Un santo nos lo pidió

Ana del Carmen Álvarez | 20/12/2020

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En 1978 Monseñor Óscar Arnulfo Romero estaba preocupado por la falta de información veraz sobre las cosas que pasaban en el país y le pidió a Ignacio Ellacuría, rector de la UCA, que crearan un programa de radio donde se dijera la verdad. Este terminó siendo producido en la universidad y salía al aire en la radio del arzobispado. En este relato, Carmencita Álvarez narra esos momentos, los motivos que impulsaron a quienes participaron en el programa y los peligros que este les conllevó.


Por Ana del Carmen Álvarez

Ilustración: Natalia Franco


Año: 1978. Lugar San Salvador. En este país, la injusticia tenía asentada su base. Se caracterizaba por imponer una brutal represión militar, que daba como resultado encarcelamientos, torturas, desaparición de personas y muerte. La corrupción y la impunidad eran el pan de cada día. La Constitución brillaba por su ausencia. El Gobierno encabezado por el general Romero no tenía ningún apoyo popular. No había consenso y, para gobernar, debían hacerlo a través del terror. La situación era insostenible para los salvadoreños.

El miedo como una neblina envenenada permeaba el corazón de todas las personas. Al anochecer, se sentía una angustia por la incertidumbre de no saber si se iba a vivir hasta el día siguiente. Los escuadrones de la muerte como reptiles hambrientos empezaban a reptar por los barrios y colonias donde vivían obreros, maestros, estudiantes, sacerdotes, seminaristas secuestrando gente que sería sacrificada esa misma noche. Había terror, horror, angustia, tribulación, aflicción, congoja…

Ante esta situación, monseñor Romero, arzobispo de San Salvador, preocupado por la falta de verdad en los medios masivos de comunicación, dijo: “Es necesario y urgente hacer algo ante la gravedad de la situación, porque el pueblo debe saber lo que está pasando. Debe conocer la verdad de los hechos para decidir y organizar su acción social”.

Llegó a la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas a exponer un plan para remediar esta situación. Él tenía la radio YSAX, pero no tenía gente para hacer un programa de noticias en el cual se dijera la verdad. Los grandes medios escritos, radiofónicos y televisivos estaban sometidos al régimen. Así pues, le pidió al rector de la UCA ayuda para hacer dicho programa. La universidad haría un equipo con los catedráticos y especialistas en todas las carreras que se impartían allí para escribir el editorial y los comentarios. Otras personas se ocuparían de las noticias, de grabar y sacar al aire el programa. Todo se haría bajo el nombre del arzobispado de San Salvador.

Encargaron la dirección de este proyecto al padre Ellacuría. La coordinación del mismo a una alumna que ya había terminado la carrera de Letras y trabajaba en la universidad.

Un día el padre se acercó a la Secretaría de Comunicaciones para definir su participación  en el proyecto.  Se convino pedir al director de esa unidad la supervisión de aquellos aspectos de su competencia y sus ayudantes, jóvenes estudiantes de la UCA, se harían cargo de la producción del programa.

Quienes estuvieron involucrados en dicho programa querían un cambio para la nación. El Salvador,  un país en donde era urgente trabajar en todos los ámbitos para convertir a esta nación en una democracia y lograr que  la justicia hiciera su trabajo. Era necesario escuchar los lamentos de los salvadoreños quienes eran las víctimas de la brutal represión imperante, para poner fin a su calvario.

 El programa informativo salía al aire a las 12:15 p.m. Su estructura tenía, primero un noticiero,  luego un editorial y, al final, comentarios que desmentían algunas noticias publicadas en la prensa escrita esa misma mañana. Otros comentarios tenían el objetivo de contextualizar noticias y relacionarlas con otros hechos para que se entendiera todo su significado.

La primera transmisión fue a principios de 1978. Unos meses después, un sábado, se le entregó a una locutora un comentario muy fuerte contra las acciones de ciertos militares. La joven argumentó que no se debería leer, porque era de los textos que atraían bombas. Sin embargo, el lunes siguiente, debido a que no había mucho material para el programa, se sacó al aire dicho comentario. La noche que siguió al comentario, una bomba destruyó buena parte de las instalaciones de la radio. Monseñor pidió los repuestos a Miami y en dos meses estaba nuevamente funcionando.

El programa estuvo en el aire como año y medio. Sufrió cuatro ataques con bombas, con el resultado final de su destrucción. En ese momento, monseñor Romero dijo que “no tenía objeto repararla nuevamente, porque la volverían a destruir”. “La radio, apuntó, ya cumplió su misión.  Ahora debemos pensar otra manera de comunicar a la gente lo que está pasando para que ellos tomen las decisiones  que más les convengan”.

Este programa fue escuchado por muchísimas personas aquí en El Salvador: por derechas y por izquierdas. Alguien comentó que el programa suponía decir toda la verdad, pero que esta era la verdad de la YSAX.  Cuando en el programa se hacían acusaciones de abusos de poder, de asesinatos, desaparición de personas, de encarcelamiento sin motivo justo, de torturas, en fin, de una represión despiadada, el programa, antes de dar esas noticias, las comprobaba con la gente que había sufrido esos desmanes y con las familias que reportaban a sus seres queridos desaparecidos o asesinados. La oficina de Tutela legal del Arzobispado, por medio de su director, colaboró con el programa, dándole  a conocer estas denuncias.

La dictadura militar entorpeció de todas las formas posibles la obtención de noticias que sobre El Salvador difundían las grandes empresas radiofónicas extranjeras. Los grandes medios estaban controlados por los militares; por ese motivo, se formó un equipo con jóvenes universitarios que escuchaban, por la noche, las noticias que, sobre El Salvador, daban la BBC de Londres, Radio Netherland, La Voz de los Estados Unidos de América y otras radiodifusoras; se grababan dichas noticias y, en el programa de las 12:15 p.m., se difundían.

Pasaron varios meses después de la destrucción de la radio. Al final, las personas que trabajaron en el programa fueron pocas. Empezaron bastantes con mucho entusiasmo, pero, poco a poco, el miedo pudo más y se fueron retirando, al constatar que estar en ese programa era peligroso. Las pocas personas que permanecieron fueron reconocidas, debido a que El Salvador es un país pequeño y fue fácil constatar quiénes trabajaban allí. Por ejemplo, la coordinadora del programa andaba haciendo unos mandados por la zona de la colonia Buenos Aires, cuando se dio cuenta de que un automóvil la iba siguiendo. En su desesperación para huir de él, se metió en un pasaje sin salida, así que salió de su automóvil.  Del carro que la seguía,  salió un hombre, le apuntó con una pistola. Ella salió corriendo, en su fuga, iba tocando todas las puertas de las casas del pasaje, hasta que en una casa le abrieron. Entró, subió corriendo al segundo piso, y, al entrar a un dormitorio, se fue a esconder en un rincón entre un gavetero y un armario. Ella no conocía a los dueños de esa casa, pero, en su desesperación, hizo todo eso. Allí escondida, con el corazón palpitando desorbitado, la encontró la dueña de la casa, quien se había hecho cargo de la situación. Allí le contó la joven lo que le había pasado. Ella la consoló y le dijo: “No tengás miedo, te podés quedar en la casa hasta que te sintás mejor”. El hombre que la siguió no la quería matar, porque tuvo la oportunidad de hacerlo y no lo hizo; solo la quería asustar. Ya la habían reconocido como una de las trabajadoras de la radio.

Después de unas semanas, durante la noche, llegaron varios camiones con soldados a la calle en donde suponían que ella vivía. El jefe, por medio de un megáfono, instaba a gritos, a que salieran a la calle los habitantes de esa casa. Pero los soldados se equivocaron, al entrar en la casa equivocada, encontraron solamente a una viejecita. Así pues, desistieron de su cruel tarea. Después de esos incidentes, la joven y su familia salieron al exilio.

A otra de las jóvenes que trabajó de locutora en el programa de monseñor Romero decidieron matarla, poniendo una bomba en el carro para que estallara cuando ella fuera manejando. Ese plan fue escuchado por el jardinero de la casa en donde se fraguó. Así, la joven tuvo información de esos planes macabros. Ya no volvió a usar el carro, pero la Guardia Nacional le dinamitó su casa de habitación. Si ella hubiera estado allí, la hubieran matado como eran los planes originales.

Cuando la radio fue dinamitada y empezaron a perseguir a quienes habían trabajado  allí, esas personas ya no pudieron seguir viviendo en El Salvador. Todas se fueron al exilio a distintos países para salvar sus vidas.

Tenía razón el padre Ellacuría cuando,  al proponerles la oportunidad de trabajar en dicho programa, les dijo: “Piénsenlo bien, porque este trabajo será peligroso”.

Al preguntarles a las personas que trabajaron en la radio la razón por la que lo hicieron, ellas contestaron: “Nosotras lo hicimos porque queríamos contribuir, a través de ese programa,  a construir un país democrático, bueno para todos, y porque un santo nos lo pidió”.



Cotexto socio-político de los años 60, 70 y 80


En 1932, ocurrió el levantamiento de los indios y campesinos de la zona de los Izalcos. El Gobierno sofocó este levantamiento y mató a todos los que tomaron parte. Luego mataron a toda la población de aborígenes que había en la zona con el argumento de que eran comunistas. Después de este sangriento suceso, la oligarquía hizo un convenio con los militares: estos protegerían todos los privilegios de la oligarquía, y, a su vez, la oligarquía delegó el gobierno del país a los militares.

Sin embargo, el motivo del levantamiento fue otro. Después de la independencia, El Salvador se quedó sin un producto agroexportador que le diera impuestos para mantener la estructura del gobierno, pues el producto que habían tenido para exportar era el añil, pero los alemanes descubrieron los tintes químicos que eran más baratos y más fáciles de aplicar. Así el añil perdió su valor en el mercado. El Gobierno de El Salvador, empezó a impulsar el cultivo del café para sustituir al añil. Para ello, despojaron a los aborígenes de las tierras que les había regalado la Corona española, después de la Conquista, para entregarlas a las personas que pudieran y quisieran dedicarse al cultivo del café. Lo aborígenes indignados por esa injusticia se empezaron a organizar y cincuenta años después se levantaron contra el Gobierno para reclamar sus tierras.

En los años sesenta, setenta y ochenta, la gente pobre del pueblo aumentó sus actividades políticas, porque el Gobierno no respondía a sus demandas justificadas, así que hubo manifestaciones, tomas de tierras, huelgas y disturbios callejeros en la capital.

El general Romero, presidente de la República, como respuesta al aumento de la actividad política del pueblo, emitió la Ley de Garantía y Defensa del Orden Público, que, en realidad, fue una suspensión de las garantías constitucionales para toda la población. La oligarquía, la gente poderosa que gobierna en este país, pudo haber intervenido para aplacar la indignación popular debido a la falta de respuestas a sus justas demandas, así que para preservar sus privilegios dicha oligarquía apoyó la represión, una represión que dio como resultado el asesinato, desaparición, torturas y vejaciones como no se había experimentado antes en El Salvador.


Corrección 21/12/2020: una versión previa de este artículo establecía una fecha incorrecta del levantamiento de 1932.


Ana del Carmen Álvarez

Nací en Santa Ana, mi papá fue médico y mi mamá, ama de casa. Estudié en el colegio La Asunción y, cuando me bachilleré, me mandaron mis padres a estudiar inglés a un Junior College, dirigido por religiosas agustinas, en California. Al regresar, después de dos años, me casé y tuve cinco hijos, pues ese era el único horizonte al que podíamos acceder, ya que unas señoritas de nuestra clase social no podíamos trabajar fuera de nuestra casa, pues era mal visto. Después de varios años, mi matrimonio fracasó, entré a la universidad en donde obtuve la licenciatura en Letras. Con el tiempo, fui locutora del programa de noticias de la radio YSAX, del Arzobispado de San Salvador. Debido a eso, me dinamitaron mi casa y tuve que salir al exilio. Al regresar, me convertí en profesora de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. Estudié una maestría de Periodismo en Madrid, en el periódico El País. Luego una maestría en Filosofía Iberoamericana. He publicado tres libros y otros dos que están en proceso de publicación.

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