Democracia

Cartas del exilio feminista: “Hija, te prometí que cuando viera peligro, me pondría a salvo”

Tras un año en el exilio, Gabriela Colocho, comparte con su hija las reflexiones que la motivaron al exilio tras su reconocido trabajo en la defensa de los derechos humanos con el Servicio Social Pasionista (SPASS) en El Salvador.

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Domingo 14 de junio, desde el exilio

Hija: 

Escribo esta carta para vos y para mí, porque espero que un día — cuando pasen los años y ya no te pese tanto haber migrado, cuando ya no estés enojada o confundida, cuando ya te sintás parte de un nuevo lugar— podás leerme y entender mejor por qué estamos aquí. 

Llegué aquí porque te prometí que cuando viera peligro, me pondría a salvo. Llegué aquí porque me vi tan vulnerable. Me sentí expuesta, me sentí aislada y perseguida. Llegué aquí porque entendí que ya no había manera de seguir existiendo en medio del miedo, pero tampoco podía renunciar a esto que soy.   

Entre la prisa de salir, intenté llegar a un lugar que me hiciera sentir un poquito segura. Ya sabes qué tipo de familia somos. Ya sabes que casi nunca nos pudimos nombrar y que siempre buscamos espacios y personas para sentirnos más libres. Pensé y pienso que este país te puede dar un poquito esa libertad que siempre hemos buscado.  

Venirme fue quizá una de las decisiones más difíciles que he tomado hasta hoy, porque te dejé a vos, a la Pili, nuestra casa, las gatas, las cosas, lo cotidiano que teníamos. A veces creo que quedé atrapada en ese momento de decidir qué hacer. Una parte de mí cree que salir cómo salí me permitió prepararte un hogar, dándome tiempo para sobreponerme al dolor con el que conviví estos meses atrás. Pero siempre llega otra posibilidad: la de no haberte dejado nunca. De volver el tiempo en mi cabeza y traerte conmigo. Lo único cierto es que hice lo que mejor pude, pensando que pronto estaríamos juntas otra vez.  

Y aquí estamos, un año después. A veces creo que fue un año perdido no solo en mi rol de mamá, sino en todas mis dimensiones como persona. Es que no te imaginás cuanto me costó, tengo miles de momentos congelados de esos días en los que ya no tenía más fuerzas, porque sentía que había perdido todo y que me había perdido a mí misma.  

Aun así, intenté ser tu mamá desde la distancia, ser tu mamá por una videollamada, un mensaje de WhatsApp para contarte mi día, escribirte cartas desde otros lugares o comprarte algún regalo para que supieras que te pensaba en todos mis caminos. 

Es muy difícil saber que este año también fue perderme tus momentos, perderme tu risa burlona, perderme tus preguntas a la hora de comer, perderme tus chismes que nunca me querés contar (pero siempre me terminás contando), perderme tus negociaciones cuando querés algo, las películas, las canciones, los trayectos a la escuela. No pude cuidarte cada vez que te enfermaste, no te pude hacer la comida que te gusta, no te pude leer el libro de la noche, no te pude dar un beso cada que te acostabas a dormir. No estuve ahí cuando tuviste miedo de lo que no podías entender: como cuando fuiste al hospital y me pediste llorando que volviera.  

No estuve ahí, pero nunca dejé de ser tu mamá. Nunca dejamos de ser tus mamás aunque no podíamos estar con vos. Aunque el hogar que teníamos desapareció, nunca hemos dejado de ser una familia. Espero que con el tiempo lo entendás mejor.  

Después de tanto, estoy a unas horas de reencontrarme con vos. Y tengo ese abrazo de diciembre en el que te volví a tener conmigo, en el que no me soltaste, ese en el que te refugiaste como la niña que seguís siendo.  

Te he esperado con nervios, con angustia, con ilusión. A veces me recuerda al día que naciste, como volver a conocerte, como volver a empezar. Y por eso te quise escribir, porque espero que llegués pronto, porque quiero conocer esta nueva versión de vos y afrontarla con ternura. Y que me descubrás a mí, a esta que ya no se va a esconder para no incomodar. 

Porque quiero que retomemos la vida, que construyamos otra vez un lugar para habitar. Quiero nuevos rituales y traer los que tejimos en el pasado. Quiero reponerme de este duelo, soltar la culpa. Quiero que también vos sanés. Quiero sentirte otra vez cerquita, quiero que seas mi hija y yo ser tu mamá. Quiero que la vida siga, quiero vivir y dejar de sobrevivir.  

Te amo siempre. 


Hola, ma: 

Quería pedirte disculpas porque no pude evitar esto por lo que has pasado, porque no he podido hacer nada. 

Siento que a veces es un debate… se supone que a las personas malas les pasan cosas malas, ¿por qué a las personas buenas les pasan cosas malas? No sé si me deba sentir así. 

Y aunque no pueda detenerlo, me alegro de que tú sigas luchando por todo. 

Te amo mucho, sé que no es fácil para las dos, pero me siento feliz de tenerte. 

Gracias, ma. 

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