04.04 – Ser “inmunoconsciente”

Tania Pleitez | 04/04/2020

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¿Qué pasaría si esxs ciudadanxs inmunes son consideradxs como fuerza de trabajo segura, sana, fuerte, productiva y, precisamente por eso, son convertidxs en servidores de los privilegiadxs?

Ilustración por Natalia Franco

Diario de un tiempo distópico

Barcelona, España

Sábado, 4 de abril de 2020

España se sitúa hoy como el segundo país del mundo con más contagios, después de los Estados Unidos. Hay más de 11,700 muertos. No obstante, 34,219 han superado la enfermedad. 

Ayer leí un post en el perfil de Instagram de mi amiga R.M., que vive en Iowa, en el que se autodefine como “inmunoconsciente”. Me gustó leer esta categoría que, quizá, podría ser una forma de contrarrestar la discriminación derivada de una posible emisión de certificados de inmunidad. Ser inmune, pero tener conciencia de ese privilegio, primer paso para apelar por la solidaridad, el acompañamiento, los cuidados colectivos, la empatía.  

Luego me puse a imaginar ese mundo distópico, de economía confinada, y se me vino a la cabeza un cuento o una novela que partiría, más bien, de una pregunta formulada desde las antípodas del privilegio: ¿qué pasaría si esxs ciudadanxs inmunes son consideradxs como fuerza de trabajo segura, sana, fuerte, productiva y, precisamente por eso, son convertidxs en servidores de los privilegiadxs, que serían quienes controlan esa economía confinada? ¿Estarían dispuestos a ser explotadxs, ahora no solo por sus necesidades, sino también por tener la oportunidad de salir, aunque sea solo un momento, a recorrer las calles, mirar el cielo, respirar aire en espacios abiertos? Se me vienen a la mente otras categorías aún más perversas: violencia de género inmune, xenofobia inmune, homofobia inmune… A estxs (que convivirían con la fuerza de trabajo inmune precarizada) se les permitirían esas posturas discriminatorias en la medida que fueran productivxs en una sociedad altamente articulada por la biopolítica. Sería lo que un colectivo trans de Honduras llama la posimpunidad, pero elevada al cubo. Luego vendría el trabajo de vacunar a 8,000 millones de personas. ¿Se realizará un sorteo como en la película Contagion? ¿Quiénes la recibirán primero (después de lxs médicxs y la población de riesgo)? ¿Será accesible a todxs? ¿Se establecerá un tráfico ilegal de la vacuna? ¿Cómo se controlará para que no se fabriquen vacunan falsas o no se repartan vacunas vencidas entre las personas más vulneradas? ¿Se explotará el efecto placebo? 

Basta de imaginar y preguntar. D. y yo comenzamos otra sesión de limpieza profunda de nuestra casa. Eso sí, decidimos dejar que las hormigas y las arañas del bosque convivan con nosotros, que entren y salgan libremente, que atraviesen el balcón y la sala. 

Escribo recostada en la tumbona que está en la plataforma de madera, la cual nos hemos propuesto reparar. Sin embargo, confieso que me gusta ver las plantitas que crecen por entre las hendijas de los tablones viejos. Son brotes de vida que trascienden la madera apretada y desgastada; esta no logra sucumbirlos ni confinarlos. Oigo los pasos de Billy que entra a nuestra casa como si fuera la suya. 

Tania

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