Derechos de las mujeresLGBTIQA+

Una justicia que alcance a todas

Natalia Lane hizo historia al convertirse en la primera mujer trans en lograr una sentencia como sobreviviente de transfeminicidio en América Latina. Sin embargo, esta victoria se queda corta, explica Lane en este análisis muy personal.

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Fotos: Haroon Alvarez

La audiencia estaba programada para la 1 de la tarde, pero como ya era costumbre hubo retrasos y no comenzamos sino hasta las 3. Las salas en el reclusorio sur de Xochimilco son pequeñas y frías. Los asientos son incómodos y las paredes están pintadas de un blanco aceitoso en sintonía con lo burocráticamente tristes que son los edificios de gobierno. Ir a esos lugares me deprime. 

El reclusorio queda a las afueras de la Ciudad de México. Por la zona sur, un lugar que se caracteriza por sus lagos y hectáreas de reservas ecológicas. Para llegar ahí tienes que atravesar varios kilómetros de colonias populares, casas grises a medio construir y decenas de perros callejeros. Cada vez que voy en camino pienso ese trayecto como una metáfora de mi propio viaje a la justicia: lleno de obstáculos y recovecos. 

Han pasado más de cuatro años desde que Alejandro intentó asesinarme. Sentada de copiloto en el automóvil me masajeo la cicatriz de la mejilla para reducir la sensación de anestesia, nunca volví a recuperar la sensibilidad de mis heridas al cien por ciento. Traigo cargando en el cuerpo las secuelas permanentes de un odio desmedido que hasta hoy no logro entender. 

¿Por qué un hombre apuñalaría con tanta saña a una mujer transexual?

El 16 de enero de 2022 alrededor de las 6 de la mañana fui trasladada al Hospital Público Balbuena de la capital en una ambulancia. Recuerdo sentir mucho escalofrío en el trayecto. Dicen que perdí la conciencia por unos minutos. Hice una trasmisión en vivo después del ataque y a los pocos minutos me volví viral en redes sociales. Aparecí en los principales noticiarios de la televisión nacional. 

”Atacan con un cuchillo a la activista trans y trabajadora sexual Natalia Lane en un hotel de la Colonia Portales”, decían los titulares. Si googleas mi nombre aparecerán imágenes muy gráficas de aquella madrugada.  Hay fotografías que dolerán toda la vida.

En el hospital suturaron mis lesiones del rostro y manos. Uno de los paramédicos hizo anotaciones en su reporte médico: “paciente masculino presenta lesiones ocasionadas por arma punzocortante, mejilla, nuca, mano, muñeca y brazo izquierdo. Ocupación: sexoservidora”. 

Porque el estigma pesa y cobra consecuencias cuando eres transexual y puta*. Mi cuerpo representa todo lo indeseable de la sociedad de doble moral. Trabajar en la defensa de los derechos humanos en un país como México, con más de 130 mil personas desaparecidas se siente como una sentencia. 

Pero mi lucha por la justicia no comenzó en 2022. Desde que decidí cambiar de género cuando tenía 17 años me obligué a ser una “incomodadora de pedagogías”. Mi sola presencia era extraña y enseñaba al mismo tiempo. “¿Es hombre o mujer?” En mi vecindario, con mi familia y en la escuela. Esa era la pregunta recurrente. 

En 2008 ingresé a la Universidad Nacional Autónoma de México y me convertí en la primera joven abiertamente trans en estudiar periodismo en una universidad pública. Soy hija de dos padres oaxaqueños que toda su vida han pertenecido a la clase trabajadora. 

Gracias a que mi madre limpió la mierda de los retretes en los centros comerciales, gracias al chófer de microbuses maloliente que fue mi padre, yo pude estudiar en la universidad más importante del pueblo mexicano. La clase trabajadora salvó mi vida. 

Las transexuales empobrecidas merecemos educación pública y gratuita en las aulas, pero también debemos luchar por derechos laborales en las calles, por la dignidad de los nuestros, donde la mayor parte de la gente trabajadora lucha por sobrevivir. 

Han pasado muchos años desde mi paso por la universidad y pareciera que las cosas poco han cambiado. México tiene todo un marco jurídico que protege los derechos de las personas trans sí, pero paradójicamente ocupamos el segundo lugar (solo después de Brasil) en registrar el mayor número de transfeminicidios en América Latina.

El concepto de transfeminicidio* se reconoció por primera vez en el Código Penal de la Ciudad de México en agosto del 2024. Yo fui coautora de esta ley. El transfemincidio se refiere a la acción de privar de la vida a una mujer transexual motivada por su identidad o expresión de género, los atenuantes se agravan si esto ocurre en el contexto de trabajo sexual o en espacios públicos. 

Hace dos años esta victoria legislativa me dio una gran satisfacción, pero tenía muy claro que no era la respuesta absoluta a todo lo que duele en mi país. 

Como dicen por ahí: en México el derecho escrito no necesariamente es derecho ejercido. La vida de una puta como yo no se transforma con agregar un artículo o fracción a un documento oficial. 

La noción de justicia testimonial no alcanza para las sobrevivientes como yo. Entiendo el concepto de justicia testimonial como la forma en que el Estado y el derecho han jerarquizado a ciertas personas como “merecedoras” de ser creídas o validadas cuando sufren un delito de alto impacto. Hay víctimas a las que se les cree más y mejor. 

Por supuesto, las putas y transexuales no entramos en esa categoría porque nuestra existencia en si ya es “sospechosa”. De ninguna forma cabemos en el imaginario de la “buena víctima” que incluso el feminismo blanco exige. 

Pienso mucho en el caso de la francesa y activista feminista Gisèle Pelicot. Sus palabras son poderosas:  “La vergüenza tiene que cambiar de bando”. 

Pero para las travestis* y putas en América Latina las cosas son muy diferentes. La vergüenza es el resultado de una cadena interminable de violencias institucionales y sociales. 

El estigma ha contaminado cada fibra de nuestros cuerpos. Nos ha convertido en una supuesta amenaza latente en casi todas las partes del mundo. Está presente en cada centímetro de nuestra vida. No importa si vives en Colombia o Italia. Continuamos siendo “sospechosas”. 

No me sorprende entonces que el pasado 20 de mayo el veredicto sobre mi caso fuera insuficiente. Un sabor agridulce. En esa sala pintada de blanco, y después de casi dos horas de alegatos finales entre los abogados, el juez declaró culpable a mi agresor por el delito de tentativa de feminicidio. 

Hice historia al convertirme en la primera mujer transexual en lograr una sentencia como sobreviviente de transfeminicidio en América Latina. Nunca antes habían logrado castigar al agresor de una travesti viva. Ser la primera en esto duele más de lo que me enorgullece.  

Porque cuando eres sobreviviente de una violencia tan aplastante no es tan sencillo que la vergüenza cambie de bando. Mis cicatrices me recuerdan todos los días lo que pude haber hecho distinto aquella noche. Las decisiones que no tomé y la confianza que perdí en el mundo, y que no he vuelto a recuperar. 

Fue por eso que decidí presentarme a todas las audiencias de mi juicio oral. Con el espíritu agazapado y el sistema nervioso hecho mierda. Ahí estuve los casi cinco meses que duró el proceso penal. 

En una de las sesiones con mi terapeuta me cayó el veinte de algo que me tenía profundamente enojada. Cada semana desde enero he visto de frente, cara a cara, al hombre que intentó quitarme la vida. Escucharlo mentir descaradamente frente al juez y afirmar que él es inocente, y que yo intenté secuestrarlo para robarle dinero. 

La forma más común de criminalización a las trabajadoras sexuales es señalarnos como ladronas. Es más fácil creerle a un hombre ciudadano promedio que a una puta. 

Esta batalla judicial me dejó aún más secuelas emocionales y físicas de las que ya traía cargando: hipotirodismo, depresión, síndrome postraumático, caída de cabello, acné, insomnio, pérdida de peso y con medicamentos psiquiátricos. 

Con todo y eso, la sentencia no estuvo a la altura de la gravedad del daño: 

Veinte años con cinco meses de prisión y una reparación económica de casi 2500 euros. Esa fue la decisión del juez. Después de casi cinco años de lucha judicial, . después de revictimizaciones y violencia institucional, el Estado mexicano decidió que mi vida no valía ni siquiera 3 mil euros.

Cuando el pasado 13 de abril lo declararon culpable recupere por un momento la esperanza. Sin embargo, mis abogadas y yo nos dimos cuenta que el juez no tomó en cuenta la gravedad del ataque marcado en todo mi cuerpo. Los servidores públicos en México tienen una forma implacable de regresarte a la realidad de la impunidad e impotencia. 

Dentro de esta sentencia tampoco se tomó en consideración las lesiones a las otras víctimas, tres trabajadores del hotel que acudieron en mi auxilio y a quienes mi agresor también apuñaló en el rostro y las piernas. 

Hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance para buscar una sentencia de 46 años de prisión, la máxima que se otorga en el sistema penal mexicano a los feminicidas. No lo logramos, pero mi conciencia está tranquila porque les arrebaté un pedazo de justicia, esa justicia que históricamente se nos ha negado a las mujeres como yo. 

La vergüenza tiene que cambiar de lado, sí. Y eso también va para el Estado y el sistema penal de México. Ellos son los que deben sentirse avergonzados por haber fallado una vez más a las trabajadoras sexuales en la calle y las travestis pobres. 

Cuando la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, tomó el cargo, dijo algo que se sintió como una esperanza para los movimientos latinoamericanos de izquierda: “Por el bien de todos, primero los pobres. No llegué sola, llegaron todas las mujeres…”

Dos años después de esa promesa, sabemos que no llegamos todas. Faltaron las madres buscadoras de sus hijos desaparecidos que rastrean en fosas clandestinas y campos de exterminio del narcotráfico, faltaron las mujeres indígenas que luchan por el territorio, las trabajadoras del hogar que se sindicalizan para lograr derechos laborales. 

Faltamos las trabajadoras sexuales, las víctimas y sobrevivientes de feminicidio que buscamos reparación en vida. 

Porque México es un país que asesina a sus mujeres transexuales. Y a las pocas que logramos sobrevivir, la justicia no nos alcanza. Pero aquí seguiremos labrando las justicias que merecemos. Porque, a pesar de todo, siempre habrá vida después del feminicidio, la injusticia y la crueldad.


Puta* Dentro de lo movimiento político de las trabajadoras sexuales reivindicamos la palabra puta como una resignificación del insulto patriarcal. Como una forma de hacer frente al estigma y la vergüenza del señalamiento social y el Estado. 

Travesti* Hace referencia a la lucha política de las mujeres transexuales del sur de América Latina. Particularmente de Argentina. Lo travesti también se refiere al pasado de criminalización y persecución de la policía a las mujeres transexuales en las calles durante las dictaduras y regímenes militares.

Este texto fue publicado originalmente en Lateinamerika Nachrichten (publicación en alemán).

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