
La casa de mi abuelita y abuelito maternos no siempre fue como la recuerdo. Cuando era niña, el piso tenía cuadros rojos y amarillos, como un mosaico. El portón era angosto y de madera. Sin entenderlo, mi familia dejó de visitarla con frecuencia. Un día, al volver, encontré montañas de arena, paredes desnudas y huecos donde antes estaban las ventanas.
Mi mamá me tomó una foto frente a la casa en reconstrucción. Al reverso, escribió la fecha: domingo 30 de julio de 2006.
Esa remodelación tenía una historia. Una que hablaba de más que cemento y ladrillos: hablaba de distancia, de remesas y de afectos. Como tantas otras casas en el oriente salvadoreño, la de mis abuelitos fue transformada desde lejos. Migrar también fue una forma de seguir habitándola.
Esa reconstrucción no fue un hecho aislado. Su origen se remonta décadas atrás, cuando mis tíos maternos, empujados por la guerra civil de los años ochenta, abandonaron el país. En 2006, mis tíos Elmer y Napoleón viajaron desde Estados Unidos para ver el avance de la reconstrucción de la casa de mis abuelitos. Mi abuelo ya había fallecido, pero aun así decidieron hacerlo. En parte, por mi abuela. En parte, por ellos mismos.

Otras formas de volver a casa
El distrito de San Miguel está a 138 kilómetros de San Salvador, la capital de El Salvador. Con 232,887 habitantes (126.955 mujeres y 105.932 hombres) es la tercera ciudad más poblada del país. Fue fundada hace 495 años. También es una de las que más historias migratorias guarda.
Mi tío, Elmer Miranda, nació y creció en San Miguel. En 1980, con apenas 21 años dejó El Salvador. Era maestro en zonas rurales de los cantones San Felipe y El Algodón, en La Unión. Pero la guerra, la persecución política y el miedo lo empujaron a irse.
Aunque no lo éramos, nos veían como de izquierda, solo por ser maestros”, cuenta, 45 años después de haber tomado esa decisión».
En Estados Unidos, todo fue cuesta arriba. No hablaba inglés. Su primer trabajo fue palear nieve para sobrevivir. Con el tiempo, logró establecerse como conductor de transporte privado en la costa este. No fue fácil. “Lo positivo fue que escapé de los escuadrones de la muerte. Lo negativo, dejar mi profesión de maestro. Yo quería seguir contribuyendo al país”, lamenta.
Con los años, regularizó su estatus migratorio. Forma parte de los cerca de 2.5 millones de personas salvadoreñas que residen en Estados Unidos a 2021, según el Centro de Investigación Pew. Y, aunque su vida cambió por completo, la relación con El Salvador nunca desapareció: se volvió una mezcla de nostalgia, preocupación y compromiso.
La gran mayoría de personas salvadoreñas migra hacia un mismo destino: Estados Unidos. Así lo confirma el Censo de Población y Vivienda de 2024, elaborado por el Banco Central de Reserva, que estima que el 86 % de la población salvadoreña en el exterior reside allá. Muy lejos le siguen España, con un 4.5 %; Italia, con 1.9 %; México, con 1.6 %; y Canadá, con apenas un 1 %. Otros países como Guatemala, Costa Rica, Honduras, Belice o Australia apenas superan —o ni siquiera alcanzan— el 1 %.
Cuando su padre, mi abuelo, murió y su madre, mi abuela, empezó a enfermar, supo que era hora. “Ya era tiempo”, dice. “La mentalidad del emigrante siempre viene enfocada en que tú dejaste muchas cosas que quisiste tener allá y no pudiste. Entonces, decís: yo quiero hacer feliz a mi gente. Esa parte te motiva a que realmente te adaptes a las necesidades”.
Con la ayuda de sus dos hermanos y cinco hermanas, es decir mis tíos, mis tías y mi mamá, y un albañil conocido, Elmer comenzó la reconstrucción de la casa familiar. La misma, pero más fuerte: columnas reforzadas, techo nuevo, estructura elevada. “No quise cambiar el diseño. Solo reforzarlo. Lo esencial está ahí. Hasta los ladrillos originales los conservamos debajo de la nueva estructura”.
Flora Blandón, máster en Desarrollo Local y directora de la Maestría en Desarrollo Territorial de la UCA, explica que la arquitectura del oriente del país refleja los ciclos migratorios. “Uno puede ir diferenciando estilos según la generación migrante que las construyó”, dice. Hay casas de dos plantas con columnas ornamentadas, típicas de quienes migraron en los ochenta. Las más nuevas tienen portones eléctricos, tonos grises, grandes ventanales.
La reconstrucción de la casa tomó casi dos años. No fue un proyecto calculado. Fue creciendo sin prisa, con tropiezos, con aportes. Para mi tío Elmer, esta casa no es un símbolo de éxito migrante. Es una extensión de su historia. Una forma concreta de volver sin volver del todo a su hogar: donde transcurrieron su infancia, adolescencia y juventud. Donde están sus primeros recuerdos.
Esta casa es el epicentro de la familia. Si alguien tiene problemas, aquí hay techo y comida”. Reconstruirla fue su manera de regresar. Pero también fue una experiencia cargada de emociones, contradicciones y lecciones».
“Tú te sentís realizado, ¿me entendés? Porque algunos nacimos con estrellas y otros nacimos estrellados”, dice entre risas. “Del porcentaje de todos los salvadoreños que migró, no todos son exitosos. Como dijo Julio Iglesias: ‘Llegar a la cima no cuesta, lo difícil es mantenerse’. Y a la casa hay que darle mantenimiento siempre. Pintarla, limpiarla, repararla”.
Volver, sin volver del todo
Mi tío Elmer todavía carga con el peso del camino que lo llevó fuera del país. “¿Quise emigrar? No. Yo no quise emigrar, porque no iba a dejar esto botado. Pero solo había una sola vía. Sí o sí», explica.
Con el tiempo, ha pensado en lo que pudo haber sido. «Todos los maestros que egresamos y se quedaron aquí están vivos. Quiere decir que yo hubiera estado vivo también. Así era. Todos se quedaron. No porque quisieron, sino porque no tenían los recursos para irse”.
La distancia le abrió oportunidades, pero también le robó cercanía. “Fui afectado por la emigración. Porque salí del seno familiar. El concepto de emigración es automáticamente alejarte de la familia”, reflexiona.
A veces, su hermana Ana, mi tía, le recuerda: «Mirá todo lo que has hecho aquí, todo lo que tenés, no lo hubieras hecho siendo profesor». Esa es la ventaja que, aunque no fue buscada así, terminó concretándose de forma indirecta.
Y aunque ha pensado en volver, la respuesta no es sencilla. “Si tú me preguntás a mí si lo he considerado, sí, lo he considerado y reconsiderado. Te puedo decir un sí rotundo, pero ahí viene la otra contraparte: allá tengo dos hijos y una esposa. Entonces, ya no podés dar un sí absoluto. Si me preguntás de corazón, yo te digo que sí. Pero si después me preguntás con cabeza fría… ahí está la otra parte”.
Actualmente, construye una segunda casa. Dirige el proyecto desde Nueva York, por videollamadas, audios de WhatsApp y transferencias electrónicas. A diferencia de la primera, esta vez contrató a un arquitecto. “Por WhatsApp hablo con él, por WhatsApp me manda los videos, pero por WhatsApp también, que es bien importante, le mando el número de la remesa para pagarle.”

La comunicación no es solo para supervisar. También es para decidir: qué tipo de puerta, qué cerámica, cómo van las ventanas. Mi tío planea cada detalle con precisión. Esa planificación, dice, es lo que faltó en su primer proyecto.
En un país donde más del 24 % del PIB proviene de remesas, lo que hacen migrantes como mi tío no es menor. Esas remesas no solo garantizan comida o educación. También reconstruyen casas, sostienen historias y transforman la arquitectura del país.
Lo que sostienen las remesas
En El Salvador, más de una cuarta parte de los hogares vive gracias a las remesas. Según el VII Censo de Población y VI de Vivienda (2024) del Banco Central de Reserva, el 26.8 % de los hogares reportó ingresos por remesas. En 2007, la cifra era del 19.2 %. El aumento no solo revela que la migración persiste: confirma que es el soporte económico de miles de familias.
En cifras, las remesas también transforman la economía nacional. Según el “Estudio Estratégico: Mercado de bienes y raíces en El Salvador 2024”, elaborado por la Unidad de Investigación Financiera de la fiscalía general de la República, alrededor de 1.4 millones de personas salvadoreñas en Estados Unidos, envían más de 7 mil millones de dólares al año. Eso representa cerca del 25 % del PIB. De las remesas, un porcentaje se destina a construir o mejorar viviendas, lo que dinamiza el mercado inmobiliario.
El 1 de julio 2025, el Senado de Estados Unidos aprobó un nuevo impuesto del 1 % sobre las remesas, una medida que podría cambiar el flujo de ese dinero en los próximos meses.
Napoleón, un viaje sin retorno
Si mi tío Elmer migró para sobrevivir, mi tío Napoleón Miranda lo hizo por miedo y obediencia. “Mi meta era graduarme como ingeniero agroindustrial”, cuenta. “Pero ser joven, maestro y universitario en los años setenta era una sentencia. No eras de ningún bando, pero cualquiera te podía disparar”.
En abril de 1980, atendiendo la súplica de sus padres, salió del país. Su visa mexicana aún la conserva, pegada con engrudo en el pasaporte, como se hacía en aquel tiempo. El viaje fue largo, hostil. Aunque migró con mi tío Elmer, cada uno vivió la travesía de forma distinta. Fueron separados en el camino y se reencontraron hasta llegar a Estados Unidos.
Como su hermano, Napoleón también era maestro. Caminaba más de seis kilómetros diarios para dar clases en un cantón de Corinto, Morazán. Estudiaba en la Universidad Politécnica y se formó en la Ciudad Normal Alberto Masferrer. “Llegué como cualquier que no sabe leer ni escribir, porque allá [en Estados Unidos] yo era nuevo. Solo sabía escribir en la pizarra. Pero fui consiguiendo amigos y aprendí a moverme en un nuevo país”, recuerda.
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Mi tío Napoleón trabajó durante años como taxista en Yonkers, Nueva York, al igual que mi tío Elmer. “Trabajaba más de doce horas al día, seis días a la semana. En promedio, uno podía hacer entre setenta y ocho mil dólares al año”, cuenta. Pero aclara que esa cifra engaña: “Después de restar todo —la gasolina, el seguro del carro, el mantenimiento, el sistema de comunicación, las licencias— al final me quedaban unos sesenta mil”.
Encender el vehículo ya implicaba una inversión diaria: 20 dólares en gasolina, otros 20 en mantenimiento, 10 para el seguro y 10 más por el monitoreo del taxi. “Solo arrancarlo ya costaba más de cincuenta dólares”, explica. A eso había que sumarle otros pagos semanales, como los 70 dólares que subieron a 100 por el sistema de radio Motorola, y las licencias anuales, como la hack licence o el permiso del medallón, que costaban 100 dólares cada una.
Muchos dicen: ‘Yo gano cien mil dólares en Nueva York’, pero de esos cien mil hay que empezar a deducir, deducir y deducir. No es como parece desde afuera”.
Con los años, también aportó a la reconstrucción de la casa de sus padres. Envió dinero, compartió ideas, ofreció memoria. “El proyecto fue de Elmer, pero todos colaboramos. A veces con dinero, otras con ideas, otras con memoria”. Para mi tío Napoleón, la casa representa un patrimonio compartido. Algo que no terminó, pero tampoco se dejó perder.
“Pienso que todos estamos satisfechos porque todos contribuimos. Los que estamos allá y los que estuvieron aquí. Para nosotros, todos somos iguales. Y este es un patrimonio que nosotros cuidamos”, dice.
Hoy, Napoleón vive retirado en Connecticut. Recibe una pensión tras décadas de trabajo. Elmer, aunque sigue activo, también comienza a prepararse para esa etapa. Otro de mis tíos, Milton, y una tía, Julia, viven también en Estados Unidos. De San Miguel, nunca migraron mi mamá ni tres de mis tías.

Casas que transforman territorios
Para llegar a la casa de Moisés y Aurora*, en el caserío La Agencia, hay que subir una pendiente forrada con piedras de distintos tamaños. Luego, el suelo cambia: se vuelve rojizo, con una textura salpicada de arena brillante de mar. Por la intensidad del sol, la brisa y la tierra, parece que se camina por la costa, aunque la playa más cercana está a 38 kilómetros. Aurora*, su esposa, dice que conoce ese camino incluso en la oscuridad de la noche.
Moisés, de 50 años, no migró por la guerra. Migró para mejorar la economía de su familia. Originario de Intipucá, se enteró en 2009 de una oportunidad para trabajar en Estados Unidos con visa temporal. Un familiar lo ayudó a aplicar. Consiguió empleo en jardinería y plantaciones. “Allá se gana un poquito más —dice—. Y ese poquito ayuda bastante aquí.”
De Intipucá a San Salvador hay 134 kilómetros en línea recta. En este distrito de La Unión Sur, habitan 6,785 personas: 3.489 mujeres y 3.296 hombres. Su extensión es de 94,49 kilómetros cuadrados, de acuerdo con el censo 2024. Es considerado el primer territorio salvadoreño donde hubo una emigración internacional masiva, a partir de 1960.
Durante cinco años, viajó cada temporada a Frederick, Maryland. Allá trabajó en reforestación, construcción y jardinería. Enviaba remesas mensuales. Su esposa administró este dinero para la comida, pago de recibos y estudios de sus cuatro hijos. Con esa plata también ampliaron su casa. “Primero una habitación, después otra. Ya que era un espacio de cuatro por seis metros. Y el jardín, ese sí lo hicimos bonito. Como los de allá”.
Moisés enviaba 200 dólares al mes desde Estados Unidos: 150 para Aurora y sus cuatro hijos, y 50 para sus padres. Pero no era suficiente. Cada mes, Aurora pedía prestado para cubrir los gastos del hogar: insumos escolares, imprevistos y la canasta básica rural, cuyo costo promedio anual era de 120.91 dólares en 2009 y subió a 131.17 en 2014. Cuando llegaba la remesa, lo primero que hacía era abonar sus deudas.
La construcción fue un trabajo colectivo. Su suegro, maestro de obra, dirigió la construcción. Aurora supervisó cada decisión. La casa se levantó por etapas. Con sacrificios. En 2014, la terminaron. Luego la vendieron por 20 mil dólares para mudarse a un terreno más amplio en el mismo caserío, donde podían sembrar árboles, hortalizas y construir su hogar definitivo. “Queríamos la casa como las de allá -dice Moisés- pero no alcanzaba. Lo importante era que estuviera firme, bonita y que fuera nuestra”.
En la casa de Moisés y Aurora viven ocho personas: ellos dos, sus cuatro hijos —de 26, 22, 17 y 12 años—, la pareja del hijo mayor y la hija de ambos, una niña de 3 años, nieta de Moisés y Aurora.
Moisés nunca quiso quedarse en Estados Unidos. Migró para volver con algo concreto. “Si se diera la oportunidad, yo voy con visa, pero por tierra no. No tengo el valor”. Hoy tiene 50 años. Para él un regreso a Estados Unidos, sin retorno, no es una opción.
Cuando empezaron a construir, otros vecinos también se animaron. “Poco a poco, el caserío se fue transformando”, dice. En zonas pequeñas y rurales, sin muchos servicios básicos, la migración marcó el paisaje.
Flora Blandón, máster en Desarrollo Local y directora de la Maestría en Desarrollo Territorial de la UCA, explica que, al inicio, las remesas se usaron para mejorar las condiciones de vida de quienes se quedaban. Luego, empezaron a transformar el entorno. “Primero se mejoraron casas de barro, lodo o pisos de tierra. Más tarde, quienes podían, compraron terrenos y construyeron nuevas casas. Así surgieron viviendas con estilos inspirados en modelos norteamericanos”.
Mientras Moisés trabajaba en Estados Unidos, por temporadas, con una visa de trabajo, Aurora, su esposa, quien ahora tiene 47 años, cuidaba a sus cuatro hijos, el terreno y las decisiones de la construcción. “Los dos hemos luchado”, afirma.

Ella y su nuera limpiaban el terreno todos los días después del trabajo, Los hijos colaboraban los fines de semana. Moisés enviaba dinero, recibía fotos y llamadas sobre los avances. Discutían decisiones. “A veces él decía que no a ciertas cosas, como las ventanas, pero yo insistía”, recuerda Aurora.
Inspirada por una casa en la que trabajó haciendo limpieza, también construida con remesas, eligió sus propias ventanas: corredizas, de vidrio azulado, con barandales negros. “Nunca pensé que íbamos a llegar a tener esta casa. Me siento feliz, más de lo que soñé”.
Benjamín Flores, arquitecto e integrante de la Asociación Salvadoreña de Ingenieros y Arquitectos, explica que el diseño de estas casas depende del nivel económico de quien migró. Las ventanas, en particular, son un rasgo visible de esa influencia estadounidense.
En La Agencia, las casas construidas con remesas no siempre sobresalen como en el centro de Intipucá, pero su transformación es evidente. “Aquí todos luchan igual –comenta Aurora- pero esta casa es fruto de años de esfuerzo”.
Hoy, Moisés cultiva parcelas. Aurora trabaja en limpieza o cocina para eventos. Él nunca fue a la escuela y no aprendió a leer ni escribir. “Es una gran limitante”, admite. Ella estudió hasta cuarto grado. “Eran otros tiempos”, dice, sin rencor, pero con certeza.
El salario mínimo para el sector agrícola en El Salvador es de 305.23 dólares, desde junio de 2025. El de una trabajadora del hogar remunerada ronda los 200, según el Sindicato de Mujeres Trabajadoras del Hogar Remuneradas Salvadoreñas (Simuthres).
Jorge*, el hijo mayor de esta pareja, terminó el bachillerato y trabaja como albañil con su abuelo. Construye casas financiadas por migrantes. “Gracias a ellos (migrantes) tenemos más trabajo nosotros». Lleva tres meses en su proyecto más reciente. Aunque tiene empleo, no descarta migrar: “Todos queremos viajar por un mejor futuro para la familia, aunque ahora cuesta más”.
Flora Blandón afirma que este fenómeno trajo cambios profundos. “Se dinamizó el empleo local. Comenzaron a surgir ferreterías, incluso en lugares muy pequeños”. Pero también reconoce un componente simbólico: “Hay una necesidad de mostrar el estatus económico que se ganó al migrar. En algunos lugares, puede ver cierto nivel de competencia: quién construye la mejor casa, con los mejores elementos, los mejores diseños”.

Habitar lo prestado, cuidar lo incierto
En el casco urbano de Intipucá, las casas cuentan historias distintas. Algunas conservan la arquitectura tradicional de la zona; otras, imponentes y relucientes, representan la llamada “arquitectura de la diáspora”. A pocos pasos del pasaje donde vive Luz María García, se alzan viviendas de dos y tres plantas, ventanales enormes y fachadas decoradas con águilas estadounidenses.
La casa que Luz María habita es distinta a esas. Igual las de sus vecinos más cercanos. Tiene un patio en la entrada, no está pintada y su apariencia es sencilla, sin adornos.
Al llegar, dos perros medianos dan la bienvenida con ladridos. Están atentos a cualquier persona extraña. Pero cuando Luz María se acerca, su presencia basta para calmarlos. Aquí, ella es quien cuida la casa.
Tiene 57 años. Vive en una casa que no le pertenece. Su hermana Carmen migrante en Estados Unidos desde 2001, la construyó junto a su esposo en el 2000. Fue una de las primeras cosas que lograron allá, como quien siembra raíces a la distancia. Levantaron esa casa con la ilusión de volver. Pero Carmen no ha podido regresar. No tiene visa ni residencia ni ciudadanía. Desde hace más de dos décadas ella, su esposo y sus hijos viven en este país del norte de América.
“Desde el 2000 solo se le ha cambiado el techo”, cuenta Luz María. En 2017, tras una separación, se quedó sin un lugar donde vivir con sus cuatro hijas. Su hermana fue clara: “Te vas para allá. Cuídala”, le dijo. Y desde entonces, eso ha hecho: cuidarla: limpia, repara, manda fotos y videos a su hermana. Pero su vínculo con la casa es frágil. “No es mía. Yo solo hago lo que puedo.”
Carmen ha pensado venderla más de una vez. Algo que nunca ha concretado. En 2019, un temblor fuerte dañó el techo de fibrocemento. “Nos estamos mojando”, le escribió Luz María. “Si no se arregla, se va a perder del todo.” Carmen envió dinero. Cambiaron el techo por uno de lámina. Un esfuerzo compartido. Un acto de cuidado. Pero, aun así, el arraigo no es completo.
“Sé que de un momento a otro voy a tener que irme”. Sin embargo, ha hecho mejoras. Levantó una galera en el patio para proteger la cocina y el área de lavado. Cuida lo que no es suyo. Invierte tiempo y trabajo. Su aporte es material, emocional, cotidiano. Pero sigue sin garantías.

Luz vive en la incertidumbre que muchas personas conocen: la de habitar una casa construida con remesas, sin heredarla nunca. “Si se viene mi hermana, ¿para dónde voy a agarrar?”, se pregunta. Es una pregunta sin respuesta.
Mira las grandes casas vecinas, vacías la mayoría del año, y comenta con ironía: “Le dije a un amigo que vive en New York y se hizo una bonita casa: «Hiciste casa para que te velen, porque ni venís»”. Para ella, tener una casa no es cuestión de lujo. Es tener dónde estar. Es seguridad. “Aquí mucha gente hace cosas exuberantes y no las disfruta. Y los que no tenemos casa, queremos algo, aunque sea una casa pequeña y no tenemos”.
Luz trabaja vendiendo antojitos típicos por las tardes, a un costado de la alcaldía. Antes fue costurera. Su sueño no tiene mármol ni ventanales. Es más sencillo que las casas con portones eléctricos. “Quisiera una media manzana para criar gallinas, sembrar, tener un jardín”.
Sobre las casas que imitan la arquitectura estadounidense, tiene una opinión directa: “Son bonitas, pero no encajan con el ser de acá. Pero decimos que es el gusto de cada quien y para gustos colores. Cada cabeza es un mundo. Lo que sí se comenta en la comunidad es que es una lástima hacer las grandes casas y no disfrutarlas”.
Luz no es propietaria, pero sostiene la casa. La limpia, la cuida, la habita. “Yo encariñada al cien por ciento de la casa no estoy, porque no es mía”, dice. Pero ahí transcurre su vida. Dentro de esas paredes, ella también ha echado raíces.
En El Salvador, según el VII Censo de población y VI de vivienda de 2024, 15 de cada 100 viviendas —es decir, 146 mil 442— han sido prestadas o cedidas gratuitamente.

La estatua que mira al norte
Intipucá a simple vista, podría parecer otro pueblo del oriente salvadoreño. Pero basta caminar por sus calles para notar que su forma fue esculpida desde lejos: por quienes partieron, pero nunca se fueron del todo.
Cada casa levantada con remesas cuenta una historia íntima. Pero vistas en conjunto revelan algo más: una transformación del territorio, silenciosa pero profunda. Ángel Flores, coordinador de la filial oriente del sindicato MILPA, lo dice sin rodeos: “El casco urbano de Intipucá está prácticamente construido por la diáspora. Las casas pasaron de ser de adobe y teja a tener diseños traídos del norte, con lámina imitando tejas y águilas estadounidenses en las fachadas. Incluso las calles tienen nombres de personas gringas. Es una arquitectura que habla más de quiénes se fueron que de quienes se quedaron”.

Una de esas calles es la de William Walker, la vía central del pueblo, nombrada en honor a un exembajador estadounidense. El dato, aunque parece anecdótico, resume bien el imaginario migrante inscrito hasta en la toponimia local.
El arquitecto Benjamín Flores ha estudiado estos cambios. Habla de techos inclinados tipo “dos aguas” pensados para la nieve, pero plantados bajo el sol ardiente del trópico. Balcones, jardines laterales, molduras decorativas, ladrillos artesanales combinados con bloques de concreto. Ventanas traídas en fotografías. “Muchas veces la gente lo que hace es enseñarle una foto al constructor y le dice: ‘Quiero una casa así’. A veces son imágenes sacadas de revistas o casas de allá. Solo se ajusta un poco: aquí va el garaje, aquí otra puerta”, explica.
Pero la transformación va más allá del cemento y el diseño. Es simbólica y social, insiste Ángel Flores. Ha desplazado árboles, ha alterado microclimas. Ha creado fronteras invisibles. “En los años 80 empezaron a llamarnos ‘los del monte’ a quienes vivíamos en las zonas rurales. A las familias que mandaban dinero desde Estados Unidos se les asociaba al ‘pueblo’. Se creó una frontera simbólica entre quienes migraron y quienes no”.
Los cambios han alcanzado también a la política local. Flores cuestiona el rol de comités como “Unidos por Intipucá”, conformados por migrantes. “Al inicio organizaban fiestas patronales, adoquinaban calles, ponían alumbrado. Daban becas. Pero no abordaban temas estructurales. Ahora tienen influencia directa en los gobiernos municipales. Y muchas veces priorizan obras que favorecen negocios turísticos de la diáspora, no a las comunidades rurales”.
La migración es tan central en la identidad de Intipucá, que frente a la alcaldía se levanta una estatua conmemorativa. En el corazón de la plaza central, una escultura de Sigfredo Chávez representa a un hombre de pie, mirando hacia el norte. Lleva un pequeño bolsón en la espalda. A sus pies, cae el agua de una fuente. No es un homenaje individual. Es el símbolo de una historia colectiva.
“El regalo que muchos papás daban al cumplir los 15 años, al terminar el bachillerato, era pagar el coyote para [que su hijo o hija] se fuera a Estados Unidos», dice Flores. «La mayoría ya se había mentalizado desde joven».

Pero el dinero que cruza fronteras también genera distorsiones. “Como esta zona se percibe como ‘remesera’ se ha asumido que hay abundancia económica. Y eso ha limitado el trabajo de organizaciones sociales e instituciones de cooperación», advierte Flores. «Pero eso solo aplica en el casco urbano. En la zona rural hay condiciones de precariedad. La gente ha tenido que resolver por su cuenta”.
Mientras algunas familias construyen casas con pozos propios, baños modernos y sistemas individuales de aguas negras, otras siguen sin acceso a lo básico. “Estas casas crean un parteaguas”, explica la académica Flora Blandón. “Tienen capacidad de tener su propio pozo o poner cañerías desde el lugar más cercano, mientras la otra gente no tiene esa posibilidad. Estas viviendas marcan contrastes muy fuertes en los territorios”.
Las estadísticas lo confirman. Según la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples (2023), más de la mitad de los hogares urbanos (52.7 %) tiene inodoros conectados a sistemas de alcantarillado. En las áreas rurales, dominan las letrinas privadas (41 %), seguidas por inodoros con fosa séptica (31.8 %), letrinas aboneras privadas (11.5 %) y letrinas comunes (9 %).

Y si el contraste arquitectónico es notorio, el económico lo es aún más. En varias zonas del oriente y norte de El Salvador, las remesas no sólo complementan los ingresos: los superan. Según el Banco Central de Reserva, en febrero de 2025, el promedio nacional de remesas fue de 349.60 dólares mensuales por hogar.
La Unión es uno de los departamentos más dependientes: 50 % de los hogares es remesero, es decir 1 de cada 2 hogares recibe remesas. Le siguen Cabañas y Chalatenango con 46.6 % y 42.5 %, respectivamente. En San Miguel y Morazán son 38.8 % y 37.5% hogares que reciben remesas, respectivamente
Pero este flujo económico no viene sin consecuencias. Crea presión. Impone expectativas. El que se va, tiene que volver con éxito. Y si no, el juicio social cae pesado. “Hay un culto al éxito muy fuerte», dice Flores. «El que se va tiene que regresar con dinero. Pero ha habido casos de deportaciones [personas retornadas]. Y eso genera una afectación moral. El que regresa sin nada es visto como alguien que fracasó con el sueño americano”.
Paisajes de remesas en el gran arco de la boca
Caminar por el centro de Intipucá un domingo por la tarde es como recorrer un pueblo fantasma. Las calles lucen vacías y, en la plaza principal, frente a la alcaldía, apenas tres hombres rompen el silencio: juegan naipes bajo la sombra de unos árboles, en una banca, y beben sin prisa. Más adelante, en una fila de locales cerrados, solo uno permanece abierto, atendido por dos personas que apenas cruzan palabra.
El cementerio general de Intipucá es aún más solitario. La entrada está enmarcada por un gran arco que da paso a un laberinto apretado de lápidas. No hay veredas trazadas, solo senderos de tierra que se desvanecen entre cruces viejas y tumbas erosionadas por el tiempo. Avanzar es un acto de equilibrio: esquivar nichos torcidos, saltar entre tumbas vencidas. A veces, no queda más que pararse sobre ellas.

Ángel Flores, líder comunitario de MILPA, camina entre las tumbas y señala con la mano una estructura elevada, con columnas y techo, como una glorieta construida al lado de una sepultura. “Ahí está el contraste más claro”, dice. “Hay nichos que parecen pequeñas iglesias. Se parecen mucho a esas narcotumbas que se ven en México”.
Dice que no cuesta identificar el origen. “Uno sabe si es de una familia agricultora, luchadora, o si es de alguien que tuvo parientes en Estados Unidos, por lo suntuoso. Por la inversión que se ha hecho en la tumba”.

El contraste se vuelve más crudo cuando muestra lo que hay al lado. “Ahí mismo hay tumbas de familias campesinas, que lo único que tienen es una cruz de madera. Y a veces, estas tumbas más grandes se construyen encima o junto a las de familias pobres. El camino se vuelve inaccesible. Hay que ir brincando. Una persona adulta mayor ya no puede acompañar”.
Hace una pausa. Mira hacia una esquina. “La última vez que vine fue cuando murió mi padre. Su cruz está ahí, la verde, justo en la esquina. Yo tengo que brincar una tumba para llegar. Poco a poco nos fueron rodeando. Mi madre ya no puede venir. No puede acceder”.

Casas para no vivir: el espejismo del progreso rural
Entre 2019 y 2024, el 8.3 % de los hogares en El Salvador reportó que al menos uno de sus integrantes migró de forma permanente. La cifra, apenas 0.4 puntos porcentuales más alta que la reportada en el censo de 2007, puede parecer modesta. Pero su impacto ha reconfigurado comunidades enteras.
En Morazán, por ejemplo, el 27.2 % de los hogares recibió remesas en 2024. Es decir, un poco más de una cuarta parte de las familias depende de los envíos económicos que llegan desde el extranjero.
En el caserío La Cuchilla, en el distrito de Delicias de Concepción, al norte del oriente salvadoreño, esas huellas son visibles. Edgardo Silva, líder comunitario, señala una casa de dos pisos recién terminada. Está justo a la entrada del caserío. La llaman Casa Morazán. Desde abril se oferta en Airbnb por cerca de 100 dólares la noche. Su anfitrión (o host), según la plataforma, reside en New Jersey, Estados Unidos.

“Aquí vemos edificaciones muy bonitas, que llaman la atención, pero muchas viviendas están vacías. No contribuyen al desarrollo real de las comunidades. Con la nueva modalidad de alquilarlas, se está vendiendo una falsa hospitalidad rural: casas en 150 dólares la noche, cuando el salario mínimo en el país es de 365 dólares. Es un precio que aquí muchas personas no pueden pagar”.
Lo dice desde la experiencia. Justo enfrente de la Casa Morazán, vive ahora un hombre que fue retornado junto a su esposa. Dejaron a sus tres hijos en Estados Unidos. Con lo poco que tienen, han levantado una galera de lámina. “Uno la ve y piensa: ‘¡Qué chivo!’ Parece desarrollo. Pero a la larga, no beneficia realmente a la comunidad”, sostiene.
Desde el 20 de enero de 2025, cuando inició el segundo mandato de Donald Trump, El Salvador ha recibido al menos 59 vuelos de deportación desde Estados Unidos. Así lo indica el informe más reciente de Witness at the Border, organización que monitorea los vuelos operados por ICE Air. Solo en mayo llegaron 17 vuelos al país, con al menos 1,600 personas a bordo, incluyendo dos provenientes de la base militar estadounidense en Guantánamo.
En el primer trimestre de 2025, un total de 2,546 salvadoreños fueron retornados desde Estados Unidos, según datos del portal de transparencia de la Dirección General de Migración y Extranjería.
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Para la académica Flora Blandón, el fenómeno de las casas construidas con remesas ha mutado. Lo que antes fue una forma de cuidar desde la distancia o una expresión del desarraigo, hoy también responde a la lógica del mercado. Las construcciones —sobre todo apartamentos y urbanizaciones cerradas— ya no están pensadas para quienes viven aquí. “Las instituciones gubernamentales dejaron de acompañar estos procesos. Y el mercado lo que ha hecho es marcar quiénes pueden y quiénes no pueden”, explica.
Blandón advierte sobre los precios de los nuevos complejos habitacionales: “Hay alquileres de 900, 1,000 o hasta 1,500 dólares al mes. ¿Qué salario puede aguantar pagar eso?». Y lanza una pregunta clave: “¿Quién es el público objetivo? Muchas constructoras no están pensando en la gente que vive aquí, sino en personas que están fuera: migrantes que ahora tienen una mejor posición económica y que se están convirtiendo en inversionistas inmobiliarios”.
Para ella, esto marca una nueva etapa en el vínculo entre migración y vivienda. Ya no se construye solo para regresar. Se construye para invertir. “Quizás ni siquiera están pensando en volver, sino en tener una propiedad para alquilarla”, puntualiza.
El arquitecto Benjamín Flores no condena las construcciones en sí. Pero sí cuestiona la ausencia de políticas públicas que ofrezcan oportunidades en las zonas rurales. “El problema es que no hay una estrategia para que la gente no tenga que migrar. Desde que desapareció el Ministerio de Planificación, no hay gestión del territorio. Lo que necesitamos es ordenamiento, descentralización”.
También señala un problema de fondo: “Muchas de estas casas se construyen por moda. No responden a las necesidades reales de quienes las habitan. A mí, personalmente, mucho de lo que se está haciendo ahora no me gusta. No está pensado para la vida cotidiana, sino para el mercado”.
Aunque los flujos migratorios se han vuelto más difíciles, Blandón cree que el vínculo emocional con el territorio persiste. “Los migrantes transnacionales están pendientes, llegan, conviven, colaboran colectivamente. Y eso va más allá de construir sus propias viviendas: desarrollan proyectos que requieren más recursos y más compromiso”.
Aun así, advierte que esta fiebre constructiva podría estar cerca de agotarse. “El boom de este tipo de construcciones lo está sosteniendo la segunda generación migrante. La tercera, los hijos o nietos de los primeros migrantes, ya no sienten el mismo arraigo. Puede que esa relación con el territorio y con la arquitectura como expresión de esa pertenencia empiece a diluirse”.
*Algunos nombres en este reportaje han sido modificados para proteger la identidad de las personas entrevistadas, por razones de seguridad.
Este reportaje fue realizado como parte del taller Cambiar la Mirada. Nuevas narrativas sobre migración, coordinado por Eileen Truax, en alianza con Factual, ONU-Derechos Humanos, la Universidat Autònoma de Barcelona y CER-Migracions.