Derechos de las mujeres

Versos y recuerdos para los hijos a quienes desaparecieron cerca de casa 

Madres pertenecientes al Bloque de Búsqueda y a otros colectivos se reúnen para escribir cartas y poemas dirigidos a sus hijas e hijos en situación de desaparición. En un contexto donde denunciar públicamente estas ausencias y exigir avances en las investigaciones implica riesgos físicos y emocionales para ellas y sus familias, sus palabras se convierten en testimonio: reflejan ausencia, rabia, dolor, miedo y ternura, y al mismo tiempo constituyen una denuncia frente a la falta de respuesta del Estado.

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Sandra Chafoya, Carmen Argueta y Silvia Montalván son profesionales y, sobre todo, madres que comparten la misma tragedia: la desaparición de sus hijos a manos de presuntos pandilleros. Cada caso ocurrió cerca de sus hogares: uno fue arrebatado en el estacionamiento de su colonia, otro mientras hacía compras en la tienda de la esquina, y el tercero cuando regresaba de la escuela. 

Todas han sido parte del Bloque de Familiares de Personas Desaparecidas, donde han denunciado sus situaciones de forma colectiva e individual. Han interpuesto recursos de amparo ante la Corte Suprema de Justicia, organizado campañas con los rostros de sus hijos y, pese a sus esfuerzos constantes, el Estado continúa sin ofrecerles respuestas concretas. 

En un taller de escritura dirigido por el profesor y poeta Roberto Deras, Sandra y Carmen transformaron el vacío de la ausencia en palabras. Junto a otras madres del Bloque de Búsqueda y Alerta Raquel, recrearon en verso los momentos en que más extrañan a sus hijos, Joshua y Herbert. Silvia, por su parte, mantiene de forma solitaria la memoria de su único hijo, Rodrigo, extrayendo del interior la carga acumulada durante más de una década de incertidumbre. 

Estas mujeres no solo buscan justicia; convierten el duelo en creación, en testimonio y en resistencia. Sus cartas y poemas mantienen viva la esperanza y muestran que el amor, incluso frente a la pérdida, se convierte en fuerza. 

Sandra Chafoya: “Los días pasan y yo sigo esperándote, hijo” 

Sandra Chafoya asegura que la sala de su casa es uno de los lugares donde más extraña a su hijo; el sillón siempre fue su rincón favorito para descansar. Allí escribió dos cartas, evocando los momentos que compartieron antes de su desaparición. Foto por Vilma Laínez.

Casi cuatro años han pasado desde que desaparecieron a Joshua Natanael Romero Chafoya. Para su madre, Sandra, parece que fue ayer cuando se despidieron después de cenar enchiladas en su vivienda, al sur del centro de San Salvador. 

Fue el 11 de septiembre de 2021. Joshua salió de su casa rumbo al parqueo de la colonia, donde se celebraban los 65 años de fundación con baile, comida y bebida. Antes de irse, se vistió con un short de lona azul, una camisa verde trébol y se aplicó su splash de vainilla, su perfume favorito. Tomó el celular y le dijo a su madre que iba a bailar con sus amigos. 

“Solo me dijo: ‘Mamá, ya voy a venir, aquí en la colonia, por el parqueo, estaré’. Yo le respondí: ‘Hijo lindo, no vuelvas muy tarde, por favor’. Abrió la puerta y se fue; nunca lo volvimos a ver”. 

Esa fue la última vez que Sandra vio a su hijo. 

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Los cuartos que esperan

Joshua tenía 17 años. Era el cuarto de siete hermanos y estudiaba segundo año de bachillerato. Según su madre, soñaba con montar su propio taller de reparación de automóviles y motocicletas porque en los trabajos que conseguía le pagaban muy poco. Empezó a trabajar a los 15 años, ganando apenas 15 dólares a la semana. Delgado, de piel trigueña, cabello liso y negro, mostraba una gran habilidad para los negocios y la electrónica. 

En 2021, el mismo año en que desaparecieron a Joshua, la Policía Nacional Civil recibió 1,830 denuncias por desaparición. Al año siguiente, 641 seguían sin resolverse: 520 hombres y 121 mujeres que sus familias aún buscaban. Dos años más tarde, la cifra apenas había cambiado. Al cierre de 2023, 640 personas continuaban desaparecidas, según datos de la propia corporación policial. 

En abril de 2021, la fiscalía general de la República dejó de publicar los casos, y desde 2022 la Policía Nacional Civil mantiene la información bajo reserva. 

“Creo que siempre hay algo que se muere y es la alegría” 

Sandra tiene 49 años. Actualmente cursa el quinto año de la Licenciatura en Trabajo Social en una universidad privada, gracias a una beca. Sus estudios se interrumpieron cuando desaparecieron a Joshua y hasta hoy no cuenta con empleo remunerado. El sustento de la familia depende de su esposo y una de sus hijas. “Uno de los mayores reclamos que tengo con mis hijos es que dicen que no les dedico tiempo, que solo estoy en la universidad. Creo que siempre hay algo que se muere y es la alegría; dejé de reír. Nunca fui feliz, pero vivía tranquila con mi familia”. 

Entre la universidad y la búsqueda, Sandra también cuida a su tercer hijo, quien tiene una discapacidad. Es fundadora del Bloque de Búsqueda de Personas Desaparecidas, espacio donde se ha formado en derechos humanos y colabora con otras madres para dar visibilidad a sus casos. 

Busca a Joshua desde el mismo día en que él no pudo volver a casa. Las autoridades policiales y fiscales solo la acompañaron durante la primera semana y hasta hoy no le han dado respuesta. 

El 19 de julio participó en el taller Cartas y poemas para nuestras y nuestros desaparecidos, impulsado por el Bloque como una forma de acompañar a madres, esposas y hermanas que enfrentan la desaparición de un ser querido. Allí redactó una carta a Joshua para recordarle los momentos especiales que compartieron y decirle cuánto lo extraña. 

¡¡¡Joshua!!! ¿Sabes qué día es ahora, hijo?

Si hijo, ahora es mi cumpleaños: y aún recuerdo el 19 de julio del 2021, cuando me llevaste el pastel de frutas y la pizza para celebrar, sabes ese fue el último cumpleaños que celebré, porque después que no regresaste ese año, el 11 de septiembre, que fue un sábado, no volví a ser la misma persona. 

 Podría decirte que he luchado por continuar con mi vida, pero ya no tiene sentido. En casa todo cambió. Tu hermana Daniela ya tiene su vida fuera de nuestra casa, la casa que tú tanto amas, la casa de donde siempre me decías que no querías dejar, porque querías estar con mamá, con papá y con tus hermanos.  

 Los días pasan y yo sigo esperándote, hijo. Sigo manteniendo la esperanza de encontrarte. Sé que Dios un día me dará el milagro de volver a verte, o al menos de volar junto a ti y encontrarnos más allá de la vida. 

 Ahora es mi cumpleaños y quiero saber que el regalo más grande que Dios me hizo fue tenerte como mi hijo durante 17 años.  

Te amo hijo, te amo con el alma.» 

por Sandra Chafoya.

Roberto Deras, profesor universitario y poeta, sostiene que la escritura permite canalizar el sufrimiento que muchas mujeres con familiares en situación de desaparición suelen callar por presión social. “Es un proceso individual, único y honesto que ayuda a expresar el duelo. Creo que la escritura es un camino que permite decirlo, gritarlo o susurrarlo si es necesario”. 

Sandra, en su segunda carta, convirtió el dolor en letras. Allí volcó también sus silencios y los diálogos que mantiene por las noches con Joshua. “Me siento sola cada vez que le escribo; son momentos en los que recuerdo todo lo vivido con él”. 

Deras dirigió el taller de escritura para mujeres del Bloque de Búsqueda. El objetivo era retomar el sentimiento provocado por la ausencia, reflexionarlo y expresarlo. Según él, los sentimientos predominantes fueron el dolor y la incertidumbre, pero también la esperanza y la memoria. “Al contarle al hijo, hija o esposo situaciones de la cotidianidad, cada una se esfuerza no solo por transmitir esos momentos, sino también por enfatizar que están presentes todo el tiempo; esa presencia simbólica las impulsa a buscar justicia”. 

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Las personas desaparecidas que aparecen en las cárceles 

Carmen Argueta: “Porque buscar es amar, amar es resistir” 

Carmen Argueta ha escrito cinco poemas dedicados a su hijo Herbert, desaparecido en agosto de 2021. El jueves 14 de agosto organizó, junto a otras madres, un homenaje para exigir al Estado de El Salvador avances en su caso. Foto por Vilma Laínez.

Carmen Argueta es economista, y también forma parte del Bloque de Búsqueda. A Herbert, su hijo, lo desaparecieron el 4 de agosto de 2021 en Mejicanos, a pocos metros de su casa. Trabajaba desde su domicilio en un call-center. Esa noche, a las 9:30, aprovechó su descanso para comprar golosinas en una tienda de la esquina. Nunca le permitieron regresar. 

Ella se estaba recuperando de Covid y permanecía en su habitación. Supo que Herbert no volvió hasta la mañana siguiente, cuando su novia lo buscó a las 9. Doce horas después. “Mis hermanas empezaron a buscarlo en hospitales y en [el Instituto de] Medicina Legal, por si lo habían atropellado o sufrido algún accidente. Yo me quedé en casa esperando su regreso; la sorpresa fue que nunca volvió”. 

Herbert tenía 32 años, era el mayor de dos hijos, estudiaba el cuarto año de Relaciones Internacionales en la Universidad de El Salvador. Hablaba inglés, francés e iniciaba estudios de mandarín. Su sueño era trabajar en el Ministerio de Relaciones Exteriores. 

Carmen cree que las pandillas lo asesinaron. Su familia ya había sido víctima de esos grupos: en 2006, asesinaron a su esposo en su negocio de bebidas en Mejicanos. Esa vez tampoco hubo justicia. Herbert temía que su madre corriera la misma suerte por continuar con el negocio donde mataron a su padre. Ahora, tras cuatro años de la desaparición, Carmen tampoco encuentra tranquilidad, a pesar del discurso oficial sobre la seguridad. 

“Al principio pensamos que el régimen nos iba a ayudar a esclarecer los casos, porque por lo general las madres saben qué pandilleros se han llevado a sus hijos. Dijimos: hoy es cuando podemos denunciar, porque los pandilleros están presos y ellos pueden decir dónde están. Pero no es así”. 

Para evitar represalias, Carmen recordó a Herbert en el marco de los cuatro años de su desaparición dentro de una iglesia. Allí lanzó globos, leyó el poema Herbert en tu ausencia y también un comunicado de exigencia y memoria.

Desde que desaparecieron a su hijo, la escritura de poemas se ha convertido en una terapia. A través de los versos convierte el dolor en palabras, como forma de decir y denunciar. “Desde que yo empecé a sentir la angustia, desde que empecé este camino escabroso que es la búsqueda, empecé a sentirme sola, a sentir dolor por la ausencia de mi hijo. Empecé a escribir porque encontraba consuelo. Había veces que no me levantaba para comer”. 

Patricia Berríos, psicóloga feminista, señala que los poemas y cartas constituyen formas de resistencia frente a la injusticia, pues la desaparición implica una pérdida sin cierre ni explicaciones. “Es un diálogo simbólico con la persona desaparecida, pero también con el entorno, con la sociedad. Es una manera de no dejar ir, de no olvidar sin sentido la vida de la persona amada”. 

“Todas las madres tenemos miedo, ya no nos podemos manifestar. ¿Por qué cree que hice este homenaje a mi hijo aquí [Iglesia María Auxiliadora]? Porque este es un espacio seguro. En las plazas ya no es un espacio seguro”. Foto por Vilma Laínez.

Herbert en tu ausencia

En el vacío de mi alma, un hueco late sin cesar, donde tu sonrisa solía brillar. Y ahora solo hay oscuridad. 4 de agosto: un día que marcó el inicio de un dolor que no cesa. Tu partida, sin adiós, sin razón, dejó mi corazón envuelto en tinieblas. Recuerdo de risas, de juegos, de sueños. 
Ahora son ecos lejanos. La ausencia es un peso que cargo, un dolor que no tiene nombre. En cada despertar te busco, en cada silencio te llamo, pero solo el viento me responde y el eco de mi propio llanto. Aún te espero, hijo mío. Aunque el tiempo pase sin cesar, mi amor por ti no mengua y mi esperanza jamás se apagará hasta encontrarte, porque buscar es amar, amar es resistir”. 

Por Carmen Argueta.

Sandra Ivette González, investigadora, poeta y bordadora feminista de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), afirma que la poesía ha servido históricamente a las mujeres para nombrar, decir y romper los candados del silencio. “Cuando la libertad de expresión está amenazada, cuando se tiene en peligro la vida, la creatividad se vuelve una herramienta vital para poder imaginar formas de salir y construir otros mundos posibles, y cómo sobrevivir en los mundos que habitamos”. 

Carmen lo confirma. Que le desaparecieran a su hijo, junto con la indiferencia estatal y social, son los golpes más duros que ha recibido. “Esto me consume a mí todos los días, todas las noches. A donde me llamen yo voy […] Desde el primer día que desapareció, pasaba encerrada en mi cuarto, escribiéndole, hablándole, gritándole, hincándome, pidiéndole a Dios que me diera una luz de dónde podría estar él”. 

Silvia Montalván: “Para el amor de mi vida” 

Una tarde de agosto de 2025, la doctora en cirugía dental Silvia Montalván, de 55 años, recorre uno de los parques de Mejicanos donde Rodrigo solía jugar con su abuelo materno. La casa de sus padres está llena de recuerdos: peluches, juguetes y fotografías, pero también lo están los pasajes y colonias que caminan su memoria. Silvia los recorre mientras pasea a sus tres perros. Ese día prefiere salir de casa para evitar que sus padres se afecten con el recuerdo de su nieto, con quien mantenían un vínculo muy cercano. 

“Me duele no estar en la casa donde vivía, porque ahí pasábamos. A mi hijo le encantaba la Navidad. Éramos locos Navidad. Arreglábamos la casita como si fuera el Polo Norte. Todos mis amigos llegaban a tomarse fotos. Mi hijo era número uno con las manualidades”. 

En el parque, cerca de la colonia donde actualmente vive con sus padres, Silvia muestra una hoja de libreta donde escribió una carta a Rodrigo. La elaboró el año anterior junto a Eneida Abarca, otra madre buscadora, para presentarla en una conferencia de prensa. El propósito siempre es mantener viva su memoria. Planea enmarcarla. “Si pudiera leerla, lloraría y me abrazaría. Era muy cariñoso y sensible. Dibujaba a mis papás, les decía: ‘abuelo, abuela, los amo’”. 

Silvia Montalván escribe una carta a su hijo Rodrigo, desaparecido a los 16 años en 2015 tras no volver del colegio. Foto por Vilma Laínez.

Extraña los pasajes de su antigua colonia donde solía caminar con él, las decoraciones navideñas que preparaban juntos, la tienda de la vecina y sus travesuras. 

 La carta que le ha escrito lleva como título “Para el amor de mi vida” y concluye: 

“Esta es la primera y la última carta que le escribo; aquí le dije todo a mi hijo. Si volviera a escribir, diría lo mismo: lo amo, lo espero, quiero encontrarlo y verlo en otra dimensión”. 

Para el amor de mi vida 

Querido Rodrigo, fuiste mi maletita peluda con la cual salí del hospital un 23 de enero de 1999. Jamás podré olvidarlo. Fui viendo tu desarrollo día con día. Ver ese brillo en tus ojos, esa chispa que te movía, eras mi todo. donde coloqué mis esperanzas plenas que un día te vería crecer, desarrollarte como un gran ser humano, que volarías alto y disfrutarías de las cosas buenas que la vida te podría ofrecer. No sé en qué momento el destino decidió separar nuestros caminos y dejarme con el corazón destrozado, sin volver a saber de ti. 

Me obligó a vivir con la ausencia de tu presencia todos los días sin volver a saber nada de ti. Pero yo sé que algún día nos volveremos a encontrar y podría abrazarte y besarte y decirte lo mucho que te amo. Aunque no me lo creas, eres el amor de mi vida. Yo sé que estás en un lugar seguro, junto a Dios, que te cuida como tu padre que es. 

Solo quiero que sepas que te extraño tanto y que te amo cada día más, sin olvidarte un momento, viviendo únicamente con los recuerdos sin fin que me dejaste. Eras un niño sano, sensible, alegre e inteligente. Y sé que, dondequiera que estés, quiero que sepas: te amo con todo el alma y corazón mío. 

Siempre serás mi banyito. Con amor, tu mamá. 

Por Silvia Montalván.

Rodrigo es el único hijo de Silvia. Fue desaparecido el 20 de febrero de 2015, a los 16 años, mientras regresaba de la escuela, cerca de su casa en San Salvador. Ese día vestía su uniforme deportivo (pantalón azul y camisa blanca) y cursaba octavo grado. 

Silvia interpuso la denuncia de su desaparición cinco días después, porque tenía la esperanza de que su hijo volviera a casa. Pero las fotos que entregó a la Fiscalía nunca fueron difundidas. 

“Yo dije: este me está jugando una broma, se ha ido con alguien, pero ya cuando vi la cosa seria, fui a poner la denuncia. Llevaba fotos, porque según yo, iban a difundirlas, pero no, las encajonaron”. 

2015 fue uno de los años más violentos después de la guerra en El Salvador. La tasa de homicidios alcanzó los 6,656 casos, según datos oficiales. Para septiembre de ese año, según La Prensa Gráfica, se reportaban aproximadamente cuatro desapariciones por día, y entre 5 y 15 familias llegaban diariamente al Instituto de Medicina Legal en busca de sus seres queridos. 

Silvia sigue esperando a su hijo. Su caso, como el de tantas otras madres, tampoco ha tenido avances. La fiscalía incluso le ha sugerido que lo cierre. 

La eterna espera y la lucha colectiva 

Cartas, poemas y fotos mantienen viva la memoria de las 53 personas que el Bloque de Búsqueda sigue buscando. Foto por Vilma Laínez.

A pesar del discurso oficial sobre seguridad en El Salvador, las madres buscadoras siguen reclamando al Estado políticas de atención y recursos para localizar a sus hijos, hijas y familiares. El Bloque de Búsqueda demandó políticas eficaces de búsqueda durante la exposición fotográfica Cartas que no llegaron, que se desarrolló en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) el 19 de agosto, como parte de las acciones que realizan en el marco del Día Internacional de las Víctimas de las Desapariciones Forzadas, que se conmemora cada 30 de agosto. 

“Es fundamental crear una legislación especial, un registro único de personas desaparecidas y que instituciones como la policía, la fiscalía y Medicina Legal cuenten con los recursos económicos, humanos y técnicos para desarrollar acciones eficaces que den como resultado conocer el paradero de nuestros seres queridos y así acercarnos a la verdad”, expresó Esmeralda Rosales, una de las familiares que integran el Bloque de Búsqueda. 

Esmeralda Rosales tiene a un hermano desaparecido desde 2022: Fernando Rosales. Según ella, es el único caso de los 53 que registra el Bloque que está siendo judicializado, pero sin avances. “Hay personas detenidas, pero no sabemos dónde está ni qué saben”. 

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Desde la audiencia inicial que les hicieron por el caso de su hermano en 2022 no han tenido avances. Esmeralda cree que es parte de las políticas de negación de esta problemática por parte del Estado. “Hasta el momento no se tiene mayor respuesta, ni aún en el caso de nosotros, que es el único que está judicializado; no se tiene respuesta, ya no se diga de los otros casos, de los que no se tiene la mínima certeza de dónde están”. 

Idalia Zepeda, asesora jurídica del Bloque de Búsqueda como parte de la Asociación Salvadoreña para los Derechos Humanos (ASDHU), asegura que registran al menos dos casos nuevos de personas a las que han desaparecido, «probablemente vinculados a agentes policiales y militares». “La hipótesis principal es desaparición forzada cometida por fuerzas del Estado, como captura de corta duración”. 

Según Zepeda, el olvido impuesto por el Estado se combate mediante actividades de cuidado y denuncia. En el taller de cartas y poemas participaron alrededor de 40 mujeres, algunas de las cuales escribieron también a sus abuelas buscadoras. 

Carmen y Sandra fueron parte de ese proceso. 

“Esta herida sigue abierta, las desapariciones continúan. Escribir cartas es una forma de denuncia y de hacer visible nuestro dolor y nuestra lucha. Reafirmamos nuestra exigencia por justicia, verdad y reparación”, explica Carmen. 

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