Nombrar como acto de sanación

Vonne Lara | 25/09/2020

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A partir de la historia de su abuelo, Vonne Lara reflexiona sobre cómo las familias abordan temas aparentemente impronunciables y consiguen sanar. En este texto, nos invita a nombrar recuerdos dolorosos “como acto de sanación, no de sentencia”.

Un día mi abuelo se convirtió en dos. Estábamos comiendo en el apretado comedor de la abuela, algunos en banquitos, otros compartiendo silla —con nuestra clásica técnica “una nalga y una nalga”—, y alguien contó una anécdota dolorosísima sobre el patriarca de esa apelotonada y loca familia, pero que, a años de distancia y una larga recuperación, mostraba su lado risible e, incluso, bromear con el protagonista de aquella herida familiar. El abuelo, que por supuesto estaba en la cabecera del comedor y no compartía silla con nadie, se rió de buena gana y le dio un trago a su coca —su agua de uso—. Para mí, que estaba sentada en un banquito junto a mis primas, el abuelo se convirtió en dos, en el hombre cano, trabajador, dulce pero severo que yo conocía, y en aquel del que hablaron en la sobremesa: el hombre que azotaba platos de comida contra la pared con la ira de deslave propio de los seres atenazados por el alcoholismo.

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Suspicacia. Es lo que me causan los relatos sobre las abuelas y las madres. Como cuando cuentan que esas señoras son portadoras de sabiduría y ejemplos de vida. O que conocen los secretos del amor, la maternidad y del matrimonio. Al contrario del fervor que les profesan a esas mujeres, a mí lo que me nace es una suspicacia rancia. Lo digo con dolor, también con un poquito de vergüenza, porque no soy inmune a los mitos que rondan a las figuras de las madres y de las abuelas. Figuras romantizadas, desproporcionadas, que ya se han convertido en muchas cosas que no son, pero sobre todo porque se les ha atribuido otras que deberían ser.

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Además de lo que le pasó a mi imagen del abuelo, aquella anécdota fue una especie de lente que revelaba otros secretos familiares impronunciables. Entonces pude ver en ciertos tratos fríos de mi abuela hacia su esposo una veta de resentimiento; pude ver en la presumida historia de que mi madre y mis tías siempre han sido muy trabajadoras y responsables, la ausencia de su padre y los estragos de un vicio atroz. Pero también pude mirar los fuertísimos lazos que hay en mi familia, pues aunque el abuelo casi se extingue por su enfermedad e hirió casi de muerte al amor de su clan, ahí estábamos hechos bola, incómodos, con el afán de comer juntos, convirtiendo aquellos horrores pasados en risas, sanando. Cada familia sana como puede.

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La suspicacia que me nace por las madres y las abuelas no es por mi madre o mis abuelas. Sino hacia los arquetipos de las mismas. Por ese velo de mitificación con el que se observan sus procederes y sus historias. La figura de la madre que nunca se enferma, que no se cansa, que solo llora por los problemas y alegrías de sus hijos. La figura de la abuela guerrera que “sacó adelante” a diez hijos y un marido problemático no me causan devoción, me causa suspicacia, porque además de tener que haber pasado por todo eso —porque lo hicieron—, se les sigue tratando con una empatía tiránica. Es decir, con un supuesto entendimiento de sus historias pero a través de nuestros propios filtros y no de los suyos.

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Cuando murió mi abuelo sepultamos a sus dos acepciones, y quizá a tres versiones de él mismo: al final de sus días se convirtió en una memoria emborronada, en un cuerpo frágil y quebradizo que olvidó el nombre y los rostros de todo su familión, menos los de su esposa. Él, como muy pocos de su familia y de la de mi abuela, logró llegar a viejo, pues el alcoholismo es capaz de infectar árboles genealógicos enteros, devorarlos poco a poco, paciente, hasta convertirse en una condena, en una maldición ineludible —aunque no lo sea—. Mi abuelo en algún punto de su vida doblegó a aquel tirano que aventaba platos de comida —un doble agravio en una familia con tan poco— y dio paso al marido y padre trabajador poco cariñoso pero dadivoso, al aficionado al box, al cocinero exquisito, al abuelo que nos daba monedas relucientes cada domingo, nos traía platanitos dominicos cuando regresaba de trabajar y nos regalaba coquitas heladas.

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No basta ver con ojos románticos las batallas diarias de las abuelas o madres, hay que atrevernos a nombrar lo que les sucedió y traer a la mesa, además de fotografías, relatos y leyendas familiares, palabras dolorosas como: violencia, alcoholismo, machismo, abandono, abuso. No solo eso, creo que es más que válido también señalar esas actitudes hacia las propias madres y abuelas. Nombrar como acto de sanación y no de sentencia. Quizá así nos acercaríamos más a nuestras verdaderas madres y abuelas y solo entonces encontraríamos la sabiduría y los ejemplos de vida que se les confiere.

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