La rutina de una madre es agotadora, especialmente si se es madre soltera. La comida de los niños, su higiene, su educación… todo parece más importante que una misma. La escritora Lauri García Dueñas nos permite echar un vistazo en su cotidianidad, sostenida por quienes la aman. Pero ese apoyo no es suficiente: la responsabilidad sobre la crianza debe ser un trabajo en equipo más allá de las redes personales y trasladarse también al Estado y la comunidad.


Lunes: El bebé me levanta a las 6:30 a.m., tengo que apurarme. Mi hijo mayor entra a la escuela a las 7:40 a.m. y todos los días hay que paliar sus berrinches para que se encuentre con el agua y la sociedad. Dani, la niñera me asiste. Sin Dani y su trabajo del hogar remunerado yo no pudiera hacer casi nada.

Salgo en mi short azul y camisa de Mazinger Zeta, no me puedo dar un baño, ni acicalarme, por eso uso el pelo corto.

Salimos chipusteadas, mitad en bus, mitad a pie, y en ayunas, a la Unidad de Salud Barrios donde ella se retirará porque, a pesar de que llegamos a las 8 a.m., yo saldré de ahí a la 1 p.m. luego de 5 horas de esperar en ayunas las vacunas de mi hijo menor.

A las 11 a.m. Dani recogió a mi hijo mayor, pero hay un problema. No le pusieron estrellita porque yo me confundí con el mensaje de las 9 p.m. del domingo de la maestra Flor y no puse las libretas correctas.

Llego a casa a la 1 p.m. y llega mi pareja, que es chef, con la comida. El hijo mayor está emberrinchado, pero debo pagar en línea la consulta de la psicóloga que es a las 2 p.m. y responder mensajes en 30 minutos. No me baño ni como. El niño grande sí.

Salimos chipusteados a la consulta con la psicóloga, entra el niño, como por primera vez en el día, de pie en un pasillo. Desde el segundo piso del edificio, veo que mi novio come en su carro unos choripanes y se bebe una Fanta. Brindamos de lejos y nos reímos.

Salimos a las 3 p.m., hacemos un mandado y llegamos a la casa a las 4 p.m. Me duele el cuerpo a morir, como si me hubieran pegado con un palo. Logro bañarme. Durante toda la jornada, no pude ponerle saldo al teléfono. Una buena mujer estuvo tratando de contactarme porque me había conseguido entrevista de trabajo, primero a las 10 a.m. y luego a las 3 p.m. Me fue completamente imposible asistir y me urge un trabajo bien remunerado con prestaciones sociales. Lo bueno es que pudo posponer la entrevista para después del 6 de agosto. Esperemos. Tengo anhelo y tengo angustia, porque si me dedico a trabajar de tiempo completo, ¿quién coordinará toda la crianza de los niños? ¿Lo lograré?

Ya me llovieron bendiciones laicas, porque no he podido juntar este mes para la renta y mis finanzas están en rojo, algunas amigas me han ayudado materialmente, otras con mensajes e ideas. Desde México, llega una tarjeta para el supermercado, cortesía de una entrañable doctora en Sociología de la UNAM. En la noche, una guapísima visitadora médica deja dos cajas de pañales en la caseta del departamento, ha hecho llamadas para conseguirme más leche. Mi hijo menor dejó el seno materno por voluntad propia al cumplir un año y no sé si estoy aliviada o preocupada.

El bebé se duerme a las 11 p.m. y yo le doy el Paracetamol semidormida, antes de caer dormida como desmayada.

No soy la mujer con más problemas materiales de este mundo, al contrario, tengo redes de apoyo significativas. Hay millones de mujeres que la pasan peor que yo y que viven la precariedad de maneras extremas para ellas, sus hijas, hijos e hijes.

Hay mucha gente que me ama, me lee y me apoya. Mis lectoras me felicitan: «ya quisiera escribir como tú». Escribir es mi oficio, lo que me da de comer. A algunos que me desean el mal, no les gusta que escriba o lo que digo, porque en su mente perversa quisieran que escribiera lo que ellos piensan (que lo hagan ellos), lo que ellos creen de mí odiosamente o quieren que la gente crea de mí. Pero seguiré escribiendo lo que me de la sagrada gana hasta que me muera. Fery Alva, una exalumna, me pide que escriba un libro sobre maternidad. Lo haré. Ya tengo uno de poemas en puerta.


Martes: Despierto a las 6 a.m., ya fui a dejar a mi hijo mayor a la escuela, y asistí a una junta con la subdirectora para tratar el tema de la estrellita y el sistema presencial-en línea, fue una buena junta, ya traje a casa la leche y el cereal que nos regalaron en la escuela y pasé por un pago de libros, regalo que me mandó una excompañera del colegio.

Hoy en la tarde iré al correo a ponerme al día con el envío de mis libros, trabajaré un poco y aplicaré a las vacantes que mis amigas me han mandado. Sigo juntando para la renta. No sé cómo, pero lo lograré (al terminar de escribir esta columna ya lo habré conseguido gracias a varias amigas).

«No estás sola», me repiten mis amigas y amigos en coro. Y siento sus palabras en mi alma, en forma de ayuda económica, pañales y leche, mi corazón lo agradece y las honra. Cuando yo tengo, reparto. Y así, vamos, luchando contra el necrocapitalismo capacitista e individualista atomizante, mediante las redes comunitarias.

Mi pregunta recurrente vuelve a emerger: ¿Debería una mujer madre poder con todo lo que implica la crianza? ¿No debería ser un trabajo en equipo del Estado, Gobierno, empresas, sociedad civil, familias? ¿Por qué se impele a las mujeres latinoamericanas a ser sufrientes silenciosas?

Etiquetas:Maternidad

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