“Nunca me va a venir”: monólogos con el cuerpo fisurado

Patricia Trigueros | 28/05/2021

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¿Cómo aprender a escuchar con el cuerpo? Patricia Trigueros comparte, desde la anécdota de su primera menstruación, sus reflexiones respecto a la relación de las adolescentes y mujeres con sus cuerpos y la sexualidad, recalcando la importancia de resignificar la relación con nuestros cuerpos y nuestros deseos.


Las amistades nunca se pierden en las mudanzas, aunque sí disminuyan los momentos juntas. En los 2000’s, las vías de comunicación eran más limitadas pero un par de llamadas a larga distancia, los emails desde paty1987@hotmail.com, y las cartas escritas a mano me ayudaron a mantenerme en contacto con mi mejor amiga, Sara. Además, estaban las visitas. Me vino a ver desde Guatemala a San Salvador con mucha naturalidad, pues era importante para nuestra amistad. Era normal para ella. Sí siempre había sido más suelta e independiente, y mimada, que yo. Esa vez, la vi más adulta de lo normal y yo caí en cuenta de mi cuerpo delgado y mi tez súper pálida, y de mis frenos en los dientes. A mis 14 años, aún era una niña (con esas ideas ridículas que extraño, llenas de colores, que escribía en mi diario: las películas que me armaba). Creía entender muchas cosas, pero me faltaban experiencias que me harían comulgar con los discursos que yo aprendí del cine, y no me pertenecían. Acostada en la cama esa noche, Sara se acomodó el sostén y empezó a hablar de su dolor de cabeza y de su dolor de vientre. El color de su piel se había lavado. No era el cansancio del viaje. Dijo algo de la regla, sin saber que su audiencia, yo, aún no entendía de qué estaba hablando. Siempre que oculto mi incomodidad, se me nota. 

– A mí no me ha venido.– dije. En mi recuerdo, me veo fingiendo que todo estaba bien, con una taza en mano, viendo para otro lado. Recuerdo la sensación, de lo ajeno que era para mí hablar del cuerpo; no recuerdo si bebía café o té, pero le di sorbos en silencio, escuchando el monólogo de la menstruación.  

Esa noche me resigné. Ya había oído todo lo que Sara me dijo esa vez: que menos mal, que qué dichosa yo y que qué raro que no me hubiera venido. “Ya estuvo”, me dije, “nunca me va a venir”. ¿Para qué seguir esperando? Nunca iba a saber qué era usar brasier ni tampones. Da igual. Ni quería menopausia, ni estos bajones de energía. Esa noche no iba a ser una de nuestras pijamadas con revistas, recortes y travesuras. 

Y tras desayunar pancakes en pijama estampada, con mi invitada esa mañana en San Salvador, en el mismo desayunador que aún visito (y es que entra una luz muy linda, al comedor de la casa de mi papá), me levanté de la mesa y sentí algo raro. Algo incómodo. Caminé al baño que compartía con mi hermana, esperando que nadie se diera cuenta de que estaba preocupada; aún sin poder reconocer ese sentimiento recurrente de que te agarren desprevenida. 

Mi pantalón floreado estaba manchado, y no era tan rojo. ¿Era posible? Si ya me había dado por vencida; si hasta las que eran menores que yo… Bueno. Registré y encontré una toalla de mi hermana, y aunque traté de no hacer ruido y pasar desapercibida, mi hermana me cachó: “La Paty se ponía los Kotex en el baño y trataba de que no hicieran ruido, y solo se escuchaba más.” ¡Qué vergüenza! 

Yo me hice un poco la loca. Lo más embarazoso era que no solo me daba vergüenza que algo tan privado fuera tan público, y que no sabía cómo manejarlo, sino también me apenaba mi ignorancia. Yo no tenía los años de expertise de las demás chicas adolescentes que se quejaban cuando las toallas sanitarias no tenían alitas o del tamaño de los Kotex nocturno. No me podía relacionar con ninguna de las actitudes que una adopta cuando ya sabe que le va a bajar, que le va a doler, y que no va a estar de ánimos. Yo creí que iba a ser ignorante por siempre.  Me daba vergüenza ver a Sara a los ojos y confesarle que siempre sí, soy mujer; olvida todo lo que dije, retiro lo dicho, ya me vino.  

Se tardó en llegar, pero me vino después de varios años de cuestionar lo que yo veía en el espejo, mis piernas delgadas y mis cejas gruesas. Seguía sin entender a mi cuerpo, y me ha tomado años aprender a escucharlo. 


Ilustración de Lorena Guzm´án

*** 

Me mudé de Guatemala a San Salvador a los 12 años, cuando mis hormonas empezaban a cambiar. Con mi pelo más oscuro y ondulado que antes y sin amigos, me fui acostumbrando a ver a las niñas crecer y a sus actitudes cambiar. Las transformaciones son lentas y profundas. Hasta ese momento en el que me vino la regla por primera vez, me había acostumbrado a llenar a duras penas los sostenes copa A, ajustando los  tirantes amigables lo más posible por debajo de camisetas flojitas; muy cómoda con mi torpeza e incomodidad. Me caía a menudo, me raspaba las rodillas, odiaba los frenos (pero no dejaba de sonreír) y a veces me unía a las peleas de escupir con mis amigos con quienes me reía. Había sido una niña linda, con admiradores y novios de primaria, pero digamos que nunca me importó la coquetería que se me presentaba como oportunidad para agradar y ser agradada. A mí me importaba mojarme en la lluvia, jugar escondite, ver películas y criticarlas; imitar las escenas de Hollywood que me marcaban y escribir ficciones en el teatro diario del recreo. Perforaba las burbujas de cómo debían hacerse las cosas con una rebeldía inocente. Siempre me regañaron por ser, por estar. Que no me “portara bien” ya me sacaba de la casilla de mujercita, y no me aplaudían por escribir y leer. Empecé un diario, en el que me permitía decir todo. Hablar en confianza. La portada decía “My secrets” y me daba pena. 

Escribí muchas cartas, usé calcomanías para decorarlas y confesé mis crushes en llamadas por teléfono, pero siempre me sentí como uno de los ellos, uno más de los niños, aunque conmigo nunca se jugaba tan rudo en estos grupos de amigotes. La división existía, pero la línea estaba un poco más difuminada e igual no es como que alguno de mis compañeros preadolescentes estaban interesados en salir conmigo, ni en jugar a besarnos. Era otro rollo. Era más fácil ser yo, esta versión mía que existía en mis diarios y mis cartas.  

Con mi menstruación, vinieron los primeros síntomas de desbalance hormonal que aún me cuesta perfilar: mis fases menstruales duran 8 días (a veces 9), mis ciclos entre 21 y 35 días. Y a veces, cuando no sabía que se me iría a retrasar la anhelada venida después de lo que debían ser 28 días, me sentaba en el inodoro horas esperando que bajara, y nada. ¡Quizás soy infértil! Tan joven, tan virgen, y tan incapaz de procrear. Eso pensé, cuando se me desapareció la menstruación por 6 meses. Me sorprendió de nuevo en una gasolinera y me odié un poco, con sentimientos mixtos porque ya me había hecho ideas de embarazo inmaculado mezcladas con rechazo a la maternidad… como si no se habían formado del todo mis mecanismos de defensa. Me subí al carro confundida. Creo que por allí aprendí que la menstruación y la feminidad se trataba precisamente de no saber qué esperar, y cruzar los dedos. No hay salidas de este callejón, ni una línea recta o un solo camino a seguir: pero debemos actuar como si no pasa nada. Si no, ¿cómo explicarse que existan tantas lagunas de conocimiento cuando se trata del cuerpo? De niña, además, midiéndote en función de ideas vagas o lineamientos generales que parecen no aplicar a tí. Aquí, tranquila. ¡Ni hablar de todas las diferencias, los matices que nos separan de esta idea homogénea de ser mujer! O discreta y balanceada, o imprudente e histérica. Y no podemos abrazar esos gradientes que nos componen si estamos tratando de acercarnos a un estándar imposible, que nos aleja de nosotros mismos y abre espacio para que nos perdamos en las expectativas de los demás. 

Pero hay cosas que, pues, tarde o temprano empiezan a filtrarse en la conversación. Yo seguí siendo inocente por mucho tiempo pero no me leían así. Mis senos, por ejemplo, se notaban. No recuerdo si fue en un probador, o ya en la casa, cuando empezó mi relación con los sostenes con ballenas y copas, y llenaba un 34B pero en el tercer y más apretado gancho, esos que los chicos me iban a desabrochar, de acuerdo a las películas para mayores de 15 años. Sabía que había algo diferente en la forma de mi pecho. Un poco artificial, montado por estos alambres incómodos. Algo que se notaba más, incluso, dependiendo de la camiseta ajustada, que usara fuera del colegio. 

–Paty, te han crecido.– 

Ellos reían. Carmen y Javier, mis mejores amigos del colegio y de la vecindad, habían tenido una conversación entre sí al observarme en el verano del 2003 con esa camiseta gris, después de una de esas ausencias obligadas que ocurren cuando las vacaciones reducen nuestras interacciones colegiales. Concluyeron que ahora tenía tetas. 

–¡Es la camisa! ¡Es el brasier!!– y moví la cabeza, y reí con pena; probablemente ruborizada porque Uy, Dios, ¿de qué están hablando? En mi cabeza yo seguía siendo la Paty que a pesar de crecer, estar ya en secundaria, había sido un día calificada como “es bonita, pero muy pálida y plana.” Sí, “plana” era una palabra que formaba parte de mi vocabulario, pero ya no era el caso. 

Años después entendí la relación o la desconexión frecuente entre como yo me veía y cómo me veían los demás. “La Paty era un niño, y de repente tenía chiches. Entonces los chicos ya no la veían como niño.” Pero yo nunca vi la distinción: ya había aprendido a sentarme en la misma mesa que los chavos, como iguales, y a hablar de guitarras y de fútbol. Para mí tener novio seguía siendo un tema de compatibilidad, de personalidad y me seducían las conversaciones largas y los chistes. Relacionarse con los demás era más fácil cuando mi pelo, mi voz y mi cuerpo aún no daban señales de sexualidad. Me pregunto, hoy, si no habrá sido casi que una manera de protegerme y poner barreras en las que yo estaba/estoy cómoda; barreras que me permitan construir espacios seguros:  yo, masculina, racional, independiente y autónoma, ergo al margen de los riesgos de violencia. Hasta después entendí que la autoestima fisurada es el producto del impacto de ciertos golpes (físicos o emocionales), las grietas que nos condicionan y permiten que permeen nuevas violencias. Los moldes y lo que esperan de uno pueden ser como una camisa de fuerza, apretada, y uno no crece con las herramientas para salirse de estas estructuras. Las primeras cicatrices emocionales que dejan permear las siguientes, ya estaban allí desde temprana edad. Hoy, a mis 32 años, intento librarme de mis mecanismos de defensa, porque ya no quiero alejarme de mí misma. Quiero ordenar mis deseos, entender mi cuerpo y expresar esas cosas que se quedan atascadas si no las decimos. La confusión y la vergüenza que me provocó esa primera menstruación me hace pensar en la importancia de resignificar la relación con nuestros cuerpos y nuestros deseos. 

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