22.04 – Debo asimilar que esto va para largo y que tendré que adaptarme

Tania Pleitez | 22/04/2020

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Me escapo por esa letra mayúscula, que se ha vuelto, también, mi punto de fuga. Así, me hago amiga de una lagartija que visita mi balcón todas las mañanas.

Ilustración por Natalia Franco

Diario de un tiempo distópico

Barcelona, España

Viernes, 22 de abril de 2020

Las últimas dos semanas han sido días de asimilación de lo vivido hasta ahora (durante el confinamiento) y de lo que se vendrá. Las preguntas que me han rondado la cabeza son estas: ¿cómo podemos realmente colaborar para sostener la vida, una vida en la que las grietas no estén normalizadas o naturalizadas? ¿de qué manera podemos acompañar sin ser condescendientes? ¿cómo ser agradecidos cuando nos incluyen en conversaciones, aunque lxs otrxs en realidad comparten monólogos? ¿de qué manera ejercitar y robustecer nuestro silencio, para crear puentes con los demás? Quiero aprender formas nuevas de fortalecer mis afectos para poder ser una mejor compañera de la gente que me rodea desde la distancia física. Confieso que se me hace insoportable hacer todo de forma virtual, pero también debo asimilar que esto va para largo y que tendré que adaptarme. Según algunos artículos que he leído, las clases virtuales se podrían extender hasta el 2021 y, de acuerdo con un estudio de Harvard, se necesitará algún tipo de distanciamiento social durante dos años. El gobierno de España dice que es posible que las actividades culturales se reinicien a finales de este año, aunque bajo ciertas medidas y condiciones. Así que estas semanas he estado explorando formas de acompañamiento, estrategias para cimentar arquitecturas emocionales. Como en mayo tengo que impartir un taller virtual (suspiro) sobre la intersección entre el acto de caminar y la literatura, me pongo a andar en casa, paso tras paso, caminando durante al menos una hora para predisponer la metamorfosis de mi mirada. Recuerdo el poema “Trilce II” de Vallejo y repito en voz alta: “Tiempo Tiempo… Era Era… Mañana Mañana… Nombre Nombre… nombre nombre nombre nombrE”. Me escapo por esa letra mayúscula, que se ha vuelto, también, mi punto de fuga. Así, me hago amiga de una lagartija que visita mi balcón todas las mañanas. Curiosamente, me escribe mi amiga C.G., estupenda poeta, y me dice: “Cada día hago algo para los vecinos y trato de mantener un poco la forma física… ¡ya me gustaría ser una lagartija para caminar por las paredes!”. Yo le respondo: “A mi balcón llega una lagartija todos los días, le he agarrado cariño. Ahora cada vez que la vea, pensaré en ti, en que quizá eres tú que me viene a visitar”. En su último correo C.G. me dice: “Yo a veces me canso y me siento rara, pero bien. Y si ves a la lagartija dime algo, aunque no te conteste”. Me reconforta pensar que C.G. y yo nos acompañamos así, cada vez que pensamos en paredes y lagartijas.

Al anochecer, hemos tenido concierto de ranas. Además, llovió fuerte durante varios días. Las ramas de los árboles se agitaron con las corrientes de viento y agua, y yo sentía que me llamaban: me pedían entrar al bosque, agilizar mis venas y empaparme. Entré con la imaginación a ese silencio de agua, hojas, tierra y ranas. Embrujada por ese murmullo, grabé para mis alumnxs cinco podcasts con anécdotas de Borges, autor que estamos estudiando, y les mandé este mensaje: “son para escuchar en momentos de solaz esparcimiento o cuando estén haciendo actividades del hogar o cuando quieran recuperar (entre tanto estudio) la pasión por la literatura (no la que se memoriza, sino la que se siente e interpela)”. Desde ahora en adelante, les compartiré estos breves podcasts. No veo la hora de grabar los de Silvina Ocampo y Elena Garro. Hace varios días, también grabé poemas de Michèle Najlis y Wislawa Szymborska y los envié a algunxs amigxs. No sé cómo mis podcasts están siendo recibidos, pero quiero dar, sin pensarlo demasiado. 

Con tanta lluvia y viento, ayer hubo una avería en los cables de electricidad de nuestra calle. Se fue la luz, no había Internet. Fue maravilloso. D. y yo pusimos velas por casa y nos quedamos un rato en silencio, escuchando la respiración del salón. Nos imaginamos estar en una gruta del pasado. Luego, cenamos una sopa de lentejas. 

Tania

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