Medio ambiente

Las Colinas: vivir 25 años con la ausencia

Este 13 de enero se cumplen 25 años del terremoto. Para mi hermana menor y para mí el aniversario de este evento evoca recuerdos de una difícil travesía, al igual que para otras 500 familias que perdieron a los suyos en las Colinas.

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Entre las tantas víctimas del terremoto se encuentran Lilian y Claudia: nuestra madre y hermana mayor, junto a dos tías con sus respectivas hijas. Seis familiares en total. 

Coincidimos con mi hermana que el proceso de duelo ha sido empinado y confuso, pero que en cierta forma también nos ha ido transformando.

En 2001 escribí esta canción para mi madre y para Claudia. Tuve la oportunidad de interpretarla en Las Colinas durante el servicio religioso del primer aniversario de su muerte y, 25 años más tarde, quise hacer a distancia una nueva versión.

Las Colinas antes del terremoto

La casa en la que crecimos siempre estuvo inundada de un agradable olor a pan recién horneado. Había sido preparado con rigurosidad por nuestra madre y estaba destinado a abastecer negocios e instituciones cercanos de la colonia. 

Mi mamá, Lilian, tenía 47 años al momento del terremoto. Había completado su educación primaria y realizó un técnico en topografía en el Instituto Tecnológico de Santa Tecla. Nunca ejerció esa profesión ya que siempre se interesó por la repostería y los negocios.

Mantengo aún fresco su recuerdo, siempre trabajando a pesar de las dificultades cotidianas. Su carácter generoso y amable le permitió ganarse el cariño de muchas personas. Aunque ella se encargaba del cuidado de sus hijas, el principal sostén económico del hogar fue siempre mi papá, quien desde el extranjero cubría nuestros estudios, alimentación y necesidades básicas. Mi mamá intentaba complementar esos ingresos con su negocio informal.

Con mi madre tuve una relación muy cercana, y mientras mis hermanas compartían con amistades más tiempo fuera de casa, yo prefería quedarme en casa acompañándola. Aprovechamos esos espacios para sostener diversas conversaciones íntimas y afectuosas. Su constante cariño fue mi más preciado tesoro durante esos primeros años.  

Claudia tenía un agudo sentido del humor y una personalidad extremadamente sociable. Agregada a estas cualidades, poseía una notoria belleza que le sumó amistades, popularidad, y muchos pretendientes. Al momento del terremoto estaba a menos de un mes de cumplir 20 años. Estudiaba administración de empresas en la Universidad Tecnológica. Un poco antes de ese tiempo se había interesado por la danza clásica en la escuela Morena Celarié, pero aún no tenía un rumbo profesional claro. En lo personal considero que su mayor anhelo era formar una familia.

La vida en nuestra colonia durante la infancia es uno de los recuerdos más valiosos. Aún a varios años del evento, mi hermana menor considera este espacio como su lugar especial y único. El pasaje proporcionaba un entorno cálido y seguro para sus residentes en ese entonces y para ella, ese lugar fue el gestador de amistades duraderas y profundas. Muchas de ellas aún siguen vigentes.

Recuerda que con los vecinos solían andar en bici y jugar por las tardes y durante las primeras horas de la noche. Paradójicamente, menciona que, entre sus recuerdos favoritos, está el de sus aventuras de exploración con sus amistades a la montaña que en ese entonces ofrecía esparcimiento y curiosidad. Juntos hacían caminatas hasta la cúspide para poder apreciar la vista desde arriba. 

Mi mamá, Lilian, y Claudia, mi hermana.

13 de enero 2001

Tres años después de haber salido del país junto a mi hermana menor a vivir con mi papá y su esposa al estado de Nueva York, recibimos una inesperada llamada internacional. En ese entonces aún no existían videollamadas y los celulares eran escasos. A pesar de ser un sábado temprano Claudia se había tomado el tiempo de buscar un teléfono público para conversar. Se percibía un entusiasmo en su voz y nos narró de cómo habían estado celebrado en casa la noche anterior. 

Para las festividades de fin de año, nuestra madre había recibido del extranjero a una de sus hermanas y sobrina. Antes de que mi tía y prima salieran del país lograron convencer a su otra hermana, que también residía afuera, a que las visitara para reencontrarse. Querían celebrar los cumpleaños de nuestras primas que curiosamente ocurrían alrededor de las fechas del 13 de enero.

En la llamada, Claudia nos dijo que deseaba que hubiésemos estado allí con ellas la noche anterior y acompañada de una efusividad que generalmente no expresaba se despidió de nosotras con un “las quiero.” Eran cerca de las 10:30 am en El Salvador cuando terminamos de hablar. Poco sabíamos que el terremoto estaba a punto de ocurrir.

Nos enteramos del sismo por familiares en Canadá, pero nunca asumimos que algo les hubiese ocurrido. A medida que iban transcurriendo las horas sin noticias directas de parte de ellas, nuestra ansiedad fue incrementando. Las fotografías del deslave ya circulaban por internet, pero había una fuerte negación que no permitía a nuestros ojos el reconocer a ese lugar como nuestro.

24 horas después de la llamada hecha por Claudia, mi padre recibió una nueva llamada internacional. Esta vez, de parte de otro familiar cercano confirmando que habían ubicado los cuerpos sin vida de nuestra madre, hermana, tías y primas. A diferencia de algunos vecinos y amigos pudimos encontrarlas y sepultarlas. Sin embargo, debido a la crisis causada por la catástrofe en el país y a que mi hermana menor tenía 17 años y yo estaba a un mes de cumplir 19, fue imposible viajar y estar presentes durante el sepelio.

Buscando respuestas ante un estado ausente

Los meses posteriores al evento fueron difíciles de digerir. De forma casi permanente me sumergí en un profundo dolor que me alejó de mí misma y de mis familiares aún vivos. El malestar me obligó a dejar mi vida en Estados Unidos para iniciar la búsqueda de múltiples interrogantes de vuelta en mi país.

Año tras año vi a distintos funcionarios gubernamentales – tanto de derecha como de izquierda – asistir al evento religioso conmemorativo del terremoto organizado por algunos vecinos sobrevivientes del desastre. Sonreían siempre para las cámaras y prometían en sus entrevistas la construcción de un famoso parque memorial que nunca fue. No se hablaba mucho acerca del desvío de los 15 millones en fondos donados por Taiwán para los damnificados del terremoto por años, hasta que Nuevas Ideas empezó a hacer su campaña utilizando noticias e imágenes del desastre con el fin de politizar el dolor de tantos afectados.

Comprendí entonces que no existiría ningún tipo de justicia o esclarecimiento de las razones que propiciaron el deslizamiento de la montaña durante el sismo. En algunas de las cartas que nos intercambiamos con mi madre y hermana ellas hacen mención de cómo se escuchaban en los últimos años construcciones e intervenciones en la montaña desde nuestra casa. Así como en la actualidad ocurre con la finca El Espino, también hubo en ese entonces marchas ambientalistas para proteger la cordillera del Bálsamo. 

Por años me enfrenté a mi pérdida con mis propios medios (que eran escasos), así como muchos de los vecinos sobrevivientes con los que entré en contacto cerca del 2017, cuando fue aprobada la ley de devolución de terrenos para los afectados del terremoto. 

Me enteré hasta ese entonces acerca de la permanente lucha de la organización de vecinos por recuperar sus terrenos. Les tomó casi dos décadas de persistencia y tenacidad para recuperar sus tierras. 

Nuestra familia volvió a tener acceso a los lotes hasta el 2020 y optamos por venderlos en vez de reconstruir.  En lo personal, sentía que el inmueble, aún perteneciente a la familia era lo único que me ligaba al país. El soltarlo me permitió seguir reconstruyendo mi fracturada vida.

25 años 

Actualmente me encuentro a varios kilómetros de distancia de El Salvador. Soy estudiante de musicoterapia en Argentina, y elegí esta carrera de promoción de la salud porque considero que es la opción que más resuena con los eventos que atraviesan mi historia. 

No fue hasta que llegué a esta punta del continente cuando reconocí que la empinada travesía del duelo que me tocó transitar era necesaria para encontrar un propósito en mi formación profesional. Sueño poder ayudar a otras personas que, como yo, atraviesan distintas formas de dolor.

Con mi hermana menor divergimos rumbos por un buen tiempo después de los eventos del 2001. Pero ahora, a vísperas de este nuevo aniversario, coincidimos a distancia que el suceso nos obligó a crecer con más rapidez. 

Reflexionando con ella mientras preparaba esta crónica me dijo lo siguiente: 

“Me tomó mucho tiempo aceptar que la pérdida de mis familiares y amigos era parte de mi historia. He tenido que pasar por muchos procesos para sobresalir y sobrevivir esos recuerdos amargos, pero puedo decir que he llegado a un punto donde me siento en paz… Aunque la vida es muy difícil sin mi madre y mi hermana, aún estoy tratando de vivirla lo mejor que pueda y llevándolas siempre presentes en mi corazón y en cada experiencia que vivo.”

Y al igual que ella, siento que yo también las llevo conmigo adonde quiera que vaya. 

Salí de El Salvador a finales del 2022 y pensé  que sus memorias quedaban en la misma tumba en donde yacen actualmente, pero después de unos meses en el el sur me dí cuenta que su presencia (en forma de recuerdos y añoranzas) me acompañan siempre, independientemente del lugar en el que me encuentre. 

Ellas han seguido presentes en medio de aniversarios, o a veces ocultas en medio de los paisajes del sur. Me han visitado de vez en cuando en un repentino sueño o en el metro a través de una canción. 

Y entonces también coincido con mi hermana: ellas siguen vivas en nosotras.

Con mis hermanas, Claudia y Eunice Moreno.

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