Derechos de las mujeresOpinión

Ser y (no) estar de estatuas rotas. Mujeres sin ciudadanía, mujeres alegóricas, mujeres fuera de control 

Las figuras de las mujeres han representado históricamente las naciones mientras se les excluía de las comunidades políticas. La historiadora Elena Salamanca se pregunta en esta serie de textos qué (y no quién) eran las mujeres centroamericanas cuando todavía no se reconocían sus derechos como ciudadanas.

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¿Cuáles son los límites de lo que  no está marcado, y ni siquiera imaginado? No hay forma de pensar una nación recién fundada sin pensar en una mater. Fuera la República (con sus laureles o su fasces), la Victoria (la nike), la Libertad o la madre nutricia (alma mater). Todas mujeres. Todas alegorías. Todas mármol.  

Pero en el gozne real de los conceptos, las mujeres no eran aquello que representaban, no pertenecían a la nación, a la república, a la patria, al estado nacional. Pertenecían al hogar, a la familia y a la crianza. Ni de aquí ni de allá, las centroamericanas fueron doblemente excluidas de las comunidades políticas, desde la fundación de Centroamérica y sus estados, desde 1823 y 1824, con los primeros papeles nacionales, las Constituciones. Después vinieron los códigos, en los que tampoco estaban y en los que fueron aparecieron, unos 40 años después, siempre subalternas a un hombre como amo (padre, esposo, hijo, hermano). A pesar de esto, fueron perseguidas, ¿se puede perseguir lo que no existe?; deportadas o desterradas, ¿se puede desterrar a quién no tiene tierra? Sí, porque lo que no está dentro del lenguaje está fuera de control. 

¿Cómo pudieron actuar y responder las mujeres fuera de la ciudadanía y fuera del control de la ley? En las siguientes columnas presentaré las trayectorias de varias de ellas que tuvieron respuestas pacíficas y contundentes a un control acechante. Creo que aquí lo más importante de destacar de estas resistencias es que fueron pacíficas. 

Pero primero tenemos que pensar en esas repúblicas, en esos estados nacionales del pasado. En esas que, según los teóricos del nacionalismo, podían ser consideradas comunidades políticas. Así, si nos aproximamos a los casos centroamericanos, la nación era una una comunidad: Política, construida con leyes, fronteras, territorios; Imaginada, construida con elementos comunes, compartidos y horizontales: los miembros no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán siquiera hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión, definió Anderson; Étnica, como una colectividad cultural que hace hincapié en el papel de los mitos, el linaje, de los recuerdos históricos, planteó Smith. Desde el tres conceptos en la pregunta de la operación de cada comunidad, las mujeres estaban fuera de esa comunidad. En un ser y (no) estar desde afuera eran controladas desde dentro. 

Los ejemplos desde mi archivo son varios: la salvadoreña Prudencia Ayala y la nicaragüense Rosa Amelia Guzmán fueron deportadas de Guatemala a El Salvador, en 1919; en 1939, Amparo Casamalhuapa cruzó, vestida de muchacho, El Salvador, para llegar a Honduras y salvarse de un juicio militar después de la lectura de un discurso público en el que denunció la corrupción de los funcionarios del general Hernández Martínez; durante una década, las mujeres rurales salvadoreñas cruzaron, a pie, casi todo el país, de noche, con familias enteras, cuidando infancias, pariendo y criando, hasta llegar a los bordes naturales del país que eran fronteras y vivir, bajo vigilancia militar de El Salvador y Honduras, la guerra civil; en 1944, algunas hondureñas vivieron en casas sitiadas por la policía, sin poder salir, ni para ir al mercado, por ejemplo. Así, muchos ejemplos nos demuestran el acoso a las mujeres que, bajo los términos de la ciudadanía, demostraron alguna disidencia, o al menos, alguna pregunta por los derechos civiles. El punto, como sabemos, es que las centroamericanas alcanzaron la ciudadanía entre 1945 y 1956, pero fueron tratadas como era tratado un ciudadano común, con procesos de vigilancia, desplazamiento y control.  

Hasta 1950, las Constituciones de la región definieron que el ciudadano en ideal era hombre. Y no cualquier hombre: propietario, letrado, honorable, casado (de preferencia, aunque no siempre).  La ciudadanía centroamericana constituía una comunidad política que dejó al margen a la mayor parte de la población: mujeres, principalmente, indígenas, esclavizadas, e incluso migrantes establecidas en la región. Estas representaciones jurídicas, que más bien eran requisitos para la pertenencia, también conducen a preguntar: ¿Qué [no quién] eran las mujeres en Centroamérica? Mujeres en el espacio doméstico o rurales que se desempeñaban como trabajadoras del hogar, cuidadoras, criadoras o al trabajo informal (planchar, lavar ajeno, vender en el mercado, comerciar ambulantemente); mujeres restringidas en el campo político, mujeres restringidas de la educación. Pero a pesar de las restricciones eran también activistas, pensadoras, intelectuales, obreras (no reconocidas como trabajadoras hasta la década de 1950).  

La pregunta sobre qué y no quién eran las mujeres nos lleva a la paradoja de la estatua y la alegoría. Las mujeres eran en la realidad de la nación estatuas rotas, les faltaba aquello que les constituía ser reconocidas como seres humanos: los derechos.  

Estas preguntas nos conducen a la clave que mueve estos textos: cómo expulsar, desplazar y exiliar a quienes están fuera de todo y a quienes no tienen derecho a nada. La complejidad relumbra entre los claroscuros de la historiografía, el archivo y las memorias nacionales, que ni siquiera las historias. Porque lo importante de estudiar las imposibilidades del ser en este periodo no parten de lo que está en el centro, sino en las orillas, en los bordes, en nuevas fronteras. Y aunque en ese periodo parecía que todo era inasible, ahora parece más concreto que la estatua de una mujer coronada con laureles o que ha perdido algo entre las manos rotas. 

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