Opinión

Ser mamá: mi apuesta política por la esperanza 

¿Por qué apostar por un camino que sabés que transformará por completo tu vida? Esa fue una de las preguntas que atravesó a Tatiana cuando apareció en ella el deseo de ser mamá, incluso conociendo todo lo que la maternidad implicaba.

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Para Cata

Hace algunos años una de mis mejores amigas comenzó a perseguir un sueño. Era un sueño académico, de esos que exigen años de estudio, perseverancia y una capacidad poco común para soportar el rechazo. La vi atravesar pérdidas dolorosas, despedirse de certezas importantes y seguir adelante con una convicción que me impresionaba profundamente. Mientras la observaba, me descubrí sintiendo algo parecido a la envidia. 

No una envidia amarga ni competitiva, sino una especie de anhelo. Yo también quería encontrar algo que me convocara con esa intensidad, algo que me hiciera mirar hacia adelante con esa mezcla de ilusión, compromiso y decisión que parecía sostenerla incluso cuando las cosas se ponían difíciles. 

Durante mucho tiempo pensé que quizá ese también era mi camino. Compartimos el amor por el conocimiento económico y la convicción de que comprender el mundo es una forma de transformarlo. Sin embargo, mientras más intentaba imaginarme recorriendo ese sendero, más evidente se volvía que la emoción que veía en ella no aparecía en mí de la misma manera. 

Y entonces apareció una idea que me provocó un conflicto enorme: qué bonito eso de ser mamá. 

Lo llamo conflicto porque durante años aprendí a desconfiar de todo aquello que aparecía como esperado para una mujer. Además, conocía demasiado bien los costos de la maternidad. Mi trabajo consiste, en buena medida, en estudiar cómo las desigualdades atraviesan la vida de las mujeres, cómo el cuidado organiza su tiempo, condiciona sus ingresos y redefine sus proyectos. Sabía que la maternidad no es solamente una experiencia íntima, es también una institución social donde se expresan, reproducen y disputan relaciones de poder de género. 

¿Por qué elegir justamente aquello que tantas veces aparece como mandato? ¿Por qué apostar por un camino que sabía que transformaría profundamente mi vida? 

Y sin embargo la idea seguía ahí, pero no aparecía como destino, aparecía como deseo. 

No quería ser mamá porque creyera que “es el destino de las mujeres”, tampoco porque imaginara la maternidad como una forma de completarme. Más bien intuía que ahí había una forma particular de relacionarme con el futuro, aunque todavía no supiera explicarlo. 

Hoy creo que sí puedo hacerlo. 

Cuando mi hija nació entendí que mi intuición era correcta y, al mismo tiempo, insuficiente. Había pensado mucho en la maternidad antes de vivirla, pero lo que encontré fue distinto de lo que imaginaba. Descubrí que no era que me gustara “ser mamá”, al menos no en el sentido identitario que suele acompañar esa frase, lo que me gusta es cuidarla. 

Me gusta aprender quién es, descubrir sus gestos, sus señales, sus formas tan particulares de relacionarse con el mundo incluso antes de poder nombrarlo. Me gusta observar cómo una persona comienza, poco a poco, a existir frente a mis ojos. 

Y también descubrí que maternar no era una emoción permanente ni una esencia femenina escondida esperando salir después del parto. Es una práctica, una decisión que se renueva todos los días y que puede expresarse en cosas tan concretas como despertarse de madrugada para sostener al mismo tiempo un biberón y una personita al punto de que se te inflamen las muñecas, reorganizar el tiempo, observar con particular atención cómo otro ser respira; poner el cuerpo, la energía y la atención al servicio de alguien que todavía no puede sostenerse sola. 

Y también reafirmó una convicción que ya tenía antes de convertirme en mamá: una experiencia tan transformadora como esta no debería derivar de un mandato. No porque las maternidades que comienzan sin haber sido plenamente elegidas carezcan de belleza, dignidad o amor, sino porque ninguna persona debería verse obligada a atravesar una transformación tan profunda sin haber tenido la posibilidad real de decidirla. 

Pero había algo más, poco a poco entendí que el objetivo último de ese cuidado no era la dependencia, sino exactamente lo contrario. Todo ese esfuerzo cotidiano tenía sentido porque algún día ella podrá caminar sin mí. Es un cuidado que no buscaba perpetuar una necesidad, ni corresponder la ternura de una compañía, busca acompañar el desarrollo de una autonomía. 

Creo que fue ahí donde empecé a comprender la dimensión política de la maternidad de una manera distinta. Porque cuidar a una infancia no consiste únicamente en garantizar su supervivencia, también implica proteger la complejidad de una humanidad que todavía se está formando, acompañar a una persona que llega al mundo profundamente dependiente y ayudarle, poco a poco, a construir una relación propia con ella misma. 

Hay una canción que me acompaña desde hace años y cuya letra vuelve a mí con frecuencia desde que nació mi hija. Dice que los seres humanos llegamos al mundo a medio formar y esperamos que quien nos reciba sea lo suficientemente amable para explicarnos algunas cosas. Siempre me ha parecido una idea hermosa, pero ahora también me parece profundamente cierta. 

Pienso mucho en la responsabilidad que implica recibir a alguien que todavía no sabe quién será, y en la arrogancia que supondría intentar decidirlo por ella. Y pienso también en la esperanza que existe en acompañarla sin convertirla en una extensión de mí misma. 

Porque cuando imagino el futuro no me imagino una hija que piense exactamente como yo, ni una réplica de mis ideas, ni una continuación de mi propia existencia. Lo que me entusiasma es algo mucho más incierto: la posibilidad de acompañar a una persona distinta, con preguntas, intuiciones y caminos propios.  

Quiero ayudarla a mirar; mirar el dolor del mundo sin dejar de ver su belleza, vidas distintas sin reducirlas a categorías simples. Que habite un mundo tan grande que no solo incluya a quienes se parecen a ella, sino también a quienes le resulten extraños, lejanos o difíciles de comprender. 

Pero también quiero que ese mundo sea lo suficientemente amplio para ella misma. Quiero que tenga herramientas para cuestionar los mandatos que encuentre en su camino, incluso aquellos que yo no alcancé a ver. Quiero que pueda reconocerse como una persona única, digna y valiosa, sin necesidad de encajar perfectamente en las expectativas que otros construyan para ella. Me gustaría que los roles, prejuicios y límites que la sociedad suele imponer pesaran menos sobre sus hombros de lo que pesaron sobre los míos, no porque aspire a ahorrarle todos los conflictos, sino porque espero ayudarla a construir una relación más libre con ellos. 

Mi mamá nunca me enseñó economía, pero me enseñó algo más importante: me enseñó que el bienestar ajeno debía importarme. No me enseñó qué pensar, me enseñó cómo mirar. 

Con los años he llegado a pensar que la forma en que aprendemos a mirar a otras personas es una cuestión profundamente política. De ella depende quiénes entran en nuestro mundo moral, qué sufrimientos somos capaces de reconocer y qué tipo de sociedad estamos dispuestas a construir junto a quienes son distintos a nosotras. 

Y quizá ahí está la razón por la que hoy creo que la maternidad es, para mí, una apuesta política por la esperanza. 

No porque las hijas e hijos vengan a cumplir nuestros sueños, tampoco porque criar sea la única forma de transformar el mundo. He visto personas apostar al futuro desde la ciencia, el arte, la enseñanza, la organización colectiva, la producción de conocimiento y muchas otras formas de cuidado valiosas. Tampoco porque crea que exista alguna superioridad moral en quienes decidimos maternar. 

La esperanza, al menos para mí, tiene menos que ver con el optimismo y más con la disposición a acompañar aquello que todavía no existe sin intentar controlarlo por completo. Tal vez por eso la maternidad terminó pareciéndome una forma de esperanza política: porque implica comprometerse profundamente con el futuro de otra persona aun sabiendo que no nos pertenece. 

Tal vez eso es lo que intento ofrecerle a mi hija; no certezas, no una ideología, ni un destino. Solo un mundo lo suficientemente amplio como para que nadie quede fuera de su imaginación, ni siquiera la complejidad de ella misma. 

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