Opinión

Pillpintu

En este texto la autora explora la sensación del desarraigo y cómo la migración hace que las palabras, códigos y saberes propios se conviertan en datos sospechosos ante la mirada de los demás.

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En mi ventana se ha posado una mariposa; es un ejemplar pequeño y descolorido. No lo digo con menosprecio, es una simple observación. De donde vengo, una mariposa puede ser tan grande como tu mano o tan pequeña como la uña, y parece que robaron colores a las flores. Para mi pueblo, la visita de una mariposa anuncia la presencia de los ancestros. 

La vida me atrapó en los sueños que transporta un ave de metal. Crucé el océano, cambié de hemisferio, y cuatro estaciones deciden mi rumbo. Creo que no te dije, mi terruño tiene por nombre una línea imaginaria; se pierde en el recuerdo de la gente, siempre preguntan si de verdad existe. Ya no es guía de mis noches la Cruz del Sur, y he dejado de transitar el Intiñan.2 A ese sol alto y perpendicular no le veo ni siento. Las fiestas aquí tienen otros nombres, hay otras formas para comunicarse con los dioses y elevarse al mundo de arriba.3 Cuando habitaba la Mitad del Mundo, sabía exactamente cuándo mi sombra desaparecía y en breve volvía a acompañarme. Ahora no sé cuándo ni dónde me abandona mi sombra; ¿será por eso que me siento perdida?   

Apenas bajé del artilugio volador, mi primer impacto fue que descendían copiosas hebras de cielo, delicadas, seductoras, escoltadas por un intenso y paralizante frío. Hasta ese día, solo conocía la blancura compacta de los hielos que abrazan las cumbres andinas, y el frío era superado por un mullido abrigo de lana de oveja. Después se apoderó de mí un mal conjuro; desde ese día ocho del mes tres llevo un nudo en la garganta y otro en la lengua, porque no consigo expresar mi mundo en la danza de abundantes consonantes que se enredan y suenan a motor descompuesto.   

Vivo desconectada, como isla flotante, sin sentido de pertenencia, manteniendo como constante la duda, por mi incompetencia con la lengua y mi torpeza cultural en el nuevo territorio.  Muchas veces me recluyo en el silencio, y otras tantas me he quedado sin voz. Sin voz propia, al menos, porque otros me dan diciendo4 lo que mi lengua no avanza, aunque la estruje y la obligue; sigo pronunciando sonidos vacíos. En mi cara se dibujan garabatos que nadie entiende. 

Soy forastera en un país que remarca mi condición, y eso desgasta como mueble con carcoma, extraviada en mi propio laberinto. Me muevo entre la aceptación y la resistencia  mientras escucho la frase de los nativos: «Tienes que adaptarte, integrarte». Que se lee: olvida tu comprensión de las cosas y ese pensamiento mágico porque aquí no funciona.  Yo bailo las penas, canto música triste que alegre el shunku.5  

Mi huella de identidad se deslegitima, no es suficiente lo que traigo, y se me pide seguir adelante sin memoria.  Deja que te cuente: no ha faltado quien ponga en duda mi información cuando explico el número de capas que cubren al coco, y enseñan la manera correcta de abrirlo. En el supermercado, encontré una chirimoya, esa fruta dulce, perfumada, carnosa que crece en valles interandinos; la cajera, al no encontrar código de barras que le permitiera reconocer el producto, la giró entre su mano una y otra vez buscando extraerle su nombre.  Yo deletree c-h-i-r-i-m-o-y-a. Me invadió la desolación cuando dijo: «Quizás usted no conoce el verdadero nombre». 

No llevo inventario de las ocasiones en que soy observada con sospecha ni cuando mi saber carece de registro frente a la insistencia de aprender el conocimiento correcto. Tampoco conservo todas las certezas que validen que existo.  

Migrar duele tanto que faltan palabras o sobran adjetivos para citarlo, pero hay tres verbos: —perder, separar, desarraigar — que no deseo seguir conjugando.  El síndrome de Ulises, el luto migratorio, son formas de estructurar la trama de un tejido que tiene principio, y posibles finales, pero del cual la rehabilitación es incierta, porque volver tampoco es alternativa.   

Después de cada logro, hay un amargo aprendizaje, disfrazado de merecimiento; un círculo de lucha permanente conmigo misma. Soy el rompecabezas al que le faltan piezas y no todas encajan.  ¿Cómo verme fuera del sentimiento de pérdida o incertidumbre?, ¿cómo aprender a despedirse, que no signifique soltar, para sobreponerme a la separación?,  ¿cómo explicarme el desasosiego, cuando el desarraigo es una aflicción que atraviesa todo y es itinerante?, ¿qué hacer para no perderme ni desvanecerme?   

A veces me cuento historias que acorten los silencios y no devoren la memoria. A mi soledad se arrimó un gato huraño y testarudo que ofreció a mi humanidad un lugar con olor a hogar, pero él ya no está. Tarareo canciones que junten las piezas que quedan y que su vibración me reúna con los míos. «Yo quiero que a mí me entierren como a mis antepasados…».6 Las horas se convierten en incontables días y los años son cada vez más agotadores porque no dejo de vivir la noria con breves altos y profundas caídas.  Caigo y me levanto; caigo, caigo y vuelvo a reinventarme.     

La naturaleza advierte que la existencia es efímera, que vivir el ciclo implica no huir de la metamorfosis. Que la oruga requiere de alimento para la mudanza, que reposar es obligatorio para dar cabida a la crisálida, y que toda la labor está en el interior antes de desplegar las alas.  

Ay, Pillpintu… Sé que tus delicadas alas sostienen la fuerza y sabiduría de mis ancestros. Necesito coraje para vivir lejos del territorio que me heredaron.  Que ese polvillo que dejas por el camino es la cura para mi nostalgia y que tu presencia en la ventana es el cobijo de mis abuelos.  

1 Pillpintu: Mariposa en Kichwa (1998, Ecuador, Kichwa unificado). 

2 Camino del sol. 

3 La cosmovisión andina es una forma de comprender la coexistencia en armonía y reciprocidad con los seres humanos, los dioses y la naturaleza. 

4 Ruptura intencional de la estructura gramatical española. Corresponde a una expresión ecuatoriana usada coloquialmente; en este caso, significa «dicen por mí». 

5 Corazón kichwa de Ecuador. 

6 Vasija de barro, composición musical con tono de danzante, conocida como «el himno no oficial de Ecuador». 


Hellen Frenzel 

Ecuatoriana residente en Alemania. Comunicadora social con un máster en Comunicación y Educación en la Red. Promueve la escritura como una acción con poder sanador. Ha publicado cuatro libros de poesía con Ediciones Carena (Barcelona, España): De los cuatro vientos (2015), Palabras sueltas (2017), Retazos (2022) y Diosas, amores y adioses (2024). 

Fue editora del libro en línea Historias de mujeres migrantes: mi experiencia, mi testimonio, mi voz (2020) proyecto de Organisierte Latinoamerican@s  (OLAS, 2018).  Compiladora y autora participante en el libro Mariposas Migratorias, Antología poética de NUNA, Voces de autoras latinoamericanas en Alemania (2025). Website: https://www.hellenfrenzel.com  


Este texto es resultado de la participación en el taller de escritura «El magma soy yo», impartido por Miroslava Rosales, quien además ha estado a cargo de la edición del dossier homónimo.   

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