Hay momentos en los que la vida se reorganiza por completo. El nacimiento de una hija o hijo es uno de ellos. También lo es, aunque por razones muy distintas, perder el empleo. En los últimos meses he experimentado ambas cosas.
Antes de finalizar mi periodo de maternidad, nerviosa por mi retorno al trabajo, recibí la noticia de que la organización en la que trabajaba me desvincularía laboralmente al final de ese mes.
Mi primera reacción fue quebrarme emocionalmente. Me encontraba en una situación que no imaginaba enfrentar en este momento de mi vida. Procesar lo que estaba ocurriendo era difícil por varias razones. La primera, yo sabía que tenía protección legal contra el despido durante los seis meses posteriores a mi periodi de maternidad, por lo que no entendía por qué se estaba vulnerando ese derecho; la segunda, por primera vez en mi vida, alguien dependía enteramente de mí: alguien pequeñito.
En las últimas semanas, mi bebé ha aprendido a sonreír, y lo hace mucho cuando me ve. Por algunos días, esa sonrisa me dolía profundamente. Me haccía sentir culpable de no haber previsto esta situación, de no haber pensado en su bienestar, de no estar preparada para el desempleo. «Quizá si me hubiera quedado callada, ahora tendría seguro médico asegurado», pensaba en mis noches de desvelo.
Afortunadamente, en esos momentos encontré mucho apoyo: de compañeras y compañeros de trabajo, de amigas, de mi familia; de esa abogada feminista que me dio seguridad para defender mis derechos; de esa psicóloga feminista que me ayudó a recomponerme; de compañeras feministas que, incluso en la distancia, actuaron rápidamente para hacerme sentir menos vulnerable.
Sin embargo, no podía evitar pensar en el ámbito colectivo de la situación. ¿A cuántas mujeres les pasa esto? ¿Cuántas tienen las herramientas para defenderse? ¿Cuántas conocen sus derechos? Ahí es donde la desigualdad se profundiza, porque no solo importa qué derechos existen, sino quién puede hacerlos valer.
Otra tensión que enfrenté en esos momentos fue la disonancia entre el discurso de la organización y sus acciones. Lo que estaba pasando venía de una oficina con pasillos llenos de principios feministas, discursos sobre la importancia de los cuidados y liderazgos que hablan públicamente sobre estos temas.
Luego de algunos intercambios, la organización me notificó oficialmente la «no renovación de contrato», junto con el pago de una indemnización que cubría el periodo legal. El intercambio final estuvo a cargo de un abogado que buscaba dejar claro que yo no merecía esa indemnización, pero que la organización, por bondad, había decido concedérmela.
En ese momento quise gritar: estos derechos no son concesiones ni gestos de buena voluntad. Son respuestas mínimas a necesidades reales: sostener ingresos, garantizar condiciones dignas y evitar que la maternidad empuje a las mujeres hacia la precariedad. Pero las relaciones de poder eran claras. Lo único que pude hacer fue salir un momento mientras lloraba e intentaba recomponerme.
También es importante decir que dentro de estas instituciones existen personas coherentes, comprometidas, que intentan acompañar y, desde lo individual, amortiguar decisiones que saben que pueden ser injustas. Esas prácticas importan. Pero no son suficientes. Porque cuando los liderazgos no logran alinear sus decisiones con los principios que promueven, lo individual no alcanza para corregir lo estructural.
Hoy, mientras veo ofertas de empleo o contenido en redes sociales sobre la importancia de que los cuidados sean una responsabilidad colectiva (firmados por esa misma organización), pienso: apostar por el cuidado como lucha colectiva no puede solo ser un enunciado. Es una práctica que implica costos, ajustes y, sobre todo, coherencia.
Cuando las condiciones laborales no garantizan estabilidad para mujeres que recién son madres, lo que está en juego no es solo un contrato: es la posibilidad misma de sostener la vida sin quedar expuesta a la precariedad.
La desprotección de los derechos de las mujeres en periodos de maternidad o lactancia no debería limitarse a una discusión sobre casos individuales. Es una pregunta colectiva: ¿Qué tan lejos estamos dispuestas a llegar cuando hablamos de cuidado?
Porque si no estamos listas para sostenerlo cuando incomoda, entonces no es una política. Es solo un discurso.