Opinión

La guerra en Irán y la miopía patriarcal sobre la sostenibilidad de la vida

La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha significado un aumento importante de los precios globales del petróleo. En esta columna, Tatiana Marroquín nos explica por qué estas dinámicas económicas repercuten en las vidas de las familias, y cómo las mujeres terminan debiendo sortear estas crisis.

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Por Tatiana Marroquín

Desde hace algunas semanas, noticieros alrededor del mundo actualizan diariamente la 
guerra contra Irán. Se analiza cada declaración del presidente de Estados Unidos y de los principales representantes de su gobierno, así como la respuesta de Irán y de los países involucrados directa o indirectamente en el conflicto. El escenario se presenta con gran incertidumbre, particularmente debido al poco convencional manejo diplomático del gobierno estadounidense1

A la fecha aún no existe claridad sobre las motivaciones reales detrás de los ataques a Estados Unidos e Israel contra Irán. Las declaraciones han sido contradictorias2. Sin embargo, más allá del conflicto militar y la evidente crisis de la institucionalidad diplomática internacional, ya enfrentamos una consecuencia que, a diferencia de la aparente lejanía geográfica de la guerra, ha tocado rápidamente nuestra puerta: su impacto económico.

Las guerras, particularmente aquellas de carácter imperialista, suelen analizarse desde una perspectiva geopolítica profundamente patriarcal donde las jerarquías, la dominación y la lógica del poder territorial definen lo que se entiende por seguridad. La defensa del Estado y de los intereses económicos estratégicos se coloca por encima de la sostenibilidad de la vida.

El feminismo ha aportado nuevas formas de entender la geopolítica, proponiendo una mirada donde la sostenibilidad de la vida, la interdependencia y el cuidado colectivo sean el centro de las nociones de seguridad. Desde esta perspectiva, la verdadera seguridad no se mide por la capacidad militar de los Estados, sino por la capacidad de las sociedades de sostener la vida de su gente dignamente.

En la situación actual podemmos observar cómo las dinámicas de poder entre Estados y corporaciones energéticas dejan fuera del análisis los efectos concretos que estas guerras tienen en la vida cotidiana, como en el costo de los alimentos, en la estabilidad de los hogares y en las condiciones materiales que permiten la reproducción de la vida.

Desde el inicio de los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán el 28 de febrero de 2026, el precio del petróleo Brent3 pasó de aproximadamente 70 dólares por barril a superar los 120 dólares en el punto más alto de la crisis, un aumento cercano al 70 %. Aunque los precios han bajado parcialmente, todavía se mantienen entre 35 % y 50 % por encima de los niveles previos al conflicto.

Estos precios no han aumentado únicamente por la destrucción física de infraestructura petrolera, sino también por la especulación y la incertidumbre. Los mercados energéticos reaccionan no solo a lo que ya ocurrió, sino a lo que podría ocurrir. En ese sentido, la guerra también se libra en los mercados financieros.

Irán es un actor clave en esta dinámica no solo por sus reservas (las cuartas más grandes del mundo), sino por su posición geográfica estratégica. Por el estrecho de Ormuz, ubicado frente a sus costas, transita cerca del 20 % del petróleo mundial. Esto significa que incluso la amenaza de interrupción del tránsito marítimo puede general aumentos inmediatos en los precios globales.

El aumento en los precios del petróleo no solamente impacta el costo de los combustibles. También repercute directamente en el transporte de bienes, especialmente alimentos. El petróleo no solo es gasolina, es también un insumo fundamental para la producción agrícola, el transporte de mercancías, la logística y buena parte de la actividad industria. Cuando aumentan estos costos de producción, inevitablemente aumentan los precios finales de lo que consumimos.

Esto deja en evidencia cómo la economía global está estructurada alrededor de la seguridad energética, las rutas comerciales y el control territorial, más que alrededor del bienestar y los cuidados que sostienen la vida humana.

La historia económica muestra que los shocks petroleros han precedido varias recesiones globales. Cuando el precio de la energía aumenta abruptamente, las economías enfrentan la combinación más difícil: menos producción y mayor inflación. Es el escenario que los economistas denominan estanflación.

Además, los shocks petroleros funcionan como un impuesto regresivo global que afecta más a quienes destinan una mayor proporción de sus ingresos a alimentos y transporte. Es decir, afecta con mayor intensidad a los hogares más vulnerables.

La economía global sigue dependiendo en cerca de un 80 % de los combustibles fósiles4, lo que significa que el sistema económico mundial continúa estructurado en torno al control de recursos energéticos estratégicos. Mientras esta dependencia persista, los conflictos geopolíticos seguirán traduciéndose en crisis del costo de la vida

Y aquí es donde donde la economía introduce una pregunta fundamental: ¿Quién absorbe realmente estos costos? Cuando aumentan los precios de los alimentos y el transporte, aumenta también la presión sobre los hogares. Y dentro de los hogares, históricamente han sido las mujeres quienes absorben estos impactos a través de más trabajo no remunerado, más estrategias de sobrevivencia y mayores cargas de trabajo.

Las crisis económicas no afectan a todas las personas por igual. Cuando suben los precios, muchas familias no dejan de comer; sin embargo, deben reorganizar quién come menos, quién espera, quién resuelve. Y esas decisiones suelen recaer sobre las mujeres.

Frente a estos escenarios, los países deberían acelerar sus estrategias de soberanía energética y diversificación de sus matrices energéticas, no solo como una política ambiental, sino como una política de estabilidad económica y resiliencia social. Reducir la dependencia petrolera también significa reducir la exposición de las poblaciones a las crisis inflacionarias importadas.

Al mismo tiempo, resulta fundamental fortalecer sistemas de protección social que permiten proteger la alimentación y el bienestar de los hogares más vulnerables ante choques de precios derivados de conflictos internacionales.

Porque el verdadero costo de las guerras energéticas no se mide únicamente en los mercados internacionales, sino en la mesa de los hogares.

Mientras el mundo siga organizando su economía alrededor del petróleo y no alrededor de la sostenibilidad de la vida, cada guerra energética seguirá traduciéndose en inflación, desigualdad y una mayor carga de cuidados invisibles.

Quizá el verdadero atraso del mundo no sea tecnológico ni energético, sino la incapacidad de construir una economía que considere la vida más importante que la guerra.

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