Opinión

Mujeres de hierro 

En el nuevo Centro Histórico, el Gobierno invierte miles de dólares en celebrar el esfuerzo de un grupo de atletas. Pero para la periodista Cecibel Romero, las verdaderas heroínas de la ciudad gentrificada son las vendedoras ambulantes que buscan el sustento pese a la persecución policial.

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Este domingo 22 de febrero, más de 300 hombres y mujeres de físico atlético cruzaron la meta. Con minutos de diferencia entre ellos, completaron el «IronMan 70.3″* tras más de cuatro horas de esfuerzo extremo. La logística fue impecable para completar los 1.9 kilómetros de natación, 90 de ciclismo y 21.1 de carrera. Para sellar la hazaña, el Centro Histórico se convirtió en un escenario de gala, cerrado al tráfico y envuelto en aplausos y fanfarrias. El Gobierno y la empresa privada invirtieron miles de dólares en apoyar a estos atletas que entrenan durante años para este momento. 

Esas imágenes de gloria me transportaron a una fotografía que tomé el viernes 3 de octubre de 2024. Aterricé a media mañana en el Centro Histórico bajo una llovizna persistente para atestiguar el inicio de la demolición del Cine Libertad. 

Fue entonces cuando vi a una verdadera «IronWoman». 

Mujer de espaldas usando falda y fustán carga un canasto lleno de verduras sobre su cabeza y bolsas repletas de plátanos, manzanas y cebollas cuelgan de sus hombros.
Foto: Cecibel Romero

En ese San Salvador «recuperado», donde la venta ambulante ya estaba terminantemente prohibida, vi a una mujer cruzando frente al Teatro Nacional. Apenas podía con el peso de las bolsas de plátanos, manzanas y cebollas que cargaba en los hombros; sobre su cabeza, sostenía un enorme canasto en un equilibrio casi milagroso. 

La alcancé cerca del ex Cine Metro y le pedí unas manzanas. En ese breve intercambio, le pregunté si no temía a los agentes del CAM (Cuerpo de Agentes Metropolitanos). Me confesó que a esa hora no solían patrullar y que se arriesgaba porque en los mercados la afluencia es escasa. Me contó que así le tocaba andar todo el día, descansando solo por breves intervalos. 

Es la ironía de nuestra nueva capital: la eliminación de los puestos callejeros despejó el asfalto, quitando el estorbo de la supervivencia para abrir el paso a los conciertos, las competencias deportivas y otros momentos para el entretenimiento. Hoy, el Centro Histórico aplaude a los atletas de hierro mientras persigue a las mujeres que cargan con el peso de sostener una familia sobre sus hombros.  

Se llamaba Carmen. Guardé su número con la intención de medir cuántos kilómetros recorría ella cada día, cargando kilos de alimentos para llevar el sustento a casa.  Me imaginé algo así como un GPS de la pobreza. Esa métrica, a diferencia de la de los triatletas, nunca se concretó. Pero estoy segura de que su esfuerzo es mucho mayor que los 70.3… y contando. 

La supervivencia diaria para estas mujeres de hierro no tiene medallas ni patrocinadores. Mucho menos, programas sociales que alivien el cansancio y el estrés. 

P.D.  

En la competencia del domingo participaron también mujeres, pero la actividad sigue priorizando el lenguaje masculino por defecto, como cuando se fundó la primera versión del “IronMan”, en los años setenta. 


Corrección: Una versión anterior de esta columna identficaba incorrectamente la fecha de la fotografía.

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