«Usted no cabía en el limitado corsé que le imponían»

08/05/2021

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Hola, Mamá.

No puedo creer que tenemos 30 años de no vivir en el mismo país. ¿Se acuerda del día que hice mi maleta? Usted me preguntó por qué me llevaba mi pequeña caracola, si en unos años iba a volver. Qué cosa extraña es el tiempo y, si lo pudiera tocar, sería esa caracola.

En estos días, he pensado mucho en sus idas y vueltas, porque usted también ha sido migrante. Nunca se lo he dicho, pero no hay nada más delicioso que escucharla relatar la memoria familiar, como cuando me contó que, a principios de los años cincuenta del siglo pasado, a su papá le dieron trabajo en una compañía naviera de California. Fue así que toda la familia migró y se estableció en una típica casa victoriana de San Francisco, en Park Avenue, donde asustaban y se oía, cada cierto tiempo, una queja de ultratumba.

Usted tenía siete u ocho años cuando llegó a Estados Unidos. Entonces, era un país que ventilaba aires triunfales después de su rol en la Segunda Guerra Mundial; era un país que cimentaba el “sueño americano” y la tiránica idea de los winners y los losers, aspectos que fueron tan bien retratados por Arthur Miller en Muerte de un viajante. En 1963, aún adolescente, usted lloró la muerte de Kennedy y vio los primeros brotes del movimiento de los derechos civiles. También salía a bailar todos los fnes de semana, música de Elvis Presley y The Beatles.

Aún hoy, a sus 75 años, baila con un ritmo inigualable que ninguna de sus hijas ha heredado.

También me contó que después de terminar la secundaria, mis abuelos la enviaron de vacaciones a San Salvador, a la casa de una tía, porque querían alejarla de un pretendiente con pelo engominado a lo Danny en Grease. Mi papá era el vecino de su tía y fue así como se conocieron. Sé que se enamoraron y, durante dos años, usted trabajó muchísimo para poder mantenerse en San Salvador, cerca de ese estudiante de ingeniería que le había pedido que se casaran. ¿Qué significó para usted volver a San Salvador después de vivir en San Francisco? Me imagino que no se reconoció en esa sociedad provinciana –envidiosa, llena de habladurías, encorsetada– que poco a poco empezó a descubrir. Qué difícil vivirlo sin su
familia cerca.

Recuerdo que mis hermanxs y yo siempre andábamos con usted, de arriba para abajo, envueltos en una sola risa cómplice. Después de que usted salía de trabajar, íbamos a comprar pan dulce a la tiendita o subíamos a un molino situado en unos arrabales, al final del Paseo Escalón, donde entregábamos un recipiente con granos de maíz y nos lo devolvían lleno de harina aromática para hacer tortillas caseras. Hacíamos las tareas en las mesas de concreto del campus de la UCA mientras usted iba a clases. Solíamos visitar a Violeta Bonilla, antes de que muriera, una pintora muy sabia que nos enseñó a desentrañar amorosamente el presente; y también visitábamos a sus amigas más jóvenes, algunas compañeras de la universidad, varias de ellas mujeres solas, viudas o madres solteras, mujeres con historias familiares brutales, algunas de abuso y violentas, mujeres que luchaban a diario para sacar adelante sus pequeños negocios o sus profesiones, a sus hijos y a ellas mismas. Estas fueron las personas que nos brindaron realidad y humanidad frente a esa otra esfera en la que, por circunstancias sociales, debíamos movernos y, supuestamente, no polemizar demasiado, sobre todo porque comenzaba el murmullo de la preguerra.

Mamá, ¿recuerda el microbús Volkswagen naranja que conducía? Usted solía cantar mientras avanzábamos por los entresijos de aquellas colonias residenciales de mediados de los años setenta: casas grandes al estilo americano, sin muros ni alambres de púas, jardines abiertos. En la orilla de las calles recién pavimentadas, se divisaban tan solo dos o tres restaurantes. Para ver la movida comercial y lúdica o ir a ese famoso cine al aire libre donde nos sentaban en la capota del carro a comer palomitas de maíz mientras veíamos películas como Bambi y Dumbo; o para ir al Pops, a la taquería Cancún o al Jardín Infantil, había que bajar hasta al bulevar de Los Héroes. Así que cuando íbamos hasta allí, a mí me gustaba verla cantar mientras conducía: sus ojos se llenaban de una luz cromática.

También me acuerdo que un día nos dijo a mi hermana y a mí: “Les voy a hacer un bikini”. Tengo presente aquella tarde: la casa grande, pero con pocos muebles, usted sentada frente a la máquina de coser, concentrada en su trabajo, mientras mi hermana y yo jugábamos en el suelo, muy cerca. Puedo aún escuchar la brisa tropical moviendo las cortinas blancas; puedo aún saborear el verde de los árboles del jardín que se entrometía por las ventanas; puedo aún ver su nuca y su cabello claro. Recuerdo que, de repente, cesó el sonido de la máquina y usted, orgullosa, nos mostró su obra: eran dos pequeños bikinis amarillos con lunares negros. Mi hermana y yo los usamos durante varias vacaciones hasta que les salieron agujeros.

Pero, Mamá, yo sé que a veces se sentía sola en San Salvador: una persona no solo se nutre de su núcleo familiar, sino también de conversaciones, del afecto y la solidaridad. Luego supe que alguna gente del círculo social que nos rodeaba la juzgó y se burló de usted, de sus formas extravagantes de vestir, bailar o narrar historias. Nunca se tomaron el tiempo de conocerla de verdad y no entendieron su forma de ser: ingeniosa, libre, divertida. No entendieron su curiosidad intelectual cuando entró a estudiar psicología en la UCA e incluso llegaron a difundir el rumor de que buscaba amante: para esas personas de mente estrecha una madre de familia no podía tener otra razón más que esa para ir a la universidad. Usted no cabía en el limitado corsé que le imponían. Me alegra tanto que usted decidió sacudirse las habladurías y la soledad y se volcó a estudiar y superarse. Más adelante, cuando usted y Papá fundaron una empresa, él siempre nos decía que usted era la mejor negociadora.

Después de varias décadas, decepciones y traiciones, finalmente encontró otras mujeres, amigas que sí la entendieron y quisieron, tal y como es. Pero el paso del tiempo también es ingrato: algunas han muerto o están padeciendo enfermedades avanzadas e irreversibles, como el Alzheimer. Pero sepa que nosotrxs, sus hijxs, hasta el día de hoy, la seguimos viendo como aquella joven de nuestra infancia –con treinta y siete años ya tenía cinco hijos, trabajaba y estudiaba–, porque continua, sin darse cuenta, prestándonos sus gafas, esas por las que vemos y burlamos la adversidad.

Pero, Mamá, aunque todavía tiene ese carácter festivo y sus ojos aún tienen un reflejo de esa luz cromática, puedo percibir cierta tristeza en sus gestos. Me parece que hay días en que ni sus lecturas, ni su jardín, ni sus fores, ni sus hierbas aromáticas, son sufcientes. Se me ocurre que lleva enterradas en su corazón demasiadas voces amigas que ya se marcharon. Escribo esto mientras pienso en su voz potente, la que dejará enterrada en mi corazón el día que usted ya no esté, cuando ya no pueda escuchar las increíbles historias que usted me cuenta.

Sí, lo sé, tenemos pendiente nuestro proyecto, ese que por ahora hemos llamado “Historias que me contó mi madre”. Un día me atreveré a contarle lo que me pasó cuando salí de casa, de las circunstancias que me moldearon, cuando dejé de ser caperucita roja porque aprendí a asustar al lobo. Pero para ello, tendré que contarle de otras criaturas que vulneraron mi cuerpo. No sé si será en este lado, quizá será en el otro lado o en otro tiempo. Porque llevo años soñando con una escena en la que usted, mi abuela Sofía y yo estamos juntas en un jardín etéreo, donde reímos y nos contamos todo, sin secretos. Como mi abuela ya no está, supongo que será en ese otro lugar. O quizá, simplemente es que las tres seguimos siendo un nudo afectivo que navega en el fragmento, en lo incompleto, en lo no dicho. Bien pudiera ser…

Tania





Tania Pleitez Vela es escritora, investigadora y profesora de literatura en España. Es autora de la biografía Alfonsina Storni. Mi casa es el mar (Espasa- Calpe, 2003) y del monográfico Literatura. Análisis de situación de la expresión artística en El Salvador (Fundación AccesArte, 2012). Ha editado antologías de literatura salvadoreña y numerosos ensayos. Tiene dos poemarios publicados, Nostalgia del presente (Índole Editores, 2014) y Preguerra (Kalina, 2017). Es directora del colectivo Otro modo de ser. Festival de poetAs..

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