Jandrou: el artista queer que
antes cantaba en la iglesia

Por Metzi Rosales Martel
Fotos: Kellys Portillo

El cantante queer salvadoreño Jandrou cuenta cómo pasó de cantar en una iglesia en El Salvador a presentarse en escenarios de Canadá y regresar a casa con su música.
El show empieza pasada la medianoche. A la 1 de la madrugada, para ser exacta. Es el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. En unas horas, cientos de mujeres en América Latina y Europa saldrán a las calles para recordar que nuestros derechos se cuidan y se defienden porque la historia nos ha demostrado que no podemos darlos por garantizados. Pero volvamos a este bar y discoteca de la colonia Escalón.
Más de doscientas personas departen en pequeños grupos o en parejas; otras bailamos al ritmo de The Time (Dirty Bit) de The Black Eyed Peas y otras, simplemente, beben o están sentadas. Cuando se acercan a quienes bailan sobre el escenario de Living y les piden que bajen o se desplacen a los laterales de la segunda planta, es el preaviso de que la presentación está por empezar. Se cierra el paso al escenario.
Velvet Brunette, artista transformista, sale. Da la bienvenida e interactúa con la audiencia. Nos pregunta en tono de broma si creemos que le llevó menos de media hora arreglarse para ser la anfitriona. Hay risas, muchas risas. Y, por supuesto, un NOOOO coreado como respuesta. Después de este preámbulo, presenta al cantante queer salvadoreño. Enfrente, las personas se agrupan en la parte baja y en la alta. Quienes estamos en el área VIP a la izquierda del escenario y quienes están en el lateral derecho prestamos atención.
Jandrou toma el micrófono. Algunas personas sostienen sus teléfonos para tomarle fotos o videos. O ambas cosas. Otras gritan su nombre cuando aparece.
Para la mayoría de asistentes, es la primera vez que le veremos cantar en vivo. Para él, este momento es único. Está nervioso y ansioso desde hace días. Una de las razones por las que está de regreso en El Salvador es por esta presentación. Lleva días invitando, desde su perfil de Instagram, a “los pipianes” y a quienes no lo seamos para verle cantar y bailar. Para conocerle.
Para él, este momento es único. Volverá a recordárnoslo esta madrugada a quienes le estamos viendo. Para él, este momento tiene otro peso: es la primera vez que se presenta como artista en el país donde nació y creció. Esta madrugada, entre su público están su mamá y sus amigas del colegio.
Durante media hora interpreta las canciones de Ashes to Ashes, su primer álbum. Entre cada una, intercala una breve descripción de su proceso creativo y el momento que estaba viviendo cuando compuso estas letras y conceptualizó la música y los videos. Las escribió después de una decepción amorosa. Cada canción guarda una parte de ese proceso: el descubrimiento de la infidelidad, la rabia, el duelo y, finalmente, la reconstrucción.
La música mezcla sintetizadores brillantes con una voz que se mueve entre la nostalgia y la liberación. En medio del concierto, Jandrou dedica a su mamá Butterflies Bite, su sencillo debut y una de las canciones favoritas de ella.
En una de las pausas musicales, cuenta que pudo estudiar en Canadá gracias al esfuerzo de su mamá y que su apoyo ha sido clave en su carrera artística. Ella baila durante toda la presentación, visiblemente emocionada. Después me contará que ha visto todos los videos musicales de su hijo en internet. Incluso recuerda que hace un tiempo él pasó dos meses grabando uno en la casa, un material que todavía no se ha publicado. Pero nunca lo había visto cantar en vivo. Hasta esta madrugada.
La historia de Jandrou, sin embargo, empezó mucho antes de ese escenario. Mucho antes de los sintetizadores. Mucho antes incluso de imaginar que algún día sería cantante.

El niño que cantaba en la iglesia

Antes de los escenarios, Alejandro creció en El Salvador en un entorno profundamente religioso. Su primer escenario fue una iglesia evangélica. Ahí empezó todo. Antes de cada culto había un momento de alabanza. La congregación cantaba las letras que aparecían proyectadas en la pared. Cientos de voces al mismo tiempo.
“Cantar llega al alma”, recuerda. “Imaginate tener a un grupo de cientos de personas cantando en un mismo lugar. Sentís la emoción, sentís la convicción”. Era apenas un niño, pero algo de esa energía colectiva lo marcó.
La iglesia también moldeó su infancia de otras formas. Participaba en actividades misioneras que lo llevaron a comunidades rurales del país. En esos viajes vio la situación de pobreza de muchas familias, pero también descubrió algo que se le quedó grabado: la capacidad de la gente de encontrar alegría incluso en condiciones difíciles. “Veías a la gente riéndose, feliz”, recuerda. Ese contraste —entre precariedad y alegría— se quedó con él.
Aunque cantaba desde pequeño, en ese momento nunca pensó en convertirse en cantante. Su primera vocación artística estaba en otro lugar.

El artista que aún no sabía que cantaba

Alejandro siempre se ha visto a sí mismo como artista, pero no como músico o cantante. Le gusta pintar, dibujar, diseñar. Su mamá fue una de las primeras personas en reconocer e identificar su talento. Siempre lo apoyó en lo que hacía, incluso cuando las opciones artísticas no parecían el camino más estable. O rentable.
En un país donde muchas familias imaginan como carreras “seguras” a la Ingeniería, Medicina, Arquitectura, Derecho, su mamá lo empujó a explorar su creatividad. “Siempre me vio como artista”, dice.
Con el tiempo, ese impulso lo llevaría a estudiar Diseño Gráfico. Empezó en una universidad privada, pero su mamá siempre quiso que él se profesionalizara fuera del país. No estudió en Estados Unidos porque era muy caro. “Vimos unas universidades en Canadá y mi mamá dijo: ‘Tengo el presupuesto para esto’ y así fue que mi mamá pudo pagarme la universidad”.
Hace 15 años se mudó a Canadá para hacerlo. Se graduó en 2015 de la Emily Carr University of Art + Design, en Vancouver. En entonces la música seguía siendo algo más informal. Algo que aparecía en reuniones, en fiestas, en karaokes. El karaoke, de hecho, fue su verdadera escuela.

El karaoke del vecino

Cuando Alejandro tenía unos 15 o 16 años le dieron su primer carro: un Suzuki Gran Vitara. Todavía hoy lo recuerda con cariño. Cerraba las ventanas, subía el volumen y cantaba a todo pulmón mientras manejaba. Escuchaba lo que sonaba en la radio —sobre todo música electrónica— y jugaba con su voz. Inventaba melodías sobre canciones instrumentales. Probaba armonías. Experimentaba.
Uno o dos años después, él y su familia se mudaron a la residencial La Hacienda. Ahí conoció a un vecino que tenía un karaoke profesional en su casa. Su vecino cantaba como si fuera un artista profesional. Alejandro lo escuchó una vez y quedó impresionado: “Nunca había conocido a alguien que cantara en karaoke como si fuera la canción original”, recuerda.
Quiso hacer lo mismo. Empezó a ir a esa casa a cantar con él y con otras personas. Se turnaban el micrófono, probaban canciones nuevas y pasaban horas ahí. Ese karaoke doméstico se convirtió en uno de los primeros espacios donde Alejandro cantó fuera del ambiente religioso.
Pero al inicio no cantaba bien. “Cantaba mal, muy mal”, dice entre risas. “Pobres de mi mamá y mi hermana. Ellas sufrieron esa etapa”. Aun así, algo cambió en él, desde ese momento quiso mejorar. Empezó a cantar en todos lados: en el carro, en el baño, mientras limpiaba la casa, mientras trabajaba. Practicaba escalas e intentaba imitar voces de otros artistas. Cantar dejó de ser solo un pasatiempo y se volvió una obsesión. En ese momento no lo sabía, pero esa experiencia volvería años después de otra forma. En otro país.

La escuela del karaoke

En Vancouver, Alejandro descubrió una escena que no esperaba: comunidades enteras que se reunían alrededor del karaoke. Había bares donde la gente iba cada semana a cantar. Algunos organizaban retos temáticos: una semana boleros, otra semana canciones de Disney, otra rock.
La gente volvía. Se reconocía. Se animaba. “Íbamos para impresionarnos entre nosotros mismos”, recuerda. “Todos cantábamos súper bien”.
Así, el karaoke dejó de ser solo entretenimiento, se volvió práctica, entrenamiento y un nuevo escenario. Uno alejado de las alabanzas, uno más real: donde puede haber aplausos, pero también abucheos.
Fue ahí donde aprendió a cantar frente a desconocidos sin sentir vergüenza, pero todavía no pensaba en dedicarse a la música como artista. Eso llegaría después. Durante una pandemia. Y gracias a una cita de Tinder.

Una canción que se convirtió en siete

En 2020, cuando el mundo se detuvo por la pandemia, Alejandro conoció a un compositor canadiense-mexicano llamado Daniel Bortoni. Se conocieron por Tinder.
Una noche terminaron cantando karaoke en la casa de Bortoni, quien al escuchar su voz le propuso algo simple: escribamos una canción. Alejandro aceptó. Escribir para un demo se convirtió en escribir para siete.
El proceso lo sorprendió. Venía del arte visual, donde el trabajo suele ser solitario. En la música descubrió algo distinto: colaboración, conversaciones creativas, construcción colectiva, eso le gustó. Le gustó tanto que siguió haciéndolo. Poco después empezó a lanzar música.
Antes de llamarse y ser conocido artísticamente como Jandrou, Alejandro ya habitaba ese nombre sin saberlo del todo. Viene de un personaje de anime. En el colegio bilingüe donde estudiaba, pasaba horas dibujando con sus amigas. Entre líneas, colores y cuadernos compartidos, el nombre empezó a circular, pero no completo: le decían Jandro.
Era una versión abreviada, cercana, cotidiana, que durante un tiempo pensó en usarla como nombre artístico. Pero no le bastaba. Había otros que se llamaban igual y, sobre todo, sentía que algo se quedaba fuera. El nombre original —Jandrou— seguía ahí, esperando. Volver a él fue también una forma de afirmarse. De recuperar algo que ya era suyo, pero que todavía no había dicho en voz alta. Así nació Jandrou.

Salir del país para poder existir

La música apareció casi al mismo tiempo que otra transformación más profunda: la de su identidad. Alejandro se identifica como un hombre gay y queer, pero reconocerlo no fue un proceso inmediato, aunque él siempre supo quién era. Lo que no existía era el espacio para vivirlo. En El Salvador, explica, esa posibilidad simplemente no estaba en el horizonte. “Nunca vi la oportunidad de expresarlo”.
Mudarse a Canadá cambió eso. Allá vio algo que no había visto antes: sociedades donde ser queer no necesariamente significaba vivir en secreto. “Cuando salí del país fue que vi que en otras sociedades sí es normal”. Fue entonces cuando comenzó a aceptarse.
El proceso no fue sencillo. “Salir del clóset”, como él le llama, implicó tensiones, conversaciones difíciles y momentos de incertidumbre con su familia. En un momento, su mamá lo llevó a hablar con un pastor. Era un conflicto entre mundos: religión, identidad, familia, pero también había algo más fuerte: el vínculo entre ellos. Con el tiempo, ese vínculo se transformó.
Jandrou cree que muchas veces el orgullo de los padres aparece de maneras silenciosas. No siempre se expresa con palabras, a veces se nota en los gestos, en el apoyo cotidiano, en la presencia. Quizá por eso la escena que ocurrió en Living tiene tanto peso: su mamá estaba ahí, bailando.

Cantar para existir

Para Jandrou, su música también tiene una dimensión política. No en el sentido partidario, sino en algo más íntimo: la representación. Cuando duda sobre su carrera artística, piensa en algo muy específico: “En el niño salvadoreño que vio mi post y dijo ‘hay alguien como yo”. Alguien que también es gay, que también es queer. Alguien que también viene de El Salvador. Alguien que está tratando de existir en un mundo que a veces le dice que no debería hacerlo. Ese niño imaginario es parte de su motivación.
“Parte de mí quiere llegar a cierto nivel artístico para contribuir a la gente que siento que me necesita”, dice. Especialmente a la comunidad LGBTIQ+.
Esa idea de representación tomó forma concreta cuando cantó en el escenario principal del Vancouver Pride: el main stage, el más grande, el de mejor sonido, el que reúne a miles de personas. “Fue un sueño hecho realidad”, dice.
Estar ahí tenía varios significados al mismo tiempo: ser un artista queer, ser latino, ser salvadoreño. “Me llena de orgullo”, explica, pero también lo entiende como una responsabilidad porque cada escenario abre otro. Cada visibilidad permite que alguien más se imagine ahí.
Actualmente, Jandrou trabaja en un nuevo proyecto musical llamado Handsome in Pink, un álbum que, según explica, se moverá hacia un sonido pop más definido.
Pero esa madrugada, en San Salvador, el futuro queda en pausa. Por un momento, todo vuelve al origen: un niño que cantaba en una iglesia, un joven que descubrió su voz en un karaoke, la pandemia, una cita de Tinder, el Vancouver Pride y un artista queer que encontró espacio para existir lejos de su país; y que ahora, por media hora, regresa a cantar donde todo comenzó, mientras su mamá baila entre el público.
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Créditos
Entrevista y texto: Metzi Rosales Martel
Dirección creativa: Alejandro Solano
Vestuario: Didi Hiver
Maquillaje: Gabriela Carranza
Fotos: Kellys Portillo
Diseño web: Andrea Burgos
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