Derechos de las mujeres

Ceshia Ubau:»Cuando una mujer cuenta la historia de otra, se rompe un encantamiento»

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A sus 27 años, Ceshia comparte su proceso creativo: la inspiración detrás de sus letras, la importancia de contar historias de mujeres, el poder sanador de la música en su vida y el impacto que ha tenido el exilio en su carrera desde que dejó Nicaragua en 2018. 

En abril de 2025, fue reconocida como Cantautora Centroamericana del Año en los Premios Música 503, además de recibir otros tres galardones en los Premios de Música de El Salvador. Su última visita al país fue en mayo, cuando presentó su canción Un bordado, un homenaje a Beatriz. 

El caso de Beatriz conmocionó a la región: el Estado salvadoreño le negó, en 2013, el acceso a una interrupción voluntaria del embarazo que ponía en riesgo su vida. Beatriz falleció en 2017, tras un accidente de tránsito y varias complicaciones de salud. 

En noviembre de 2024, Ceshia visitó a Delmy, la madre de Beatriz, y tuvo la corazonada de que la Corte Interamericana de Derechos Humanos fallaría a su favor. Un mes después, la CIDH declaró al Estado salvadoreño responsable por violencia obstétrica y múltiples violaciones a los derechos humanos en el caso Beatriz y otros vs. El Salvador. 

Un bordado es un canto que cuestiona cuánto ha avanzado realmente la región en garantizar el derecho a la vida de las mujeres. La música de Ceshia no solo se escucha: se siente, se recuerda y, muchas veces, sana. 

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¿En qué o en quiénes te inspirás para escribir las letras de tus canciones?  

El ser humano, en general, es mi más grande inspiración. También poder encontrarle la poesía a la cotidianidad es algo que me motiva mucho. Hablar de la realidad de Centroamérica como mi realidad y también tratar de visibilizar que lo que sucede en cualquier parte de esta región nos afecta directa o indirectamente, independientemente de donde estemos. O sea, lo que sucede en El Salvador afecta en Costa Rica y viceversa. Y lo que sucede en Nicaragua o Guatemala afecta a toda la región. 

De tus composiciones, ¿cuál es la que más te gusta? 

Depende de la época, de la etapa de mi vida en que esté. Ahorita es «Mujer salvaje». Me siento como una mujer salvaje. Hace varios años era «Declaración». Hace varios años atrás era «Las mujeres de mi tierra». Cambia según la etapa de la vida. 

¿Qué impacto tiene el exilio en tu carrera como cantante? 

El principal impacto es no volver. Ha sido bien extraño cómo lo he vivido, cómo me ha atravesado, porque desde que salí de Nicaragua estuve en modo sobrevivencia muchísimos años. Me dije: «Ok, tengo que seguir con mi música y tengo que ver cómo aportar a todo lo que está sucediendo desde la música». Y, obviamente, buscar mi propia estabilidad económica, emocional, mis propias redes.  

Tenía muy pocas redes cuando salí de Nicaragua. Hasta hace un par de años que sí lo logré y empecé a sentir (el exilio). Empecé a llorar por no volver a Nicaragua, después de seis años de haber salido, ahora ya tengo siete. Era de las personas que muy duramente decían: «¿Pero por qué siguen hablando de retorno?». Como que estaba muy bloqueada con eso, no veía que yo también quería volver, que yo también sueño con volver. Seguramente mi cerebro habrá dicho: «Mejor decimos que en definitiva no, y nos ponemos rígida y con ira de que no va a suceder. Y ya dejen de hablar de eso». Pero sí me he quebrado. Ya cuando me vi con un estatus migratorio regular, con un permiso laboral, me vi parte de un sistema, ya cuando todas esas cosas estuvieron acomodadas, como que mi cuerpo dijo: «Ahora sí, ya podés sentir el duelo».  

Ha sido un impacto muy doloroso, por supuesto. Y, sin ánimo de romantizar, tengo que decir que he aprendido a ser adulta en el exilio y a que, como nicaragüense y como región, tenemos que hacer un trabajo muy grande de cómo vivimos nuestra cultura política. He conocido gente increíble, que si no hubiera salido, no hubiera sucedido. También se ha ampliado mucho mi perspectiva de Centroamérica, de la región y del mundo en general. O sea, la perspectiva de las realidades y cómo vivimos conflictos que se han repetido. El impacto del exilio en mi vida ha sido ese saber. Ha sido muy doloroso, pero también me ha llevado a un camino de autoconocimiento muy profundo que continúo transitando. Y también con muchas ganas de buscar cuáles son esas palabras para romper este encantamiento de toda la región. O sea, ¿cómo lo rompemos?  

En todo este proceso que has vivido, ¿le has dedicado alguna canción a Nicaragua? 

Sí, «Sáname», una canción que es parte de mi segundo disco, «Luz». Una canción muy especial, porque mezclo el deseo de sanar en mi familia con el deseo de sanar al país. 

Creo que todo conflicto social es la puntita del iceberg de toda una estructura en nuestros subsistemas, en aquello que no compartimos en lo público. Y vuelvo a esta frase que me parece muy sabia: «Lo personal es político». Esas situaciones de abuso de poder, a las cuales quizás no nos damos cuenta, pero ya estamos acostumbradas, e incluso llegamos a ejercer en nuestra familia, en los trabajos y en las comunidades. Es cuando hasta que explota que empezamos a nombrarlo, pero ya estaba pasando. Y pasa precisamente porque hay silencio de por medio. Claro, es muy sencillo decir: «Todo esto es culpa de él o de ella, que está en el poder». Y lo es. Pero ¿qué tanto también tiene que ver conmigo? ¿Cómo esto va de la mano de cómo yo vivo también mi propia cultura política? ¿Cómo permito estas situaciones o soy parte de ellas en lo personal? «Sáname» habla de eso: sana en este país, sana mi casa, sana mi espíritu, quiero amarme hoy. Pienso cómo estas personas que tienen puestos de toma de decisiones muy importantes viven su amor propio y su autocuidado, no duermen tranquilos. No sé si ellos se dan cuenta de eso. 

¿Por qué es importante contar historias de mujeres en las letras de tus canciones?   

Las mujeres en el arte hemos estado encasilladas a que somos las intérpretes, las musas, las rompecorazones, las que traicionamos y queremos solo el dinero de los vaqueros (ríe). Y hay muchísimas mujeres creadoras, autoras, productoras, gestoras, estrategas. Cada vez que hay una mujer que cuenta la historia de otra mujer, creo que se rompe ese encantamiento de «Ay, ¡qué linda, ella que canta nada más!». Hacemos resistencia ante todo ese sistema. La escena musical es profundamente violenta, es muy patriarcal. He venido aprendiéndolo, ya me lo habían advertido, pero fue hasta que lo empecé a vivir que yo dije: «Sí, esto es intenso». Entonces, es un acto de resistencia muy grande, un acto también de posicionamiento, de amor propio. Siempre pienso y siento que si a una como autora, como artista le va bien, a todas nos va bien. No importa cuál sea tu género o tu enfoque artístico o musical, se abre el camino para todas. Es un efecto dominó muy lindo. Contar historia de mujeres es también nombrar lo que incomoda que se nombre, de todas las formas que lo hagas: desde la ira, la ternura o el humor. Siempre va a incomodar y hay que disfrutar de eso. Hay que disfrutar el incomodar.

¿Por qué es importante la música como instrumento de la lucha feminista? 

La música es un gran canal de comunicación, de los más poderosos. Ojalá todas las personas que estemos involucradas en la música tengamos acceso a formación, no artística precisamente, sino de marketing, porque hay personas que quieren agarrar la música como un títere. También tiene grandes herramientas terapéuticas. Dentro del feminismo, una de las más grandes luchas es la sanación personal y colectiva. Hay muchísimos procesos que son indispensables, entre ellos la responsabilidad que tomamos sobre nosotras mismas y sobre nuestras emociones. La música te da un espacio seguro para sentir, para ampliar la perspectiva de lo que te ha dolido, para nombrarlo, para ordenarlo y para hacer memoria de eso, porque hacemos memoria para que las cosas no se repitan.  

¿A qué te referís con sanación colectiva? 

Sanamos en comunidad, no precisamente tiene que ser un grupo de 20 personas en un lugar en específico. El hecho de que haya alguien que me esté escuchando de forma empática ya es muy sanador, y aporta a sentirme validada. Hay tantos estudios científicos, pero es algo ancestral el poder que tiene la comunidad en poder trascender situaciones muy dolorosas.  

En lo personal, ¿la música te ha ayudado a sanar?  

Totalmente. Son muchas cosas que me han ayudado a sanar desde la música. El poder escribir situaciones que he vivido y también cuestionarme cómo quiero comunicarlo públicamente y darle espacio a las emociones que yo esté sintiendo en ese momento. También cuando escribí «Las mujeres de mi tierra», yo sabía que a la gente le gustaba, pero me costaba mucho cantarla y me tomó años cantarla sin llorar. Ese ejercicio constante de cantarla y cantarla, y escucharme, una y otra vez, y pensar en mi abuela, porque es una canción para ella, también me fue regulando muchas cosas que había vivido. Dije: «Ok, me siento mucho mejor y ya no lloro cantándola, y no tiemblo tampoco». Ha sido un poquito terapia de exposición a través de las canciones, pero que sí me han llevado a defender lo que estoy presentando, defender mi historia, compartirla, buscar ahí la fuerza de algún lugar para pararme en un público y hablar de cosas muy sensibles. No sé cómo ha pasado, solo ha pasado.  

¿Nos podés comentar cómo surgió la canción «Un bordado»? 

«Un bordado» está dedicada a Beatriz y a su mamá, a su familia. Me gusta poder traer a colación el tema de los bordados, que ha estado en tantas culturas muy diversas y con un mensaje justamente de comunidad. Como una generación va haciendo parte del trabajo de otra generación. Conocí a doña Delmy el año pasado y pudimos compartir, conversar. Me decía que Beatriz había dejado muchos bordados pendientes. Me los enseñó y ella los había concluido. Cuando ella me dice «yo los terminé», yo tuve una corazonada de que no había forma de que la Corte IDH no fallara a favor de ella. Hay algo hasta espiritual en todo esto. Me conmovió mucho porque es lo que también ha sucedido con la lucha de Beatriz, que ha trascendido la región y el mundo. Mi intención con la canción es poder hacer un homenaje a eso y también a cuestionarnos. Dentro de todos los avances tecnológicos y los avances que creemos que tenemos, ¿qué tanto hemos avanzado en una región que priorice la vida de las mujeres y el acceso a los derechos de salud reproductiva y sexual? Me parece inaudito. Es importante llevar el caso de Beatriz a una obra artística para que sea parte de la memoria de esta región y de El Salvador. Era importante que quedara inmortalizado. 

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