El país de los padres ausentes

Mónica Campos | 09/08/2022

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No conocer al padre o haber vivido sin su presencia es muy común en El Salvador. El precio del abandono paterno tiene implicaciones sociales, emocionales y económicas que pagan no solo las hijas e hijos, sino también las madres que deben enfrentarse a un sistema cultural en el que los hombres pueden desentenderse de sus responsabilidades y vivir en la impunidad.

El día del parto, Andrea llegó al hospital sola. Se acostó en la camilla del paritorio y una enfermera llegó a tomarle los datos. En un punto del formulario la enfermera le preguntó por el nombre del padre. Entre el dolor y los pocos momentos de lucidez, Andrea le dijo que no quería dar esa información. La enfermera insistió. Ella le dijo que no, que su hijo no tenía padre, no le podía dar ese dato. La enfermera se enfadó y comenzó a reprenderla, se puso agresiva y lo fue durante todo el proceso que culminó en una muy dolorosa cesárea.  

Andrea nació en 1984, tiene 38 años de edad y ahora trabaja en una universidad privada como bibliotecaria. Tiene un hijo y una hija. En su infancia vivió con la ausencia de su padre y, muy a su pesar, sus hijes también pasan por lo mismo.  

Se casó joven y esperaba tener la familia tradicional que tanto le había inculcado su madre, pero su esposo comenzó a ejercer violencia sexual contra ella y se tuvo que divorciar. A partir de ese momento, el papá de su hija desapareció de la vida de la niña y Andrea ha tenido que sostener el peso emocional y económico de la ausencia de su ex pareja, así como su madre tuvo que hacerlo cuando ella era pequeña.  

La mamá de Andrea era una empleada del hogar remunerada. Quedó embarazada y el padre nunca se hizo responsable de la niña. Cuando cumplió 10 años, su mamá la llevó a verlo porque necesitaban ayuda económica. Esa fue una de las experiencias que marcaría de por vida a Andrea. El hombre miró a la niña y le dijo: «Nunca hubieras nacido, no sé por qué me buscás».  

Los años pasaron. Andrea se prometió que, si tenía hijos, tendrían una madre y un padre, pero las cosas no fueron así y ella se culpó, sintió que había fallado. Años más tarde de su divorcio, tuvo una relación casual con otro hombre y nuevamente quedó embarazada. El hombre no quiso asumir su paternidad y esta vez Andrea se enfrentó no solo a los problemas económicos que implica ser una madre que cría sola, sino a los señalamientos de la sociedad que también le hacían sentir culpable.  

En ese momento ella tenía 28 años y trabajaba en un colegio católico. Ser madre sin un hombre a la par era demasiado escandaloso ante la comunidad estudiantil y los profesores. El hombre no cumplió su rol, pero la sanción social recayó en ella. Este segundo parto, en esa sala de hospital público, es quizá el momento más duro que recuerda. Ese día la culpa y el señalamiento social se transformaron en una violencia tangible y lacerante: la violencia obstétrica. 

La enfermera que la atendió era evangélica, así que al enterarse de que no había un hombre responsable de ella comenzó a recitarle versículos bíblicos. «Me dijo que como no había ningún hombre responsable de mí podía hacer lo que quisiera», recuerda Andrea. Le informaron que le harían una cesárea, pero la anestesia no funcionó así que le practicaron un procedimiento que describe como «en carne viva».  

Entre las violencias que vivió recuerda que la enfermera se acercaba de vez en cuando a insultarla y a apretarle el estómago y en una de esas ocasiones le dijo: «Tal vez así te acordás de que no debés abrir las piernas con cualquiera». 

La cesárea de Andrea fue en 2012, y 10 años después aún se quiebra al contar lo que sucedió en ese hospital.  


El costo de la ausencia paterna 


La ausencia de los padres se traduce en un gran costo económico para las madres. Andrea intentó demandar a su ex esposo, padre de su hija, ante la Procuraduría General de la República (PGR) para obtener una cuota alimenticia, pero el hombre la amenazó con hacerle daño a ella o a la niña, así que desistió. En el caso de su segundo hijo, sí logró que el padre diera una cuota, pero la pensión es de $60 al mes, una cantidad que poco ayuda en las necesidades de un niño de 10 años.  

En mayo de 2020, la entonces Procuradora General de la República, Miriam Geraldine Aldana, dijo en su informe de memoria de labores dirigido a la Asamblea Legislativa que la solicitud de cuotas alimenticias es el servicio que genera mayor demanda institucional a la PGR. Las peticiones son más del 50 % del servicio que ofrece la Unidad de Familia de la institución. En esa ocasión, Aldana dejó también por escrito ante los y las diputadas que la situación les hacía “inferir que, a pesar de los esfuerzos por trabajar en la disminución de las brechas de género, siguen siendo las mujeres las que ejercen el cuidado y responsabilidad de sus hijos e hijas frente a una separación de los padres o un abandono por parte del hombre”. Y su declaración la reforzó con un revelador dato: el servicio de cuotas alimenticias es solicitado en un 95 % por mujeres, frente a un 5 % de hombres.  

El informe remarcó que las cuotas alimentarias se establecen en la institución mediante acuerdo o por resolución administrativa en un 93 %, y solo un 7 % a través de una decisión judicial. Carmen, una joven que ahora tiene 26 años fue una de las personas que llevaron a su padre a un proceso de conciliación. 


La infancia frente a la ausencia paterna 


Carmen trata de recordar el momento en el que se enteró de que no tenía papá, o al menos, uno presente, porque realmente él vivía a pocos kilómetros de su casa. Era el año 2002 y ella tenía seis años. En el kínder le pidieron a todo el salón que dibujara a su familia. La pequeña Carmen, crayolas y colores en mano, se dispuso a dibujar cuatro siluetas. La suya, la de su hermano, la de su mamá y la de un hombre que no existía. ¿Por qué?, se pregunta ella misma a sus 26 años, pues porque era lo lógico, se responde de inmediato. «En la mente de un niño está: Tengo que dibujar un papá porque es lo que dicen que tiene una familia». Entonces Carmen trazó y coloreó a este padre ficticio y ese personaje saltó del papel a una realidad paralela que ella misma se inventó.  

Hasta los 10 años de edad, Carmen escondió de sus amistades el hecho de que no tenía un papá en casa. «Mentir era lo más sencillo para mí», recuerda ahora. Nadie le explicó por qué su padre simplemente no estaba. Uno de los momentos más difíciles del año para ella era el 17 de junio, día del padre, día en que en la escuela se hacían manualidades para llevarlas a sus progenitores.  

Para ella, el sistema educativo salvadoreño se convirtió en este fantasma que regresaba año con año a recordarle que algo andaba mal. Las escuelas y los colegios promueven un estilo de familia que realmente no se tiene en El Salvador, dice Carmen, y para una niña de seis años, no cumplir con el estándar que te venden la escuela, la iglesia y la sociedad es muy difícil de entender. La Carmen adulta ahora sabe de sobra que en El Salvador el abandono de los padres es muy común.  

En nuestro país, 7 de cada 10 niñes que viven sin alguno de sus progenitores fueron abandonados por su papá, según la Encuesta de Hogares y Propósitos Múltiples de 2020. El total de menores que viven sin el apoyo de los hombres que les engendraron, según registra la misma encuesta, era de 397,991 para ese año. Una de las opciones que tienen las madres de estos infantes es denunciar ante la Procuraduría General de la República (PGR) la falta de apoyo económico de estos hombres. Sin embargo, tres madres consultadas por Alharaca dijeron que no denunciaron por temor a que los progenitores les hagan daño a ellas o a sus hijes. Pero Carmen sí denunció a su padre. 


Reencuentro en la PGR 


Antes de la audiencia en la PGR, Carmen tenía nervios y repasó varias veces en su cabeza cómo sería el encuentro con su padre. Pensó: «Voy a conocer a este hombre, ya soy adulta, ¿cómo lo voy a saludar? Hola, mucho gusto, lo estoy demandando».  

El día de la audiencia, su padre declaró que no tenía dinero, lo cual a ella le pareció raro pues él vivía presumiendo su empleo en redes sociales. A ella le pareció increíble que el hombre pasara de ser un gran profesional a no tener trabajo justo cuando ella estaba demandándolo para poder costear su universidad.  

Asegura que el sujeto se aferró durante todo el proceso de conciliación a declarar que no podía pagar. Al final del proceso, la PGR le fijó $60 de cuota mensual, una ínfima cantidad que no alcanzaba ni para la mitad de la mensualidad de la universidad de su hija. Durante la audiencia el hombre dijo: «No lo voy a pagar, prefiero irme a la cárcel. Meteme preso porque no lo voy a pagar». Ni Carmen ni su madre quisieron seguir a la etapa judicial del proceso. El hombre hasta la fecha no ha pagado un solo centavo.  

Según datos de la PGR, de junio de 2018 a mayo de 2019, un total de 30,756 niñas, niños y adolescentes recibieron cuotas alimenticias. En el mismo período de 2019 al 2020, el número de menores beneficiados subió a 36,000 mil y en los años 2020 a 2021 disminuyó con un total de 32,400 menores beneficiados. 


La herida del abandono  


Cuando César tenía 10 años, un señor desconocido de traje y corbata le preguntó a él y a sus hermanas con quién se querían quedar. Con su mamá o con su papá. Sin pensarlo mucho, a tres voces y casi al mismo tiempo dijeron que con mamá. Resulta que su papá era un hombre alcohólico que agredía física y emocionalmente a su madre y el señor que hacía las preguntas era el abogado que llevaba el proceso de divorcio.  

Veinticuatro años después, César se convirtió en abogado y procesó algunos casos similares al de sus padres. Ahora tiene 34 años y al hablar de este tema considera que lo más urgente en casos de divorcio es conseguir atención psicológica para las y los hijos, lo dice por observación profesional y por experiencia. 

César estudió en un colegio católico salesiano para varones. Todos los días al pasar por la entrada del colegio lo primero que se veía era una estatua de la familia tradicional, la familia que promueve la iglesia: papá, mamá e hijos, en ese orden. La figura paterna era la más grande y la primera en importancia, la segunda era la figura materna y tomados de la mano estaban los infantes, a cada lado de los progenitores.  

En la adolescencia, los jóvenes gays o bisexuales del colegio comenzaron a experimentar su atracción hacia otros, situación que se trató de manera alarmante en la institución, altamente conservadora. César recuerda que lo más grave del asunto fue que en secreto se manejaba la información de que los jóvenes gays eran los que vivían solo con sus madres. Pero él no entendía esa información, a él le gustaban las niñas y solo vivía con su mamá.  

La psicóloga infantil Ariella Arteaga explica que el principal mito sobre la ausencia del padre en el desarrollo de los niños varones es que si un niño crece solo con su madre «se hace gay». Esta situación no solo genera estigma hacia los niños que sufren abandono paterno, sino también a los niños con orientaciones sexuales diferentes a la heterosexual, ya que se trata el tema de la homosexualidad como si fuera algo negativo o una consecuencia de un trauma. Contrario a esta creencia, en 1990 la Organización Mundial de la Salud eliminó la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales y la aceptó como una orientación sexual más.  

Arteaga también aseguró que la ausencia del padre afecta a niños y niñas de manera diferenciada. En las mujeres, crecer sin un padre puede desarrollar en ellas la atracción romántica por hombres mayores en la búsqueda de compensar este abandono. También puede generar dependencia emocional a figuras que representen cuidados y atención, así que recomienda que se busque ayuda psicológica desde la infancia y también durante la adultez.  

La psicóloga agregó esta situación puede generar en las personas apego evitativo o inseguro, independientemente de su género, lo cual puede traer problemas para desarrollar relaciones de pareja sanas y duraderas.  

Para la especialista, la mejor forma de conversar con un niño, niña o niñe ante el abandono de un padre es jamás hablar mal del papá en el sentido de «te abandonó porque no te quiere» o «nos dejó». Lo mejor es explicar que el padre no va a estar presente en la vida de una forma positiva. Esto no significa caer en la mentira, sino expresar que el padre no está presente. Arteaga usa a manera de ejemplo la frase: «Papá no tiene la capacidad de ser el papá que tú necesitas y mientras él trabaja en él, tú y yo vamos a trabajar en nosotros», o: «Yo amé mucho a tu papá y él me amó a mí y producto de ese amor naciste tú. Lastimosamente después con el tiempo nos dimos cuenta de que no era lo mejor estar juntos y acordamos de que te ibas a quedar conmigo». La elección de las palabras con la que se le expresa a los infantes una situación tan compleja es clave al abordar el tema, según la psicóloga infantil.


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