Por Daniel Alvarenga
Kristi Noem, secretaria del Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (DHS, por sus siglas en inglés) y el rostro de la agenda de deportación masiva del gobierno de Donald Trump, fue despedida recientemente de su puesto. Los salvadoreños seguramente la recordarán como la mujer que filmó propaganda para el régimen autoritario salvadoreño, posando frente a prisioneros tatuados en el CECOT. Esa misma prisión con la que el presidente salvadoreño Nayib Bukele hizo un trato con Trump para enviar a 250 venezolanos y al salvadoreño de Maryland Kilmar Ábrego a detención y tortura sin pasar por un juez. Noem solo es el último ejemplo de Trump deshaciéndose de alguien cuando ya no le son útiles y se convierten en una desgracia para sus relaciones públicas.
Crecí en comunidades latinas en el sur de California, y he cubierto como periodista temas de la diáspora centroamericana y migración por una década. Puedo afirmar que estamos en una coyuntura sin precedentes respecto de la aplicación de las leyes de inmigración en Estados Unidos.
Debe quedar claro que esto no sucedió de la noche a la mañana. Y no comenzó con Trump. El infierno migratorio en el que nos encontramos estuvo en construcción por décadas, por gobiernos republicanos y demócratas que expandieron los presupuestos del Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, creado en los meses posteriores al 9/11.
Si venís de una familia de estatus mixto, o si has vivido en una comunidad de migrantes en los Estados Unidos, mucho de esto seguramente no será nuevo para vos. Pero el miedo se ha intensificado. Tanto yo como todas las personas en mi círculo conocemos a alguien que ha sido detenido por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) o el Servicio de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP, por sus siglas en inglés) en los últimos meses. Anteriormente, ICE y CBP no podían arrestar a nadie en lugares “seguros”: escuelas, hospitales, espacios religiosos. Esto cambió en 2025, a inicios del segundo período de Trump, cuando emitieron una orden ejecutiva que terminó con estos espacios, terminando en la práctica con las llamadas ciudades santuario. En Estados Unidos, no hay lugares que ofrezcan ninguna sensación de seguridad para personas migrantes o cualquier persona racializada que pueda ser identificada como migrante.
La sal en las heridas de nuestras comunidades es que esto desmantela parte de nuestra lucha en este país. El movimiento santuario emergió en el marco de la organización contra la intervención estadounidense en las guerras civiles en Nicaragua, Guatemala y El Salvador en los años ochenta. Esto es algo que no solemos aprender en la currícula educativa de las escuelas estadounidenses, que suelen saltarse buena parte de la era Reagan. Fue entonces cuando cientos de miles de salvadoreños llegaron a este país, como buena parte de mi familia. Otro movimiento antibélico masivo se avecina en el marco de la ofensiva contra Irán, y seguramente resonará por las próximas generaciones. Es doloroso cómo la historia rima y se repite.
Hay abundante precedente para los abusos que observamos ahora: desde la contratación de prisiones privadas para la detención de migrantes, la separación de familias, las muertes bajo custodia, el abuso sexual en manos de autoridades, la detención ilegal e incluso la deportación de ciudadanos estadounidenses. La lista de atrocidades parece interminable. Todo esto ocurre ahora, pero también ocurrió en los últimos años —fui testigo de todo esto en mis años como reportero para Al Jazeera y Telemundo—. Momentos históricos como la Operation Wetback, cuando los Estados Unidos deportaron cerca de un millón de mexicanos en los cincuentas, o el “internamiento” de ciudadanos estadounidenses de orígenes japoneses durante la Segunda Guerra Mundial, son eventos de los cuales sobrevivientes hoy en día aún pueden dar testimonio. De nuevo: la historia se enjuaga, se blanquea y se repite.
La diferencia ahora es que no se puede encubrir ni fingir que no está ocurriendo nada. “No se puede tapar con un dedo”, como dirían mis familiares salvadoreños. Las masas se han reactivado en reacción a los asesinatos de Alex Pretti y Renee Good, dos ciudadanos estadounidenses blancos que fueron asesinados en plena luz del día por agentes federales en operativos migratorios en Minneapolis, Minnesota. Quienes no se sienten trastocados por estos crímenes están, por lo menos, al tanto y no pueden negar que están ocurriendo. Y estos son apenas los casos más conocidos. Al menos 14 personas fueron asesinadas por ICE en 2026, un número que lamentablemente aumentará. Además, 32 personas murieron en custodia de ICE el año pasado, uno de los años con más muertes registradas. Abundan las comparaciones entre ICE y los Camisas Negras de Italia fascista o la Gestapo de Alemania nazi, pero para ponerlo en términos que entenderían los salvadoreños que vivieron la guerra en los años ochenta: son escuadrones de la muerte.
La gente está resistiendo y levantándose, especialmente en ciudades como Minneapolis, Los Ángeles, Charlotte, Portland, Chicago y otras; lugares que son el blanco de la ofensiva de Trump. Adolescentes en todo el país están organizando huelgas escolares (walkouts, en inglés), una generación de niños que están perdiendo compañeros de clase, vecinos, familiares y otros seres queridos. En Washington, D.C., donde los salvadoreños representan el mayor grupo de migrantes y la Guardia Nacional parece tener una presencia permanente, he presenciado personalmente a vecinos de orígenes diversos organizarse en los vecindarios históricamente latinos de Columbia Heights y Mt. Pleasant para detener físicamente los secuestros de más miembros de su comunidad. Pero los secuestros continúan. ICE ha adquirido silenciosamente bodegas en todo el país para expandir la detención de migrantes y disidentes políticos. Actualmente, en Maryland, comunidades están protestando la construcción de nuevas instalaciones para ICE cerca de la ciudad de Hagerston. Estos actos de resistencia, junto a la sabiduría de mi familia que vivió los años ochenta en El Salvador, me recuerdan que, en tiempos de terrorismo de Estado, solo nos tenemos los unos a los otros.