
La discusión sobre El Espino suele aparecer como una elección: conservar plantitas y animalitos vs. el desarrollo económico. Pero esa es una dicotomía incorrecta. Antes hay que preguntarse: ¿Qué tipo de desarrollo estamos planteando para sostener la vida hoy y en el futuro?
El 16 de julio de 2025 la Asamblea Legislativa de El Salvador aprobó transferir más de 55 mil metros cuadrados de la finca El Espino para la construcción de un Centro de Ferias y Convenciones (CIFCO) en el lugar. Durante las últimas semanas, miles de personas, incluyendo creadores de contenido, periodistas y ciudadanía organizada, se han pronunciado en contra del proyecto y en defensa del área verde donde se hará la construcción. La campaña digital impulsada por el movimiento #TodosSomosElEspino ha recogido 348 mil firmas hasta finales de mayo.
Desde el ecofeminismo y la economía feminista, el desarrollo no se mide por cuánto construimos, sino por cuánto fortalecemos nuestra capacidad colectiva de tener agua, seguridad alimentaria, sostener la salud. Desde esta perspectiva, la economía debe orientarse a sostener condiciones para vivir dignamente, no únicamente a generar crecimiento monetario para algunos.
En El Salvador la sostenibilidad de la vida lleva décadas bajo presión. Hay altos niveles de informalidad laboral, pobreza en crecimiento, dependencia alimentaria y estrés hídrico. A esa escasez de recursos también se le suman la migración forzada y la crisis de cuidados que enfrenta el país por falta de políticas públicas que hagan de la crianza una responsabilidad compartida como sociedad.
La discusión del Espino permite ver que, desde cierto sector político, se propone como desarrollo la creación de infraestructura comercial sin haber planteado una ruta real para dar respuesta a los problemas listados anteriormente. Con la creación de un nuevo CIFCO, ¿qué problema estamos priorizando resolver y cuáles estamos dejando atrás?
La naturaleza no es decorativa
Un lugar como El Espino es infraestructura ecológica porque sostiene condiciones materiales para vivir: regula temperatura, protege ciclos del agua, mejora calidad del aire y aporta al bienestar cotidiano. Es un ecosistema que produce las condiciones para la vida humana y la vida en una perspectiva amplia. Fomenta el bienestar y la resiliencia. Por eso, los ecosistemas también son infraestructura. Lastimosamente, ese dato rara vez entra en las cuentas económicas.
Cuando destruimos infraestructura ecológica para expandir infraestructura comercial los costos no desaparecen. Se trasladan a hogares, a las personas, a los tiempos de cuidado y al futuro. Cuando el calor aumenta y el agua falta, alguien tiene que resolver cómo bañar a niños y niñas, lavar la ropa y mitigar el calor de las familias. Y todos esos trabajos de cuidados suelen ser relegados a las mujeres.
Debates parecidos al de El Espino se están dando en otros lugares de Latinoamérica. Hay territorios que sostienen condiciones de vida que están siendo amenazados por proyectos asociados al crecimiento financiero y a una idea de modernización. ¿Por qué seguimos pensando el desarrollo como expansión material incluso cuando la vida ya está tensionada?
Cuando el ecofeminismo pregunta qué tipo de infraestructura necesita un país para sostener la vida, busca evidenciar que no todas las inversiones producen bienestar del mismo modo. Si un proyecto promete crecimiento, pero dificulta las condiciones que sostienen la vida, entonces ¿quién se beneficia de ese crecimiento y quién lo sostiene?
Defender territorios de la visión utilitaria de los recursos naturales no significa “oponerse al desarrollo”. Lo que estamos observando sí es un hecho político, dos visiones de cómo el desarrollo debe verse. Si la vida ya está gritando por agua, cuidados, trabajo digno y futuro… ¿por qué seguimos creyendo que el futuro está en encementar un territorio tan funcional para la vida como lo es El Espino? No peleamos contra un edificio. Peleamos contra una forma de imaginar el bienestar, una que no prioriza la vida y los intereses de la mayoría de las personas.