Opinión

Repensar el periodismo 

No se trata solo de contar. Hacer periodismo también es resguardar los espacios donde el diálogo aún es posible, donde el debate y la diferencia no se castigan, y donde la ciudadanía tiene derecho a estar informada. En un contexto que estrecha esos márgenes, preservarlos es tan importante como narrar.

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El 31 de julio es un día para mirar el oficio periodístico con pausa y con cuidado. Para hacernos preguntas difíciles. Para continuar repensando qué significa hoy ejercer el periodismo desde este país, en este momento, con todo lo que implica. 

En El Salvador, más de 47 periodistas han tenido que irse al exilio. Algunos medios han cerrado y otros continúan operando en medio de la incertidumbre. La entrada en vigor de la LAEX, y su reglamento, plantea riesgos para la libertad de expresión y de prensa, la sostenibilidad de los medios y la protección de quienes colaboran con ellos. Esto, a su vez, pone en riesgo la sobrevivencia de la información como bien público y el derecho de la ciudadanía a tener acceso a ella. 

En Alharaca, esta fecha nos encuentra reflexionando. Hoy nos preguntamos: ¿cómo continuar este oficio con responsabilidad y sentido? ¿Cómo sostenemos un proyecto colectivo en un contexto donde ejercer el periodismo requiere cada vez más cuidado, más estrategia, más conciencia de lo que está en juego? ¿Cómo seguir contando historias que activen conversaciones entre nuestras audiencias? ¿Cómo seguir cumpliendo con la misión del tipo de periodismo con el que estamos comprometidas, uno que genere diálogos y debates de manera segura y que active la participación ciudadana? 

El escenario para el periodismo no es muy distinto a nivel global. A 8 años desde que el entonces candidato Donald Trump resignificó el término de fake news para convertirlo en una forma de insultar a la prensa que lo cuestionaba, la desacreditación del periodismo a nivel global es una norma y no una excepción.  Los discursos de odio, ataques a medios independientes y restricciones legales son parte del día a día de los medios. Estas estrategias afectan derechos fundamentales de la ciudadanía: el acceso a la información, la transparencia, la memoria, la posibilidad misma de imaginar sociedades más justas. 

Pero también reconocemos que el periodismo tradicional no ha sabido adaptarse a los nuevos contextos de la sociedad digital, de la economía de la atención y ha generado anticuerpos con grupos que lo ven como otro poder más que no vela por sus intereses. Este es un momento de inflexión que nos empuja a repensar el oficio. En muchos países en conflicto —por guerras, narcotráfico u otras formas de violencia que ya parecen parte de la cotidianidad— hacer periodismo ha costado la vida. Incluso en escenarios menos extremos, las condiciones se han vuelto más hostiles, más precarias, más solitarias. 

Nos preocupa tener que pensar y repensar cada historia; evaluar los riesgos; medir el impacto; elegir las palabras con más cautela que nunca. 

Siempre hemos cuidado de nuestras fuentes y usado el método periodístico con enfoque feminista para ser responsables con la información que publicamos. Tampoco creemos en el periodismo mártir. Por eso, desde siempre, tratamos de ser conscientes del suelo en el que estamos paradas. Pero ¿pensar si las palabras que elegimos pueden llevarnos a una persecución grave? ¿Debatir por horas los riesgos de una historia y terminar con más dudas que respuestas? Eso nunca. Al menos no en estos seis años de nuestro proyecto. 

El debate, el disenso, la discusión de ideas son parte del tejido social. No deberían ser motivo de persecución ni de silencio. Al contrario: son señales de una sociedad viva, plural, capaz de imaginar respuestas más amplias a problemas complejos. 

Nosotras elegimos seguir haciendo periodismo desde ahí. Con preguntas más que con certezas. Con cuidado más que con prisa. Con compromiso más que con consignas. Hay cosas que no se mueven: nuestra apuesta por la inclusión, por la diversidad, por imaginar un mundo más justo en el que quepamos todos, todas, todes. 

También reafirmamos algo que estos años nos han enseñado con claridad: que este oficio no se sostiene en soledad. Hacer periodismo en contextos hostiles demanda redes, complicidades, alianzas. Aprendimos a compartir no solo el trabajo, sino también las preguntas, los miedos, las estrategias. A sostenernos en lo común.  

Como medio feminista, nuestro compromiso yace en cuestionar las estructuras que nos rodean y lo que estas consideran formas aceptables de hacer periodismo y por qué. Las crisis no tienen por qué paralizar. También posibilitan la creatividad. Nos empujan a crear, a ensayar salidas, a inventar caminos donde no los había.  Quizás este momento también puede ser un espacio para acercarnos a las audiencias con nuevas estrategias y abrirnos a otras formas de hacer periodismo. 

No tenemos una fórmula ni respuestas definitivas. Pero sí la voluntad de seguir buscándolas. Por eso insistimos. Porque contar sigue importando. Y aunque no tengamos certezas, no renunciamos a la convicción de que la información debe seguir siendo un bien común, al servicio de las personas y no del poder. Seguimos creyendo que aún es posible imaginar y construir futuros más justos, más abiertos, más nuestros. Y queremos seguir contándolos. 

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