Democracia

Cartas del exilio feminista: La amiga que dejaste en El Salvador

En esta carta, la autora Denisse Menjívar explora cómo se vive el exilio desde El Salvador. Nos cuenta como el exilio también atraviesa la vida también de quienes no tienen que irse o deciden no hacerlo. Este es un texto dirigido a la amiga que se fue.

8
Ilustración: Daniela Ibáñez

San Salvador, 30 de julio, 2026 

Amika, hermana, estimada. Vic.  

El sábado te veo. Nos vimos por última vez a inicios de junio, no hace mucho. Tengo más tiempo de no ver a amigas que sí viven en El Salvador. Pero hay una gran diferencia: con ellas, mi “acá” es su “acá”. Con vos, mi “allá” es tu “acá”, y viceversa.  

Para el ojo externo que lee esta carta, contextualizo: con Victoria nos conocimos en la universidad, aunque, como la mayoría en San Salvador (específicamente, en el rubro de Comunicaciones) ya sabíamos de la existencia de la otra. Las dos tuvimos un recorrido similar en la carrera. Íbamos cuando teníamos que ir, cumplíamos con la vida académica obligatoria y nos enfocamos en garantizarnos experiencias laborales mientras estudiábamos. Por eso mismo, nos encontramos tarde, casi en el último año de la licenciatura.  

Recuerdo la primera vez que pensé que podríamos ser amigas. Estábamos en una clase de Lógica y Argumentación (o un nombre similar), vos levantaste la mano y, con voz dulce y suave, diste una opinión como las sabés dar, o sea, fuerte y bien fundamentada. Ahora que te conozco, sé que esos segundos bastaban para conocer tu personalidad: una mujer con un gran corazón, sumamente dulce, empática, respetuosa, crítica y llena de opiniones fuertes. Y, aunque yo no sea sumamente —ni remotamente— dulce, también me gustan las opiniones fuertes. Ahí dije: ella es de las mías. 

La última noche que nos vimos en El Salvador, nos fuimos de fiesta. Celebramos una ruptura, tomamos vino, nos prestamos ropa, bailamos en una disco con canciones de darkwave, dejé mi cargador del celular en tu casa. Prometimos repetir. Prometimos vernos cuando regresaras de tu viaje, que solo era una semana. Ahí vos me regresarías todo lo que dejé en tu casa. Total, solo es una semana.  

Esa semana se extendió. Ya pasó poco más de un año. Cuando te fuiste, nuestra amistad no era como ahora. Éramos cheras: alguien con quien salís, te divertís, pero a quien quizá no le contarías tus más grandes ilusiones y secretos. No nos faltaba confianza o interés, nos faltaba tiempo. A todos nos faltó tiempo. Para disfrutar, para agradecer, para estar.  

Irónicamente, desde entonces nos vemos más que cuando vivíamos en el mismo país. La distancia nos hizo comprometernos con la nueva amistad que estábamos forjando. Ni un dictador pudo contra esta inminente amistad, solemos bromear. Ansío los fines de semana largos, ya no por el descanso, sino por la oportunidad de visitarte.  

Mi algoritmo entendió el cambio: me sugiere lugares para ir a comer allá, fiestas a las que podemos ir allá, personas que conocimos allá. Y mi acá, para vos, solo existe en mis anécdotas, en mis stories de Instagram, en los cambios que ves en mí entre los meses de visita. 

Aunque vos no conozcas mi nuevo acá ni yo haya podido conocer a fondo lo que fue tu acá, sí conozco allá. He conocido los apartamentos a los que, continuamente, te has tenido que mudar para rehacer tu vida. Conozco tus bares favoritos en tu nueva ciudad, tu nuevo acá

Recuerdo el momento en que vimos la tormenta avecinarse: planes que no serían confirmados, mensajes encriptados en apps que nunca solíamos utilizar, despedidas que no pretendían serlo, búsquedas en Waze para conocer el recorrido que tendría que hacer para vernos.  

El régimen de excepción nos ha quitado muchas cosas, desde garantías constitucionales hasta el miedo constante de ser víctimas de las pandillas. Pero yo sé que, así como a vos, a decenas de periodistas y defensorxs de derechos humanos, el régimen también les quitó su hogar. Obligó al exilio a varies amigues, conocides y desconocides.  

La parte más dura del exilio es, obviamente, para ustedes. Para quienes nos quedamos, nos queda planificar visitas, ver noticias de dos o más países, y esperar que, cuando sea el momento, puedan regresar. O no. Es válido decidir no hacerlo, pero quiero que sea tu decisión. Quiero verte feliz, segura, ejerciendo la profesión que amás sin ser castigada por el Estado que debería protegerte.  

Hasta que eso no sea así, mi amistad llegará a donde estés. Mis planes tendrán siempre contemplado que después de las fronteras salvadoreñas, hay una parte de mi hogar que vive en vos y en todas las demás personas a las que extraño. A estas personas, el Gobierno los considera enemigos, amenazas y personas no gratas en El Salvador. A estas personas, yo las considero parte de mi hogar.  

Para el momento que esta carta vea la luz (digital), vos y yo estaremos riéndonos juntas o extrañándonos inmensamente. Pareciera que, desde hace más de un año, son nuestros únicos estados. 


Esta carta forma parte del proyecto de Alharaca «Cartas del exilio feminista». Queremos documentar el diálogo entre las personas que se fueron de su país de su origen y las personas que se quedan. Aquí escucharemos sobre las renuncias, los miedos, las culpas, los cambios y esperanzas que atraviesan a las personas cuando se ven obligadas a exiliarse o a perder la cercanía con su gente. 

Artículos relacionados

Democracia

Cartas del exilio feminista: A mi amiga 

Esta carta forma parte del proyecto de Alharaca "Cartas del Exilio Feminista"....

Democracia

«Esto es lo que ocurre con todas las personas detenidas en El Salvador»: Habla la hermana de Ruth López

Claudia López es hermana de Ruth Eleonora López, la presa política más...