Opinión

La casa de las risas 

En este texto la autora hace un repaso de su infancia y cómo gracias a la inocencia propia de esa edad, ciertas situaciones pasaban inadvertidas. Además, es un retrato tierno de los mundos que se construyen entre dos hermanas pequeñas.

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Tengo el don de la nostalgia y por ello recuerdo todo con claridad, incluso los momentos que, a veces, me gustaría no tener tan presentes. Pero mi imaginación, mi mejor aliada, me hace darle color a los momentos que quizá fueron más oscuros. Esto siempre me pasa al recordar mi infancia. Cuando cuento anécdotas en las que siento voy a resaltar momentos maravillosos, noto en el rostro de mis escuchas una pequeña ráfaga de lástima, incluso con pena me responden que es triste saber que me sentía sola, pero yo nunca estuve sola. 

Mamá tenía solo una hora de comida en la que pasaba por mí y «A», mi hermana menor, a la escuela. Nos servía de comer, mientras una ponía la mesa y la otra iba por los faltantes a la tienda. Al terminar dejaba indicaciones de que debíamos hacer la tarea, nuestros deberes y quitarnos el uniforme. Respondíamos que sí sin repelar, éramos unas niñas bien portadas de ocho y doce años que no dábamos problemas a mamá, porque sabíamos que le preocupaba tener que volver al trabajo por varias horas más y dejarnos en casa. 

Pero, cuando mamá cerraba la puerta, no sabía que la casa se volvía nuestra. «A» y yo teníamos rutinas que nos dejaban sacarle el mayor provecho a la tarde. O al menos eso es lo que sentíamos.  

Hacíamos las labores de la casa entre las dos para acabar más rápido y una vez resuelto nuestro mayor problema comenzaba la diversión. La casa se convertía en un escenario con miles de escenografías. Un día éramos las presentadoras de chismes o las nuevas conductoras de Zapping Zone.1 Nos poníamos ropa colorida, nos peinábamos de forma extravagante y usábamos los peines como micrófonos.  

Otro día éramos las participantes de un espectáculo de talentos donde presentábamos bailes, cantos en dúo o talentos individuales, donde, causalmente, siempre ganábamos.  

Llegamos a ser críticas de películas o programas de televisión infantiles, en el que analizábamos cuáles estaban mejor hechos y cuáles no tenían que haber existido nunca. Repetíamos películas o series que nos daban confort cuando el día había sido demasiado pesado. 

A veces no queríamos ser las protagonistas porque era tedioso tener que recoger todo el tiradero que dejábamos con la ambientación de los shows, así que dejábamos que nuestras muñecas y peluches dieran vida a personajes de una telenovela, vieran traiciones y dramas, y alguna que otra pelea si teníamos la vibra pícara en el día. 

Fingíamos que nuestros peluches estaban tristes o que les había pasado algo incómodo en la escuela, para contarnos lo que estábamos sintiendo, e incluso los abrazábamos si se ponían emocionales al contar las historias, e intercambiábamos una mirada cómplice de saber que «realmente el changuito y la ranita en realidad no eran quienes hablaban». 

Destruíamos por completo la casa. Nuestro cuarto era un lienzo en blanco donde cada artículo era un potencial instrumento de diversión. Destruíamos cajas de zapatos para crear casas de muñecas o piscinas. Convertíamos las camas en las mansiones de más increíbles. Si «A» quería una casa de tres pisos para su ranita, yo le construía una de cuatro porque ella se impresionaba de que su hermana mayor tuviera esas habilidades y yo no podía decepcionarla. 

Existía un sinfín de actividades para entretenernos. A veces «A» estaba obsesionada con una canción o programa que le daba la creatividad de inventar nuevos juegos complejos con reglas y castigos para hacerlo más justo, según ella. Me convertía en experta de los juegos que no existían fuera de las paredes del cuarto. Aunque muchas veces no supiera qué era lo que estaba haciendo. 

Con nuestros vasos llenos de agua, alguna botana mordisqueada y el cuarto desordenado, pasábamos las tardes esperando que mamá y papá volvieran del trabajo. Pero nunca fue algo que nos pusiera triste o que nos hiciera sentir que éramos las niñas de una familia trabajadora que no podía pasar tiempo de calidad. 

O quizá es que yo estaba distraída, porque la risa de mi hermana era tan fuerte y su imaginación tan grande que llenaba esos vacíos que alguna vez pudimos llegar a sentir, que nunca me di cuenta de que estábamos solas en casa, porque ella era todo lo que necesitaba. 

Así que yo entiendo algo diferente cuando me preguntan por mi infancia, porque solo puedo pensar en las risas y las historias y me emociono al pensar en cómo esas niñas convirtieron una realidad en algo totalmente distinto a lo que se pretendía debía ser. Mi hermana a mi lado es una constante que sigue transformando mis días en felicidad y que me recuerda lo afortunada que soy de poder tener una cómplice que me ha acompañado en cada paso, con quien comparto los secretos y recuerdos de una infancia llena de momentos mágicos. 

Pero la memoria a veces es embustera y no trae al presente todos los momentos en que sentí que debía hacer o dar más que sólo una tarde de juegos que pudiera responder a las preguntas de a qué hora llegaban mamá y papá que a veces «A» hacía en llanto. O que la responsabilidad de sentir que debía darle otro tipo de ejemplo, otro tipo de cuidados u otro tipo de formas de aprovechar ese tiempo. Intentando llenar vacíos que no me correspondían, pero que a la vez no aceptaba también como propios.  

Pero no cambiaría la forma en que pasamos aquellos años de saber que, ante todo y contra todo, nos teníamos la una a la otra para ser el hogar que necesitábamos; no importando qué pasara en el día, siempre esperábamos con ansias las tardes para refugiarnos en nuestro mundo inventado, donde el exterior y su crueldad de ser las niñas que miraban extraño porque volvían solas a casa, pero siempre caminaban de la mano juntas. 


Arleth García  

Estado de México, 1997. Es periodista feminista y ensayista. Es maestrante en Comunicación por la Universidad Iberoamericana y ha publicado en medios como CIMAC NoticiasLa DesveladaDistintas LatitudesLa AntígonaMalvestida y Aristegui Noticias. Es cocreadora del podcast Periódicas e integrante de la Red LATAM de Jóvenes Periodistas y de la Red para la Diversidad en el Periodismo; así como educadora en sexualidad integral en Balance. Cree en el periodismo como un acto de memoria y resistencia. 


Este texto es resultado de la participación en el taller de escritura «El magma soy yo», impartido por Miroslava Rosales, quien además ha estado a cargo de la edición del dossier homónimo. 

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