La posibilidad de la corresponsabilidad

Lauri García Dueñas | 29/06/2021

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En su columna de junio, la escritora Lauri García Dueñas reflexiona sobre la necesidad de la corresponsabilidad en la crianza. Llama a dejar atrás la normalización de la responsabilidad intransferible, de depositar todo el trabajo de cuidados sobre las madres y repartirlo entre el progenitor, la familia, la sociedad y el Estado.


“A veces no me da el cuerpo, no me da la energía”, dijo, Xochitl Hernández, economista salvadoreña. Estábamos en un conversatorio llamado “Cuidadoras”, organizado por la Fundación Heinrich Böll y en el que participamos cinco mujeres cuidadoras. Xochitl contó que todavía se estremece cuando se acuerda de cómo fueron los primeros meses de la pandemia, con altas responsabilidades en su empleo remunerado, un marido que no podía salir a hacer las compras porque padece asma, ella misma con diabetes, además de que cuidaba a su hija menor de tres años, algunos días, sin ayuda de otras cuidadoras.

“Esto es una emergencia mundial de salud mental en todo el mundo”, subrayó Alicia Miranda, politóloga salvadoreña que participó en el conversatorio “El reverso de la maternidad” organizado por Alharaca contenidos. Ella nos explicó cómo le es casi imposible conciliar su carrera política con sus responsabilidades como madre de dos hijos, con los que tiene que hacer también de asistente de las clases en línea, además del trabajo del hogar.

Tania Tagle, escritora mexicana, quien coordinó el evento de Alharaca, se hacía la pregunta de si las madres necesitamos la intervención de los Estados o solamente que nos dejen criar en paz, sin violencia de género y estatal.

Laura Dern, en el monólogo en el que interpreta a la abogada Nora Fanshaw, en la película “Historia de un matrimonio” (Noah Baumbach, 2019), el que le ganó un Óscar, nos mostró cómo la figura del padre es “reciente”. Su participación en la crianza a lo largo de la historia ha sido y, en algunos casos, sigue siendo nula. A él se le permite todo y se le trata como a un héroe cuando hace cualquier cosa como cambiar un pañal. Pero la sociedad ha sido y sigue siendo implacable ante los errores más nimios de las madres. La sociedad no nos acompaña a criar pero es hipercrítica si algo sale mal.

Mi fragmento favorito del monólogo de Dern dice:

“Te voy a parar ahí. La gente no tolera a las madres que beben y le dicen a su hijo ‘cabroncete’. Lo entiendo, yo soy igual. Un padre imperfecto es aceptable. El concepto de buen padre solo se inventó hace unos 30 años. Antes era normal que los padres fueran callados, ausentes, poco fiables y egoístas. Claro que queremos que no sean así, pero en el fondo los aceptamos. Nos gustan por sus imperfecciones, pero la gente no tolera eso mismo en las madres. Es inaceptable a nivel estructural y espiritual. Porque la base de nuestra patraña judeocristiana es María, la madre de Jesús, que es perfecta. Es una virgen que da a luz, apoya incondicionalmente a su hijo y sostiene su cadáver al morir. El padre no aparece. Ni para echar un polvo. Dios está en el cielo. Dios es el padre y Dios no se presentó. Tú tienes que ser perfecta, pero Charlie puede ser un puto desastre. A ti siempre te pondrán el listón más alto. Es una jodienda pero es lo que hay” (Traducción El País).

El problema también es creer que las mujeres tenemos las mismas aspiraciones subjetivas o laborales que tienen los hombres o que deseamos criar a nuestros hijos al lado de uno, únicamente en parejas heternormativas. ¿Qué otras formas de crianzas son posibles dentro del capitalismo pandémico?

Lo cierto es que los Estados nos deberían al menos garantizar las condiciones materiales propicias para criar, las cuales distan mucho de serlo por ahora.

Y lo también cierto es que, aún sin esas condiciones materiales, somos millones de mujeres las que, con nuestro trabajo de cuidados y del hogar no remunerado, subsidiamos al Estado, a la empresa privada y a nuestras parejas. Por eso es urgente preguntarnos quiénes tienen la responsabilidad de sostener la crianza y no endilgarle únicamente dicho tema a la madre o a la familia extendida.

Por su parte, el meollo del asunto, como nos recordó Xochitl Hernández en el conversatorio, sería que los valores del capitalismo, tales como el individualismo, la atomización y la competitividad siguen primando y, como una de las consecuencias, las madres quedan aisladas y condenadas a esa aparente suprarresponsabilidad que puede implicar privilegiar el cuidado de los demás sobre el de ellas mismas.

¿Cuántas mujeres habrán colapsado psicológicamente durante esta pandemia porque el peso de su responsabilidad es demasiado grande? No hay números oficiales, pero no es difícil imaginar la carga que supone amamantar, trabajar remuneradamente, lavar, limpiar, ir de compras, planificar gastos, cocinar, ordenar, guardar, coordinar las labores de cuidado, salud y salud mental del resto de la familia.

Si algún día queremos tener crianzas respetuosas, ¿no sería conveniente descargar de los hombros de las madres la responsabilidad intransferible de no dejar morir a las criaturas, y no solo eso, la de convertirlos en ciudadanos?

Sigo insistiendo: la crianza de los bebés, niñas y niños no le corresponde solo a las madres, debemos dejar de normalizar dicha situación inhumana.

Una mujer sola no puede con todo, se necesita una corresponsabilidad activa y completa del progenitor, la familia extendida, la sociedad y, por supuesto, del Estado, mediante políticas públicas adecuadas encaminadas a repensar las ideas de igualdad que tenemos y priorizar la corresponsabilidad.

Y, en primera instancia, tenemos que hablar del tema y dejar de insultar a las madres que no se adaptan obedientemente a su rol sacrificial impuesto socialmente.

A veces, tampoco me da el cuerpo ni la energía. Y eso que tengo privilegios como mujer de clase media, con educación universitaria y ayuda remunerada a tiempo parcial. Pensemos en los problemas que enfrentan otras mujeres de escasos recursos económicos. No dejemos solas a las madres. Necesitamos todo el sostén individual, familiar, social y estatal posible.

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