En la encrucijada

Ana del Carmen Álvarez | 28/01/2022

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El padre Rutilio Grande, ahora beato de la Iglesia Católica, marcó la vida de muchas personas en El Salvador. Ana del Carmen Álvarez, escritora y excatedrática de la UCA, fue una de estas personas. En este relato, nos comparte sus impresiones de la maravillosa labor del padre Grande construyendo las Comunidades Eclesiales de Base y acompañando a personas en Aguilares a reflexionar sobre sus vidas y sus derechos, hasta que fue asesinado en 1977.

―¿Y qué vamos a hacer con su hijo, señora? ―El que así preguntó era el padre Rutilio Grande, prefecto de disciplina de Primaria del colegio Externado de San José.

―Pues lo que usted disponga, padre ―Respondió la señora, quien era la mamá de ese niño tan inquieto y travieso.

―Por ahora déjelo en el colegio hasta las siete de la noche.

Cada cierto tiempo, el padre Grande llamaba a la señora con una información distinta acerca del mal comportamiento de su hijo. En realidad, no era mal comportamiento, sino un exceso de energías buscando encontrar un cauce diferente al de las matemáticas o las ciencias sociales. Este niño se perfilaba como un gran deportista, el fútbol y el basquetbol le encantaban. Pero también era inventor de múltiples travesuras en las que involucraba a muchos niños de su grado, creando el caos y la confusión.

Un día, la señora fue nuevamente citada por el padre Grande, este le dijo: “Señora, yo no me hice cura para cuidar a niños como el suyo”.

La señora sintió un poco de vergüenza y le respondió: “Lo siento mucho, usted tiene razón, ¿por qué no pide un cambio de destino? Él respondió: “Ya lo pedí y me lo concedieron. Me voy de párroco a Aguilares”.

—¿Y qué va a hacer allí, padre? 

—Voy a organizar las Comunidades eclesiales de base, tal y como nos manda el Concilio Vaticano II de Medellín.

—Perdone mi ignorancia, padre, pero no sé qué son esas Comunidades eclesiales de base.

—Pues, en resumen, voy a invitar a las gentes del pueblo a asistir a estas reuniones. Por supuesto, la asistencia es voluntaria. Allí, vamos a leer la Biblia y ver qué nos dice acerca de la vida actual de la gente. Pero yo no voy a hablar, ellos reflexionarán y van a ver qué les dice la Biblia sobre sus vidas.

—Qué interesante y novedoso. Yo no he leído los documentos que usted menciona, pero los voy a leer para comprender.

—Sí, lo primero es hacer comprender a esa gente pobre tan marginada que son hijos de Dios y, como tales, tienen derechos iguales a los de todas las personas de este país.

—Me alegro mucho por usted, padre. Le deseo muchos éxitos y estoy segura que será más feliz en Aguilares que aquí en el colegio.


Ilustración por Alejandro Solano.

Pasó algún tiempo. De vez en cuando, se encontraba la señora con el padre Grande en la UCA. La señora llegaba a comprar libros y el padre llegaba al Centro Pastoral a recoger materiales impresos necesarios para su trabajo con la gente de dicho pueblo.

El hijo de la señora ya no era un niño, pasó el tiempo y él se convirtió en adolescente. Todos los fines de semana, este joven tomaba el bus hacia Aguilares en compañía de algunos de sus compañeros. Estaban dando cursos de alfabetización y, durante las misas oficiadas por el padre, el joven tocaba la guitarra y cantaba con sus compañeros.

Las personas que formaron el primer grupo del padre Grande entusiasmaron a otras, así la voz se fue corriendo y el entusiasmo de la gente creció. Por primera vez, eran tomados en cuenta. Este programa era para ellos. Muchos aprendieron a leer, pero lo más importante es que el padre Grande les devolvió la dignidad. De allí en adelante, ellos tomaron el control de sus vidas, leyeron la Constitución y, a través de ella, aprendieron sobre sus derechos como ciudadanos. Una de las primeras en ayudar al padre en estas reuniones fue la niña Tinita. Ella contó que, al empezar la primera reunión, después de la explicación sobre la dinámica de la misma, dirigiéndose a la niña Tinita, el padre le preguntó: “¿Qué le parece a usted, niña Tinita, el proyecto que les estoy proponiendo?” La niña Tinita contó, en otra ocasión, que a ella nunca nadie le había pedido su opinión sobre nada. De allí en adelante, se convirtió en la más activa colaboradora del padre.


Ilustración por Alejandro Solano.

Aguilares está en tierra de caña de azúcar. Los trabajadores empezaron a organizarse y a pedir mejoras en el salario y en las condiciones de trabajo. Crearon las primeras asociaciones de trabajadores del campo. Esto alarmó a algunos de los propietarios de la zona.

Este día 12 de marzo de 1977, amaneció caluroso, los árboles parecían centinelas firmes en sus puestos, no se movían las hojas, no corría la brisa. De vez en cuando, venía un remolino de aire caliente haciendo bailar la basura dejada sobre el suelo. El padre Grande dijo la misa en Aguilares y luego partió hacia El Paisnal, lugar de su nacimiento, para decir otra misa y llevar la eucaristía a unos enfermos. Antes de regresar, un anciano y un niño le pidieron al padre el favor de llevarlos en su vehículo a Aguilares. Al llegar a una encrucijada, varios guardias nacionales, escondidos detrás de unos matorrales, dispararon su carga de muerte sobre el padre y sus pasajeros. El vehículo volcó y allí quedó el padre, muerto entre el anciano y el niño. Este cuadro de la muerte del padre Grande fue una metáfora del futuro de El Salvador: muerte para el pasado, el presente y el futuro de ese país.

Cuando lo encontraron, lo llevaron a la iglesia de Aguilares. Allí esperaron la llegada del arzobispo recientemente nombrado: Óscar Arnulfo Romero. Fue la primera vez que monseñor Romero comparó el sufrimiento del pueblo con el sufrimiento de Jesús en la cruz. La niña Tinita pidió el privilegio de limpiar al padre Grande, pues ella fue la persona quien más ayudó en las Comunidades eclesiales de base. Después contó que el padre tenía hasta los calcetines manchados de sangre; fueron diecisiete las balas que le dispararon y atravesaron el maletín, la Biblia, la camisa y lo único que se salvó fue el relicario en donde llevaba las hostias consagradas.


Ilustración por Alejandro Solano.

El nuevo arzobispo llegó a recibir el cuerpo de quien en vida fuera su gran amigo. Cuando monseñor Romero preguntó a algunas personas cercanas por la razón del asesinato del padre Grande, la respuesta fue: “Dicen que lo mataron por comunista”. Ante esas palabras, dichas personas dijeron que la respuesta de monseñor fue negar que el padre Grande fuera comunista y enfatizar que era un buen sacerdote quien estaba realizando los lineamientos expresados en los documentos del Concilio Vaticano II, y de Medellín. Expresó que el padre Grande fue su gran amigo y que siempre estuvieron en contacto. En esa circunstancia, monseñor Romero vio por primera vez el camino del padre Grande como el camino de la Iglesia en el contexto de represión y asesinatos que había en El Salvador en esos tiempos. Él constató con el sacrificio de su amigo que, al trabajar por la justicia, se debe pagar un precio y, algunas veces, este precio es la vida.

Unos días después, el ejército salvadoreño rodeó el pueblo de Aguilares, los soldados entraron en la iglesia, abrieron el sagrario, profanaron las hostias consagradas, tirándolas al suelo y pateándolas. Cuando se fueron los soldados, otro sacerdote recogió las hostias y las guardó en el sagrario.

Hubo una misa de cuerpo presente en Catedral. En primera fila, estaban la señora madre de familia del Externado conocida del padre Grande, su hijo y la niña Tinita.

Con el correr de los años, mataron también a aquel joven, en otro lugar, por ir siguiendo los pasos de Jesús en el ejemplo del padre Grande. Ahora ya están los dos juntos en el cielo.


Corrección 01/02/2022: Una versión anterior de este texto establecía que la conferencia de Puebla había ocurrido antes del inicio del programa de las Comunidades Eclesiales de Base. También se aclara que la profanación de las hostias ocurrió después de que monseñor se llevara el cadáver del padre Grande.

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