Cuando el viento sopla, la fina tierra se levanta del suelo y se impregna en el cuerpo, en el aire, por todos lados. Los rayos del sol generan olas de calor sobre las cetáceas, rocas y arbustos. Sobre la tierra resaltan las flores amarillas del huizache y de agaves.
La vegetación es árida al pie de los peñascos. Allí donde falta el agua, el reflejo del sol hace brillar las rocas destacando los tonos café, verde pálido y amarillos. En ese lugar, abuelas, madres, e hijas del pueblo indígena Ngiwa moldean con sus manos agrietadas la tierra hasta convertirlas en piezas de cerámica.
Cada objeto revela la memoria e historia del hábitat de los Ngiwa, cuyo término significa habitantes de las llanuras. El territorio de este pueblo originario de México se ubica en el sureste del estado de Puebla y se extiende hacia el norte de Oaxaca, en la región del Valle de Tehuacán-Cuicatlán. El pueblo Ngiwa es reconocido mundialmente por la alfarería. Esta tradición es patrimonio cultural desde 1998 según UNESCO, pero está en riesgo debido a las concesiones mineras que operan en la zona a pesar de la reforma a la Ley Minera del 2023, la cual prohíbe de forma absoluta el extractivismo en Áreas Naturales Protegidas (ANP) y en zonas de reserva.

“La conexión con la tierra es muy íntima. Gracias al barro hemos salido adelante con nuestras familias. Nuestras tatarabuelas, abuelas, madres y nosotras con nuestras hijas aprendimos a trabajar con el barro”, dice una de las mujeres artesanas de Los Reyes Metzontla, un pueblo Ngiwa asentado en la Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán.
Durante décadas, la alfarería con la técnica de bruñido ha sido y sigue siendo parte del día a día de las mujeres Ngiwa o también llamadas Popolocas, en el estado de Puebla. Ellas han conservado esta técnica de generación en generación, incluso existen registros de piezas que corresponden al año 2,300 a. C.

Los conocimientos sobre el manejo del barro los adquieren desde muy temprana edad. Esmeralda cuenta que comenzó a moldear sus primeras piezas a los 11 años, pero desde antes ya jugaba con la tierra. La artesana recuerda que acompañaba a sus padres al cerro para traer el barro. “Poco a poco fuimos aprendiendo bien el oficio de la alfarería, porque es el sustento económico de nuestras familias y de nuestro pueblo”, narra.
Las piezas de barro dan cuenta de la relación que existe entre las familias Ngiwa con la fauna y la flora. Las aves y los cactus están pintados en las piezas, pues son identitarias de la zona. En ellas se observa el rojo cobrizo que es el color de la vegetación cuando la lluvia no llega, el amarillo o el gris que define la falta de humedad en esta zona árida.
Las familias, principalmente las mujeres alfareras del pueblo Ngiwa, protegen sus saberes ancestrales en relación con el manejo y el uso del barro. Con la hechura de cada pieza siguen conservando la memoria de sus ancestras y ancestros.
Memoria y territorio en la alfarería
En los recuerdos de las artesanas siempre están presentes las enseñanzas de las bisabuelas, las abuelas, de sus madres haciendo alguna pieza de cerámica en las mañanas y noches interminables: una taza, un jarrón, un plato, un vaso. Las rememoran cerca del fogón, conversando alrededor del barro en el patio de las casas.
La técnica que emplean es única, se llama bruñido. Consisten en que antes de hornear las piezas las tallan con una piedra lisa para cerrar los poros y darle el brillo que las caracteriza, a diferencia de otras cerámicas que usan brillo de esmalte químico. Acá el brillo surge del pulido manual.
El trabajo es arduo. Conseguir la materia prima es lo primero. Esmeralda cuenta que para traer 30 kilogramos de barro del peñasco, tuvo que llevar a un animal de carga. “No es solo llegar y agarrar con la pala, sino que se tiene que seleccionar bien y encontrar el barro que es útil, porque si se agarra por encima, es pura tierra suelta y no sirve para trabajar en nuestras artesanías”.
Al moldear las piezas, las manos se pintan de naranja, amarillo, cobre, café, rojo, gris claro e intenso. En los Reyes Metzontla, según los pobladores, existen al menos siete colores de arcilla. De acuerdo a los datos de la Dirección General de Minas, en esta zona de la Reserva hay vetas de mesotermal, las cuales se definen como grietas profundas en las rocas que están llenas de minerales y que dan color a la alfarería de Los Reyes Metzontla.
Los colores de las arcillas que más usan las mujeres son el cobre, amarillo, gris, y rojo, aunque a veces no logran conseguirlas porque requiere mayor trabajo su busqueda. Después de hacer una sola mezcla con todos los colores, la dejan reposar, mientras, los hombres acuden a otra mina conocida como La Peña o mina de talco, ubicada en el centro del pueblo. Los pobladores llaman la peña a las pequeñas lajas de piedra que se desprenden de una roca, este mineral ayuda a consolidar los barros.

Con picos, marros y barreta en las mano, los hombres rompen las rocas para obtener la peña o talco, esta labor se realiza en las madrugadas para evitar la fatiga debido a las altas temperaturas. El proceso se hace de manera manual, aunque las personas ya han probado con maquinaria, pero la calidad del mineral no es lo mismo, así que prefieren hacerlo de manera tradicional.
El uso del talco solo está autorizado por las autoridades de Los Reyes Metzontla, quienes facilitan al menos 20 latas de este mineral de manera temporal, sin excederse debido al miedo a que llegue a terminarse.
“La peña o el talco es nuestro patrimonio más íntimo que tenemos en el pueblo, es el único pueblo que contiene este mineral. Es lo que nuestros ancestros nos heredaron”, sostiene Esmeralda y las otras artesanas.

Las artesanas dejan reposar la mezcla de los barros durante tres o cuatros semanas, para luego combinarlo con el talco, hasta que su consistencia se vuelve espesa como limo fino y de nuevo lo dejan asentar. Después del reposo, las manos de las artesanas vuelven al barro y comienzan a darle forma. Las piezas pueden durar hasta 15 días en secarse, dependiendo del clima.
Este trabajo lo hacen en sus hogares durante las noches, la madrugada,o el amanecer, pues alternan el trabajo de alfarería con los quehaceres del hogar, el cuidado de los pollos, borregos, chivos y puercos, y el trabajo del campo. “Así es como vivimos día a día, entre el barro, el campo, nuestros animalitos y lo que nos pueda generar un poco de dinero para ir sobrellevando”, dice Soledad, mientras limpia unos magueyes para sembrarlos, pese a la falta de agua.
Gracias al trabajo de la alfarería, los hijos de Soledad terminaron sus estudios, su hija la mayor se graduó de la universidad, aunque reconoce que no siempre las ventas son buenas. El esposo de Soledad emigró a Estados Unidos para completar los gastos y poder construir una casa de concreto para su familia.
“Es muchísimo trabajo y tarda en salir. Hay muchas personas que no saben el tiempo que lleva cada pieza y luego nos piden una rebaja”, agrega Soledad, explicando que cada pieza le toma por lo menos tres semanas de elaboración.
Cuando están listas las piezas, las artesanas se reúnen para hacer uso de un horno que construyeron de manera colectiva. Después de la cocción, que puede durar varias horas, la pieza se encera y empieza a tomar un color rojizo o chocolate, dependiendo del gusto y de los encargos que les hacen.

Territorio y patrimonio del pueblo Ngiwa en riesgo
Las mujeres artesanas de Los Reyes Metzontla están preocupadas porque desde mediados del 2025, mientras dormían, comenzaron a sacar en camiones toneladas de tierra de las faldas del cerro Pizarro. Sin el barro sería difícil continuar con un oficio que les da de comer y que es un patrimonio cultural y biocultural invaluable.
“¿Si nos quedamos sin barro qué haremos? Irnos de acá como el otro pueblo que se fue quedando sin agua, las familias dejaron de criar ganados y se fueron, ahora parece un pueblo fantasma”, relata con tristeza Soledad.
Esta minería extractiva ocurre en la Reserva de Biosfera Tehuacán-Cuicatlán, que abarca más de 490 mil hectáreas entre los estados de Puebla y Oaxaca. Es un sitio de valor natural y cultural, reconocido por la UNESCO como reserva de biosfera en 1998 y como sitio mixto de Patrimonio Mundial en 2018, hospeda unas 2700 especies, entre ellas el jaguar (Panthera onca), el puma (P. concolor), el guacamayo verde (Ara militaris) y una notable diversidad de cactus y agaves.

“La pérdida de este oficio —que no solo es una práctica económica, sino cultural— tiene una implicación simbólica, ritual y de relación con el mismo territorio. Es una labor digamos, biocultural que tienen los pueblos y en este caso, las productoras de cerámica”, señaló León Mayorga, integrante del colectivo Geografías Comunitarias.
Además de esto, la falta de agua en esta zona árida afecta aún más a las comunidades, explica el investigador y activista Jesús Hernández Castillo, ya que la minería requiere mucha agua. “Donde hay una minera va a haber una concesión de agua. Generalmente para poder separar los minerales de la tierra se requieren muchas cantidades de agua, entonces, esto vulnera el derecho al agua que es esencial para todos, no nada más para nosotros como personas, sino también para la biodiversidad”, advierte Jesús Hernández.
A finales del mes de mayo del 2026, un guía comunitario del Jardín Botánico Helia Bravo Hollis, ubicado en la Reserva de la Biosfera, dijo que en la última década las condiciones climáticas en la región han cambiado drásticamente, se ha registrado una disminución de hasta el 50 por ciento en las precipitaciones.
Precisó que está en peligro el garambullo –cactus endémico de México, típico de zonas semidesérticas– considerada una de las especies más representativas de la región y que puede alcanzar entre 200 y 300 años de vida. Actualmente ya se observan ejemplares secos o muertos a edades tempranas.

Por otra parte, el activista David Jiménez, de Geografías Comunitarias, es enfático en señalar que la industria de la minería representa contaminación a los ecosistemas e impacto en la salud de las personas. “Significa la destrucción del hábitat, en este caso de la flora, fauna, la diversidad ecológica y de paisajes y eminentemente de las personas”, precisa.
De acuerdo con la Dirección General de Minas, existen diez concesiones mineras en la Reserva de la Biósfera Tehuacán-Cuicatlán, entre ellas, “Los Reyes”, con una participación del 50% de Jaime Cruz Cortez y el otro 50 % a nombre de Marcos Figueroa Suárez, la cual está vigente hasta el 22 de septiembre del año 2061 y abarca 100 hectáreas de superficie sobre la sobre la falda del Cerro Pizarro. La concesión inició en 2011, pero de manera temporal está paralizada.
A las mujeres del pueblo Ngiwa les cuesta creer que los recursos naturales que sostienen sus vidas diarias están en riesgo. Pero lo cierto es que el extractivismo y las condiciones climáticas son cada vez más evidentes. Debido al fuerte verano de este 2026, hay menos cantos de aves, las flores se marchitaban más pronto como consecuencia de los intensos rayos de sol.
A pesar de todo, la tradición alfarera continúa. En cada curva del modelado del barro está el pulso de las abuelas, el aliento de las madres y el porvenir de quienes aún habrán de modelar la arcilla. Así, el barro recuerda lo que el tiempo no alcanza a borrar: que un pueblo perdura mientras sus mujeres sigan transformando la tierra en memoria y la memoria en vida.

SOBRE ESTA INVESTIGACIÓN
¿Cómo llegó la periodista a esta historia?
En un encuentro de mujeres indígenas, conversamos sobre lo que atraviesan nuestros territorios, de ahí sobre cómo se están despojando a los pueblos de sus recursos naturales y de supervivencia en zonas protegidas.
¿Cuántas fuentes consultó en total? y ¿Qué tipo de fuentes?
6 fuentes testimoniales
3 fuentes expertas
3 fuentes documentales
¿Cuántas entrevistas hizo?
10
¿Quién integró el equipo periodístico y de producción?
Una periodista: Juana García Sánchez
Un fotógrafo: Juana García Sánchez
Una editora de contenido: Ginna Morelo
Un diseñador
Una creativa de redes sociales
¿Cuánto tiempo de reportería y producción invirtió el equipo?
Seis semanas.
¿En qué lugares hizo reportería?
Los Reyes Metzontla, Puebla, México
¿Presentó solicitudes de acceso a información?
Una, en la Secretaría de la Economía