Opinión

No traducir también es político 

El espectáculo de Bad Bunny durante el Super Bowl sacudió al mundo. En esta columna, María José García explica por qué la decisión de no traducir el español en el escenario más importante de los Estados Unidos es un gesto político de peso en esta época.

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Por unos minutos, en la noche del Super Bowl, en Estados Unidos, el español dejó de justificarse y de explicarse. La decisión de «no traducir» el espectáculo de medio tiempo elevó la presentación musical y la convirtió en un gesto político.

Esto generó una sensación de empoderamiento entre las comunidades latinas dentro y fuera de los Estados Unidos. Ver a Bad Bunny, como representante latino en un momento tan importante de su carrera, decidir no cambiar su lengua a pesar de las peticiones de traducir su presentación, fue sumamente conmovedor y transformador. El español no cambió: lo que cambió fue desde dónde se enunció. El acento fue el mismo, pero no la posición de poder que ocupó el idioma durante esos minutos. Dicho gesto evidenció las jerarquías lingüísticas que dictan que no todas las lenguas ni todos los acentos poseen el mismo valor social.  

Esto se vuelve más interesante si se comprende a partir de la noción de capital simbólico, que se entiende como el prestigio, reconocimiento y, sobre todo, la legitimidad social que una persona alcanza y que le permite influir en las percepciones colectivas sobre algún tema. A partir de esta perspectiva, lo ocurrido en el Super Bowl—que el español, históricamente asociado en Estados Unidos a la migración, al margen o a la intimidad doméstica, ocupara por unos minutos un espacio central sin pedir permiso—no fue una decisión lingüística aislada, sino una acción respaldada por la posición de poder y el reconocimiento del artista. La lengua se sostuvo porque quien la enunció lo hizo desde una posición de poder. 

Al mismo tiempo este acto fue posible no únicamente por el capital simbólico de Bad Bunny como figura individual, sino que también se sostiene en la experiencia histórica de miles de personas migrantes que, durante años, han tenido que traducirse diariamente para adaptarse. Personas que han aprendido a modular su acento, a elegir palabras estratégicamente o incluso a guardar silencio para ser aceptadas. Ese esfuerzo sostenido ha ampliado, poco a poco, los espacios para el español en contextos dominados por el inglés, pues recordemos que no todas las formas de resistencia lingüística suenan igual: algunas son escuchadas en un estadio, mientras que otras aprenden nuevas lenguas que les permitirán tener voz, ser escuchadas y abrirse camino en nuevo hogar.  

Todo ello ha contribuido a crear las condiciones que hoy hacen posible que un artista latino pueda darse el lujo de no traducir su lengua como acto simbólico de desafío político. En este sentido, el espectáculo se inscribe en una historia colectiva y en la experiencia compartida entre tantas comunidades latinas, que han vivido un proceso de negociación lingüística que ha ampliado progresivamente los espacios para el español en contextos históricamente dominados por el inglés.   

El espectáculo estuvo cargado de símbolos culturales y de guiños a la identidad latina reconocibles para quienes comparten esa experiencia. Por ello, más allá del discurso que circula respecto a que la voz del artista, su música y su dicción imposibilitan la comprensión de su mensaje, las señales fueron reconocidas inmediatamente, ya que lo que se puso en escena fue una historia en común. Esto se suma al desafío político que representó la no traducción del espectáculo, pues la comprensión del público no fue únicamente lingüística, sino cultural. No se trató de comprender cada palabra, sino de reconocerse en lo que estaba ocurriendo y por ello funcionó como un espacio de identificación y pertenencia.  

Tampoco debería sorprender el desconcierto o la incomodidad de ciertos sectores del público estadounidense. El espectáculo no se construyó desde sus códigos ni desde su posición habitual en el centro de la narrativa cultural. Más allá de ser señalados, fueron, por unos minutos, desplazados de ella. Todo esto no hace más que evidenciar el poder del lenguaje para crear vínculos entre personas, que se reconocen de forma colectiva sin depender del territorio o el contacto directo.  

Lo ocurrido esa noche mostró el poder del lenguaje para construir comunidad, memoria y pertenencia más allá del territorio. Sin embargo, esa sensación puede esfumarse rápidamente, porque este gesto político no transforma por sí solo el marco de la realidad. El lujo de no traducirse no reside plenamente en la lengua, sino en quien la comunicó y en la posición desde la que lo hizo. Que el español haya ocupado ese escenario no significa que las desigualdades lingüísticas, y todas las otras, hayan desaparecido. Mientras una figura global puede decidir no adaptarse, miles de migrantes continúan negociando diariamente su acento, su vocabulario y su presencia para poder estudiar, trabajar o simplemente ser escuchados. 

No todas las personas pueden darse el lujo de no traducirse. La posibilidad de sostener una lengua sin explicarla depende, en gran medida, de la posición desde la que se habla.  

El espectáculo del medio tiempo del Super Bowl fue un gesto político que demuestra que, cuando una lengua deja de justificarse y aun así es escuchada, cambia, redefine y amplía el marco de lo posible. Pero ese cambio y esa posibilidad no será ni total hasta que migre al marco de lo social. 


María José García es maestrante en Historia Contemporánea, profesora de idiomas, traductora y mentora lingüística con más de diez años de experiencia. Está especializada en acompañar a estudiantes hispanohablantes en su proceso de aprendizaje de nuevas lenguas y en guiar, a través del idioma, a personas que atraviesan procesos migratorios fuera de su país de origen.

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