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El parpadeo de la herida

En el Alto Sinú (departamento de Córdoba, Colombia), donde vive el pueblo Embera Katío, se practica una “terapia de conversión” contra las personas lgbt indígenas. Principalmente, las familias y algunos jaibanás tienen la creencia de que utilizando variedades de ají picante, pueden transformar la identidad y el deseo de hombres gays y personas trans. Sin embargo, otros jaibanás como Leo y Charibi, se oponen a esta práctica que deja heridas profundas en las vidas maricas.

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Tierralta, barrio la Esmeralda, alta sensación térmica, 34 grados centígrados. 

Yeison, quien se reconoce actualmente como una fem-boy embera katío, toma una silla y se sienta cerca de la puerta buscando algún rastro de brisa. Desde ahí observa cómo el sol muerde el mundo. El sudor del rostro se le vuelve una máscara aceitosa. La casa que pareciera estar vacía tiene un techo de zinc lleno de huecos por donde se filtra la luz que corta la oscuridad de los rincones. 

Vive con su padre y dos jaibanás, médicos tradicionales emberas, su hermano Charibi, y su primo Leo, ambos homosexuales. En el centro de la sala hay varios costales de palma amarga y frente a estos un charco de aguardiente con residuos de cigarrillos donde se ha realizado un ritual. 

Yeison fue sometido en cuatro ocasiones a “terapias de conversión” basadas en el uso de plantas mágico-espirituales como el junkara-pida, una especie de ají picante con el que se intenta cambiar la orientación sexual y la identidad de género no normativa. Estas prácticas generan marcas profundas en la psiquis y el cuerpo de hombres gais y personas transfemeninas indígenas. La marca como herida si bien comienza en el cuerpo, se expande a otras regiones de la existencia. Una vez se instala en la memoria, esta se abre y se cierra y llora un recuerdo como antídoto contra el olvido.

Antes de comenzar a hablar, Yeison cierra los ojos y respira. Afuera los pájaros chamarías (Tyrannus melancholicus) comienzan también una conversación.

—Nací en la comunidad de Amborromia, entre el río Sinú y la quebrada Amborromia. Recuerdo que siempre me bañaba en sus aguas frías. Pasaba comiendo guamas, mi fruta favorita, y persiguiendo mariposas dentro del monte. Pero tuve que salir. Extraño esos lugares. 

A los siete años tuvo conciencia de su deseo hacia las personas del mismo sexo. Como una suerte de epifanía sagrada la orientación sexual le fue revelada mientras jugaba con otros niños en la orilla del río Sinú. Tenía nueve años cuando su mamá la encontró a medianoche besándose con un chico en una fiesta. Allí comenzó la hostilidad y la hipervigilancia familiar hacia su existencia.

“Yo desde pequeño era femenino y por eso siempre me golpeaban”, dice mientras baja la mirada y se revisa las manos. No se sabe si es el calor lo que duerme su lengua o la sofocante herida de la memoria, entonces deja de hablar. El silencio se interrumpe con una algarabía que viene del fondo de la casa: un cerdo ha intentado escapar hacia la calle en un acto de desesperación. Retoma la palabra, esta vez levantando su mirada al cielo.

—Mi mamá me intentó cambiar con el ají, fue muy fuerte y fueron cuatros veces. El ají es muy pequeño y arde. Mi mamá lo hizo todo, ella machucaba el ají, ella lo introdujo en el ano mientras mis hermanas me agarraban. Las primeras dos veces fue a las malas y no sabía para qué lo hacía. Ella después me habló con calma y yo le dije que iba a intentar ser un hombre y volvió a hacerlo, pero no soporté. La cuarta vez me persiguió y escapé a la selva. A los días volví a casa y me agarró. Yo era todavía un niño y no tenía fuerza. 

Fue una mujer de Amborromia quien le recomendó a la mamá de Yeison que usara el ají como tratamiento para eliminar la homosexualidad. Ella ya lo había usado con su hijo en varias ocasiones. Pero no solo Yeison fue víctima de esta práctica, también lo hicieron con su hermano menor quien nunca se ha identificado como homosexual. La mujer llegó a pensar que su hijo era gay porque, en vez de pronunciar las palabras que suelen utilizar los hombres para negarse a hacer algo en forma sarcástica “che coke” o “basie”, decía “susu”. 

Si un hombre le dice a otro hombre que debe ir a determinado lugar a buscar leña y este le responde negándose, “susu”, la respuesta se considera afeminada, convirtiéndose en blanco de burlas. Socialmente se espera que diga “che coke” – “basie”. Estas expresiones funcionan como marcadores de diferenciación entre géneros dentro de la cultura embera katío, y sirven para expresar «no creo» o «no voy para allá» en un tono sarcástico.  “A mi hermano, sin ser marica, le aplicaron el ají. Si un niño o un hombre de mi comunidad no dice esas palabras, se considera un problema. Yo soy gay y no digo esas palabras, en cambio los hombres normales sí lo usan”, comenta Yeison quien mira el cielo como el pájaro que aún no sabe volar. Nuevamente abraza el silencio. Suspender la palabra le ayuda a escudriñar los rincones de la memoria. 

Yeison mirando el cielo

La casa donde vive Yeison, en el casco urbano de Tierralta, tiene un patio amplio donde su hermano Charibi y su primo Leo cultivan plantas mágico-espirituales que traen de la selva, además de árboles de mango, guanábana, guayaba y coco. El patriarca, su padre, tiene prohibido que otros homosexuales vivan en la casa. Suficiente tiene con los hijos que se han apartado de la cis-heteronormatividad. De cuatro hermanos de padre y madre dos son gais, Charibi y Alejandro; y una es una fem-boy, Yeison. El padre ha flexibilizado sus prejuicios debido a que el jaibaná Leo, el de mayor experiencia y poder, es marica al igual que su otro hijo, Charibi, quien también incursiona en las artes jaibanísticas. 

Alguien abre la puerta del patio y el olor a heces de cerdo invade la sala. Charibi entra vistiendo pantaloneta corta y suéter ajustado. “Chinara jogãbodoa jŭwŭrûaba”, dice sonriendo, que en lengua embera significa “el cerdo casi se ahoga de calor”. 

Cuando Charibi se enteró de que a Yeison la estaban torturando con el ají y golpizas frecuentes llamó a su madre y le advirtió que, si seguían haciendo eso, acudiría a los saberes espirituales para vengarse. Fue así como Yeison salió del resguardo a vivir bajo la custodia de Charibi, en el casco urbano de Tierralta. 

Charibi supo que le gustaban los hombres cuando tenía siete años y le robó un beso a un niño de otra comunidad. Durante su infancia y adolescencia los enamoramientos surgieron siempre a la orilla de la quebrada Amborromia, cuando bajaba a jugar con otros niños. A diferencia de Yeison, Charibi le confesó todo a su madre a los ochos años. Ella guardó el secreto por varios meses hasta que no aguantó más y se lo contó a su esposo. A partir de ese momento los insultos y golpes aparecieron.  

—Mi papá me castigaba llevándome para el monte a hacer lo que se supone que hacen los hombres: tirar machete y jarrear madera en mula. Quería convertirme en hombre. Yo dije que mi orientación nadie la iba a cambiar y peleé a puño con él cuatro veces. La última pelea fue a machetes, yo le metí un machetazo. Después incluso llegó a echarme la guerrilla. Él siempre me decía que era un hijueputa marica. Menos mal la comandante me vio llorando una vez que estaba lavando ropa y me dijo que no tenía permiso para matarme y me aconsejó que hablara con los líderes indígenas. Entonces aproveché para salir de casa. 

El calor aumenta y la piel comienza a protestar. Charibi sale a buscar un abanico eléctrico y lo conecta en la sala. El aire que genera el aparato, aunque sofocante, vuelve tibia la atmósfera. Yeison comenta que hace dos semanas su amigo y vecino, también embera y gay, fue expulsado de la casa por su familia. Las personas LGBT emberas generalmente se enfrentan a una doble expulsión. En la primera, la familia, apoyándose algunas veces en la figura del jaibaná, intenta expulsar mediante técnicas violentas el deseo del cuerpo a partir del uso del junkara pida o el arepika, otro tipo de ají utilizado en las “terapias de conversión”. La segunda expulsión es del tambo y el territorio, auspiciada por las autoridades locales tradicionales y los grupos armados que operan como guardianes de la moral heterosexual. 

Jaibaná Charibi Domicó

Llegado el mediodía el patriarca sale de la casa a una reunión política de asuntos indígenas. Aprovechando que su padre no está, Charibi camina hacia el patio directo a la miû miakera, una planta que dentro de la cultura embera es bastante valiosa por sus atributos de protección, fortuna e incluso atracción del ser amado. Charibi comenzó a interesarse por el mundo jaibanístico a partir de los dieciséis años. Gracias a esta decisión tuvo una mayor aceptación en su familia, aunque estuviese mediada por la instrumentalización y la necesidad. 

—Mi abuelo era jaibaná, pero fue mi tío el que me enseñó todo. Él examinó mi espíritu para ver si era mala o buena persona.  No le importó que fuera gay. Igual en la comunidad embera hay muchos jaibanás que son maricas. Si eres gay y jaibaná la comunidad te respeta porque piensan que le vas a echar una maldad y pues, como te necesitan, te aceptan.

Varias madres desesperadas han buscado a Charibi para que prepare el junkara pida. Él siempre se niega rotundamente. Y entonces la contradicción aparece: Si las mujeres saben de la orientación sexual del jaibaná, ¿por qué pedirle semejante servicio? Aunque casi siempre las personas, tanto indígenas como capunias (personas no indígenas), lo buscan para que les prepare baños, amuletos, perfumes y medicinas que curan los verdaderos males del cuerpo y el espíritu. 

Charibi pasea su mirada por la geografía del patio: la naturaleza ejerciendo su libre albedrío, el color verde multiplicándose en diversidad de texturas, matices y tonalidades; una melipona traza figuras invisibles en el aire invocando la belleza de las flores. En un rincón, el cerdo respira agitadamente a la vez que dos niñas, sobrinas de Charibi y Yeison, le echan agua para calmar su calor. Mientras acaricia la miû miakera y se huele las manos perfumadas por un delicado terpeno Charibi comenta su experiencia con el junkara pida.

—A mí nunca me hicieron terapia de conversión de ese tipo. Siempre le insistían a mi mamá que me la hiciera, pero ella solo alcanzó a hacerme un baño con las hojas del ají y luego me dio una bebida de la misma planta. Y ahí fue donde yo le dije: yo voy a tomar todos los medicamentos que usted me dé, pero después de dos meses si no cambio no me des más remedio. Nada funcionó. Todo eso pasó a los trece años.

Yeison se recuesta en un árbol de mango y se concentra en el celular. Se agarra la barriga en señal de hambre. Faltan veinte minutos para la una de la tarde y el sol está en el clímax de su espectáculo tórrido. Charibi insiste en que hay que salir del patio antes de que regrese su padre. El palo de mango tiene surcos profundos en la corteza, hechos con un machete. Así son las marcas que se instalan en el cuerpo y la memoria de las personas LGBT emberas durante las terapias de conversión. Agarrando su pulsera de chaquiras Yeison comenta:

—Después que me aplicaron el ají quedé enojado y con mucho dolor, pensando en si iba a seguir siendo gay o no. Cuando me vine para Tierralta comencé a comprar ropa de mujer. Mi mamá ahora me dice: yo sé que tú eres gay, y te acepto así, pero no te vistas como mujer. También los hombres capunias en Tierralta que me enamoran me piden que vista como hombre. 

En la familia de Charibi y Yeison prefieren no hablar de este tema. Evitan traer ese pasado a sus bocas. Incluso una sobrina de ellos también fue sometida a terapias de conversión con ají picante. Pero en quienes lo vivieron aún queda el dolor punzando en cada recuerdo, el parpadeo de la herida que resiste a cerrarse. De retorno al presente Charibi se escabulle por los rincones de la casa, en los próximos días tendrá que subir a Amborromia a trabajar como etnoeducador y a llevar el cerdo para que se termine de criar. Por su parte, Yeison se arregla para ir a jugar fútbol con sus amigas maricas emberas quienes han conformado un equipo que, en más de una ocasión, le ha ganado varios torneos al equipo de los heterosexuales.  

A pesar de todo, ahora se puede regresar al hogar

A Amborromia se llega desde Puerto Frasquillo. Allí se toma una embarcación que navega por el río Sinú durante dos horas. En el puerto la gente va de un lado para otro mirando obsesivamente la hora. El transporte es limitado. Leo camina junto a Yeison por la calle principal del puerto buscando dónde comprar verduras para llevar a su casa en el resguardo. Mototaxis, vendedores ambulantes, pagadiarios, choferes y cocineras persiguen con sus ojos los dos cuerpos que fracturan el orden moral del paisaje. En el rostro de Yeison resalta un arcoíris que baja como una cascada multicolor de su ojo derecho. Por su parte, Leo camina con una sensualidad imperturbable. En la boca de los hombres se posa una mueca ambivalente entre el deseo y el rechazo. Aparecen las frases en doble sentido, el chiflido y los juegos de la masculinidad frágil. Siguen adelante sin bajar la cabeza. Para conseguir esta seguridad han pagado un costo bastante alto, todo gracias a su lucha diaria insistiendo al mundo que tienen derecho a existir libremente en un territorio atrapado por el patriarcado, el narcotráfico, el extractivismo y el conflicto armado. 

—¿Madre qué hora es? Pregunta Yeison.

Leo revisa su celular con rapidez y responde, “nos dejó el Johnson (embarcación)”. Corren hacia la orilla con las bolsas de las compras.  Intentan comunicarse con el conductor de la embarcación a través de WhatsApp. No contesta. La señal en el puerto es precaria. Preguntan por él, pero nadie sabe de su ubicación. Cuando la posibilidad de viajar comenzaba a evaporarse aparece el señor López alzando los brazos. Suben y se acomodan entre los demás tripulantes. Antes de arrancar intentan esconder la piel debajo de capas y capas de trapos, pero arriba el sol reina implacable. 

Yeison rumbo a Amborromia

Leonel Domicó es representante legal de la corporación Ojurubi y reconocido líder social y defensor de derechos humanos de la población LGBT en el Alto Sinú. Por ello lo han amenazado en once ocasiones, sumado a toda la violencia cultural y estructural que ha sufrido por ser un hombre gay indígena en un contexto homofóbico y racista. A pesar de todo se mantiene buscando soluciones para erradicar la violencia contra las maricas indígenas dentro del pueblo embera katío. Sin embargo, Leo también opera en otros campos de lucha como el activismo espiritual desde su rol como jaibaná. 

Al otro día, después del viaje, Leo realiza un recorrido por los tambos donde su familia está dispersa. Amborromia es uno de los pocos lugares en el que se acepta sin ningún reparo y se respetan los derechos humanos de las personas LGBT gracias al arduo trabajo de sensibilización que ha venido realizando Ojurubi en los últimos años. Esta comunidad está dividida en tres espacios separados por límites naturales: el río Sinú, el cerro Colorado y la quebrada de Amborromia. Su sobrino de cuatro años lo saluda con emoción diciéndole tía. Entre los tambos se encuentra el cementerio en el que están enterrados los cuerpos de su abuelo, abuela y varios primos. No hay cruces ni lápidas, solo una capa heterogénea de hierbas y ramas secas; aún así, cada quién sabe dónde está su familiar. 

Se detiene sobre la tumba de su abuelo y luego se inclina para rascarse las piernas. Los mosquitos y ruaos le perforan la piel dejándole pequeñas marcas circulares de sangre. Entre el desespero del calor y la picazón dice:

—Yo desde pequeño quería ser jaibaná. Mi abuelo me escogió a mí de todos los veinte nietos. Cuando él cantaba en los rituales yo me iba a escuchar y me regañaba, pero yo le decía que quería aprender. Entonces me dijo: voy a revisar tu corazón, si es bueno te enseño. Después cuando tenía once años me dijo: tú vas a hacer como yo, vas a curar a muchas personas, cuando yo muera todo lo que sé te lo vas a quedar. 

En la cosmovisión embera jai es toda energía espiritual que se encuentra en los cuerpos-objetos que integran el mundo. Así, el río tiene un jai, el pez tiene un jai, la nube tiene un jai, en todo lo que existe, animado e inanimado, hay un jai. Por su parte, el jaibaná cumple varias funciones relacionadas con la curación y la sabiduría sobre la vida en general. Este tiene las claves para conectar el mundo espiritual con el material, lo que occidente desde la antropología ha denominado como chamán. Unos le llaman médico tradicional, otros brujo. Él más que nadie conoce el comportamiento del jai. Los jaibanás tienen la particularidad de cantar durante las ceremonias o rituales, en dónde suelen usar plantas, cigarrillos y bebidas alcohólicas. A partir del canto invocan a los jais para curar las enfermedades tanto del cuerpo humano como de la comunidad e incluso de la naturaleza. 

—Mi abuelo se llamaba Rafael Bailarín Chará. Fue un jaibaná importante. También era marica, pero nunca lo dijo abiertamente. Siempre vivió en el closet. Era el dueño de esta tierra. Los jaibanás de antes eran más sabedores de las plantas. Los médicos tradicionales de ahora solo ven por ver, por la plata es que lo hacen, pero en realidad no ven a la persona. No curan con amor. Mi abuelo no era así. Mi abuelo iba para el monte y él mismo buscaba las plantas y él curaba a las personas. 

Bastones (barra) del jaibaná Leo heredados por su abuelo.

Leo abandona el cementerio e ingresa al monte. Con las manos va abriendo camino, y atento mira el piso para evitar una mordedura de serpiente. A la caminata se ha unido Yeison quien lleva un racimo de peras pomarrosa en sus manos. Los insectos y pájaros tejen una música invisible: estridulaciones, trinos y zumbidos. La información que emite la siringe de las aves es confusa respecto al pronóstico del clima: hay nubes negras, un sol brillante, truenos lejanos, calor excesivo.

Avanzando cuesta arriba por el cerro Colorado aparece una planta llamada drumane, la cual según explica Leo, sirve para quitar el olor que dejan los perros en los tambos. Esta planta se utiliza cuando se va a realizar una ceremonia, ya que los espíritus no toleran el olor de los perros. Continúan caminando durante media hora y logran salir del laberinto vegetal. El paisaje cambia, frente a sus ojos un cultivo de coca. Siguen subiendo hasta llegar a la cima de una loma donde hay un cultivo de arepika. Leo se acerca a una de las plantas y comienza a dar vueltas sobre ella. Yeison se hace a un lado y mira todo desde lejos. 

Cultivo de arepika

El arepika es un tipo de ají picante (capsicum annum variedad globriosculum) utilizado en la cultura embera con fines gastronómicos, espirituales y medicinales. La diferencia con el junkara pida es que este tiene una estructura globular, es decir, en forma de bolita. Mientras que el junkara pida es alargado, de ahí que se le llame a esta variedad en lengua embera pida que traduce al español pita.  Ambos son utilizados para ejecutar “terapias de conversión”. 

Antes solían cultivar el junkara pida y utilizarlo para alimentar gallinas o como aderezo para guisos y sopas, tal como lo hacía el abuelo de Leo al mezclarlo con carbón para potenciar el picante. De hecho, el compuesto activo de estos ajíes, capsaicina, solo afecta a especies mamíferas, a las aves no. Cuando la capsaicina entra en contacto con las cavidades internas rodeadas de mucosa, como la boca o el ano, los fluidos comienzan a salir del cuerpo con mayor rapidez (lágrimas, saliva, sudor). A esta sensación de calor/dolor se pliega la creencia de que la homosexualidad es un parasito o espíritu que reside en el ano, y que sembrando un simple ají se puede expulsar. Las madres que siembran ajíes en el ano de sus hijos ¿esperan acaso cosechar el fruto de la heteroxualidad?  

Leo identificando plantas medicinales y espirituales.

Los ruaos siguen perforando la piel de Leo. Mientras acaricia los ajíes explica que la terapia de conversión fue una tradición inventada, algo que no es propio de las artes espirituales del jaibaná. El junkara pida también suele ser usado en baños para protegerse de animales venenosos en los días lluviosos cuando estos salen de los rincones de la tierra a buscar calor. Uno de los efectos más controversiales del junkara pida es el impacto en la subjetividad erótica. Según Leo, las «terapias de conversión» ocasionan en algunos casos que los hombres gays se conviertan en mujeres trans.  

—Varios de los chicos que han pasado por la terapia del ají me cuentan que antes eran muy activos (…) pero que después de eso ya no hay sentimientos, no hay pasión cuando tienen relaciones sexuales con otro hombre. Una de las chicas afectadas dice que después de que su madre le embutió eso por el ano no se le volvió a parar el pene. Entonces le echan la culpa a Ojurubi, que dizque estamos convirtiendo a los hombres emberas en chicas trans. Yo les digo a la comunidad: ustedes mismos están generando eso con las plantas que embuten por el culo.

Luego aclara de inmediato que hay casos de mujeres trans que decidieron hacer la transición sin necesidad de haber pasado por la experiencia traumática del ají picante. Independiente de lo que produzca esta práctica, Leo junto a las demás personas que integran Ojurubi mantienen una lucha constante por erradicar esta tradición violenta de control sexual y administración del deseo que deja profundas marcas psicológicas. De ahí que su misión como jaibaná no solo sea espiritual sino también política en la medida que tiene un compromiso con desmontar los falsos saberes que patologizan a la diversidad sexual. 

Yeison se acerca a la planta y toca los frutos. A pocos kilómetros de ahí el Ejército Nacional de Colombia acampa, compartiendo agonísticamente el espacio boscoso del Alto Sinú con las tropas pequeñas del Clan del Golfo. Leo explica que el principal reto es que las maricas emberas están dispersas por un amplio territorio de más de cien mil hectáreas y Ojurubi sólo tiene incidencia directa en Amborromia. Cuanto más retirada está una comunidad del casco urbano de Tierralta mayores son los vejámenes que sufren las maricas. Justo allí donde el Estado no pone la mirada, ni se habla el lenguajes de los derechos humanos, las personas quedan a merced de la gobernanza criminal. 

—De aquí para abajo del río no hay casi violencia hacia las personas LGBT, pero de aquí para arriba la violencia aumenta desproporcionadamente. Hace poco en la comunidad de Beguidó los paramilitares expulsaron a un pastor evangélico embera y marica.

Así, Amborromia no solo resalta dentro de la geografía embera como un territorio de resistencia LGBT, sino también como espacio fronterizo entre lo seguro e inseguro. Sin lugar a dudas, el hecho de que personas como Leo o Charibi, siendo maricas sean reconocidos en su comunidad como importantes jaibanás, tiene un impacto epistemológico y espiritual sobre las creencias hacia la diversidad sexual y de género. Ellos fueron expulsados de su territorio y amenazados por grupos paramilitares, y ambos retornaron blindados con el aura de poder y conocimiento que otorga la identidad del jaibaná. 

Antes de bajar la loma, Leo señala el río Sinú que a lo lejos parece una serpiente dorada atravesando las estribaciones del extremo norte de la cordillera occidental de los Andes. Manifiesta que desea implementar un proyecto de ecoturismo en su comunidad para ayudar tanto a las maricas como a las demás personas que están sumergidas en la pobreza. Cuando piensa y habla en clave de soluciones, Leo pausa su voz. Por un lado, quiere generar fuentes de empleo para su gente, en específico los jóvenes, para que no sean reclutados por los grupos armados locales. Por otro lado, desea combatir el reduccionismo esencialista en que instituciones del gobierno, oenegés y población civil en general han etiquetado los talentos de las personas LGBT embera katíos. 

—Yo me imagino en Amborromia un museo. Que la gente venga a hacer caminatas ecológicas o a bañarse en los saltillos de agua. Mi idea es que las maricas trabajen en otras cosas porque ahora en Tierralta creen que solo somos buenas para las artesanías. Así como Occidente cree que las maricas solo son buenas como peluqueras. Queremos a través del ecoturismo mostrar que tenemos otros talentos.

Si bien el arte fue una herramienta de resistencia vital durante una etapa inicial del proceso organizativo, estas desean seguir explorando y diversificando sus estrategias de lucha y sostenibilidad comunitaria. Con hambre y cansancio llegan al tambo. La hermana de Leo, quien tiene un niño de brazos, prepara agua con azúcar para refrescar el cuerpo. Después de entregar las bebidas se dirige al fogón donde se cocina una sopa de cerdo. La mujer también tiene la piel llena de picaduras de ruao y el cuerpo del bebé está cubierto de un menjurje de albahaca y alcohol para combatir el vampirismo de los insectos tropicales.

En relación a la visibilización de las diversidades sexuales y de género en el pueblo Embera Katío del Alto Sinú existe una doble preocupación por parte de la población civil del municipio de Tierralta. Un segmento poblacional bastante significativo, identificado con el cristianismo y comprometido con la defensa de la familia tradicional, están alarmados por lo que llaman la “proliferación” de personas LGBT en el municipio de Tierralta, situación de la que responsabilizan a los indígenas. Algunos docentes y activistas de derechos humanos, expresan con preocupación que la “ideología de género” va a llevar a la extinción a los embera katíos. Según estos últimos, muchos de los que se identifican como gais o mujeres trans, no lo hacen por genuina convicción sino siguiendo una moda. Lo cierto es que desde que Leo tiene memoria recuerda haber presenciado accidentalmente, mientras jugaba, orgías entre hombres a la orilla del río Sinú. La homosexualidad siempre ha existido y su genealogía puede rastrarse en el paisaje, en la complicidad bio-erótica del agua, la montaña y la selva que funcionan como refugio para el amor y los placeres. 

Yeison en el río Sinú.

Luego de haber saciado el hambre con la humeante sopa de cerdo, acompañada de arroz y papoches cocidos, deciden irse a bañar al río. Leo conversa con una chica dentro del agua. Yeison desde una canoa modela una tela con soles negros estampados. En la íntima atmósfera de la amistad todo vibra desde el lenguaje de lo femenino: utilizan la expresión susu, mueven el cuerpo estilizadamente, se sienten beda wera (mujeres pez). Los hombres que pasan en las embarcaciones se ríen de la escena anfibia. Desde la orilla, como sirenas responden enviándoles besos. De un extremo irrumpen escandalosamente tres raspachines, personas dedicadas a la recolección de hoja de coca, descamisados y montados en mulas, llegan a bañarse en el río. Alteran la tranquilidad del paisaje cuando performan su masculinidad: se gritan, se insultan, se golpean, pero también se abrazan. Leo con una risa en el rostro dice:

—Uno se puede vengar de los hombres cambiándoles el pensamiento, porque después que nos ofenden con su machismo terminan acostándose con nosotros. Por ejemplo, mi abuelo conquistaba a muchos hombres gracias a los secretos de las plantas. Conozco otro jaibaná marica que hacía que los hombres que se burlaran de él se quitaran la vida. 

Antes de salir del agua abordan el tema sobre la hipocresía de los hombres cis indígenas, quienes durante la sobriedad maltratan a los gays y mujeres trans, pero cuando se emborrachan salen a buscarles haciéndoles insinuaciones sexuales. Hay comunidades donde algunos hombres aprovechan el ruido de la música cuando hay fiestas en la noche para raptar a los chicos del tambo y violarlos en grupo. Algo que no se ha visibilizado ni denunciado, pero que existe en la testimonialidad de quien lo enuncia a partir de su experiencia. 

Como el agua da hambre y son las cinco de la tarde deciden regresar al tambo. Subiendo se topan con mujeres y hombres que bajan con sus atarrayas a pescar la proteína de la cena. Quien tenga suerte pescará algún barbul o lizeta. Cuando llegan al tambo los niños se emocionan y salen a buscar objetos filosos. Traen lapiceros y entonces empieza el ritual cotidiano: los adultos se sientan y se relajan mientras los niños comienzan a reventar las pequeñas ronchas llenas de sangre que han dejado los ruaos en el cuerpo.

Yeison en el río Sinú.

La lluvia comienza cayendo la noche y el agua se convierte en un animal nocturno que amenaza con entrar a la casa. A lo lejos sólo se perciben los fogones de leña encendidos dentro de cada tambo y más arriba en el cielo, el rostro borroso de la luna arañado por jinú-topo-warra. Desde la hamaca Leo habla sobre lo difícil de ser jaibaná. Explica que el principal reto ha sido balancear entre el activismo de los derechos humanos y la espiritualidad. Aspectos que ha logrado integrar bien en su vida cotidiana como líder de su comunidad. Con ambos lenguajes quiere destruir las arquitecturas del patriarcado en el territorio.   

—Intenté alejarme, pero ellos me atacaron (refiriéndose a los jais). Me daban convulsiones. Cuando me fui para Bogotá me alejé del mundo espiritual y comencé a tener pesadillas con mi abuelo donde me pegaba. Tuve que volver a hacer rituales y a atender a la gente. Quiero seguir estudiando y preparándome, pero no puedo. 

En algún lugar del bosque húmedo, mientras todos duermen, una ceiba pentandra regala el misterio de su belleza al mundo, floreciendo. La lluvia comienza a mojar las hamacas por el agua que entra con la brisa. El bebé despierta asustado por los truenos. Abajo del tambo los cerdos chillan desesperados por la tempestad. El agua pareciera querer borrar el mundo, diluir sus imágenes. Durante los años más críticos del conflicto armado en Colombia varios jaibanás fueron perseguidos por la guerrilla y los paramilitares. Sus cantos fueron silenciados por el sonido de las balas y el eco de las amenazas. A esto se suman los procesos de evangelización cristiana que demonizaron la ritualidad jaibanística. El hecho de que existan personas como Leo o Charibi, comprometidas con denunciar los pseudo saberes espirituales utilizados para llevar a cabo prácticas deshumanizantes como las “terapias de conversión”, es un signo de esperanza flotando en las aguas turbulentas del presente. Cada vez quedan menos jaibanás que canten para sanar la herida del cuerpo, la herida de la naturaleza, la herida del mundo. Escampa y queda el susurro de las gotas chocando en la superficie. Del otro lado del sueño quizá el agua es ahora diluvio. 

Glosario

Ceiba pentandra. También conocido como ceiba bonga, es un árbol gigante originario de las zonas tropicales de América y África, caracterizado por llegar a medir hasta cincuenta metros de altura. Solo florece en las noches entre los meses de diciembre y marzo, atrayendo con su fuerte olor a polinizadores como murciélagos y polillas. 

Jinú-topo-warra. Nombre embera de un personaje mitológico que traduce al español “hijo de la pantorrilla”. Según el mito embera katío, Jinú-topo-warra, huérfano de padre y madre, era bastante travieso y tenía una adicción a la sangre vaginal de las mujeres menstruantes. Cierto día la comunidad le dijo que la luna había asesinado a sus progenitores, razón por la cual se fue al monte en busca de una guadua para subir hasta la luna y vengarse. Llegando a su objetivo, un pájaro carpintero picoteó la guadua y Jinú-topo-warra cayó al vacío, alcanzando solo a arañar el rostro a la luna. Desde ese entonces la luna tiene manchas en su rostro. Fuente: Mitos y leyendas Emberas. Antonio María Cardona. Libro inédito.  

Ruao. Insecto demasiado pequeño que habita en ecosistemas acuáticos y semiacuáticos. Sus hembras son hematofagas, es decir, se alimentan de sangre rompiendo el tejido dérmico y efectuando una sensación de dolor/picazón intensa. 

Tambo. Vivienda tradicional indígena con techo cónico de palma -y a veces láminas de zinc-, construida sobre pilotes de madera.  


SOBRE ESTA INVESTIGACIÓN

¿Cómo el periodista llegó a esta historia?

Compartiendo escenarios de movilización social por la defensa de los Derechos Humanos conocí a Ojurubi, una corporación LGBT indígena. Gracias a la amistad con sus miembros y la colaboración surgió la posibilidad de narrar sus experiencias de vida.

¿Cuántas fuentes consultó en total? y ¿Qué tipo de fuentes?

 Cinco fuentes humanas. 

¿Cuántas entrevistas hizo? 

7 entrevistas semiestructuradas. 

¿Quién integró el equipo periodístico y de producción? 

Alex Manuel Galván Guzmán

¿Cuánto tiempo de reportería y producción invirtió el equipo?

Cinco meses

¿En qué lugares hizo reportería?

Tierralta, Córdoba. Amborromia (comunidad indígena Embera Katío de Tierralta)

¿Presentó solicitudes de acceso a información?

Si

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