Derechos de las mujeresEconomía feminista

¿Y si construimos una casa para vivir y envejecer juntas?

Detrás de una fachada desgastada en Ciudad Vieja, mujeres uruguayas construyen un sueño colectivo: un espacio para envejecer acompañadas, con autonomía y en comunidad. La iniciativa desafía la soledad y los modelos tradicionales de cuidado. Quieren que su proyecto sea un modelo de política pública.

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La puerta principal está abierta y el silencio de la calle se ve alterado por el barullo que sale desde el interior de la antigua casona. Su pintura exterior gris está descascarada y asoma el testimonio de un amarillo mate. Sobre la cornisa exterior unos yuyos brotan por una rajadura aferrándose a la vida. Allí, un grupo de mujeres desde hace años se hace la misma pregunta: ¿y a nosotras quién nos va a cuidar?

Es un día festivo en Montevideo, la capital uruguaya, y la tarde se siente fresca pero el sol templa cada centímetro de cemento de la ciudad. El Río de la Plata se encuentra apenas unos metros hacia abajo. Es la zona de Ciudad Vieja, un barrio emblemático, portuario, arrabalero, que contiene el casco antiguo de la ciudad donde conviven el art dèco, el art nouveau, la decadencia y el resurgimiento. Guarda la memoria de las luchas y resistencias por la independencia y de los nuevos debates que construyen y reconstruyen la vida social, cultural, política y económica del país. 

En esta vieja casona se discute un proyecto inédito en la región: construir la primera vivienda colaborativa, feminista y autosustentable para mujeres mayores que cuenta con el apoyo del Estado. Lo llevará adelante Mujeres con Historias, una organización conformada por aproximadamente 24 personas y que nació en 2014 como idea y en 2019 legalmente. Su objetivo principal es dar la pelea por vejeces feministas y activas que involucren el compromiso del Estado. 

En 2023 este grupo de mujeres consiguió la casa en comodato cedida por la Intendencia de Montevideo a través del Programa Fincas Recuperadas. Este plan de gobierno busca recobrar inmuebles abandonados, deteriorados y/o deudores de las áreas centrales de la ciudad para darles usos habitacionales, sociales y culturales.

Con edificación en mano, en 2026 estas mujeres dieron un paso más: consiguieron un proyecto arquitectónico para remodelar la casa. Ahora intentan conseguir fondos para concretar el sueño de la vivienda común. 

El origen

A través de los grandes ventanales con rejas que tiene la casona y que dan a la calle Reconquista Nº 273, se ve a tres mujeres hablando. Clara Piriz, presidenta de Mujeres con Historias; Rita Gutiérrez, secretaria; e Ivonne Campos, prosecretaria. Están sentadas alrededor de una gran mesa ovalada ubicada en la sala principal. 

Sobre una de las paredes cuelga una bandera con el escrito: “Vecina Feminista”. Es la misma que tienen algunos balcones de la zona. La Intendencia de Montevideo, cada 8 de marzo, reparte banderas balconeras como parte de la campaña por el Día Internacional de la Mujer.

Clara, Ivonne y Rita posan en el frente de la casona. Crédito: Viviana Lorente

El primer chapuzón en el río de las palabras lo da Clara. Se siente su empuje con su sola presencia. Habla y gesticula con las manos. Es imposible ver cómo se mueve su boca porque está cubierta por un barbijo. Se excusa por estar enferma y dice que es para cuidarse y cuidar al resto. Tiene 78 años. Debajo de la camisa blanca lleva una faja. Se fisuró una vértebra hace unas semanas.   

Frente a Clara se sientan Ivonne que tiene 85 primaveras y lleva el cabello corto y claro. Su voz parece frágil pero su espíritu no lo es. Rita acumula la misma edad que Clara y porta un vestido y camisola color amarillos que la distinguen a la distancia. Cuando habla, lo hace lentamente, pero su cabeza almacena mucha información.   

Al ser consultadas por el origen de la organización, Clara responde: “Cristina se empezó a preguntar: Bueno, pero ¿y a nosotras quién nos va a cuidar?»

Se refiere a Cristina Grela, una feminista histórica de Uruguay que tiene 81 años y que fue un eslabón fundamental en el debate por la ley que creó en 2015, el Sistema Nacional Integrado de Cuidados (SNIC). Esta legislación posicionó al país como el primero en la región en contar con esta política pública. Sin embargo, esta iniciativa que promociona la autonomía de las personas, lo hace para quienes están en situación de dependencia, que no es el caso que ellas plantean. 

“La sociedad no tiene proyecto para los viejos. Nada. Es decir, hay un montón de cosas, como digo yo, para entretenernos, pero yo no tengo ganas de que nadie me entretenga”, dice Clara. 

Por eso, este grupo de mujeres se propuso llevar adelante una propuesta que hasta el momento no tiene antecedentes tal como lo plantean ellas. Existen experiencias de viviendas colaborativas en la región pero ninguna es 100% feminista ni tampoco buscan impulsar una política pública. 

En Argentina, por ejemplo, un grupo de migrantes alemanes judíos que llegó al país hace más de 50 años, creó en el pintoresco barrio de Belgrano en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Vida Linda, un proyecto colaborativo autogestivo. Está constituido por un edificio de 15 pisos con 100 departamentos independientes y espacios comunes. Pueden ingresar personas a partir de los 55 años. La mayoría de quienes habitan allí son mujeres. 

Por otra parte, cabe destacar que durante el mandato presidencial de Alberto Fernández (2019-2023), hubo un intento por generar una política pública de construcción de viviendas colaborativas para personas mayores de 60 años, pero no llegó a concretarse. 

Subiendo en el mapa, en México, hay alrededor de 12 experiencias que están funcionando en la actualidad y que nacieron de intereses de grupos particulares. 

Por último, si bien en Uruguay también se están desarrollando otras iniciativas con la idea de impulsar vejeces activas y una vida en un espacio común, no cuentan con el diferencial de Mujeres con Historias. En otras palabras, que sea feminista y que el Estado se constituya como un actor principal en acompañar vejeces que siguen teniendo proyectos de vida. 

El proyecto

La idea de montar la primera vivienda colaborativa, feminista y autosustentable para mujeres mayores de Uruguay surgió de las conversaciones entre amigas. También de experiencias activistas y militantes, de las luchas por la defensa de los derechos. 

Para habitar en la vivienda que proyectan hay algunas características a considerar. Por ejemplo, está contemplado alojar sólo a mujeres feministas de 60 años o más, que sean autónomas, es decir, que no requieran asistencia externa para su vida diaria y que además sean personas activas. 

Envejecer para estas mujeres no es un problema, es parte del proceso de la vida pero creen que lo mejor es hacerlo juntas, acompañadas y con desafíos por venir. 

Rita fue la encargada de estudiar algunas de esas experiencias de cohousing, como se dice en inglés, en otros lugares. Navegó por los países nórdicos donde se originó este sistema de habitabilidad que luego se extendió a otros países como Estados Unidos, Canadá y España. La idea principal está basada en la vida en las aldeas, donde las personas autónomamente deciden vivir en un mismo espacio y se comprometen a la organización diaria. 

El cohousing nació con la intención de compartir las actividades domésticas, como el cuidado de los chicos, la lavandería o el trabajo en la huerta comunitaria. Este sería el componente colaborativo, que tiene que ver en definitiva, con buscar soluciones colectivas que conserven la autonomía personal. 

Para Mujeres con Historias también es vital que su vivienda dialogue con el entorno barrial mediante la incorporación y el ofrecimiento de actividades culturales y recreativas. “Lo que nosotras vamos a hacer es un piloto y vamos a evaluarlo”, explica Clara. 

La Intendencia de Montevideo entrega en comodato la casona a Mujeres con Historias. Crédito: Intendencia de Montevideo.

Quienes vivan en la casa tendrán que pagar un monto similar a un alquiler pero nunca serán propietarias. “Nosotras no aspiramos a tener vivienda propia. No las vamos a heredar nunca”, enfatiza la presidenta sobre la modalidad.  

Además explica que cuando una persona deje de existir en este plano, ingresará la siguiente persona de la lista de espera. 

Desde hace muchos años vienen luchando para poder concretar el sueño de esta vivienda, pero cada cambio en la dirección política de Montevideo afecta sus avances. “El diálogo funciona bien, pero ya llevamos tres intendentes diferentes”, indica Clara. 

En 2023 obtuvieron la casa y el terreno en comodato que les cedió la Intendencia por 30 años. Sin embargo aquella estructura edilicia estaba en muy malas condiciones y hacerle arreglos les iba a llevar mucho tiempo. Energía les sobra pero tiempo no. “Somos 24 socias en este momento, comenzamos 22, unas fallecieron y se sumaron nuevas”, apunta Rita.

En 2024, consiguieron finalmente la casona que tienen ahora. Paralelamente, están trabajando en la elaboración de un reglamento de ingreso. “En este momento estamos con un proyecto con la Facultad de Psicología de la Universidad de la República, nos van a ayudar a establecer bien los criterios”, explica Clara. 

Por último, lo autosustentable también será una de las características del lugar. “Queremos tratar de incorporar en la construcción elementos térmicos o de desagües o que de algún modo sean amigables con el ambiente”, refiere Clara. 

Stella Zucollini es arquitecta y coordinadora de la Comisión Asesora de Urbanismo de la Sociedad de Arquitectos del Uruguay (SAU). Según su criterio, a la hora de construir es mejor utilizar sistemas prefabricados. “Acelera el proceso y lleva menos mano de obra”. Explica que una edificación tradicional puede llevar tres años y con el prefabricado “capaz que en un año tienen todo resuelto, porque también para ellas es importante el tiempo”

El germen feminista

Para pensar una vejez feminista primero hubo que entender el significado de la segunda palabra. “Lo feminista está en el preguntarnos permanentemente por nuestra propia vida. No damos la realidad por sentada, sino que nos preguntamos sistemáticamente, bueno, ¿cómo tengo que hacer esto?”, reflexiona Clara sobre el posicionamiento que las reúne y las moviliza. 

La semilla feminista lleva muchos años plantada en sus cuerpos, en sus mentes, en su ser en el mundo. Empezó a crecer como los yuyos en la grieta del frente de la casona. De a poquito pero firme, con determinación. 

Para conocer la evolución hay que remontarse a los orígenes. La militancia es parte de sus vidas. “Yo empecé a los 16, imaginate”, suelta Rita. A ella, como a Ivonne, Clara y tantos otros uruguayos les une el exilio. 

“Éramos militantes políticas y después pasar al feminismo es otro proceso, que en mi caso lo hice en Europa, en Suecia”. Rita se refugió en aquel país por la persecución que sufrió por la dictadura cívico- militar que estuvo presente en Uruguay desde 1973 hasta 1985. Antes pasó por Brasil de manera clandestina y pidió ir a México pero terminó en el viejo continente. 

Partió al exilio con su título de Licenciada en Ciencias Biológicas con orientación en genética. Pero los vaivenes de la vida hicieron que Rita no se dedicara a ello. “Necesitaban un asistente de inmigración en la comuna de Estocolmo y me presenté”. Como ella hablaba varios idiomas quedó seleccionada. “Yo no sabía nada del mundo, en realidad, porque no podía entender ni a las turcas, ni a los turcos, ni a los niños chilenos que hablaban español, yo tenía un mundo totalmente reducido en mi cabeza”

Pero al trabajar de manera constante con otras culturas, Rita decidió hacer un posgrado en antropología para entender esos otros universos. “Ahora hablamos de mujeres, en aquel momento se hablaba de la antropología de la mujer. Y ahí sí, arranqué para nunca más volver”

En el caso de Ivonne, su camino hacia el feminismo inició mucho antes que el de Rita. “Empezó siendo niña, porque yo tenía sentimientos muy fuertes de lo que pasaba en mi casa. Nosotros éramos tres hijas mujeres y un varón. Y había una política diferente para las mujeres. Yo tenía grandes discusiones con mi madre porque ella decía que había que planchar las camisas de mi hermano. Yo discutía eso todo el tiempo”.

El corazón se le estruja a Ivonne cuando habla de la dictadura. Era militante del Movimiento de Liberación Nacional. Por ese motivo, tuvo que huir primero a Argentina y luego, al igual que Rita, a Europa. Lo que de niña no sabía es que su malestar tenía nombre. “Cuando fui a Holanda empecé a leer mucha literatura y comencé a descubrir el feminismo”

En el caso de Clara, casi toda su familia partió al exilio. “Cada uno por mérito propio, como decía yo, ¿viste? Y empieza a enumerar: “Mi padre estuvo preso porque era decano de una facultad, mi madre era abogada de presos políticos, se quedó y siguió intentando y llegó un momento que todos sus compañeros estaban presos. Mi hermana ya estaba en Suecia”. 

Como la mamá de Clara era abogada, un día le comunicó: «El expediente pasó a tal lugar, te tocó el peor de los fiscales, tenés que irte porque te va a meter en cana. No importa por qué, por algo”. El exilio de Clara arrancó en 1974 en Argentina junto a sus dos hijas y terminó en Holanda. Su padre y su madre fueron a Rumanía. 

Y al igual que Rita e Ivonne, al feminismo lo pudo nombrar al otro lado del Atlántico. “Hay cosas que empiezan a juntarse, ¿viste? y a uno le empiezan a bajar las fichas”, dice sobre los inicios. Hay un hecho puntual que recuerda: “Nunca me voy a olvidar de una tesis de alguien que hablaba de por qué las mujeres viven agarradas a sus carteras. Andan siempre con la cartera porque es el único lugar privado, porque lo demás no”.

Los encuentros con otras mujeres latinoamericanas durante su vida en el exilio habilitó un espacio para reflexionar sobre su cotidiano. También sobre los cuestionamientos que enfrentaba: “En las instancias oficiales me decían: ¿pero usted por qué quiere trabajar? Puede cuidarlas. Yo decía: no quiero ser sólo mamá, quiero ser algo más”

Ese germen que fue creciendo en Europa, se mudó con ellas cuando regresaron a Uruguay en la década de 1990 y lo multiplicaron. Las acompañó en diferentes luchas por el aborto, por los derechos sexuales y reproductivos, por la violencia machista, por los cuidados y ahora por la vejez.  

La casa

El 15 de diciembre de 2025 a las 15.00 horas, la Sociedad de Arquitectos del Uruguay junto con Mujeres con Historias y la Intendencia de Montevideo, lanzaron un concurso público de anteproyectos para el diseño integral de la vivienda colaborativa. Se presentaron en total 54 propuestas. El 8 de mayo de 2026 se dio aviso a los ganadores. Los resultados se hicieron públicos unos días después. 

“No teníamos idea de quién estaba detrás de cada proyecto. Eso lo tenía todo un escribano”, cuenta Clara, quien fue jurado en el proceso de selección. Para mantener la imparcialidad, quienes decidían sólo tenían acceso a un documento con el plano y la explicación. No había nombres de los participantes. 

El equipo ganador estuvo compuesto por cuatro varones y una mujer que tienen menos de 30 años: dos estudiantes de arquitectura y dos arquitectos Francisco Erniaga, Emanuel Sagasti, Joaquín Bonfiglio y Gastón Álvarez de Ron. También una licenciada en Ciencia Política, Lucía González, quien asesoró en el área social.

Para empezar a describir el anteproyecto, hay que volver al inicio de la nota. El espacio donde tuvo lugar la entrevista presencial, fue en la sala principal. Luego se pasa a otro espacio donde hay una oficina, un baño y una cocina. Al fondo, hay un gran terreno que oficia de patio.

El anteproyecto contempla mantener intacta la fachada de la casona, puesto que tiene valor patrimonial. Al ingreso, hay un piso damero en color blanco y negro que sufrirá modificaciones aunque las piezas se conservarán porque al igual que la fachada, tienen relevancia patrimonial. 

Donde hoy está ubicada la sala de reuniones con la gran mesa ovalada se convertirá en una biblioteca pública y se propone hacer una cafetería, ya que al estar en el ingreso de la casa, permitirá tener contacto con el mundo exterior. 

Por otra parte, donde hoy están ubicadas la cocina y el baño se transformarán. “Ahí pasaría a estar este espacio que nosotros llamamos Mujeres con Historias, que vendría a ser como una plaza semipública que brindaría exposiciones, charlas”, detalla Emanuel Sagasti, uno de los integrantes del equipo ganador. 

Pie de Foto: Proyecto arquitectónico ganador. Crédito: Equipo de arquitectos

Luego se accederá a un espacio al aire libre semi techado que permitirá el ingreso de luz natural. Al fondo, se edificará un edificio de seis plantas con 16 departamentos individuales de 25 metros cuadrados cada uno, a los que se sumarían cinco metros más de balcón. Cada unidad contempla un baño, una cocina kitchenette y un lugar de guardado. El proyecto también propone una huerta en superficie sobre una de las terrazas. Habrá un zoom para reuniones, un comedor y una cocina comunitaria. Además, se considera una sala de enfermería. 

“Nos pareció muy interesante que todas las habitaciones tienen balcón hacia delante o hacia atrás y son compartidos con la habitación de al lado”, destaca Clara sobre el anteproyecto y añade: “hay comedor, hay huerta, hay terrazas, es decir, hay muchos lugares donde una puede encontrarse con otras sin necesidad de estar todas juntas todo el tiempo”

Ivonne, Clara y Rita en el jardín de la casona que alojará un edificio con 16 departamentos. Crédito: Viviana Lorente

Una sociedad más vieja 

La conversación con Rita, Ivonne y Clara serpentea por diferentes territorios como lo hace el Río de la Plata. Avanza y retrocede. Por momentos se desvía y luego vuelve al cauce principal. Hablan de los viejos tiempos y de los caminos que recorrieron para llegar a los nuevos. Y entre todas las cosas que mencionan, señalan las transformaciones sociales, lo rápido que envejece la sociedad uruguaya y la lentitud con la que los gobiernos responden ante este fenómeno. 

“La familia nuclear ha cambiado y las mujeres están más liberadas, se ocupan de los nietos, pero también quieren ir al cine, quieren tener su vida cultural, quieren tener hasta relaciones con hombres, mujeres, o lo que sea, hay otra forma de vivir”, lanza Rita desde el otro lado de la mesa ovalada. 

Las sociedades no sólo están envejeciendo sino que se están volviendo más longevas. Hay datos que señalan que en América Latina y el Caribe las personas viven más tiempo y mejor que en cualquier otro momento histórico. Sin embargo, es la región del mundo que más rápido envejece. Un informe del BID publicado en 2022, menciona que para el año 2085, una de cada tres personas tendrá más de 65 años en esta parte del mundo. 

Ese informe, al mismo tiempo, indica que Francia tardó 67 años para que las personas mayores de 65 años pasaran de representar el 10% al 20% de la población total. En cambio, para América Latina se espera que esta transición se produzca en sólo 29 años. 

En Uruguay, el Censo 2023 arrojó que el 16% de la población tiene 65 años o más, lo que significa que de los casi tres millones y medio de habitantes que tiene el país, unas 545 mil personas se encuentran en ese rango etario. A partir de los 75 años, la cantidad de mujeres supera ampliamente a los varones a medida que la pirámide avanza. Según el Banco de Previsión Social, en el año 2024 había 892 personas centenarias. 

Uruguay cuenta con la tasa mediana más envejecida de la región. En 2024 ascendía a 39 años de edad y para 2070 se calcula que será de 50 años. 

Para Ivonne diseñar una política pública que lleve adelante el impulso de viviendas colaborativas significa “ser un poco menos costosas para el Estado, porque repercute en los cuidados de la salud, en las internaciones en los hospitales. Es atractivo para los gobiernos”. 

Mariana Larzábal, directora del Instituto Nacional de las Personas Mayores (INMAYORES) de Uruguay, adhiere a lo que dice Ivonne y cree que la vida en común tiene sus ventajas: “Vivir de manera colaborativa, es una forma de acompañarse, de superar la soledad no elegida, de generar espacios de cuidado, integración comunitaria, mantenerse inserto, generar proyectos alternativos. Es un ganar-ganar”

Hasta el momento, cuando se habla de hogares para la vejez, lo único que existe en Uruguay son establecimientos de larga estadía. Actualmente, hay 200 disponibles con autorización estatal y la mayoría están concentrados en Montevideo. “Lamentablemente los establecimientos de larga estadía tienen que hacer un proceso de cambio, pasar a una forma de cuidado centrada en la persona y escuchar los intereses, las necesidades y los objetivos de la persona”, reconoce la directiva.

Este tipo de espacios están pensados para quienes tienen dependencia severa y requieren asistencia permanente. 

La lucha continúa

Mujeres con Historias recibió el 2026 con una nueva batalla: «Es muy difícil que un agente financiero te dé un préstamo si no sos la propietaria del bien”, señala Zucollini. Pero si hay algo que no saben hacer es darse por vencidas.

Para Patricia Roland, directora de Desarrollo Urbano de la Intendencia de Montevideo es fundamental que el Estado acompañe iniciativas como las viviendas colaborativas. “La Intendencia no tiene competencia en el financiamiento. Sin embargo, esto no deja de ser una política habitacional, una política de vivienda, una forma diferente de habitar. O sea, a mí me parece que esto lo tenemos que construir en conjunto con el Ministerio de Vivienda”.

A pesar de las adversidades, las integrantes de Mujeres con Historias seguirán fortaleciendo sus nudillos mientras golpean todas las puertas posibles. Dicen que sólo les falta reunirse con el Ministerio de Economía. 

Roland reconoce que la propuesta es un reto. “Se nos plantea un desafío tanto a nivel de normativas, porque de repente las normativas de la vivienda tiene que tener su baño propio, su cocina, o sea, también habría que construir una forma de habitar diferente, eso es algo que hay que hacer, la financiación de esto y la propiedad”

Rita, Ivonne, Clara, Cristina y tantas otras saben que, aunque las políticas públicas aún no colocan a las personas mayores en el centro de la agenda, cada vez se habla más de la llamada economía plateada. Ellas, sin embargo, cuestionan este enfoque. “Hay proyectos que piensan en los viejos para ver cómo les van a sacar el dinero”, observa Clara.

La militancia les enseñó que cualquier mejora para sus propias vidas debe trascender lo individual. El horizonte siempre es colectivo. “Nosotras queremos mejorar la situación de todos los viejos del país”, remarca Ivonne.

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Pie de foto: Mural en la esquina de la calle Reconquista N° 273. Crédito: Viviana Lorente

El reloj marca las siete de la tarde. Clara e Ivonne cierran los postigos de la vieja casona y echan llave a la puerta. Caminan un tramo por la calle Reconquista. En la esquina hay pintados dos murales. Uno con dos mujeres chapoteando en el agua. En el otro, se ve a una mujer de frente con cabellos marrones largos y un corazón gigante en el centro de su pecho. 

Las veredas están impolutas. Stella Zucollini y Patricia Roland habían hablado de la revitalización del área. Para quien viene de una ciudad donde las aceras parecen ser testigos de una zona de guerra, con roturas, llenas de pozos, peligrosas para el desplazamiento de madres y padres con cochecitos, personas con discapacidad y personas mayores, Ciudad Vieja contrasta sobremanera. Resulta muy fácil caminar por esas veredas. Es posible imaginar el tránsito de la vejez por ahí. 

Algunas cuadras más allá, está el puerto donde arriban los cruceros que vienen de otras latitudes. Los turistas disfrutan de los bares, restaurantes y negocios de alrededor. En la zona también se encuentran el edificio de la Presidencia de la República y el Palacio Salvo, un rascacielos construido en la primera treintena de 1900. Es posible visualizar a estas activistas feministas en la cineteca cercana, de la que Rita es asidua, o asistiendo a algún evento en el Teatro Solís, el más antiguo de Sudamérica inaugurado en 1856. 

Las tres mujeres se despiden en una esquina cualquiera de Ciudad Vieja. Cada una vuelve a su casa propia; la colaborativa sigue en construcción. 

Pie de foto: Mujeres con Historias organizó una fiesta en la calle el día que recibieron la casona en comodato. Crédito: Intendencia de Montevideo

*Nota: el artículo está escrito en masculino pero incluye a identidades femeninas y diversas.

SOBRE ESTA INVESTIGACIÓN

¿Cómo el periodista llegó a esta historia?

Hace tres años conocí el proyecto porque buscaba temas para cubrir. 

¿Cuántas fuentes consultó en total? y ¿Qué tipo de fuentes?

3 fuentes testimoniales

3 fuentes institucionales

1 fuente experta

10 fuentes documentales

¿Cuántas entrevistas hizo? 

Siete

¿Quién integró el equipo periodístico y de producción? 

Una periodista y fotógrafa: Viviana Lorente

Una editora de contenido

Un diseñador

Una creativa de redes sociales

¿Cuánto tiempo de reportería y producción invirtió el equipo?

10 semanas

¿En qué lugares hizo reportería?

Montevideo, Uruguay.

¿Presentó solicitudes de acceso a información?

No.

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