Medio ambienteSoluciones comunitarias

Sembradoras en el asfalto: cultivar futuro en los márgenes de Buenos Aires

Entre la Reserva Ecológica Costanera Sur y los rascacielos de Puerto Madero, uno de los barrios más caros de la Ciudad de Buenos Aires, en Argentina, un grupo de mujeres migrantes convirtió un basural del barrio popular Rodrigo Bueno en un vivero que produce plantas nativas, alimentos y es un refugio climático en medio del cemento.

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Lo primero que se ven son las mariposas. Apenas se cruza la entrada del barrio Rodrigo Bueno, ubicado en el borde sur de la ciudad de Buenos Aires, revolotean entre las flores de las jóvenes plantas nativas que crecen sobre la Avenida España, principal arteria del asentamiento. Las hay amarillas, naranjas, con pintitas negras. También se escuchan cigarras, zumban las abejas y, entre las ramas, aparecen algunos benteveos, pajaritos de pecho amarillo y cabeza negra con franjas blancas. 

Cuesta trabajo encontrar mariposas en una ciudad como Buenos Aires, en donde hay alrededor de seis metros cuadrados de espacio verde por habitante, muy por debajo de los diez que propone la Organización Mundial de la Salud (OMS). Sin embargo,  en este rincón sur se ven muchas. 

En el corazón de Rodrigo Bueno, sobre un gran portón verde, un cartel anuncia a la Vivera Orgánica. Lo que hoy es un pequeño oasis verde, fue, hasta hace no muchos años, un terreno abandonado donde se acumulaban residuos. 

La Vivera produce plantas nativas y hortalizas agroecológicas en pleno Barrio Rodrigo Bueno, un asentamiento popular sobre la costa del Río de la Plata en la Ciudad de Buenos Aires. Foto de Lucía Prieto.

Al traspasar el umbral se siente cómo disminuye el calor áspero que sofoca al caminar por el cemento en pleno verano austral. En un costado hay un invernadero, con estantes llenos de plantines de plantas aromáticas, comestibles y algunas nativas que prefieren crecer en el interior, y que están para la venta. 

El tiempo dentro de La Vivera parece detenerse, el bullicio de la urbe queda atrás. Solo se escuchan insectos, pájaros y el roce de manos acomodando macetas y desmalezando cultivos.

Al pasar el invernadero se ven cientos de plantas en hileras que se mecen por una suave brisa que aparece de tanto en tanto. Se siente el perfume húmedo de la tierra recién regada. Atrás, una huerta con algunas lechugas, acelgas y tomates. 

La Vivera no solo produce plantas nativas y alimentos. El espacio funciona también como un refugio climático: un pequeño remanso de vegetación que ayuda a mitigar el calor y devuelve biodiversidad a un barrio rodeado de cemento. 

La Vivera es un pequeño oasis verde en medio del cemento de Buenos Aires. Foto de Lucía Prieto.

El proyecto inició con una huerta construída por las vecinas del barrio para producir alimentos para sus familias con ingresos inestables. Con el tiempo llegaron los plantines, las especies nativas, la capacitación en agroecología, las visitas de estudiantes y la venta de especies para proyectos ambientales.

No es un vivero, es “una vivera”. En femenino, porque nació del trabajo de dieciséis mujeres migrantes de Perú, Bolivia y Paraguay. Muchas de ellas jefas de hogar. Hoy son once, todas peruanas, que sostienen una cooperativa pese a las dificultades económicas, las responsabilidades laborales y de cuidado y la precariedad habitacional de un barrio históricamente marginado.

Sembrar comunidad 

Elizabeth Cuenca suele ser la encargada de recibir a quienes visitan La Vivera. Vestida de blanco, con su cabello color café recogido y los labios rojos que resaltan en su rostro cobrizo, recorre el espacio y se detiene frente a cada planta para explicar sus cuidados, propiedades y orígenes. 

Además de cofundadora, es promotora turística del barrio: organiza recorridos para locales, extranjeros y estudiantes, en los que cuenta la historia de Rodrigo Bueno y el trabajo comunitario de sus habitantes. 

Elizabeth Cuenca llegó a Rodrigo Bueno en 2010 desde Cajamarca, Perú. Foto de Lucía Prieto.

Llegó por primera vez a Argentina en 2000, desde Cajamarca a los 30 años, escapando de una pareja problemática y buscando un futuro mejor para ella y sus dos hijas. 

Tras unos meses tuvo que regresar porque el padre de las niñas no permitió que viajaran. Pasaron más de diez años para que pudiera instalarse definitivamente en Buenos Aires. 

En Perú había sido dueña de restaurantes, bazares y de un taller textil.  Al llegar a Argentina, como muchas otras mujeres del barrio, se desempeñó como empleada doméstica y luego en un restaurante de Puerto Madero.

Elizabeth identifica una charla con otras vecinas, en la que se preguntaban por qué las verduras que compraban en el barrio ya no tenían el mismo sabor que recordaban de sus infancias como el momento fundacional de La Vivera.

Varias se inscribieron entonces en un taller de jardinería impulsado por el Gobierno porteño, en el marco del proceso de urbanización.

“En ese momento los vecinos casi no nos conocíamos. Cada uno vivía en su mundo, su vida. No teníamos mucho contacto, ni nos saludabamos. El taller nos sirvió para conocer a quienes teníamos viviendo al lado”, cuenta Elizabeth a Alharaca.

Primero aprendieron a cuidar plantas, después comenzaron a sembrar algunas hortalizas en cajones de verdulería reciclados. Los almácigos (recipientes pequeños donde germinan semillas) ocupaban patios, balcones y cualquier rincón disponible del barrio. 

Foto de Lucía Prieto.

“Lo que queríamos cada una era tener nuestra huerta en casa. Pero al estar tan apiladas las viviendas muchas no podían. Eso nos llevó a construir una huerta comunal en un espacio que nos dieron”, recuerda.

No eran todavía una cooperativa. Eran vecinas que se juntaban. Algunas eran hermanas, otras cuñadas y otras amigas del barrio que al migrar trajeron consigo una profunda relación con la tierra. 

Una urbanización conquistada por los vecinos 

La historia de la Vivera no puede contarse sin la historia del Barrio Rodrigo Bueno. 

Apenas se cruza la avenida que marca el ingreso y egreso al barrio, inicia Puerto Madero, donde se alzan enormes torres con grandes ventanales y fachadas espejadas, viviendas de lujo, oficinas corporativas y hoteles suntuosos. 

Es el barrio más caro de Argentina y uno de los más exclusivos de América Latina, donde el precio del metro cuadrado de las viviendas en venta supera los 5.000 dólares, por encima de Polanco, en Ciudad de México, e Ipanema, en Río de Janeiro.

Las primeras viviendas de Rodrigo Bueno se construyeron en terrenos rellenados durante la década de 1980, contiguos a la Reserva Ecológica Costanera Sur, creada oficialmente en 1986 durante la presidencia del radical Raúl Alfonsín, uno de los espacios de mayor biodiversidad de la ciudad. 

La crisis habitacional llevó a muchas familias a encontrar en ese cúmulo de tosca y humedad el único lugar donde levantar un hogar.  

Frente a Rodrigo Bueno se encuentra el barrio de Puerto Madero, uno de los más exclusivos de Latinoamérica. Foto de Lucía Prieto.

Marta Caillahua, miembro de La Vivera, llegó al barrio a finales de la década de 1990, tras emigrar de Abancay, una ciudad cercana a Cusco, en Perú. Recuerda: “Cuando vine acá era terrible, no era un lugar para vivir. Había un pantano, lleno de sapos (…) nos arriesgamos y compramos acá esperando que pudiera crecer el barrio”.

En tanto, su compañera Ángela Oviedo recuerda que cuando visitó el barrio por primera vez en 1997 hubo una gran tormenta y su marido quiso marcharse.  “Él se llenó las botas de barro y me dijo: ‘Ni loco. Me sacaste de la sierra y ahora no me vas a venir a meter acá’”. 

El barrio fue bautizado por los vecinos en homenaje a un popular cantante argentino que falleció en un accidente automovilístico cuando tenía 27 años, en junio de 2000, año en que el asentamiento aumentó exponencialmente la cantidad de habitantes por la crisis económica que atravesaba el país.

Con la revalorización del vecino Puerto Madero, las autoridades locales pusieron la mirada sobre las tierras de Rodrigo Bueno, cada vez más codiciadas por su ubicación, e intentaron desalojar a sus habitantes.

En 2005, el Gobierno porteño ofreció subsidios a quienes aceptaran irse, pero la resistencia vecinal llegó a los tribunales y la Justicia ordenó entonces la elaboración de un plan de integración urbana para el barrio. 

La conquista definitiva llegó en 2017, cuando la Legislatura aprobó la Ley 5798, que estableció la urbanización e integración social, cultural y urbana del barrio y garantizó la permanencia de sus habitantes.

El proyecto contemplaba 612 viviendas nuevas, infraestructura, calles, espacios públicos y regularización dominial. El censo de 2016 había registrado 2.665 habitantes, 996 familias y 563 viviendas.  

Foto de Lucía Prieto.

“Tuvimos que pelear mucho para conseguir la urbanización. El proyecto se presentó varias veces. Esto se ganó a base de mucha lucha”, explica Blanca Brizuela, quien hace 26 años llegó desde Ciudad del Este, Paraguay, fue delegada durante el proceso de urbanización y hoy está a cargo de uno de los puestos del patio gastronómico contiguo a La Vivera.

Rodrigo Bueno se convirtió en el barrio híbrido que es hoy. Dividido por la calle Yma Súmac, de un lado, está la zona fruto de las urbanización, con monoblocks de ladrillos a la vista y calles asfaltadas. 

Del otro lado permanece parte de la trama original del asentamiento, con viviendas precarias y pasillos estrechos que siguen expandiéndose con la llegada de nuevos habitantes que ocupan o compran terrenos.

La interrupción de la urbanización de todos los barrios populares o villas en 2024, a partir del cambio de Gobierno porteño y la llegada de Javier Milei al Ejecutivo nacional, dejó pendiente la transformación de esa parte del barrio. 

La investigadora argentina especializada en procesos de segregación y desigualdad de la Ciudad, Denise Brikman, advierte que el barrio convive hoy con la presión creciente del mercado inmobiliario sobre un suelo cada vez más codiciado. Es notoria la ausencia de mecanismos suficientes para evitar que los actuales habitantes sean desplazados.

Protagonistas de la transformación del barrio

Las mujeres ocuparon un lugar central en la organización y transformación de Rodrigo Bueno. Participaron de la lucha por la urbanización, de las mesas de trabajo con el Gobierno y de la creación de proyectos comunitarios como la huerta y La Vivera. 

Blanca lo resume así: “Las mujeres somos históricas acá. Hace muchos años que venimos haciendo cosas acá”. Es decir, asumen un papel activo: “Una mujer ve un problema y trata de buscar una solución”. 

Fue en las mesas de trabajo con las autoridades cuando las mujeres descubrieron que el proyecto de urbanización contemplaba un espacio para un vivero de plantas nativas. 

Las mujeres ocuparon un lugar central en la organización y transformación de Rodrigo Bueno. Foto de Lucía Prieto.

Elizabeth llevó la propuesta al grupo que se reunía los sábados para trabajar en la huerta. La idea inicial era trabajar como voluntarias, pero después de varias reuniones se convirtió en un emprendimiento autosustentable gestionado como cooperativa. 

La arquitecta y especialista en urbanismo con perspectiva de género, Ana Falú, vincula este protagonismo con la división sexual del trabajo: “La mujeres no solo se encargan del cuidado de las personas, sino que también del medio ambiente. Son las que regulan el uso del agua para la limpieza, para la higiene, para los alimentos, para los animales domésticos y para las plantas”.

El terreno donde hoy funciona La Vivera había sido un lugar abandonado y utilizado como basural. Recuperarlo también significaba defender una idea de urbanización que no estuviera basada únicamente en construir. 

“Nosotros peleamos mucho para conservar esos espacios verdes. No queremos que todo sea cemento”, recuerda Blanca. 

Algunas de las mujeres miembros de La Vivera. Rosa Cuenca, Estela Cuenca, Elizabeth Cuenca, Marta Caillahua y Anita Gutierrez. Foto de Lucía Prieto.

Para Falú, estos espacios cumplen una función que va más allá de la producción: “No son solo huertos, son espacios de interacción social, que buscan mejorar las condiciones del entorno, que buscan mejorar la integración social y la cohesión social de los barrios”. 

La arquitecta considera que La Vivera constituye “un modelo de acción colectiva, comunitaria” que debería replicarse en otros barrios de la ciudad. 

Saberes y medicinas ancestrales

Elizabeth se detiene frente a las flores.“Yo soy amante de todas las flores, dice. Creo que no hay ninguna que no me guste. Vivo dentro de las flores, mi madre amaba las flores. En particular la que me gusta porque me remonta a mi infancia es la cinia. Es una planta algo rústica”.

Habla de las cinias (Zinnia elegans), también conocidas como “chinitas del campo”, como quien habla de una amiga cercana. Conocidas por sus colores intensos y variados, que pueden ir desde el rojo, amarillo hasta el violeta. Las cinias son flores nativas de Perú, presentes también en el norte de Argentina.Tienen numerosos pétalos que se disponen como si fueran abanicos, en capas alrededor del centro. Su altura puede ir desde quince centímetros a un metro medio. Atrae mariposas, abejas y otros polinizadores. 

Las hermanas Elizabeth y Estela Cuenca, cofundadoras de La Vivera. Foto de Lucía Prieto.

Elizabeth, al igual que sus hermanas Estela y Rosa, también integrantes de La Vivera, creció en una zona rural, en la provincia peruana de Cajabamba. En un valle donde hay frutales, plantas silvestres  y también aromáticas medicinales.   

De niñas solían correr por los cerros, donde crecían, casi pegadas al piso, una variedad de cinias chiquitas con las que armaban ramitos para llevar a su casa.

Su madre era reconocida en su comunidad por curar con plantas medicinales y por asistir partos. Elizabeth cuenta que atendía a vecinos que llegaban a la casa o que la buscaban para que fuera hasta sus hogares. Calcula que ayudó a nacer a cientos de niños y que preparaba remedios caseros para tratar dolores, infecciones, problemas respiratorios o parásitos, utilizando los conocimientos que había adquirido a lo largo de su vida. 

Esa experiencia marcó profundamente a Elizabeth, quien recién cuando empezó a ser parte de la huerta comunitaria en el Barrio Rodrigo Bueno descubrió que tenía muchos saberes previos heredados de su madre y gestados en su infancia que nunca había utilizado. 

«Crecimos con ese conocimiento. En el campo las personas tenían otra relación con las plantas. No era solamente una planta que estaba ahí, sino que sabían para qué servía. Mi mamá sabía las propiedades de las plantas. Ella sabía qué planta servía para qué cosa», cuenta.

Las mujeres de La Vivera recuperan saberes de sus antepasadas sobre modos de sembrar y el uso medicinal de las plantas. Foto de Lucía Prieto.

Recuerda, por ejemplo, la infusión de apio con limón y miel de abeja que su mamá les daba cuando tenían problemas en los bronquios, y el uso del perejil y el carozo de palta para atender las llagas e infecciones que aparecían en la boca de los niños.

También estaban el huacatay, una especie de hierbabuena, y el paico, que su madre trituraba y exprimía con una tela hasta obtener el jugo de las hierbas, una preparación que les daba de tomar como remedio contra los parásitos.

Su hermana Estela recuerda que su mamá además observaba la luna, las estaciones y el clima para decidir cuándo sembrar, cuándo regar o cuándo trabajar la tierra. 

“Son conocimientos ancestrales, son métodos que usaban antes que hoy nosotras aplicamos y queremos traspasarlos a las nuevas generaciones”, afirma Rosa, la tercera de las hermanas Cuenca.

La memoria del olor

Ángela Oviedo aprendió mucho antes de llegar a Buenos Aires que una planta puede ser también una forma de memoria. En la región peruana de Áncash, al norte de Lima, de donde ella es originaria, la Ruda (ruta graveolens) crecía cerca de las casas y no hacía falta explicar para qué servía. Las mujeres mayores conocían sus usos, sabían cuándo cortar una rama, cuándo dejarla florecer y cómo transmitir ese conocimiento sin convertirlo en una lección. Se aprendía mirando. Acompañando. Repitiendo gestos.

“Yo cuando huelo la ruda me transporto. Tengo 60 años, pero cuando huelo eso inmediatamente me acuerdo de cuando tenía 7 u 8 años. Me acuerdo del campo, mis tías sentadas junto al fogón en las tardes de invierno y nosotros, con mis primas, en la mesita de madera pequeñita. Hacían una sopita de papa, con leche y queso a la que le echaban hierbas: ruda, huacatay, orégano, tomillo, cilantro”, afirma.

A Ángela Oviedo el olor a la ruda la transporta a su niñez en el campo peruano. Foto de Lucía Prieto.

Cuando Ángela habla con los visitantes de La Vivera, suele hacerlo de esa manera. No empieza por los nombres científicos ni por las clasificaciones. Les pide que toquen una hoja, que huelan una flor, que observen qué insectos llegan primero. 

Mientras conversa, señala una enredadera de mburucuyá (passiflora caerulea), que trepa por una guía hecha de caña. En el catálogo de plantas nativas de La Vivera dice que es de crecimiento rápido, con flores en forma de corona que atraen mariposas y abejas. Sus frutos son comestibles y alimentan a las aves que luego dispersan las semillas. 

Pero hay un dato extraordinario: la mburucuyá es hospedera de la mariposa espejitos. Sin esa planta, esa especie no podría completar su ciclo de vida.

Más allá crecen chilcas, salvias y verbenas. La ruda ocupa un rincón discreto. No forma parte de las especies nativas porque llegó desde otros territorios junto con las personas que migraron. Es una planta de las abuelas, de los patios familiares. Es un remedio casero para aliviar problemas digestivos como cólicos y gases, calmar dolores musculares y reumáticos.

Hay visitantes que se detienen porque una hoja de menta les recuerda el patio de una abuela. Otros porque el romero les hace pensar en un guiso. La Vivera da la posibilidad de volver a sentir algunos aromas que parecían perdidos.

Ángela recuerda también al amor seco (bidens pilosa), una planta que crecía en el campo de su padre. “Cuando nos escapamos con mis primos se nos pegaban esas plantas y mi papá sabía por donde habíamos estado”, cuenta. 

Ángela Oviedo. Foto de Lucía Prieto.

Las semillas se adhieren a la ropa, al pelo, a los cordones de los zapatos. Viajan sin pedir permiso. Se desprenden mucho tiempo después, cuando ya están lejos del lugar donde nacieron. Podría ser también una metáfora bastante precisa de lo que llevan consigo las personas migrantes.

Cuando se migra se deja atrás un país, pero hay cosas que estas mujeres llevaron a la Argentina bien pegadas al cuerpo. Algunas recetas, algunas palabras, algunas plantas, los modos de sembrar y las maneras de cuidar.

Un vivera propia

María Adalberta Valqui Ramos no habla de las plantas, habla de su madre. Después aparece el cedrón. La hoja entre sus dedos, el agua hirviendo y la taza que esperaba sobre la mesa cuando tenía dolor de panza, cuando había que calmar un llanto o simplemente cuando caía la tarde en su casa en Cajamarca. 

El cedrón no era una planta extraordinaria; precisamente por eso era importante. Formaba parte de la vida cotidiana. Crecía cerca de la cocina, al alcance de cualquiera que supiera reconocerla. Había aprendido a verla mucho antes de conocer su nombre científico.

Entre las mesas del vivero el cedrón comparte espacio con otras aromáticas. María acaricia las hojas antes de cortarlas.

El romero ocupa otro lugar en esa historia. Es una planta resistente. Tolera el sol fuerte, la falta de agua, los inviernos y los veranos de Buenos Aires. Mientras otras especies necesitan cuidados permanentes, el romero permanece. Tal vez por eso María ríe cuando alguien pregunta si es difícil cultivarlo.

Rosa Cuenca, integrante de La Vivera. Foto de Lucía Prieto.

Durante años ella, al igual que muchas de sus compañeras, sostuvo su casa, el trabajo y la crianza al mismo tiempo. El vivero no eliminó esas responsabilidades. Lo que hizo fue abrir un espacio propio. Un lugar donde el tiempo ya no estuviera organizado únicamente alrededor de las necesidades de otros.

Anita Gutiérrez cuenta algo similar. Su contacto con las plantas inició hace pocos años cuando su psicóloga le sugirió el contacto con la tierra y las plantas para disminuir su ansiedad: “Me dijo que plantara una planta para que mi mente esté ocupada y como mi cuñada era parte de la huerta comunitaria de acá empecé a participar”.

Migró a sus 28 años, tenía título de enfermera pero nunca pudo ejercer en Argentina y hoy trabaja en una fábrica textil. Es la única de los miembros de la cooperativa que no vive en el barrio y tres veces por semana viaja varios kilómetros, desde la provincia de Buenos Aires para ocuparse de las plantas que le fueron asignadas.

Mientras saca las hierbas de unas macetas reflexiona: “Cuando metes las manos en la tierra te olvidás de todo, de los problemas diarios y solo pensás en la planta”.

Anita Gutiérrez afirma que el contacto con las plantas la ayuda a disminuir la ansiedad y a olvidarse de los problemas. Foto de Lucía Prieto.

Durante la pandemia del coronavirus quedó claro para ellas que esas plantas sostenían mucho más que un emprendimiento autogestivo. Ellas siguieron yendo a regar y a cultivar. Todas afirman que eso les dio fuerza para transitar el encierro.

Organizaron la producción, armaron bolsones de verduras para vecinos en situación crítica y descubrieron que La Vivera podía convertirse también en una red de cuidados.

Sembrando futuro

Es un sábado por la tarde de agosto y el frío se siente en Rodrigo Bueno. Hay perros durmiendo amontonados en una esquina en busca del sol que los abrigue, chicos jugando en una plaza, motos que entran y salen, un grupo de hombres acomodando mercadería frente al patio gastronómico y, desde el primer piso de uno de los monoblocks se escucha una canción de cumbia que canta una vecina mientras tiende la ropa recién lavada en su balcón, y se mezcla con el murmullo de una tarde de invierno.

El sol entra de a poco por la estructura abierta de La Vivera, iluminando las plantas, las mesas de madera y el mural de colores hecho sobre las puertas de un contenedor de chapa acondicionado como oficina.

Sentadas en un círculo improvisado por bancos de madera y algunas sillas se encuentran Estela, Marta, Anita, Rosa y Elizabeth. Reunidas toman café entre macetas, herramientas y bandejas de plantines 

Han pasado casi siete años del inicio de La Vivera y pese a que cada una de ellas debe sostener otros trabajos para poder subsistir, siguen comprometidas con ese lugar como el primer día.

Recuerdan que todo comenzó con los almácigos.

“Se nos fue la mano con los almácigos y necesitábamos un lugar un poco más grande para sembrar y que crezcan. De ahí nace La Vivera”, dice Rosa entre risas.

Repasan su historia en común, cómo iniciaron la cooperativa siendo dieciséis mujeres hasta quedar once, los primeros desafíos frente a las autoridades locales que no confiaban sus capacidades para organizar una empresa autosustentable, las discusiones con algunos vecinos y cómo nació el nombre del lugar.  

Fueron probando diferentes opciones: vivero, vivero comunitario, vivero-huerta, vivero Rodrigo Bueno. Hasta que apareció, casi por azar, una palabra distinta.

“Surgió de una equivocación durante una reunión por la urbanización. Una de las compañeras se equivocó y en vez de decir vivero dijo ‘vivera’, y luego dijimos ‘¿por qué no lo ponemos Vivera si somos todas mujeres?’”,  explica Elizabeth.

Algunas de las mujeres miembros de La Vivera. Rosa Cuenca, Estela Cuenca, Elizabeth Cuenca, Marta Caillahua y Anita Gutierrez. Foto de Lucía Prieto.

La Vivera continúa funcionando, aunque las mujeres cuentan que el invierno y el deterioro de la infraestructura dificultan el trabajo. En los últimos años las ventas disminuyeron y desapareció todo acompañamiento estatal.

Confían de todos modos que el momento pasará. Ya han pasado adversidades aún mayores. Terminan su café y las manos vuelven a la tierra. 

Muchas de las especies nativas que producen allí terminarán creciendo en plazas, escuelas, jardines o balcones de personas que nunca habían escuchado hablar de ellas. Otras irán a restaurar espacios degradados. Algunas, simplemente, servirán para que vuelvan las mariposas. Parece un objetivo pequeño. No lo es. Las mariposas regresan solamente cuando encuentran el lugar donde alimentarse y descansar. En ese pequeño gesto hay una forma de futuro: Hacer que la vida encuentre, una vez más, un lugar donde crecer en medio del cemento.

SOBRE ESTA INVESTIGACIÓN

¿Cómo el periodista llegó a esta historia?

Conocí La Vivera durante la pandemia, a través de sus redes sociales, donde vendían kits para armar una huerta orgánica en casa. Al indagar sobre el proyecto, descubrí las historias de las mujeres que estaban detrás: relatos de migración, cuidado del ambiente y superación personal que me parecieron muy potentes. Pasó bastante tiempo hasta que encontré un medio que me pareciera adecuado para contarlas. 

¿Cuántas fuentes consultó en total? y ¿Qué tipo de fuentes?

7 fuentes testimoniales

2 fuentes expertas

4 fuentes documentales 

¿Cuántas entrevistas hizo? 

Nueve

¿Quién integró el equipo periodístico y de producción? 

Una periodista 

Una fotógrafa

Una editora de contenido

Un diseñador

Una creativa de redes sociales

¿Cuánto tiempo de reportería y producción invirtió el equipo?

Seis semanas.

¿En qué lugares hizo reportería?

En el Barrio Rodrigo Bueno, en la Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

¿Presentó solicitudes de acceso a información?

Pedí información del avance y estado actual de la urbanización del Barrio Rodrigo Bueno en el Instituto de la Vivienda de la Ciudad de Buenos Aires y no respondieron mi solicitud.

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