Memoria ingrata

24/05/2024

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El Gobierno de Nayib Bukele está derribando y modificando edificios antiguos en el centro de la capital. Estas acciones han sido criticadas por expertos, que temen que la falta de consideración de estándares técnicos a la hora de restaurar y remodelar resulten en la pérdida de patrimonio histórico. En esta columna, el investigador cultural Dylan Magaña explica el impacto de la destrucción del patrimonio en el Centro Histórico de San Salvador.


Por Dylan Magaña


Nuestro patrimonio edificado siempre ha estado en peligro. Sobre el terremoto de 1917, Porfirio Barba Jacob nos dejó algunas estadísticas en su narración como sobreviviente de esa tragedia: «De 8.000 casas, 200 quedaron intactas; unas 3.000 destruidas por completo», es decir, un tercio de la capital. En el caso de los incendios, entre accidentales y por mano criminal, estos se encargaron de desaparecer los primeros edificios del Palacio Nacional, del Teatro Nacional, del Portal La Dalia y la manzana del almacén París Volcán; así como el Palacio del Ejecutivo, el Cabildo, la Catedral Metropolitana, la Universidad de El Salvador, la oficina de Correos de El Salvador, el restaurante El Buen Gusto, el Cuartel General y muchas viviendas de la arquitectura republicana construidas en el siglo XIX, dentro del que ahora conocemos como Centro Histórico de San Salvador.



Foto 1: Elisa Cleek
Foto 2: Gustavo Herodier (colorización por Dylan Magaña)
Foto 3: Dylan Magaña


Luego de reacomodar la morfología urbana durante los gobiernos militares de los cincuenta, de erigir edificios de hasta ocho niveles, construir mercados y cines, la herencia cultural estaba siendo considerada para salvaguardar. Pero el terremoto del 10 de octubre de 1986 derribó esa San Salvador modernizada, casi cosmopolita. Hoy en día, esos edificios semidemolidos e imposibles de restaurar nos ofrecen un panorama que nos facilita hablar sobre nuestro historial de sismos. También podemos determinar, por sus visibles fracturas, que son «bandera roja», clasificación que identifica estructuras declaradas de alto riesgo por daños causados en sismos. Sin embargo, a pesar de su apariencia en abandono, se utilizan como bodegas o incluso se maquillan, iluminan e incluyen murales para hacer funcionar negocios en su interior.



Foto 4: Archivo Familia de Sola
Foto 5: Dylan Magaña


Pero una cosa es la pérdida inevitable del patrimonio por nuestra naturaleza telúrica, y otra muy distinta es justificar la destrucción de inmuebles históricos desde el desconocimiento, el capricho, la insensibilidad y la falta de transparencia. Esto nos remonta a uno de muchos atentados contra el patrimonio: cuando Duarte demolió el edificio de Correos en 1985 para ampliar la avenida España, y así darle vistosidad al Hotel Gran San Salvador, por ejemplo. O como la demolición del mural de Fernando Llort en Catedral, el «toallón» —que, aunque no fuera del agrado de muchas personas, ya era un referente y un futuro bien patrimonial que daba identidad al espacio—. Un acto que quedó impune.


Foto por Dylan Magaña.

La actual epidemia de demoliciones inició con la Biblioteca Nacional «Francisco Gavidia». A pesar de las peticiones de profesionales para que se explicara la decisión de demoler el edificio, esta se llevó a cabo, incluso anulando el nombre de Gavidia. También destruyeron la manzana completa que poseía edificios internacionalistas como el Rodríguez Porth, de gran valor histórico-arquitectónico.

Otros atropellos han sido muestra de un total desconocimiento en los procesos de restauración y conservación de elementos importantes: el retiro de la pátina en el mausoleo de monseñor Romero, la pintura negra en la herrería con ornamentación vegetal en Palacio Nacional —tomó tanto trabajo a sus restauradorxs en los noventa lograr el verde original—, la acera de las «100 mil llaves» hechas ripio, el nuevo diseño de las Estaciones sobre la calle de la Amargura —con stickers— y el baño blanco a la Iglesia el Rosario —donde se olvidaron de su textura rugosa de tono gris característica del brutalismo—. Solo era el comienzo.



Del patrón de elementos geométricos al patrón de destrucción


Las baldosas hidráulicas han sido objeto de culto en todo el mundo en los últimos años. En Europa preservan esta tradición artesanal ya sea para cuando un edificio patrimonial solicite reemplazos o porque su calidad artística es un valor agregado y suma carácter a las residencias, incluso si son piezas nuevas. En el caso del Palacio Nacional se trataban de piezas centenarias y, aunque entre mediados de los ochenta y finales de los noventa más de la mitad de las baldosas de los pasillos fue reemplazada por réplicas exactas, el demoler estas piezas y colocar otro tipo de pisos que no incluya la misma técnica y materiales está prohibida según la Ley Especial de Patrimonio Cultural de El Salvador. El palacio, el edificio más importante del Centro Histórico, goza —o gozaba— de esta protección especial.

La firma Ferracuti, fundada en 1902, fue la encargada de instalar hasta 50 alfombras de concreto distintas en los salones del Palacio Nacional, inaugurado en 1911. Sus diseños nos brindan una importante narrativa a través de sus patrones y elementos fitomorfos. Ahora han sido reemplazadas por porcelanato, mismo suelo pulcro que encontramos en centros comerciales, aeropuertos y hospitales. ¿De qué hablarán ahora los guías en los salones vacíos del Palacio? Porque en el Salón Azul, sobre la Constitución, ni hablar.



Fotos por Dylan Magaña


Las miles de piezas de los pasillos y vestíbulos del Palacio Nacional fueron destruidas y arrojadas al río Las Cañas. Quienes solicitaban una pieza para el recuerdo y les fue negada ahora han de ir a hacer una excavación riesgosa como la misión que llevó acabo Kosmonauta, quien rescató alguna de estas piezas que pertenecían al pabellón sur, firmado en relieve por Ghilardi Bergamo.

Piezas dignas para inaugurar el Museo del Ripio, que nos ayudarán a estudiar los sistemas constructivos de la época, sus procesos, los pigmentos que aplicaban cuidadosamente los baldoseros. Estos fragmentos son la prueba fidedigna del desinterés y la negación de la Historia por parte de este gobierno con sed de modernismo.


Centro (comercial) Histórico


Desde la demolición de la antigua Biblioteca Nacional todo ha sido válido, ya no hay necesidad de rendir cuentas ni mediar informes técnicos. Así arrasaron con la manzana al sur del Palacio, que poseía dos bienes patrimoniales: uno de lámina troquelada y madera, la casa más antigua cercana al Palacio, totalmente restaurable; y un edificio con valor histórico construido por el ingeniero francés Eugenio Crepiat, mismo constructor de la Torre del Reloj en San Vicente.


Foto por Dylan Magaña

A pesar de que no hay claridad sobre el objetivo de las recientes demoliciones, el mensaje es evidente, va más allá de los desalojos forzados del comercio informal y de apropiarse los inmuebles para hacer nuevas plazas o estacionamientos.



El patrimonio cultural siempre había sido custodiado por profesionales con las credenciales y el conocimiento de cómo proteger e intervenir los inmuebles, pero parece que en la actualidad el único propósito es destruirlo y acabar con lo histórico del Centro Histórico de San Salvador. Un centro ya despojado de lo que lo caracterizaba, altamente restrictivo, que busca una nueva identidad, dispuesto a quien proponga una. Se volvió un complejo comercial ajustado a inversionistas y consumidorxs que no son locales, donde el nuevo modelo de desarrollo económico ha sacado del mapa a quienes le daban dinamismo.


¿Nos quedará un poco de Centro Histórico?


Sólo hay que considerar descentralizar y dejar de pensar que el Centro Histórico de San Salvador son las tres plazas iluminadas, y que todo debe girar en torno a la BINAES. Su periferia resguarda el patrimonio arquitectónico más antiguo de San Salvador, ese que hoy más que nunca hay que proteger.

Desde aquí, bajo el nombre de «Inventario del Olvido», he desarrollado una serie de recorridos con enfoque en el rescate y la dignificación de las casas de madera y lámina troquelada que se ubican en los siete barrios actuales dentro de la delimitación del Centro Histórico. En estas visitas explico la importancia de estos inmuebles, sus antiguos usos, el estudio de sus materiales, la gráfica popular, tipografías en sus fachadas, murales, y elementos que identifican y dan valor a los barrios originarios del centro de San Salvador.

Estas calles no solicitan su reactivación a través del eventismo cultural u otras propuestas de dinamismo y difusión: tienen identidad propia. Y a pesar de sentir de cerca la amenaza de desalojo y perder sus propiedades, se conserva el verdadero sentido de sobrevivencia. Este es El Otro Centro.





Dylan Magaña, investigador cultural. Ha realizado investigaciones sobre la historia de la plástica en El Salvador, patrimonio arquitectónico, baldosas hidráulicas y salas de cine. Algunos de sus proyectos, como Sivaresque, El Trébede Graphics, Aquí yacen e Inventario del olvido, giran en torno al rescate de la memoria histórica.

Como guía, realiza recorridos con enfoque en sitios de memoria y la preservación de las casas de lámina troquelada.

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