Derechos de las mujeres

Las mujeres y las niñas que contaron la guerra salvadoreña antes que los historiadores

En el marco del Día Internacional de la Niña, conversamos con la escritora e historiadora salvadoreña Elena Salamanca sobre Guardianas de la paz: historias ilustradas de memorias y esperanzas, publicado por el PNUD.​ ​

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A través de seis cuentos narrados con lenguaje sencillo e ilustraciones, el libro rescata las voces de mujeres, niñas y adultas mayores que sobrevivieron a la guerra y contribuyeron a la construcción de la paz. Está contextualizado con entrevistas orales a sus protagonistas, documentación académica y registros históricos, fotográficos y audiovisuales. Entre montañas, ríos y fronteras, nos acerca a las infancias marcadas por la violencia, los silencios y la resistencia, pero también por la búsqueda de justicia y memoria.

“Para mí es importante que las niñas y los niños conozcan las condiciones que permitieron que estas niñas puedan llegar a ser quienes son y, sobre todo, las adversidades y los contextos al que se enfrentaron en su infancia”. 

La lectura y descarga de este libro está disponible en el sitio web de Espacios de Memorias y Derechos Humanos.

¿Podrías detallar las historias que se abordan en estos seis cuentos que contiene el libro? 

La primera es el cuento sobre María Julia Hernández y Rufina Amaya, que se llama “Las mujeres que iluminaron la verdad”. El segundo cuento se llama “Los hilos de la memoria. Teresa Cruz Miranda y las mujeres, niñas y adolescentes refugiadas en Honduras”. El tercer cuento está dedicado a los comités de madres buscadoras de sus hijos y sus familiares; es una frase de Monseñor Romero “El dolor de una es el dolor de todas”, que es algo que él dijo en una cena de Navidad cuando ellas estaban constituyéndose como comités para tener una lucha común. El cuarto cuento se llama “Protegidas por la montaña. Caminos cruzados entre la guinda y la repoblación”, que es la historia de mujeres, niñas y adolescentes desplazadas forzosamente de todo el país y que llegan a diversas partes del país. El quinto cuento se llama “Cantar, sembrar, fundar una comunidad”, que es la historia de las mujeres que repoblaron El Paisnal y Aguilares; muchas de ellas estuvieron desplazadas y refugiadas en Nicaragua. Y el último es “Volveremos y seremos jardines”, que es la historia de la niñez desaparecida forzosamente. 

La mayoría de las protagonistas son mujeres rurales, ¿por qué? 

El proyecto Guardianas de la Paz de Naciones Unidas es un proyecto con mujeres rurales, también mujeres urbanas, porque los comités de búsqueda están en San Salvador, aunque sean parte de ellos mujeres de todo el país. Lo que el proyecto busca -yo me integré el último año, que es el año de libro-, es poner a las mujeres en el centro de la historia de la guerra, de la historia del proceso de paz y de la historia de la reconstrucción de las comunidades y del presente.  

¿Qué aspectos de esas historias exploras para quienes lo lean se adentren en las vivencias de la infancia durante la guerra? 

​​C​uando leemos los expedientes de los juicios de la Corte Interamericana de Derechos Humanos sobre la niñez desaparecida encontramos a las protagonistas, cómo han luchado, qué han hecho estas mujeres, qué recuerdan de haber olvidado a sus niñas y no haber olvidado, qué recuerdan de haber perdido o sido separadas de sus niñas y niños. ¿Cómo eran las niñas? ¿Qué ropita usaban? ¿Cómo estaban vestidas ese día? En algunos temas tenemos la historia de Teresa Cruz. Tere fue lectora de su cuento y lo aprobó, desde que es una niña hasta que se convierte ahora en una educadora popular, una mujer maravillosa que regresó a su comunidad después de varias migraciones y sigue bordando con sus compañeras, es un artista también. 

¿Qué fue lo más difícil de ese proceso de investigación y escritura? 

Fue muy difícil hacer el libro, porque casi no hay fuentes sobre las infancias, sobre la experiencia de las infancias, pero son más que todo, fuentes audiovisuales. Hay colecciones de fotografías de fotógrafas y fotógrafos de guerra.  

Vemos que las niñas y los niños fueron víctimas de la guerra, fueron desplazados, separados de su familia, asesinados. En algunos casos fueron desaparecidas y desaparecidos. Entonces era muy difícil poder contar desde un lenguaje sencillo, historias tan complejas, tan duras, tan crueles, pero a la vez, tan llenas de amor, tanto de las protagonistas, de todas las historias mayoritariamente, como de quienes deciden ayudarlas a buscar la verdad, como el padre Jon Cortina cuando funda Pro-Búsqueda, como María Julia Hernández que acompaña desde Tutela Legal del Arzobispado. 

¿Me contaste que a veces soñabas con esas escenas? 

Si, durante la escritura de los últimos dos cuentos: Protegidas por la montaña y Volveremos y seremos jardines. Soñaba lo que había leído de las exhumaciones, pero lo soñaba desde mi presente. Es decir, yo estaba buscando a alguien, que era mi familia o que estaba ayudando a alguien a buscar. Y las imágenes eran de cómo son los cuerpos. Yo estuve viendo fotos durante meses. Las imágenes las tenía visualmente en mi cabeza. Tuve muchas pesadillas recurrentes de los temas. Es producto de leer los archivos, de la relación con el archivo.  

¿Vos eras una niña durante la guerra? 

Fue como un retorno a la infancia en el sentido de que yo nací los mismos años de la guerra civil. Fue muy difícil para mí como escritora y como historiadora también enfrentarme a que yo tengo el gran privilegio de no haber sufrido un desplazamiento forzoso ni haber perdido familiares en ese contexto y a la vez reconocer el privilegio y tener que activar el privilegio, por qué ha valido tanto la pena que sobrevivamos y qué vamos a hacer con eso, habiendo tantas niñas y niños que no pudieron sobrevivir. 

A través del libro nos llevas a conocer a las protagonistas, pero también a entender sus entornos… 

Yo quería usar algunas imágenes alegóricas: las plantas, las flores de la naturaleza que aparecen en todos los cuentos. En el caso de Rufina Amaya, el único cuento de una protagonista que ya es póstuma, en​​ 2007, era muy importante el matorral de manzana rosa en el que se refugió para sobrevivir. 

Los árboles que yo menciono son los árboles que están documentados en los bordados o documentados en el trabajo de Segundo Montes o documentados en los testimonios. Por ejemplo, Rufina vio ciertas especies de animales que mataron y otras que sobrevivieron. Las personas recuerdan mucho que mataban incluso a los caballos, a los perros. También es bueno poder acordarte de los animales que fueron víctimas también o que se desplazaron. 

¿Es otra forma de contar la historia de la guerra con​​ descripciones cotidianas? 

A mí me impactó mucho hablando con las mujeres del Bajo Lempa, que ellas se metían en arbustos secos que estaban cubiertos por campanillas. La campanilla es una enredadera, cubre el árbol seco. Ahí se metían y ahí estaban, con niñas, niños, ancianos, ancianas, protegidas y cubiertas de flores. Si pasaba en helicóptero, lo que se veía era como matorrales, no se veía a las personas desplazadas. Qué importante era para ellas la noche, poder moverse con la luz de la luna. Qué importante era que hubiera luna llena que te iluminaba más. Qué difícil era pasar bajo la lluvia, en la intemperie. Las personas que estaban en las cuevas. Qué frías eran las cuevas. La naturaleza es bien importante aquí, y el conocimiento que tenían las mujeres de la naturaleza que las salvó también. 

Las ilustraciones del libro muestran la naturaleza como refugio y testigo. Entre matorrales, flores y árboles, las mujeres y niñas sobrevivieron a la guerra, ocultas bajo las enredaderas y cobijadas por la luna.

¿Por qué es importante para vos que las infancias y las adolescencias tengan acceso a la lectura de este libro? 

La gran apuesta es contar la historia desde la infancia de las protagonistas, que no es común en los libros de heroínas que existen para niñas. Por lo general, te cuentan el logro de una mujer ya adulta y para mí es importante que las niñas y los niños conozcan las condiciones que permitieron que estas niñas pudieran llegar a ser quienes son y sobre todo las adversidades o el contexto al que se enfrentaron en su infancia.  

¿De qué forma se reconoce en el libro el aporte de las mujeres, sobre todo mujeres rurales, en la construcción de la paz? 

Lo que nos demuestra es que la paz es una experiencia colectiva, solidaria y que las mujeres y las niñas fueron muy importantes. Fueron definitivas para reconstruir las comunidades como lo fueron para construir las nuevas comunidades en el caso de los desplazamientos. Las mujeres y las niñas fueron tan fuertes, sabias y solidarias de poder volver a pensar el concepto de familia ante tantas pérdidas y duelos de hijas, hijos, hermanos, esposos, nietos, padres. Fueron mujeres con una profundidad humana y pudieron tener la generosidad, la bondad, la hospitalidad de imaginar familias más grandes o diferentes que con las que empezaron la guerra, con las que entraron a la guerra, con las que estuvieron a la guerra, son otras familias.  


¿Qué se pierde cuando se borra la experiencia de las mujeres en el conocimiento de la guerra y construcción de la paz? 

Se pierde la mitad de la historia de este proceso histórico, se pierde la mitad de la historia de un país y se pierde la mitad de la historia de la humanidad.  

¿Qué lecciones y aprendizajes te deja la experiencia de escribir este libro? 

La principal es que tenemos que seguir escribiendo historias sobre las mujeres y las niñas sobrevivientes de la guerra. Este libro no va a transformar los sistemas de justicia ni los casos, pero es una forma de restauración en la que participamos como equipo. También he aprendido un montón de cómo los grupos, las personas, las familias, las comunidades se sanan comunitariamente con estos ejercicios memoriales, sitios de memoria, justicia restaurativa, registros de personas fallecidas o desaparecidas.  

La otra cosa que a mí me gusta enfatizar es que las mujeres sobrevivientes estaban haciendo historia antes que nosotras las historiadoras y los historiadores, porque ellas estaban haciendo los registros. Las mujeres y las niñas sobrevivientes estaban creando la memoria visual, la cultura visual de la guerra, antes incluso de lo que los fotógrafos y los de los noticieros, porque ellas estaban dibujando lo que vieron. 

¿Por qué crees que el país debe leer o conocer más sobre las historias que se narran en este libro? 

Es importante que sepamos qué hicieron las mujeres y las niñas en la guerra: ¿Cómo sobrevivieron? ¿Qué sufrieron ellas? Fueron víctimas de asesinato, masacres, persecuciones, desplazamiento forzado, violaciones, tortura. Es importante que se recuerde que las mujeres están en la guerra, son parte de la guerra, protagonizan la guerra y sobreviven la guerra y cuentan la guerra. No solo la sobreviven, sino que la recuerdan, preservan la memoria y la pueden contar. Otra cosa también que fue bien significativa, que por eso es importante como divulgar más el libro, es que la lucha de todas estas mujeres no fue en vano.

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