La renuncia radical a ser salvada: pistas antirracistas para construir (otros) afectos

Yarlenis Mestre Marfán | 21/10/2022

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El racismo estructural atraviesa nuestros afectos y deseos, y promueve vínculos potencialmente dañinos para las mujeres racializadas que no encarnan las construcciones occidentales de feminidad. ¿Cómo construimos otros afectos? Yarlenis Mestre nos propone en su columna algunos caminos para alejarnos del amor romántico como lugar de opresión.

En un texto anterior comenté acerca de la importancia de una lectura antirracista del amor romántico. Esa lectura puede ayudarnos a quitarnos el peso de la culpabilidad que proviene de la construcción occidental y burguesa de feminidad. Ese ideal de feminidad blanco de princesas de Disney está diseñado para descartar a las mujeres racializadas en particular, así como muchas otras que no encarnan ese modelo.  

La sobrevaloración de cuerpos blancos que la cultura racista promueve vínculos en los que personas racializadas podemos ser rehenes de relaciones afectivo-sexuales. Por ejemplo, somos incitadas a dedicar todas nuestras energías a idealizar a «galanes y don juanes» que se encajan en ese patrón de Disney. Muchas veces esa idealización crea margen para que aceptemos violencias, pues dentro de una lógica racista debemos estar agradecidas de que al menos fuimos notadas por ese tipo de «príncipes azules». Es así como nos enseñan que pequeñas migajas de afecto son todo a lo que podemos aspirar. 

Es importante prestar atención a nuestros deseos; ¿hasta qué punto nuestros deseos enuncian aquello que nos hicieron creer que merecíamos? Igualmente es crucial observar esto desde una perspectiva cultural y no sólo individual. Digo esto porque muchas veces la manera en que se nos enseña a lidiar con el sentimiento de descarte que puede adueñarse de nosotras, es también nociva. 



No son pocos los coaches de internet que aconsejan «cambia la percepción y así cambiarán tus emociones, todo está en tu forma de ver el asunto, está todo en tu cabeza». Así se promueve toda una lógica de resolución del sufrimiento que se basa en fórmulas neoliberales, que parten de la idea de que cada uno es «empresario de sí mismo» (para usar una frase de Marilena Chauí).

Este tipo de coach emocional de internet suele ser bastante peligroso, pues oculta o minimiza las raíces estructurales de un conjunto de opresiones, como puede ser el caso de ese sentimiento de descarte o de inadecuación por no parecerse al ideal de feminidad y, por ende, de elegibilidad dentro de las olimpiadas del amor romántico. 

Una de las distorsiones de ese coaching es que refuerza la idea de que «no ser elegible» es resultado de una falta individual. Siguiendo esa lógica, bastaría modificar esa autopercepción de falta para erradicar el malestar que producen esos parámetros de belleza, prácticamente inalcanzables. Uno de los caminos posibles que tal vez pudiéramos considerar, es destruir esa premisa. No nos falta belleza, inteligencia ni nada por el estilo, cada uno la posee dentro de la diversidad y multiplicidad que somos. 

El racismo no se trata de una falta, ni de un déficit inherente a personas negras, indígenas y otres racializades. El racismo se trata de una relación histórica de poder que instauró y continúa alimentando esos lugares desiguales, para que unos pocos se afirmen en posiciones hegemónicas. Se trata de un sistema que busca producir precariedad afectiva por la vía de la falta, para intentar rescatarnos a través de sus lógicas competitivas. 

Si pretendemos construir caminos colectivos de nutrición emocional, tal vez, tendríamos que comenzar por una renuncia radical a ser salvadas, pues en la medida en que compremos y/o nos enganchemos con esa ilusión de ser rescatadas, estamos reforzando que nos falta algo y que esa falta será restaurada o resuelta en ese vínculo con «un príncipe azul», que nos jure amor eterno, y nos prometa estar «juntos hasta que la muerte nos separe». 

No tiene sentido buscar acogida en lugares de opresión. El amor romántico, burgués, eurocéntrico es intrínsecamente un lugar de opresión para mujeres de todos los géneros y para personas racializadas en particular. Las relaciones afectivas que no se pautan en la falta, sino en la potencia, parecen ser caminos más acogedores y nutritivos para construir lazos. Pensemos en otros vínculos afectivos que no están pautados en la falta (por ejemplo con amigas) y tal vez podamos expandir esa forma de relacionarnos como una vía de fortalecernos afectivamente. 

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