Orquídeas no cobra a sus integrantes. Nunca lo ha hecho. Los materiales, en los primeros años, los costeaban Sara y sus hermanos. Con el tiempo, algunas instituciones comienzan a donar papel o goma, pero la mayor parte del gasto sigue saliendo de un fondo que ellas administran con disciplina. “Como mujeres, somos buenas administradoras”, dice con una mezcla de orgullo y humor. Cada incentivo recibido—sea un premio o una pequeña ayuda económica por viajar—se guarda. Así empiezan de nuevo cada año.
“Lo que ellas deben traer es ganas y pasión”, insiste.
El cansancio físico forma parte del trabajo. Las jornadas se extienden hasta la madrugada, y al día siguiente cada una vuelve a su casa, a la cocina, al estudio, al empleo. Aun así, siguen. “El que le gusta, aguanta”, dice Sara. “Y están aquí porque les gusta.”
Este año, el barrilete del grupo rinde homenaje a Quetzaltenango: su marimba, su kiosco, su luna, su indumentaria. “Cada barrilete tiene un significado, un por qué”, explica Sara. Y detrás de cada color hay un estado de ánimo, detrás de cada patrón, un pedazo de historia.
Al final de la entrevista, Sara deja una invitación abierta: “Cuando vengan a Sumpango, no solo digan ‘qué hermoso’ y tomen fotos. Acérquense a un artista. Pregunten cómo se trabaja, cómo se hace. Esto no es pintura; son pedacitos de papel sobre papel.” También invita a visitar días antes del festival, a observar el proceso, a aprender de la tradición viva.