
El 13 de enero de 2001, a las 11:33 a.m., un poderoso terremoto de magnitud 7.6 sacudió El Salvador durante unos 45 segundos, con epicentro frente a la costa pacífica del país, provocando una de las catástrofes más devastadoras de su historia reciente. El sismo dejó oficialmente al menos 944 personas fallecidas y más de 5,500 lesionadas, y afectó a más de 1.3 millones de personas en todo el territorio, con un impacto especialmente grave en Las Colinas, en Santa Tecla, y Comasagua, entre otras regiones afectadas por desprendimientos de tierra y daños estructurales severos.
La tragedia habitacional fue profunda: 108,261 viviendas fueron destruidas, 169,692 resultaron dañadas y 688 quedaron soterradas bajo lodo y escombros por deslizamientos de montaña asociados al sismo, que arrasó comunidades enteras como Las Colinas, en Santa Tecla, donde cientos de familias quedaron sepultadas y desaparecieron bajo tierra, luego del desprendimiento de tierra de la Cordillera El Bálsamo.
Los impactos no se limitaron a Las Colinas: zonas como Comasagua, en la cercanía del volcán de San Salvador, sufrieron deslizamientos y destrucción de infraestructura, y el terremoto causó daños en viviendas y servicios básicos en decenas de municipios a lo largo de todo el país.

La CEPAL estimó las pérdidas y daños en 1,255.4 millones de dólares. Los daños en infraestructura también alcanzaron a 19 hospitales, 75 unidades de salud y 405 iglesias.

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Un parque memorial que se quedó en promesa
A pesar del profundo impacto social y humano del terremoto, muchas de las promesas de reconstrucción y memoria histórica no se concretaron. Una de ellas fue la construcción de un parque memorial en la colonia La Colina (comúnmente referida como Las Colinas) para honrar a las víctimas que quedaron sepultadas allí tras el sismo de enero de 2001, incluido uno de los deslizamientos más mortales que cobró alrededor de 585 vidas.
Sin embargo, en los años siguientes a la tragedia ese proyecto no se materializó, en medio de denuncias públicas sobre la mala gestión y presunto desvío de fondos destinados a la reconstrucción, incluidos recursos internacionales aportados para apoyo humanitario y rehabilitación de viviendas. Este incumplimiento ha sido señalado por comunidades afectadas y organizaciones civiles como un símbolo del abandono institucional al que se enfrentaron las poblaciones devastadas por el desastre.
Este terremoto marcó de manera duradera la vida de miles de salvadoreños, y cada aniversario —al cumplirse 25 años desde aquel día— revive la memoria de pérdidas, resiliencia y reclamos por justicia arqueológica, social e institucional en un país que sigue lidiando con sus heridas abiertas.

La emergencia se extendió: el sismo del 13 de febrero
Exactamente un mes después, el 13 de febrero de 2001, El Salvador fue sacudido por un segundo terremoto que agravó la emergencia nacional. De acuerdo con el consolidado final del Comité de Emergencia Nacional, este sismo dejó 315 personas fallecidas, 3,399 lesionadas y 92 personas soterradas, además de 275,013 personas damnificadas en todo el país.
El impacto incluyó 71 derrumbes y daños en 83 edificios públicos. En el ámbito habitacional, se registraron 16,752 viviendas dañadas y 44,750 viviendas destruidas, con afectaciones especialmente severas en los departamentos de Cuscatlán, La Paz y San Vicente. También resultaron dañadas 97 iglesias, 111 escuelas y 454 aulas quedaron no habitables. En el sector salud, se reportaron 5 hospitales y 36 unidades de salud afectadas, evidenciando el alcance estructural y humano de este segundo terremoto que profundizó la crisis iniciada el 13 de enero.

Aunque de menor magnitud que el sismo de enero, el movimiento telúrico de febrero agravó la situación de comunidades que apenas comenzaban a recuperarse y contribuyó al debilitamiento de estructuras ya dañadas por el primer sismo.
Esta secuencia excepcional de terremotos —primero uno profundo y de gran magnitud en la placa oceánica, seguido por otro más superficial dentro del territorio salvadoreño— no solo causó daños acumulativos, sino que también dejó una marca psicológica duradera en quienes vivieron los eventos y en las generaciones posteriores, recordando la constante amenaza sísmica en una región enclavada sobre la zona de subducción entre las placas de Cocos y del Caribe.