
Reina Isabel sale al amanecer con sus dos hijas y su esposo a pescar al mar. Se suben a una lancha y se adentran hasta cinco millas en las aguas saladas del océano. Ahí permanecen más de 24 horas, respirando el olor a sal, enfrentando las olas y los vientos, a veces bajo la tormenta, el sol o la oscuridad.
“No es fácil estar ahí en la noche, porque nosotros vamos 24 o 48 horas. Nos vamos a las 4 de la mañana y venimos al siguiente día a las 4 de la tarde”.
Lleva 13 años entregada a este oficio. Primero, su rutina consistía en recorrer el estero con otras mujeres, buscando conchas, almejas, jaibas, ponches y camarones pequeños que aseguraban el sustento diario. Pero hace tres años decidió dar un paso más: acompañar a su esposo en la pesca de altamar. Allí la faena se vuelve más dura y peligrosa, entre el peso de las redes que tiran de sus brazos y la fuerza impredecible del viento y las olas, que ponen a prueba su resistencia.
“A veces las necesidades nos hacen ir. A veces mi esposo estaba preparado y no hallaba quién lo acompañara, y hay gastos que se tienen. Entonces empezamos a ir con mi hija y hasta ahora Dios nos ha cuidado, que no nos ha pasado nada. La pasada de la bocana es lo que más me da temor; ya dentro del mar, no tanto”.

La travesía queda registrada en fotografías y videos captados por las hijas de Reina. En ellos se observa a la pareja lanzar el trasmallo al mar, mientras la lancha tambalea.
“Para una como mujer es más duro, porque el hombre viene de pescar, se pone a descansar y una tiene que vender el pescado, hacer comida, lavar… o sea, le toca más pesado”.
Reina tiene 47 años. Nació y creció en el cantón San Francisco El Porfiado, del distrito de Santiago Nonualco, en el departamento de La Paz, donde la economía y la vida giran en torno al mar. Tiene dos hijas, una de 25 años y otra de 18.

En el cantón San Francisco El Porfiado habitan 763 personas, de las cuales 191 son mujeres entre los 18 y 49 años. Es una zona rural: sus calles son de tierra, cuenta únicamente con una escuela donde la niñez estudia hasta sexto grado y no dispone de una unidad de salud. Cuando alguien enferma, debe trasladarse al casco urbano de Santiago Nonualco para recibir atención médica.
Además de la pesca, las familias se dedican a la siembra de maíz y frijol, a la albañilería y a la corta de caña. Las mujeres también impulsan pequeños negocios, como la crianza de aves mejoradas, huertos caseros y la venta de tamales y pan artesanal.
En 2016 se fundó la Cooperativa Almejas del Pacífico, conformada por 22 mujeres y cinco hombres, con el objetivo de fortalecer la pesca artesanal de manera colectiva. Reina se integró en 2018 y desde entonces se encarga de la compra y venta del pescado que obtiene la cooperativa.
“Yo pesco, compro y vendo pescado. También raleó pescado [le quito la escama] para secarlo y venderlo”.
Con las ganancias que obtiene paga los estudios de sus hijas. Una asiste a la universidad y la otra cursa el bachillerato en el casco urbano. Reina solo estudió hasta sexto grado en San Francisco El Porfiado. Sabe leer, escribir y hacer cuentas.
Las mujeres de San Francisco El Porfiado están estrechamente vinculadas a la pesca artesanal: son pescadoras y curileras; limpian el pescado y lo preparan para la venta. Sin embargo, su presencia en este oficio es poco reconocida en El Salvador. La pesca no está contemplada en el Código de Trabajo, lo que empuja a una economía informal carente de protección social, señalan estudios de la Organización Salvadoreña de Mujeres por la Paz (Ormusa).
Tomando como referencia la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples de 2018, Ormusa señala que de las 24 mil 903 personas que se dedican a la pesca y la acuicultura en el país, solo el 9 % son mujeres.
A nivel mundial, según la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), las mujeres representan alrededor del 50 % de las personas que laboran en este sector y se involucran en diversas actividades a lo largo de la cadena de valor. Asumen funciones claves en la provisión de insumos, extracción y cultivo, procesamiento primario y secundario, así como en la comercialización.
“Yo he sido una mujer que he trabajado duro en ese mar y tengo conocimiento”

A sus 51 años, Margarita Aguilar asegura que el mar ha sido el sostén con el que logró sacar adelante a sus seis hijos. Tenía apenas 18 años cuando se lanzó por primera vez a la pesca en altamar, enfrentando vientos y mareas que pronto se volvieron parte de su vida.
“Tuve a mis hijos seguidos, al año, al año. Cuando quería saber si estaba embarazada, solo me iba con él [mi esposo] a pescar al mar. Ese era mi examen, porque si vomitaba era porque ya estaba panzona. Prácticamente, los seis hijos saben que de la pesca los hemos criado”.
Al mar aprendió a respetarlo, a quererlo y también a temerle. Dice que en su comunidad varias personas han perdido la vida intentando atrapar peces en las profundidades de esas aguas saladas. A veces, los motores de las lanchas se arruinan y, cuando eso ocurre, regresar desde cinco millas mar adentro se convierte en una verdadera odisea.
“No es fácil andar jalando esas redes cuando soplan esos vientazos y las corrientes están fuertes. Hay veces que hasta sangre estila de las manos por andar jalando esa soga”, relata.
Hace más de 20 años dejó de pescar en altamar, pero continuó asistiendo al estero con sus vecinas para recolectar conchas y curiles destinados a la venta. También emprendió otras actividades: impulsó huertos caseros, crió aves de corral y abrió una pequeña tienda en su casa.
Su vínculo con la pesca artesanal, sin embargo, nunca se rompió. Durante seis años fue presidenta de la Cooperativa Almejas del Pacífico, desde donde, junto a otras socias, gestionó la construcción de un local, la compra de lanchas, redes y motores, así como proyectos comunitarios de desarrollo económico.
Margarita cree que la organización es una de las pocas vías para ser reconocidas.
“El beneficio que yo siento que sí me ha ayudado son todas las capacitaciones que nosotras como mujeres tenemos, porque estamos bien empapadas en emprendedurismo, en cómo llevar nuestros negocios. Tenemos capacitaciones en compañerismo, género y derechos de las mujeres. Yo he sido una mujer que ha trabajado duro en ese mar y tengo conocimiento”.

Además, Margarita forma parte desde hace cinco años del Comité de Género de la Federación de Cooperativas de La Paz (FECOOPAZ), donde trabajan para visibilizar el papel de las mujeres en la pesca artesanal.
También colaboran directamente con la Fundación para la Cooperación y el Desarrollo Comunal de El Salvador (CORDES) en temas de seguridad y soberanía alimentaria.
El ingeniero Luis Erazo, de CORDES, señala que la independencia económica de las mujeres es uno de los principales avances que observan en esta zona. “Esto las está empoderando. Manejan sus emprendimientos productivos y fortalecen su seguridad alimentaria familiar”.
Asegura que CORDES trabaja con 40 familias asociadas a cooperativas en esta región. Se ha capacitado tanto a hombres como a mujeres en procesos de género, masculinidades, creación de planes de negocios locales y producción agropecuaria.
“También ha existido apoyo a mujeres y cooperativas con capital semilla para emprendimientos cooperativos e individuales”.
Una gran oportunidad para que las mujeres avancen
Ana Kelly Rivera, coordinadora del Programa de Género y Justicia Ambiental de Ormusa, explica que esta organización trabaja en San Pedro Masahuat, Zacatecoluca, Santiago Nonualco, San Luis La Herradura, San Antonio Masahuat y El Rosario, como parte del programa Manos que Alimentan, financiado por la Cooperación Española.
Entre sus objetivos, el programa busca fortalecer la pesca y la agricultura en zonas rurales de El Salvador para contribuir a la reducción de la inseguridad alimentaria, que afecta a la mitad de la población del país, y visibilizar el rol de las mujeres en este sector.
“Este proyecto ha buscado enfocar su esfuerzo en valorar la pesca artesanal y, en particular, el trabajo de las mujeres pescadoras vinculadas a la pesca”.
Ana Kelly señala que entre las principales barreras que enfrentan las mujeres en este oficio está la violencia de género, que las relega a labores menos valoradas.
“En algunos casos les asignan roles de menor valor en la pesca, como la limpieza del producto, que es un trabajo poco reconocido, al igual que la venta, donde a veces se les entrega producto de menor calidad”.
Agrega que los tiempos que las mujeres dedican a la pesca suelen ser extensos y que las tareas de cuidado continúan siendo un obstáculo permanente.

El programa Manos que Alimentan es ejecutado, además de Ormusa, por CORDES, la Fundación Salvadoreña para la Reconstrucción y el Desarrollo (REDES) y NESI (Solidaridad Internacional), bajo la coordinación de la Asamblea de Cooperación por la Paz (ACPP).
Este programa propone una ruta de trabajo para aumentar la participación de las mujeres pescadoras en espacios de decisión en condiciones de igualdad.
Ormusa ha reunido a mujeres de los distritos donde trabaja para capacitarlas en empoderamiento económico, fortalecimiento del liderazgo, acceso a procesos culturales, participación activa y enfoque de género. Se han creado comités de género para el empoderamiento de las mujeres.
“Esta es una gran oportunidad para que las mujeres avancen en el logro de sus derechos y en el mejoramiento de su calidad de vida”.


“El sueño que tenemos es tener un local propio”
Marta Lilian Hernández es presidenta del Comité de Género de la Federación de Cooperativas de La Paz (FECOOPAZ), que aglutina a 32 cooperativas del departamento. Detalla que en el comité participan 30 mujeres dedicadas a la pesca.
“Desde hace cinco años venimos trabajando para tener un espacio para nosotras en la zona de pesca y, desde entonces, venimos empoderándonos en capacitaciones sobre derechos de las mujeres y sobre tener los mismos espacios que los hombres. Poco a poco lo vamos logrando”.
Afirma que las mujeres continúan siendo marginadas en este oficio, incluso por sus propios compañeros. A menudo se duda de sus capacidades y, cuando se habla de pesca, casi siempre se piensa solo en los hombres, pese a que en La Paz muchas mujeres han estado involucradas en esta faena desde niñas.
En el caso de Marta Lilian, su aporte a la pesca se vincula principalmente con la comercialización del producto. Compra mariscos a las lanchas de la Cooperativa Mar y Cielo, de San Luis La Herradura, los limpia y los vende en la misma zona, asegurando así su sustento.
“El sueño que tenemos es tener un local propio, porque hay cooperativas donde a los hombres no les gusta llevar a mujeres al mar, e incluso hay quienes se resisten a escucharnos. Como comité de género nos hemos enfocado en terminar nuestro local, adecuarlo y tener nuestro propio espacio”.
Para Marta Lilian, el espacio que están construyendo es más que un punto de encuentro. Es la oportunidad de levantar su propia tienda, donde puedan ofrecer lo que producen en La Paz, sin intermediarios, a precios y tiempos que ellas mismas decidan.
“Todas hemos aprendido a hacer jabones, aritos. Lo que queremos es tener nuestra propia tienda, que cada quien lleve su producto y así ir creciendo poco a poco”.
Tras años de invisibilidad, las mujeres de la pesca artesanal de La Paz levantan la voz para ser reconocidas. No solo han estado en los esteros y en altamar: también han sostenido la economía de sus hogares y comunidades. Hoy exigen lo que siempre han sido: pescadoras con nombre y con historia.
Sus experiencias incluso fueron llevadas al teatro a través de la obra Colando Agua, producida por Cachada Teatro, que explora sus historias, sus fuerzas, sus jornadas invisibles y las redes que tejen para resistir.
Margarita, del cantón San Francisco El Porfiado, es una de las protagonistas de estas historias. “Fue algo bien bonito, porque nunca me imaginé que hubiera personas que nos levantaran el ánimo a nosotras. Como mujeres pescadoras, no habíamos oído de una obra de teatro basada en la pesca. Yo me emocioné; me hizo vivir de nuevo”.