Susanne Zaccour: «Ceder no es consentir; el consentimiento es una decisión voluntaria, explícita y libre de presión»

Lauri García Dueñas | 22/01/2024

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¿Qué es la cultura de la violación? ¿Por qué es el concepto del consentimiento tan importante en la legislación contra la violencia sexual? La abogada canadiense e investigadora feminista Susanne Zaccour explica en esta entrevista el rol del lenguaje y las estrcuturas legales en la normalización de la violencia sexual.

Suzanne Zaccour tiene 29 años, es abogada canadiense, autora, conferencista e investigadora feminista. Está cursando un doctorado en la Universidad de Oxford sobre el derecho relativo a la violencia sexual. Es graduada de la Universidad de Cambridge (maestría en Derecho), la Universidad de Toronto (maestría en Derecho) y la Universidad McGill (doble licenciatura en Derecho Civil y Derecho Común). También fue asistente legal en la Corte Suprema de Canadá.

Zaccour ha participado en la redacción y publicación de la Gramática para un francés inclusivo; del Manual de Gramática no sexista e inclusivo; y del Diccionario crítico del sexismo lingüístico, entre otros. A través de su labor en Canadá y Francia, ha buscado transformar el lenguaje para visibilizar a las mujeres y desafiar la cultura del machismo arraigada en las estructuras lingüísticas. Desde la resistencia inicial hasta la adopción gradual de nuevas formas lingüísticas inclusivas, su experiencia arroja luz sobre la importancia de repensar nuestro lenguaje en la lucha contra la discriminación de género.

En esta entrevista, comparte sus perspectivas sobre la cultura de la violación, explorando cómo el lenguaje y las estructuras legales pueden contribuir a la normalización de la violencia sexual. La abogada critica las limitaciones del sistema legal y explica la necesidad de un enfoque más centrado en el consentimiento para abordar eficazmente la violencia sexual en nuestras sociedades.



¿Qué es una gramática feminista y por qué te pareció importante pensar en una?


Desarrollé esta gramática para que se puedan visibilizar a las mujeres y eso es parte de un trabajo más lingüístico. También desarrollé un libro y trabajé en el tema del lenguaje sexista de forma más general o global. La forma en la que hablamos de violencia doméstica o cómo se habla de violencia sexual, el vocabulario, nuestra forma de hablar de estas violencias, a veces, traduce unos mitos sobre violencia sexual, como si fuese romántica o es matizada o normalizada.

A mí me parece importante hablar de eso que hacemos todos los días, es importante si cambian las leyes y las actitudes, pero también cómo hablamos. Cómo hablan los medios de comunicación de la violencia sexual, cómo hablan de las mujeres en el trabajo. Es importante un lenguaje que visibilice a las mujeres y que no continuemos con el enfoque de la cultura de la violación.


¿Hubo resistencia con el uso de esta nueva gramática en Canadá y Francia?


Hay mucha resistencia en tener un poco más de apertura al francés inclusivo, hay resistencia de personas que sostienen que el francés no es machista, «¿cómo puedes atacar la lengua?», pero, en general, ya son cinco años que publicamos la gramática y muchas más universidades, empresas, unidades de trabajo se están sumando. Incluso ahora, cinco años después, sigo recibiendo peticiones para hacer formación y talleres en empresas, así que, vamos bastante bien. Siempre hay personas que se resisten al cambio de la lengua, el idioma es algo muy político, muy emocional. Por lo menos en Quebec, se recibe bastante bien, mucho mejor que en otros lugares, como en Francia.


Muchas personas aún opinan que exigir un lenguaje no sexista e incluyente es exagerado y deforma los idiomas. Dicen que las palabras son solo eso, palabras. ¿Qué es el lenguaje sexista y cuáles son los daños sociales que esas palabras le hacen al tejido social?


El idioma o el lenguaje no es sólo lenguaje, con él representamos el mundo, a las mujeres, a las personas no binarias, e introduce un vocabulario sexista o no. El caso es que hay que traducir mitos sociales y hechos culturales. Las personas pueden creer que hablar de forma más feminista es mucho esfuerzo, es muy complicado y no vale la pena, pero no cuesta nada. Es una forma de activismo que no cuesta dinero. Bueno, sí, un poco de tiempo para entender de qué se trata, pero es muy fácil y se puede hacer a diario.

Hay estudios que comprueban que, por ejemplo, si digo el abogado, la gente se imagina a un hombre. Claro. Y así se refuerza la idea de que, por ejemplo, un político, un abogado, un juez, que son puestos de poder, son sólo para los hombres.

El francés solía ser más feminista y luego hubo reacciones en los siglos XVII Y XVIII. Gente con poder dijo: «Las mujeres no deberían escribir, no deberían tener poder». Y es así como criticaban el lenguaje. El francés se puso más sexista. Así que no es que las feministas hagan que el lenguaje sea político. Siempre fue político y el lenguaje se utiliza para propaganda.



Y ahora entramos a otro problema álgido, que es el que nos reúne. ¿Cómo defines tú la cultura de la violación?


La cultura de la violación es que exista un contexto social y cultural en el que la violación sexual o la violencia sexual es normalizada. Se alienta a tantos hombres a cometer violencia sexual, se culpa a la víctima, se trivializa la violación sexual. Es un fenómeno complejo que incluye mitos, y actitudes culturales. Lo que se ve en las películas, lo que se ve en los medios.

Cuando hablamos de cultura de la violación es para enfocarnos en causas sistémicas y estructurales, porque sí es posible tener un análisis más psicológico del problema de la violencia sexual y pensar que una agresión sexual es un hecho aislado, o a lo mejor que [el agresor] es un loco, un psicópata. Cuando hablamos de cultura de la violación es para preguntarnos: ¿no es acaso que hay todos esos hombres cometiendo violación? ¿Cómo puede ser que tantos hombres violen a tantos y tantas mujeres? ¿Es porque hay niños y niñas? Lo que hay es este sistema en el cual es normal la violación.

En mis talleres, ocupo muchos ejemplos de películas y series donde se ve una agresión sexual, pero no se representa como agresión sexual, se ve como romántico. En muchas series, se ve que el hombre insiste o besa a la mujer sin pedir consentimiento.


O se roba a la mujer, por ejemplo. Las autoras latinoamericanas señalan que muchas de nuestras abuelas y bisabuelas eran menores de edad cuando fueron raptadas por los abuelos o bisabuelos. En Latinoamérica, fue tan normal que hombres de 30 años o más raptaran niñas de 14. Y todavía ahora.


Si tuviéramos una cultura del consentimiento nadie iba a hacer eso. La violencia sexual es muy normalizada.


Y hasta romantizada…


Va matizado. Puede haber mujeres que son violadas y ni siquiera lo saben porque piensan que es normal.


Por sus esposos…


O sus esposos piensan que no es eso (violación), sino que es normal. Y si les preguntan si ha sido violada, dicen que no, pero si le preguntan si alguna vez el acto sexual fue forzado dicen que sí. Para ellos puede ser muy normal.

Hablando de cultura de la violación, podemos ver el sistema, que no es solo una persona «mala». Siempre es responsabilidad del agresor, pero no es solo eso lo que explica el fenómeno, esa misma persona en un sistema de cultura de consentimiento probablemente no lo habría hecho, pero como tiene impunidad, se ve como romántico.

Desde muy pequeños, recibimos este mensaje que robar un beso es romántico y desde chicas era así. «Si se mete contigo es porque le gustas», así que también es la cultura, el sistema.


Algunas discusiones feministas han problematizado el término cultura de la violación. Por ejemplo, en Alemania se usó para alimentar la xenofobia y estigmatizar a grupos de poblaciones racializadas, simplificando la violencia de género que ejercen como algo de su cultura, los hombres latinos en Estados Unidos, los africanos y árabes en Europa. ¿Cómo podemos usar este término como categoría analítica sin caer en discursos o análisis simplistas y discriminatorios?


Excelente pregunta. Es muy importante siempre hablar de la cultura mainstream, de la cultura dominante y mostrar cómo hay cultura de la violación. Por ejemplo, ayer di un taller y una abogada decía «Ay, qué vergüenza ser latina» porque mostré un ejemplo de aquí. Pero yo di ese ejemplo para mostrar algo que sea relevante aquí culturalmente. Cuando estoy en Canadá muestro ejemplos de allá o estadounidenses. Es muy importante decir que cultura de la violación es el todo, el sistema de la cultura, incluso dominante; que es muy distinto de decir «en sus culturas hay violencia sexual»; porque la gente que no reconoce la cultura de la violación, por ejemplo, entre los blancos y blancas, va a decir «en otras culturas sí hay cultura de la violación, pero nosotros y nosotras no tenemos este problema».

Así que es muy importante siempre utilizar ejemplos de grupos dominantes, no para utilizar [el término] como pretexto para decir ‘otras culturas’. Incluso, cultura de la violación, es un concepto que me sirve para describir que un violador es un hombre, a secas. Sino es muy fácil pensar que es un hombre negro o árabe, o inmigrante, o pobre, o feo o loco, que no es un hombre normal.


A ver, el derecho es un discurso de poder y, como tal, no es neutro. ¿Dirías que el derecho tiene género? ¿Cómo se manifiesta y con qué efectos? Te explico un poco la pregunta. Entrevisté a una colaboradora de Abogados sin Fronteras que explicaba esto, y hemos estado en reuniones donde las periodistas y las abogadas han visto cómo los casos en las cortes salvadoreñas pueden ser revictimizantes porque no hay un enfoque de género. ¿Cómo se manifiesta esto y con qué efecto?


Muchas leyes fueron escritas por hombres. Hace muy poco tiempo que las mujeres son parte del sistema legislativo. Y por eso, claro, si eran hombres que hicieron las leyes, por ejemplo, de violencia sexual en Canadá, no se aplicaban si era el esposo el que violaba a la mujer. Hombres protegiendo sus propios intereses. Luego, los jueces son hombres en su mayoría. Supongo que será lo mismo aquí y los abogados, también.

Creo que hay ese sesgo masculino en la ley. Y se ve por ejemplo en las definiciones de agresión sexual como violencia. Se habla de violencia, fuerza y resistencia por parte de la víctima. En Canadá, hace poco hubo mucha implicación de grupos feministas y se cambió la definición por la de contacto sexual sin consentimiento, que es un modelo distinto, en el cual, primero, puede ser cualquier contacto sexual y no solo penetración y no hay que tener resistencia, es el consentimiento lo que importa. Eso es solo un ejemplo, y el ejemplo más obvio. Todas las leyes deben ser vistas con enfoque de género.

Hay gente que cree que, si no piensas en género vas a tener una ley igual para todos, que, si no vemos el género, entonces no hay problemas en la ley. El problema es no pensar en el género y cómo se aplicará esta ley y tendrá efectos distintos en hombres y mujeres.

Esa imagen de la justicia ciega no funciona. Se piensa mucho en la igualdad como que hay que tratar a dos personas igual. Pero la igualdad es también que si hay dos personas que no están en la misma situación, no hay que tratarlas de la misma manera. Por ejemplo, si una persona tiene discapacidad hay que procurar acomodación, tener leyes. El enfoque en género es ver cómo es que esta ley que parece estar bien, y parece ser ley de igualdad, cómo se aplica en la vida real. Y pueden ser los impuestos. Puede haber enfoque de género en el derecho comercial, no solo en el derecho penal. En todo tipo de derecho, hay que pensar siempre en cómo se va a aplicar a las mujeres.


En cuanto al derecho penal y su rol como herramienta principal para impartir justicia en casos de violencia sexual, ¿cuáles son las limitaciones o carencias que identifica en esta rama del derecho cuando una víctima de violencia sexual busca justicia?


Muchísimas. ¿Dónde empezar? Es bueno empezar por cómo hablamos en estos casos. Es un modelo de violencia, de fuerza y resistencia. Así que, si una víctima no resistió, o no dijo que no, o no dijo nada, no se reconoce su falta de consentimiento. Es como: ‘por qué no se resistió o por qué no hubo mucha fuerza’.

Son muchísimos problemas, desde pocas denuncias o un sistema revictimizante, es muy difícil probar, por causa de esos mitos. Las pruebas son exámenes médicos que dicen: «No, no, no hubo violencia», como si se pudiera medir en un examen médico. Luego la trivialización y excusas: ‘Ah, pero es porque la ama o son sus impulsos, no pudo controlar sus impulsos’. En muchísimos casos, no se reconoce la violación, la definición legal es muy restrictiva y, además, todo el proceso es terrible.


El consentimiento se menciona mucho en los casos penales de violencia sexual. ¿Qué es el consentimiento en términos legales y por qué es importante?


Depende del sistema legal. Mi conclusión es que la mayoría de los crímenes sexuales no se definen con respecto al consentimiento, sino respecto a la violencia y a la resistencia. Entonces, el consentimiento «casi no importa». En Canadá, el consentimiento es como la definición de agresión sexual, el contacto sexual sin consentimiento. El consentimiento tiene que ser explícito, claro, comunicado y no se puede presumir. Tiene que ser sin violencia, sin coacción, sin mentiras. Y ahí es donde el consentimiento no es solo un sí y no es la ausencia de no.


O ceder…


Mi tesis de doctorado fue en violencia sexual conyugal y el problema es que, aunque tengamos en Canadá un entendimiento muy grande del consentimiento, es aún difícil cuando es violencia sexual conyugal. Reconocer, por ejemplo, que en parejas no va a haber violencia física, puede ser, pero en muchos casos es insistencia, manipulación emocional, que, ‘si me dices que no, voy a gritar, o voy a llorar’ o amenazas de hacerte daño o decirte ‘si me amaras, lo harías’. [Hablar de consentimiento] es reconocer esas formas más sutiles de violencia, de coerción.

Para mí, el consentimiento es explícito. Una persona tiene que estar muy segura de que hay consentimiento, no puede haber zonas grises y siempre es responsabilidad de la persona que tiene una actividad sexual asegurarse de que hay consentimiento voluntario, explícito. El consentimiento es cuando es fácil decir no. Por ejemplo, si es mi jefe, no es fácil decir no, entonces no puede haber consentimiento porque hay mucha presión.

A veces, cuando se hacen actividades sobre consentimiento se puede entender cómo, ‘bueno, solo tengo que preguntar e insistir hasta que me diga sí’. Ceder no es consentir. El consentimiento es dejar todo el espacio, el tiempo, para poder decidir. Y si es un ‘quizás, tal vez, no estoy segura’, entonces no hay consentimiento.

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