Derechos de las mujeres

Buscar sin mapa: cuatro años tras la desaparición de Carlos

El 1 de enero de 2022, Carlos Ernesto Santos Abarca salió a correr por la colonia Monserrat, en San Salvador. Desde entonces, no se sabe dónde está. Para su familia, el tiempo se detuvo. Cuatro años después, la búsqueda continúa. Su madre, Eneida Abarca, y su tía, Ivette, han recorrido solas calles, oficinas y fronteras, atravesando el país con una pregunta que sigue sin respuesta: ¿dónde está Carlos? La ausencia y el silencio del Estado son la única constante.

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Desde el inicio de la búsqueda, el rostro de Carlos Abarca apareció en pasajes, postes y paredes de oficinas del Centro Histórico de San Salvador. Foto: Vilma Laínez.

Eneida, de 49 años, encabeza la búsqueda de su hijo Carlos Ernesto desde hace más de cuatro años. A su lado camina siempre su hermana mayor, Ivette, de 60. Juntas recorren San Salvador y sus alrededores como quien aprende a leer la ciudad de otra forma: colonias populosas, pasajes estrechos, terminales de buses, mercados, oficinas públicas, morgues, cárceles y parques donde el ruido no se detiene. También han cruzado fronteras. Llegaron hasta Honduras siguiendo rumores, pistas mínimas, cualquier indicio que pudiera acercarlas al paradero de Carlos. 

De eso se trata la lucha de las familias de personas desaparecidas frente a la omisión de todas las instituciones del Estado salvadoreño. Siempre va a valer la pena cuando es un hijo. Por la Constitución salvadoreña tengo derecho a saber cuál fue la suerte y el paradero de mi hijo”: Eneida Abarca. 

Salen todos los días de casa con mochilas a la espalda. Dentro llevan volantes, portarretratos, cinta adhesiva, pega, tijeras y tabloides. Visten camisetas con el rostro de Carlos Ernesto, que con el tiempo se ha vuelto parte del paisaje urbano. Caminan bajo el sol, entre el tráfico y el polvo, y en el trayecto deciden la ruta del día: una colonia más, una calle sin nombre, una puerta donde volver a preguntar. La búsqueda no tiene un mapa fijo, solo la obstinación de no detenerse. 

Ivette, la hermana que no se aparta 

Para Ivette, Carlos Ernesto es más que un sobrino. Participó en su cuidado desde que era un bebé: le preparaba la leche, lo arropaba, lo cargaba en brazos. Ha vivido siempre con Eneida en la casa que les dejó su madre. Son hermanas únicas. Crecieron solas con ella; a su padre no lo conocieron. 

Por eso, la desaparición de Carlos la marcó hasta empujarla a exponerse públicamente, aun cuando eso implique riesgos físicos y emocionales. 

“Yo lo chinié por primera vez, al bultito chelito, envueltito. Andaba pendiente de las enfermedades, de la medicina. Aprendí todos los cuidados de un bebé. Yo me lo sé en la memoria: preparar las pachas, poner pampers, todo lo que hace una mamá. Por eso yo no lo dejo”, dice. 

Ivette no tuvo hijos ni se casó. Su vida giró durante años en torno al trabajo, al cuidado de su madre y al apoyo constante a su hermana. Ahora gira alrededor de la búsqueda de su sobrino. Le habla a la fotografía de Carlos, le pide que le diga dónde está, que le mande una señal. 

Acompaña a Eneida a cada lugar al que va y, cuando salen solas —incluso lejos de San Salvador—, es ella quien se encarga de registrar el recorrido: toma fotografías y graba videos de su hermana para alimentar las redes sociales que administran a nombre de Carlos Abarca. 

No he faltado ni un día. A ella la he acompañado de día y de noche. He dejado mis cosas, mis quehaceres, por andar en la búsqueda de mi sobrino. Al no estar en la tierra, sé que lo vamos a encontrar y así podré irme tranquila”: Ivette Abarca. 

Ivette se ve cansada. El cuerpo le pasa la factura desde que su sobrino desapareció. Padece insomnio y, a veces, el hambre simplemente se le va. Dice que los pies le duelen de tanto caminar, de tanto volver a las mismas esquinas donde pregunta por Carlos y repite su nombre para que no se borre. Le han crecido espolones en ambos pies que le dificultan dar cada paso; los dedos se le han deformado tanto que sus zapatos ya no le quedan. 

“Desde que empezó esta tortura caminamos desde el Bajo Lempa hasta Casa Presidencial, y esto casi nadie lo aguanta. Yo caminaba por el Paso del Jaguar, pero a pie, llegando hasta Jardines del Recuerdo o más arriba, ida y vuelta. He caminado de día y de noche. Por eso le he aumentado un número a los zapatos, para acomodarlos”. 

Ivette Abarca participa en uno de los eventos públicos acompañando a su hermana Eneida. Foto Lisbeth Ayala.

Para sostener la búsqueda junto a su hermana, Ivette vende lo que puede. En la misma mochila que carga durante las caminatas —la de los volantes y las fotografías— también lleva artículos como punteras, carteras, perfumes, maquillaje. Los ofrece en el camino, entre una parada y otra. Desde la desaparición de Carlos no ha logrado conseguir un trabajo estable. La búsqueda ocupa casi todo su tiempo; el resto lo consume el cansancio. 

Hace más de 20 años trabajó como encargada de logística en un almacén. Después estuvo una temporada en el Tribunal Supremo Electoral y más tarde en una joyería. Con los recortes de personal se quedó sin empleo formal. A veces, algunas vecinas le han ofrecido trabajo para llevar y traer a sus hijos de la escuela, pero Ivette se niega. Dice que no puede comprometerse: buscar a Carlos no le deja tiempo para nada más. 

Eneida también carga mercancía en su mochila. Perfumes y ropa de línea hospitalaria que ofrece en cada lugar al que llega. Lo que gana lo destina casi por completo a la búsqueda de su hijo. Sus ahorros se agotaron hace tiempo. A veces recibe apoyo solidario: alguien que paga las copias de los afiches, el pasaje, la comida. En este proceso, la han acompañado colectivos como el de Derechos Humanos Herbert Anaya —antes Bloque de Búsqueda de Personas Desaparecidas— y Alerta Raquel. Pero la mayor parte de los gastos corre por su cuenta. 

La búsqueda se volvió un objetivo de vida. Todos los ingresos que se obtienen desde la desaparición de Carlos son para buscarlo. Son recursos limitados. Cualquier ingreso que me caiga —un dólar, dos dólares— es para invertir en tabloides, en banners, en impresiones. La gente dice que yo tengo dinero, que estoy siendo financiada por oenegés, cuando aquí no hay ninguna organización que le dé a una un cheque mensual para la búsqueda”, explica Eneida. 

Desde siempre, Eneida se ha dedicado a la venta por cuenta propia. Ha trabajado con préstamos y ahorros propios, casi siempre comercializando ropa de línea hospitalaria. Estudió mercadeo en universidades privadas, pero no logró graduarse. Sus estudios superiores son una de las cosas que quedaron en pausa cuando la desaparición de su hijo reorganizó por completo su vida. 

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Versos y recuerdos para los hijos a quienes desaparecieron cerca de casa 

Mientras lo buscan casi siempre solas —ella y su hermana— y, a veces, acompañadas por otras madres que también buscan, Eneida vuelve una y otra vez a la misma pregunta: ¿por qué, en el caso de su hijo, las autoridades de seguridad no desplegaron un operativo de búsqueda como sí lo hicieron en otros casos? 

“Recordemos el caso de Tomas Laínez, un ciudadano estadounidense, que en dos meses lo encontraron. Desplegaron más de 100 elementos y lo encontraron. Ahí está evidenciado que rara vez activan el Protocolo de Búsqueda, solo para dar una imagen. También está el caso del profesor ‘Kike’ [Enrique Peña, desaparecido en abril de 2025]. Implementaron todo: más de 150 elementos desplegados, cuerpos de rescate, soldados. Y lo encontraron”, dice. 

La desaparición de Carlos Abarca es conocida dentro y fuera de El Salvador. Ha sido documentada por medios nacionales e internacionales y por organismos de derechos humanos que la han incluido en informes sobre desapariciones forzadas en el país. 

En 2023, el propio ministro de Seguridad, Gustavo Villatoro, admitió en una entrevista televisiva que el caso no estaba vinculado a actividades delincuenciales.  

“Está relacionado a actividades muy particulares de la víctima y tenemos reportes donde se le ha visto en su momento […] No todas las desapariciones están relacionadas a una actividad delincuencial. Hemos visto lo que es el fenómeno, día con día. Es algo a lo que le estamos dando seguimiento”, dijo Villatoro. 

Aun así, la búsqueda oficial no avanzó. La familia sigue esperando respuestas. 

Convertirse en defensora 

Eneida Abarca, acompañada por el Colectivo de Derechos Humanos Herbert Anaya, interpuso un recurso ante la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos para exigir su intervención en la búsqueda de Carlos Abarca, el 25 de noviembre, en el marco del Día Internacional de la No Violencia contra las Mujeres. Foto Lisbeth Ayala.

Antes de la desaparición de su hijo, Eneida vestía trajes de oficina, vestidos ajustados y tacones. No marchaba ni protestaba. Su vida transcurría lejos de las consignas y de las calles. Ahora viste camisetas con el rostro de Carlos sobre un fondo amarillo, usa cachucha para protegerse del sol, jeans y tenis que resisten largas caminatas. Su cuerpo aprendió otro ritmo. 

Ante policías, funcionarios o en marchas y actos públicos, Eneida alza la voz. Nombra a su hijo en voz alta, exige justicia y reclama el derecho a saber la verdad sobre su paradero. La desaparición la convirtió en buscadora y en denunciante, aun sin pretenderlo. 

Con la desaparición de Carlos Abarca me convertí en una defensora de derechos humanos. La situación me ha obligado a salir a las calles. La omisión del Estado, esa indiferencia que ha prolongado este dolor, esta agonía y esta incertidumbre, me obligó a exigir verdad y justicia”: Eneida Abarca.

La desaparición de su hijo la empujó a aprender lo que nunca imaginó. Eneida se ha formado en leyes, aprendió a leer la Constitución de la República y a descifrar políticas públicas relacionadas con la búsqueda de personas desaparecidas. 

En las noches ve documentales de otros países, toma notas y compara casos. Sigue en redes sociales a colectivos de madres buscadoras de México y observa sus métodos, sus consignas y sus duelos compartidos. De ellas aprendió que buscar también es organizarse, nombrar las ausencias y no permitir que el olvido haga su trabajo. 

“Yo sigo a muchos colectivos de México. Ellas andan en tareas simultáneas como nosotras: unas en la Fiscalía, otras en la policía. Las veo en instituciones de gobierno. Otro grupo anda en la búsqueda en vida: hospitales, penales, albergues, o en el terreno, buscando cuerpos u osamentas. Se distribuyen el trabajo, son muy organizadas”, cuenta. 

Eneida y su hermana Ivette participan en el Plantón “Por una Vida digna sin violencia” en el marco del 25 de noviembre. Foto Lisbeth Ayala.

Quienes la conocen saben que es una mujer inquieta, intensa en su trabajo de búsqueda, que no descansa. Eneida no anda con rodeos para decir lo que no le parece. A veces se enoja con otras madres porque no salen a buscar como ella. Su desesperación la ha llevado incluso a plantarse frente a eventos culturales y religiosos con la imagen de su hijo: como aquella vez que llegó, acompañada del Colectivo Herbert Anaya, al Estadio Las Delicias de Santa Tecla mientras se presentaba René Pérez, Residente, en septiembre de 2024. También estuvo presente junto a su hermana en la vigilia de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), en el marco de la conmemoración de los mártires jesuitas y sus colaboradoras. 

“Continuaremos alzando la voz en todos los postes de El Salvador. Donde sea van a ver el rostro de mi hijo. No tengo miedo: solo exijo mi derecho a saber qué pasó con Carlos”, dice. 

Como parte de las acciones que lidera está la campaña ¿Dónde está Carlos?, lanzada en agosto de 2022, y la Alerta Carlos, impulsada en junio de 2025. A través de ellas ha abierto espacio a otras madres para visibilizar sus casos y se ha articulado con colectivos de derechos humanos, entre ellos el Colectivo Herbert Anaya. 

En 2023, la Embajada de los Países Bajos para Centroamérica le otorgó el Premio Internacional Tulipán por su papel como defensora de derechos humanos. En 2025, también recibió el premio Margarita Posada, otorgado por el Foro Nacional de la Salud, por su compromiso con la verdad y la justicia. 

A finales de 2025, en diciembre, se integró al Colectivo de Derechos Humanos Herbert Anaya y participó en las 17 vigilias realizadas frente a la Catedral Metropolitana en defensa de los derechos humanos, la libertad de personas detenidas, la defensa del territorio y la búsqueda de personas desaparecidas. 

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Desaparecido al inicio de año nuevo 

La búsqueda de Carlos Ernesto Santos Abarca comenzó el 1 de enero de 2022, después de más de nueve horas sin contacto con él. Ese día, recuerda Eneida, su hijo salió de casa a las 8:30 de la mañana para correr en la colonia Monserrat, en San Salvador. Era una rutina conocida, un gesto cotidiano que no levantó sospechas. 

“Cuando salía a correr normalmente se tardaba dos horas. Pensamos que quizá se había detenido a comprar algo o que estaba molesto por alguna razón, pero siempre regresaba. Ese día ya no volvió”, dice. 

Mientras en muchas casas todavía se escuchaban risas, música y el eco tardío de los cohetes de Año Nuevo, en la casa de la familia Santos Abarca la celebración se transformó en otra cosa. El silencio comenzó a ocupar cada espacio. 

Carlos Ernesto tenía 22 años. Esa mañana vestía un pants deportivo azul, una camiseta blanca, tenis café y llevaba una botella de agua. Les avisó a sus padres que iría a correr y salió. Nada distinto. Nada que anunciara una despedida. 

A las 7:30 de la noche, cuando la preocupación ya no cabía en la casa, sus padres caminaron hasta la delegación policial de la colonia Monserrat para denunciar la desaparición. Varias cuadras los separaban del lugar. Las recorrieron con la urgencia de quien busca respuestas. 

Según Eneida, algunos vecinos vieron a Carlos ejercitarse esa mañana en el parque Lito Barrientos, dentro de la misma colonia. Se trata de una zona que entonces contaba con presencia policial, soldados y cámaras de videovigilancia. 

“Ahí comienza nuestra tortura permanente”, dice. “La delegación no activó el protocolo. Dentro de las 21 diligencias inmediatas estaba hacer rastreos en los perímetros y no había ni una patrulla. Hasta la fecha no hay una respuesta efectiva, ni siquiera de la revisión de cámaras o bitácoras de llamadas. El Estado ha sido cómplice de la desaparición de Carlos Abarca porque me ha negado el derecho al acceso a la información, a la verdad y a la justicia”. 

La Fiscalía General de la República cuenta desde 2018 con el Protocolo de Acción Urgente de Búsqueda de Personas Desaparecidas, que ha sido elaborado por un Grupo Multidisciplinario tanto de la Fiscalía como del Ministerio de Seguridad, la Corte Suprema de Justicia, la Policía Nacional Civil, la Procuraduría para la Defensa de los Derechos y el Instituto de Medicina Legal.  

En este instrumento se establecen las 21 diligencias a seguir para ubicar a una persona que ha sido reportada como desaparecida. Estas diligencias van desde generar alertas tanto nacionales como internacionales para tener colaboración de búsqueda, realizar rastreos de campo, solicitar colaboración a otras instituciones nacionales, entre bomberos, instituciones médicas, de rescate, entre otras para localizar a la persona; entre otras diligencias. 

Eneida asegura que ella ha tenido que buscar los servicios de Cruz Azul y Verde para hacer rastreo de campo, a quienes les ha garantizado refrigerios e incentivos económicos por su propia cuenta de colaboraciones de amistades. 

En agosto de 2022, a ocho meses de la desaparición de Carlos Ernesto Santos Abarca, Eneida lanzó la campaña ¿Dónde está Carlos? Foto Vilma Laínez

Antes de 2022, la colonia Monserrat era conocida por la presencia de pandillas, debido a su cercanía con colonias como IVU, Dina, Dolores y Luz. Eneida recuerda que, antes de la desaparición de su hijo, había escuchado de al menos tres casos similares en la zona, todos vinculados —según se comentaba— a estructuras criminales. No era el caso de Carlos. 

En ese momento, él cursaba su segundo año de la carrera de Psicología en una universidad privada y estudiaba inglés. 

En 2022, el Comité Internacional de la Cruz Roja registró 692 casos de personas desaparecidas en El Salvador. En su  Balance Humanitario 2023, el organismo señaló que las cifras confirman que la desaparición sigue siendo una deuda pendiente del Estado salvadoreño. 

Cuatro años después, el 1 de enero de 2026, mientras San Salvador retomaba el ritmo tras las fiestas de Año Nuevo, Eneida y su hermana Ivette regresaron al centro histórico. Frente a la Catedral Metropolitana encendieron velas, colocaron la fotografía de Carlos y permanecieron allí en vigilia, acompañadas por el Colectivo de Derechos Humanos Herbert Anaya. 

Para ellas, la memoria también es una forma de resistencia frente al silencio. 

“Voy a continuar en cada semáforo, por todo El Salvador, pegando el rostro de mi hijo”, dice Eneida. “Y denunciando la disfuncionalidad del Estado salvadoreño”. 

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