esperanzas que atraviesan a las personas cuando se ven obligadas a exiliarse o a perder la cercanía con su gente.

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Ilustración: Daniela Ibáñez

23 de julio de 2026, España

Amiguita, beba, como solemos decirnos, hoy te escribo esta carta a 8,729 kilómetros en línea recta o, al menos, esa es la distancia que, dice Google, me separa de vos. Probablemente, en este momento, estés por dormir, mientras yo estoy iniciando mi día. Te quiero decir que tu amistad me ha dado la fuerza y la certeza que no sabía que iba a necesitar para cuando el exilio me alcanzara.

Sé que, leyendo esto así, sin más, no lo vas a entender, pero te explico: Vos y yo nos conocimos en el 2020 en este medio que hoy aloja esta carta y que, seis años después, todavía tiene espacio para mis letras. Aquí aprendimos a hacer alharaca y nunca dejamos de hacerla. Ese año la pandemia nos impedía salir, hacer eso que más adelante descubrimos que tanto nos gusta hacer: estar de cerquita. Nos hicimos amigas por las redes sociales; en realidad, sos la única con la que logré establecer un vínculo exclusivamente desde la virtualidad. Recuerdo que nuestra principal razón para llamarnos era el temor de no hacer nuestro trabajo bien; teníamos preguntas sobre nuestros textos o discusiones sobre lo que nos parecía o no en nuestras reuniones. Esos cuestionamientos que uno se hace cuando empieza a trabajar y siente que todo le queda grande. Luego esas conversaciones derivaban en cosas más personales: cómo nos había ido, los chismes de nuestros colegios o cosas que habíamos vivido en nuestras diferentes ciudades, vos en San Salvador y yo en Santa Ana.

Creo que la pandemia nos tenía tan agobiadas que nos quitó el miedo a hablarle a la otra sin ninguna vergüenza. Sin tener mayor idea de quiénes éramos, nos dimos información delicada, lo que se entienda como información delicada para unas chavas iniciando sus veintes. O algunos TikToks con coreografías muy mal logradas que sé que todavía guardas en tu galería, que ojalá nunca vean la luz.

Me bastó conocerte por teléfono para quererte, para saber que sos una persona como esas que ahora cuesta encontrar: comprometida, presente, atenta y, sobre todo, muy humana. No me importaba no verte; sabía que quería ser tu amiga, sabía que si te conocía en persona iba a querer convertir esas llamadas en salidas semanales. Y aunque los momentos difíciles no han dado tregua hasta ahora, la pandemia se esfumó y pudimos encontrarnos físicamente. Supe que solo medís un poquito más que yo, que andás tus papelitos para limpiarte la carita cada vez que los necesitás y que tenés los ojitos más chinos de lo que se veía en tus fotografías. Todo esto, Marce, me preparó para entender que sí es posible seguir sosteniendo mis vínculos más importantes a través de una pantalla. Venirme aquí me hizo pensar que las ocho horas de diferencia harían que cada vez fuera más difícil seguir cuidando de esas relaciones que tan bien me hacen.

La forma en que surgió nuestra amistad fue el ensayo de cómo tendría que sostener mis amistades seis años más tarde. Es muy difícil hacer amigos en otro país; ya han pasado 14 meses y encontré a otras dos locas maravillosas, como vos y yo. Menos mal, porque si no, no sé cómo haría para sobrellevar todo esto. Has estado tan presente conmigo que ya sabes qué es todo lo que cabe en un “todo esto” y, aunque sea virtualmente, me has abrazado y te he sentido cerca. Debo disculparme con mis amigas latinas en España, pero claramente extraño a esas amigas como vos, a las que no tengo que traducirles qué es un “qué chivo” o un “qué paloma” o un silencio.

Extraño a esas amigas a las que no debo darles todo el contexto de mi vida antes de migrar; a las que no debo decirles dónde queda la ciudad donde vivía; a las que no debo enumerarles las veces que me rompió el corazón el mismo maje que ahora ya ni recuerdo; a las que no debo explicarles por qué tengo los miedos que tengo. Extraño a mis amigas salvadoreñas, pero luego recuerdo que estás ahí, que nuestra amistad sobrevive a la virtualidad y siento alivio. Hasta ahora, seguís siendo una de mis amigas más presentes, aunque te he visto menos veces que a las otras que llevan conmigo desde la adolescencia. A vos y a mí sólo nos tocó retroceder el tiempo. Cuando te mando audios que duran el mismo tiempo que los pódcasts que, ahora, escribo desde el exilio o cuando te llamo, me vuelvo a sentir en ese cuarto caluroso en Santa Ana, contándote, de nuevo, que me da miedo que las cosas no me salgan bien.

Deseo con todo mi corazón que la vida me permita encontrarnos de nuevo, Marce. Me tomo como una pincelada de esperanza el hecho de que tanto tu nombre como el mío estén de nuevo grabados en una página de este sitio web justo como cuando no nos veíamos, así como empezó esta amistad.

Con amor, Gracie Barrera.


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