Opinión

Carta de una migrante al nuevo exilio 

A mediados de 2025, una serie de medidas represivas obligaron a medio centenar de periodistas y activistas a dejar el país. La periodista Valeria Guzmán, quien dejó El Salvador años antes de este nuevo exilio, dedica una carta a sus colegas en tránsito forzado.

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Migraste. Y no sabés cómo llamarlo. Porque se suponía que eso quedaba en el pasado. Porque el exilio de salvadoreños en dictadura era cosa de los 80. Pero ahora, decenas de defensores de derechos humanos, periodistas, activistas y ciudadanos críticos han tenido que dejar El Salvador por miedo, amenazas o por órdenes de captura en su contra. 

Un día, vas a dejar de sentirte arrancado de tu tierra. No querías irte de El Salvador y tocó. No puedo entender qué sentís exactamente porque migré en otras circunstancias. Yo me fui cuando las amenazas de lo que pasaría a periodistas y activistas eran un susurro molesto pero claro en el oído. Me fui decidiendo que tenía derecho a querer una vida más tranquila, más segura. Y aún así, viví —vivo— el dolor del arrancamiento. Pero en el futuro, te lo prometo, vas a empezar a sacar raíces, aunque sean pequeñas, en una nueva ciudad, en un nuevo proyecto, o un paisaje extraño.

Pero antes vas a tener que sentir. Dicen que cuando nos relajamos surgen los traumas que aún no procesamos. Ahora vendrán noches en las que soñarás con todo lo que viste y viviste en El Salvador. Ahora tu cuerpo está, quizás, más seguro, pero tu mente aún no lo sabe. Habrán pesadillas, pero también en una madrugada desprevenida soñarás con los nuevos paisajes, la gente y las comidas que ahora son extrañas.

Es hora de pensar en otras leyes. Navegar por la nueva burocracia. Considerar leyes ajenas. Encontrar la manera material de sostener la vida en este nuevo lugar. Y poco a poco, lo conseguirás. 

Desde luego, El Salvador nunca dejará de doler. Es inocente pensar que sí. Alguna tarde, regresarás a los versos de Roque Dalton y en los días de enojo «El gran despecho» será consuelo. Con los meses, o años, quizás, la culpa por haberte ido se reducirá. Una mañana te vas a despertar y no te cuestionarás por qué no fuiste más valiente. Y eventualmente, podrás sentirte alegre sin la sensación de que esta vida, la nueva, no es auténtica porque no es la de antes. 

Vas a encontrar maneras de seguir trabajando desde afuera. El trabajo se verá distinto. Pero lo seguirás haciendo aunque venga desde refugios más pequeños. Vas a conocer gente que te cierre puertas y también vas a conocer a gente que te ayude a construir puentes para que pases por lugares donde no hay camino hecho. 

Un día vas a dejar de estar destrozado por la herida de dejar tu país y solo tendrás el corazón dividido. Quizá irse fue la única decisión que vos podías tomar. Recordarás nombres a diario y sus palabras serán norte para las nuevas jornadas. «Esto un día se va a acabar», te repetirás, mientras pensás cómo apoyar a la gente que está dentro. Sabrás que salir, a veces, es una manera de protegerte para seguir luchando por los que ya no pueden.

Es tiempo de recomponerse. De pensar en nuevos planes a futuro. Cuando no se tocan los principios, seguís siendo vos. Hoy estás del otro lado de la frontera. Pero un día volveremos a abrazar a los amigos, a ver nuestros volcanes. Volveremos a sentir la arena suave y el agua tibia del mar. Para entonces, estos años serán solo eso: los años del exilio.

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