
Este proyecto nace del deseo de contar historias en primera persona, desde las voces de quienes las vivieron, para mantener vivo su legado y fortalecer la memoria colectiva de las comunidades diversas.
Busca recuperar y visibilizar las historias de personas LGTBIQ+ de El Salvador de 1990 a 2000, a través de videos documentales que revelan sus vivencias en contextos de exclusión y violencia.
El objetivo es reconstruir su cotidianidad, luchas y estrategias de supervivencia, reconociendo su papel en la memoria colectiva y la resistencia. La propuesta es ofrecer una mirada humana y digna, alejándose de enfoques tradicionales para promover una sociedad más empática, inclusiva y justa.
“Mi tono de voz siempre ha sido suave. Eso ya lo traía”
Paquito hojea un álbum de fotografías de infancia. Pasa las páginas con cuidado, como si tocara pedacitos de tiempo. “Veo esta foto y si no supiera que soy yo, diría: ay, qué niña tan linda”, dice entre risas suaves. “Mi tono de voz siempre ha sido suave, mis ademanes femeninos… eso ya lo traía”.
Francisco Isaac Guerrero —Paquito— creció rodeado de mujeres. Su madre, enfermera auxiliar, trabajaba largas jornadas, y su abuela, a quien llama “mamá”, fue su principal cuidadora. “Ella se convirtió para mí en mamá, no en abuela”, recuerda.
Durante su niñez, la ternura y la curiosidad convivían con un entorno rígido. En el colegio San José, un centro católico solo para varones, aprendió pronto que su forma de hablar o moverse llamaba la atención. “Entre 1987 y 1990 fue cuando empecé a sentir que era distinto”, cuenta.
Una profesora al verme con mi grupo de amigos gais me dijo: Qué vergüenza lo que usted ha caído, hijo. Y yo le respondí: Vergüenza no, son mis amigos, son
personas igual que yo.”
“El amor de madre no lo vas a perder”
La adolescencia trajo consigo preguntas y conflictos. Su madre, moldeada por una educación religiosa y patriarcal, intentó corregir lo que no entendía. “Ella viene de un régimen patriarcal, de guardar los sentimientos. Pero con el tiempo cambió. Hoy es mi red más grande de apoyo”, cuenta Paquito.
Un 24 de diciembre decidió hablar con ella. “Le dije: me gustan los hombres. Y ella me respondió: el amor de madre no lo vas a perder.”Ese gesto, tan simple como profundo, marcó el inicio de una nueva etapa.

“Valeria fue mi refugio”
En 1997 nació Valeria Altamirano, su nombre travesti, inspirado en Thalía. “Ella fue un referente. Su elegancia, su forma de estar. Siempre quise representar a una mujer fina, elegante. El tacón de aguja da porte, da clase”, describe con una sonrisa que mezcla orgullo y nostalgia.
Entre viernes y sábado nos reuníamos en el negocio del hermano de Mónica. Nos vestíamos, bailábamos. En nuestro grupo éramos: Verónica Lois, Cristina, Alejandra, Paola, Marcela y yo.”
Santa Ana, entonces, era una ciudad más pequeña y silenciosa. Pero en sus calles, en las gasolineras y los puntos de encuentro nocturnos, la comunidad travesti tejía su propia familia. “Ahí amanecíamos, ese era nuestro punto de encuentro. Siempre me gustó comportarme con educación. Si voy a representar a una mujer, decía, tengo que hacerlo con respeto.”

“Ahora que cuento mi historia, siento que va a quedar plasmado que Paquito existió”
El tiempo se llevó a muchas de sus compañeras. “Mónica Brigitte regresó a su pueblo y ahí falleció; Cristina cayó en las drogas y murió en San Miguel. De ese grupo quedamos: Verónica Lois, Alejandra, Paola y yo”, recuerda.
Hablar de ellas, nombrarlas, es su forma de honrarlas. “Ahora que cuento mi historia, siento que va a quedar plasmado que Paquito existió. Que las que vinieron antes, las de mi época y las que vienen en camino, sepan que hubo alguien que abrió camino.”


A la izquierda, Paquito en un desfile escolar, vestido de enfermero. A la derecha, celebrando uno de sus cumpleaños.
A sus 46 años, Paquito sigue activo en espacios comunitarios y de derechos humanos en Santa Ana. Participa en talleres, conversa con personas jóvenes, comparte su historia sin victimismo ni miedo. “He aprendido que la memoria también se construye desde lo cotidiano. Desde el respeto, desde el cariño”, dice, mientras vuelve a cerrar su álbum.
En cada fotografía hay un gesto, un brillo, una prueba de resistencia.
Paquito —niño, travesti, activista— ha hecho de su vida un archivo vivo del arcoíris.
Contar su historia es un acto de memoria y también una forma de seguir existiendo.
*Fotografías cortesía de Archivo de Memoria LGBTIQ de Occidente de Colectivo Pedrina.

