Así vive una mujer que protesta contra una maquila en pandemia

Marcela Trejo | 09/12/2020

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Concepción Cruz es una de las 113 mujeres que protestan contra Industrias Florenzi, la maquila que las despidió sin justificación. No es la primera vez que lidera una protesta contra una maquila. Pero sí es la primera vez que debe de hacerlo en medio de una crisis sanitaria como la de la pandemia por COVID-19.

Texto: Marcela Trejo

Ilustraciones por Maritza Ponciano

Ilustración por Yavheni de León

Cerca de la zona franca de San Bartolo, al este de San Salvador, una mujer de 55 años se despierta todos los días a las cuatro de la mañana. Se queda tumbada sobre su cama, la parte de abajo de un camarote, en una pequeña habitación que comparte con su hermana. En esta casa de dos habitaciones viven ellas dos con otro hermano. La mujer espera acostada a tener los ánimos suficientes para levantarse y comenzar con la rutina del día. 

Se asea, ordena la casa, prepara y empaca un trozo de queso y una botella con agua. A las siete de la mañana, sale por la puerta con su mascarilla puesta hacia la parada del autobús para esperar una de las dos rutas que debe tomar cada día. Tardará aproximadamente una hora en llegar a su destino. 

La mujer se llama Concepción Cruz. La llaman Conchi. Ya no va al trabajo. Esta mañana, igual que cada mañana desde hace 256 días, Conchi viaja a un campamento de protesta que levantó con otras 112 mujeres en contra de la empresa maquiladora para la que trabajaban. 

El campamento está en el municipio de Soyapango, a seis kilómetros de su casa. A mediados de marzo, la maquila Florenzi S.A. de C.V. suspendió los contratos de 210 trabajadores y trabajadoras sin justificación. Ella es miembro del Sindicato General de Costureras, una agrupación que forma parte de la Mesa Sindical de Trabajadoras y Trabajadores de la Maquila.


Ilustración por Maritza Ponciano

Conchi habla con soltura. Recuerda con memoria fotográfica fechas, nombres, y sucesos de los últimos meses.

El 21 de junio contrajo COVID-19. Su hermano la contagió a ella y a su hermana. Cuando quiso ir a consulta médica y hacerse una prueba, no pudo. La maquila donde trabajaba no había pagado su cotización al Seguro Social. Ir a un hospital público tampoco le parecía una opción porque el sistema nacional de salud estaba colapsado. Las salas de espera no daban abasto para la cantidad de personas que asistían a consultas médicas. La pandemia por COVID-19 solo vino a empeorar la situación crítica en que ya se encontraban los hospitales y unidades de salud. Conchi temía que su enfermedad se agravase en uno de esos centros y, en el peor de los casos, morir internada ahí. 

Estuvo ocho días enferma. Lo supo, porque comenzó a padecer de temperatura alta, dolor de huesos, sensación de presión en el pecho, tos, pérdida de apetito y de paladar. Durante dos días no pudo ni abrir lo ojos por el dolor. Su hermana, su hermano y ella tuvieron que mitigar los síntomas con remedios naturales. Aliviaron la fiebre con miel de abeja, jengibre, eucalipto, zacate de limón y té de manzanilla. Se cuidaron entre los tres. 

En esa semana, Conchi no dejó de comunicarse por WhatsApp con sus demás compañeras de la maquila. Algunas ya habían comenzado a sospechar que la empresa iba a cerrar definitivamente. Habían pasado ya tres meses en los que Florenzi S.A. de C.V. no les daba ninguna respuesta sobre su situación. Además, Roberto Pineda, el dueño de la maquila, falleció justo en esos días. 

Unos días después, el 1 de julio, la empresa les comunicó que no volverían a abrir. Recibieron un mensaje de WhatsApp de la encargada de recursos humanos. Sin tiempo que perder, Conchi, que todavía se recuperaba de los síntomas del COVID-19, y otras veinte mujeres se dirigieron a la maquila para hablar con sus superiores. 

Al llegar, la empresa en la que había trabajado durante diez años cosiendo retazos de tela, le ofreció a cambio de un pasivo laboral de 7 mil dólares una máquina de coser devaluada que costaría unos 75 dólares.

Desde diciembre de 2019 la empresa había dejado de pagar AFP (Administradoras de Fondo de Pensiones) y el Instituto Salvadoreño de Seguridad Social (ISSS). Cerraron operaciones en marzo y en julio despidieron a sus trabajadoras. 

Cuando las echaron, las trabajadoras presentaron una medida cautelar en un juzgado.  Hoy todavía esperan una respuesta. Las denuncias que plantearon en el Ministerio de Trabajo tampoco fueron atendidas. En una declaración pública, el Ministro de Trabajo, Rolando Castro, se desligó del proceso aduciendo que ahora ya se trataba de un caso judicial que no competía a sus funciones. 

Mientras no tengan una respuesta del juzgado, no se van a ir de la maquila. Ni por las noches. No la han abandonado cuando los policías han intentado desalojarlas, ni cuando el transporte colectivo se paralizó y la movilidad en las calles estuvo restringida por la pandemia. 

Desde julio no volvieron a saber nada más de sus empleadores.

***

Esta mañana Conchi está tumbada sobre su cama. Son las seis, pero lleva despierta desde las cuatro. Piensa en voz alta cómo será su día. Llegará al campamento, máximo, a las ocho y media de la mañana. Las mujeres de la protesta han recibido una donación de frijoles frescos de parte de algunas personas que se solidarizaron con su lucha. Con ellos harán sopa . 

—Hasta ahorita solo hasta ahí tenemos planificado, hasta el almuerzo. Anoche dejé algo de agua para lavar los trastes. Agarré agua llovida —dice y después calla. 

Hoy Conchi llega a las ocho y media al campamento. El campamento está ubicado en la acera frente a la maquila. Las mujeres se protegen del sol con un toldo que han conseguido por medio de algunos conocidos. Lo primero que hace es verificar que todo está en orden. Llega bien arreglada, aunque no tardó más de media hora en hacerlo. Se ha puesto pulseras, aretes y tiene su cabello colocho suelto y ordenado. Sus demás compañeras le comentan lo bien que se ve. Ella no responde. 

Supervisa a la cocinera designada. Normalmente, si tiene que preparar tortillas, las prepara. Si no, sale en busca de ramas caídas o trozos de madera desechados en los alrededores. Hay que mantener abastecida de suficiente leña la cocina donde preparan la comida. 

El resto de la tarde la pasará sentada en una silla de plástico, platicando con sus demás compañeras. Llamará a sus papás y conversará con ellos por una hora. Antes de irse, esperará la cena que vendrán a dejarles. Son cuatro platos de arroz con frijoles, crema, huevo, queso y pan que una de las empresas que utiliza las instalaciones de maquila para guardar material ha acordado darles. . 

Hoy también está pendiente de los turnos de las mujeres que pasarán la noche haciendo guardia en la protesta. Es ella quien organiza quiénes irán en cada grupo de vigilia. Procura que las personas se sientan cómodas con quienes se les asigna de compañeros, que no las dejen con quienes no simpatizan o no son amigas. 

Dice que con la gente nunca se puede quedar bien, pero lo intenta. Trata de respetar lo que las demás quieren o no quieren. Esto le ha creado roces con otras de las dirigentes del grupo, que a veces juzgan su conducta. Dicen que es permisiva, complaciente. Su respuesta es que, más bien, sabe leer las necesidades de las personas, las respeta, y las cuida. 

Conchi invierte la mayor parte de su presupuesto en la protesta. Gasta 50 centavos en el pasaje para llegar desde su casa. Cuando no hay agua en el campamento y tiene dinero, invierte cinco o diez dólares y compra botellas de agua potable. Ella no lo cuenta con resignación, sino con alivio. Cuidar de sus compañeras de protesta le ha permitido mantenerse ocupada en una situación crítica en El Salvador y  en su vida: en pandemia, sin trabajo y en resistencia. 

Ve esta manifestación pacífica como una forma de denunciar las injusticias que han vivido, con la tranquilidad de que las autoridades las van a respetar. De que no las van a agredir. Por eso se sintió decepcionada cuando tuvieron que organizar acciones de choque para llamar la atención de una empresa y de un Estado que las dejaron en el abandono. 

La primera vez que participó en la toma de una calle pasó mucho miedo, pero no veían otra opción. Fue el 10 de agosto. Llevaban cinco meses de protestas que no eran escuchadas. Cuando vio a los policías con armas en la mano se asustó. Algunos detectives que llegaron en las patrullas interrogan a las mujeres. Ellas los reconocieron por sus característicos pasamontañas. Conchi no sabe muy bien por qué las cuestionaron ni de parte de quién lo hicieron. Les preguntaron de dónde venían, quiénes eran. Respondieron sin saber cómo sería utilizada esa información.

Luego de esta protesta y solo en los últimos tres meses, Conchi ha formado parte de al menos seis tomas de calles. Su tarea es encargarse de que las personas cubran un perímetro de la vía suficiente como para que los automóviles no puedan circular sobre el tramo de calle tomado. También procura que las personas que sostienen las mantas se alternen para que puedan descansar. Sobre las lonas están pintadas consignas políticas, caricaturas del empresario al que denuncian y también del actual ministro de Trabajo, Rolando Castro. 

***

—A veces, muchas de nosotras en nuestras casas solo conseguimos para los pasajes. Es más difícil para las compañeras que tienen esposos porque no les dan dinero. Les dicen “¿qué vas a hacer? ¡A perder el tiempo vas!”. 

Para Conchi es decepcionante que los esposos de sus compañeras sean los primeros que desincentiven su lucha. Debería de ser más fácil para las que tienen una pareja llevar los gastos de la casa y hacer una protesta. Pero no es así. Para ellas es más complicado porque algunas no tienen ingresos o, si los tienen, sus compañeros los controlan. No es el caso de Conchi, pero eso no la excluye de tener dificultades económicas. 

Ella tiene un ingreso mensual de 50 dólares que proviene del alquiler de una casa que compró, a cuatro cuadras de donde vive. De esos 50 dólares, 25 debe utilizarlos para pagar un préstamo. El resto es para comprar comida.

***

El día de su primera toma, el tráfico del Bulevar del Ejército quedó paralizado por varias horas. Es una de las principales vías del Área Metropolitana de San Salvador y cualquier bloqueo genera embotellamientos que paralizan el tráfico hacia la ciudad. 

El ruido de los cláxones de los vehículos detenidos hacía eco por toda el área. A pesar de que la protesta está liderada y organizada por mujeres, esa mañana los policías solo le dirigían la palabra y le daban órdenes a los pocos hombres que forman parte de ella: “¿A qué hora van a terminar?” “¿Podrían mover de lugar ese carro que han dejado mal estacionado?” “¿Podrían decirles a las mujeres que sostienen las mantas que se aparten para dejar pasar a una ambulancia?”. 

En El Salvador, se suele asociar la organización y la participación política únicamente a los hombres. Pero las mujeres fueron parte de todos estos movimientos. Las que participaron en el movimiento antiimperialista; las sufragistas de la década de 1930, lideradas por Prudencia Ayala; las que colaboraron con el levantamiento campesino de 1932; las que formaron parte de la guerrilla y las que integraron los movimientos sindicales de la década de 1990. 

Así ocurre con la organización sindical de la que forma parte Conchi. Los sindicatos son agrupaciones de tradición de izquierdas. Su objetivo es señalar los abusos que cometen las empresas: denuncian a los patronos que incumplen sus derechos laborales y al Estado por no defenderlas.

Las mujeres que pertenecen a estos movimientos —cuyas figuras históricas de referencia y líderes suelen ser hombres— deben resistir también frente a la violencia que se ejerce contra ellas por ser mujeres. La primera, en el “espacio privado”: si no son madres, esposas ni se encargan de tareas domésticas, su rol social como mujer puede considerarse como fallido. 

Conchi no ha estado exenta de esta situación. En toda su vida, solamente ha tenido una pareja, a los 44 años. Nunca llegó a vivir en la misma casa, y tampoco logró quedar embarazada a pesar de que lo intentó.

— ¿De 44 años se acompañó? 

— No, él en su casa y yo en la mía —responde en un tono tajante. Tiene claro que conservar su propio espacio habitacional nunca fue negociable.

— ¿Nunca le ha gustado eso? 

—No. Intentamos acompañarnos, pero no me gustó eso de que me estén mandando. Eso de que «mirá, que no vas a salir para otra parte». Lo primero que me dijo fue: «Si te venís para la casa, no vas a ir a la iglesia, no vas a ir al sindicato». Y ahí sí no. —Cuando responde esto, cierra un poco los ojos y niega con la cabeza. Como si recordar esto la irritara, pero reconoce que era lo que tenía que hacer.

***

Conchi nació en un pueblo de San Vicente, un departamento al oriente de la capital. Creció en el campo. Tuvo que suspender su educación básica por el conflicto armado y solo llegó a cursar hasta sexto grado.

—La escuela la cerraron porque la guerrilla llegaba seguido —recuerda—. Nos sacaban de los salones, nos formaban y nos comenzaban a dar propaganda para que la leyéramos en frente de ellos. También sacaban los libros que estaban en los estantes y los quemaban en frente de nosotros.

Según la Encuesta de Hogares y Propósitos Múltiples de 2019, las mujeres en el rango de edad al que pertenece Conchi tienen un promedio de siete años de escolaridad. Esta generación es la que vivió sus veintes en medio del conflicto armado. 

Muchas personas como ella, originarias del área rural, tuvieron que migrar hacia San Salvador para huir de la guerra, de la pobreza, o de ambas. 

En la ciudad, en los ochenta, las oportunidades laborales para las personas que no habían completado el nivel de educación media se limitaban a los oficios como la albañilería o la carpintería —para los hombres—, y el trabajo del hogar o la costura para las mujeres. 

A los 21, Conchi aprendió corte y confección en un taller ubicado en la 25 avenida norte, una calle con importante actividad comercial. Ahí se ubica el Hospital Nacional Rosales, uno de mis más importantes de la red de salud pública del país. El trabajo consistía en pequeños encargos de costura: arreglar trajes, coser vestidos, hacer ruedos a las mangas de pantalones y camisas, confeccionar uniformes escolares. 

En el taller aprendió a utilizar una máquina de pedal. Se dedicó a hacer vestidos, por los que le pagaban cinco colones —84 centavos de dólar para la época—. Para poder ganar un poco más que eso, Conchi se quedaba después del turno con otras compañeras y terminaba hasta tres vestidos. Con eso, juntaba 15 colones —2.5 dólares—. Cuando la oscuridad ya no les dejaba coser, se llevaban el trabajo a sus casas, y ahí terminaban de arreglar detalles. Trabajó ahí cinco meses.

El plan de Conchi era aprender el oficio y conseguir un empleo asalariado con prestaciones de ley. La ilusionaba la posibilidad de conseguir una pensión. Escuchaba decir a la gente que, por trabajar algunos años, al jubilarse recibían una cuota mensual de ahorros. Por eso entró a la maquila.

Pero, serían las mismas maquilas las que sabotearían el pago de su pensión: ahora quiere jubilarse, pero debido a las irregularidades que han cometido sus empleadores a lo largo de los años, no ha podido. Dejaron de pagarles AFP y Seguro Social sin avisarles.

En 1991, con 26 años, entró en una empresa especializada en la decoración de telas. Ella tenía que bordar a máquina figuras de animales, sobre retazos de tela. 

Ahí consiguió esas prestaciones de ley que tanto buscaba: seguridad social y fondo de pensión.

Durante tres meses, la eficiencia de Conchi ganó la confianza de sus supervisoras. Si le encomendaban confeccionar hasta 25 piezas, ella lo hacía.

Las irregularidades que caracterizan a las maquilas no tardaron en aparecer. Según un estudio de 2015 publicado por la Universidad de El Salvador, es común que las maquilas abandonen El Salvador y no paguen a sus empleadas el pasivo laboral que corresponde. 

Con el pretexto de que la maquila debía trasladarse a otra parte de la ciudad, les dijeron a las empleadas que podían irse por una semana a descansar a sus casas. En esa semana, la empresa cerró y no volvió a contactar a las empleadas. Tampoco las indemnizaron por el tiempo que trabajaron. Ahí comenzaron a protestar. 

***

Da la impresión de que a Conchi la organización política se le da de forma espontánea. Desde la primera vez que trabajó en una maquila, decidió enfrentarse a sus empleadores. 

Tuvo que aprender a luchar de forma autodidacta. 

Cuando su hermana estudiaba bachillerato, Conchi le pedía prestadas las copias del Código de Trabajo y de la Constitución y estudiaba algunos artículos. Esto le sirvió cuando debió enfrentarse a la supervisora de la maquila donde trabajaba. La mujer no tuvo cómo defenderse cuando Conchi corrigió un artículo que ella, la supervisora, creía conocer bien. No esperaba que una trabajadora conociera sus derechos. 

La experiencia en esa primera maquila hizo que Conchi intuyera lo que estaba a punto de pasar en Florenzi S.A. de C.V.. La maquila iba a cerrar. Se lo confirmó el hecho de que le negaran pasar a la consulta que tenía programada con el coloproctólogo en el Instituto Salvadoreño de Seguridad Social. La empresa había dejado de pagar su cotización mensual desde diciembre. 

Cada vez que explica la motivación de su lucha, Conchi da la misma respuesta: no puede actuar de otra forma frente a las injusticias. Pareciera que su ánimo de lucha es producto de la herencia de la cultura política de la segunda mitad del siglo XX en El Salvador. Pero ella desafía esta correlación. No tiene familiares guerrilleros, ni militares. Su actitud frente a los conflictos y las injusticias viene de sus convicciones morales y de un gran sentido de curiosidad. Se unió al sindicato porque aprendió que la única forma de negociar y exigir a las empresas en este país era organizándose. 

En los días que Conchi trataba sus síntomas del COVID-19, se enteró del rumor de que algunas mujeres habían llegado a trabajar a Florenzi a pesar de las prohibiciones del gobierno. Nayib Bukele, el presidente de El Salvador, había decretado una cuarentena obligatoria que incluía el cese de toda actividad económica. A pesar de que no pudo comprobarlo, le causó desconfianza: ¿por qué a ellas las habían llamado para ir a trabajar y a las otras no? Hasta hoy, Conchi no lo sabe.

***

—¿Y usted siente que descansa, Conchi? 

—Fíjese que sí —contesta—.

—¿Qué hace en su tiempo libre? ¿Cómo descansa? 

—Aquí estoy. Llevo el listado de las personas que dan el dólar para pagarle a la compañera que recibe las notificaciones. En eso paso. O a veces, si hay espacio, ayudo con la cocina. 

—¿No hace actividades para relajarse aparte de cosas que tengan que ver con la organización de ahí?

—No, no hago nada más.

La protesta absorbe su rutina, sus pensamientos y también la forma como se siente. Preferiría regresar a su situación anterior, cuando trabajaba en la maquila, aunque está agradecida con todo lo que le ha tocado hacer.

Las mujeres buscan la forma de entretenerse. Ven películas en proyectores prestados. Conversan. Los viernes, asisten a talleres sobre educación sexual con enfoque de género, facilitados por la Organización Mujeres Salvadoreñas por la Paz, Ormusa.

***

Son principalmente Conchi y otra de sus compañeras, Nery Ramírez, quienes toman la palabra cuando deben de hablar por el grupo. Conchi tiene una voz potente que proyecta con fuerza. Habla con seguridad, tiene certeza de cómo fueron los hechos. Si no tiene clara una fecha o una evidencia fotográfica del caso, la busca o pregunta a sus demás compañeras.

Por la noche, cuando está de turno en la maquila, lleva a cabo su “rutina nocturna”: con tranquilidad recoge su colchoneta, la acomoda en la tarima y duerme. 

El primer día que les tocó pasar ahí la noche, solo aventó un trozo de cartón en el piso, se cubrió con una colcha y se quedó dormida. Amaneció con dolor en la cabeza por lo duro del suelo, pero se lamenta como si se tratase de cualquier contingencia, como del clima. No culpa a nadie. Tampoco se queja de no dormir si en su noche de turno llueve mucho y la estancia se inunda. Conchi no se queja. Hace.


*Este es un proyecto coordinado y apoyado por el Centro Cultural de España en Guatemala (CCE/G) en alianza estratégica con Agencia Ocote (Guatemala) -como coordinadora editorial-, ContraCorriente (Honduras) y Alharaca (El Salvador). La publicación de las tres crónicas se realiza entre el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, que se celebra el 25 de noviembre y durante los 16 días de activismo contra la violencia de género, Este proyecto cuenta además con el apoyo de los Centros Culturales de España en Tegucigalpa, Honduras y en El Salvador.

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