Soluciones comunitarias

Emprender en código propio: historias de mujeres migrantes

La organización Migrantas en Chile ha hecho algo más que impartir clases: ha abierto puertas. Mujeres migrantes y refugiadas que atravesaron fronteras aprenden a convertir una idea en tienda virtual, un talento en servicio, una necesidad en oportunidad. Asoma el fantasma del retroceso en cuanto a los derechos de los migrantes en el país austral, pero a pesar de ello la red se fortalece.

1.3k

Llegaron con acentos caribeños a un país de gestos contenidos. Dayami, de Cuba; Yovi, de Colombia y Caribay, de Venezuela, empujadas por situaciones económicas complejas, habitan Chile con la incertidumbre como equipaje de mano. Se enfrentaron a un mercado laboral estrecho, y sin embargo, algo comenzó a moverse. Entre papeles de regularización aprendieron a habitar otra frontera. Trazaron su propio código no solo para sostenerse; también para existir. Y en ese proceso las acompaña la organización social Migrantas.

Fue cofundada en 2022 por Catalina Bosch, de madre chilena y padre cubano; y por Vanessa González, de Guatire, Venezuela. Ambas se conocieron en la Coordinadora Nacional de Inmigrantes. Vanessa fue presidenta y Catalina, vocera. Al terminar sus periodos decidieron iniciar un proyecto juntas. Sus experiencias, aunque diferentes, se complementaban.

La alianza funcionó. Pasó poco tiempo y lograron conseguir recursos para emprender proyectos tanto en Santiago como en Valparaíso. Hasta el momento Migrantas ha realizado tres encuentros nacionales y acumula historias de por lo menos 400 mujeres que se han desplazado de países como Venezuela, Colombia, Cuba, Argentina y Haití. 

Mentoría en línea

El sol quema en Illapel, en la región de Coquimbo, a 283 km al norte de Santiago. Para llegar a la casa de Dayami Alea hay que tomar un colectivo desde el terminal. El recorrido termina donde empieza un camino que lleva directo a su puerta. El valle está rodeado de cerros pelados. Desde aquí, Dayami ha construido un emprendimiento que existe, sobre todo, en una pantalla. 

“Este es un pueblo silencioso”, dice mientras se acomoda los lentes de sol sobre la cabeza. Dayami, originaria de Pinar del Río, Cuba, es madre de una niña de 5 años y de un adolescente de 15. Tiene el cabello frondoso, de un marrón oscuro que resalta su energía. Aunque llegó a Chile hace casi una década, conserva su acento intacto. Migrar le ha dado algo más esencial para su vida: pasión por la tecnología. 

Y eso se nota. En un espacio de su sala ha improvisado una oficina con el lema grabado en la pared: “Sé tu propia heroína”, el nombre de su emprendimiento y a la vez, su mantra personal. Dayami dice que es psicóloga de profesión, sin embargo, no ha podido convalidar su título para ejercer en Chile.

En la pandemia, cuando su hija tenía solo seis meses de edad y no podía salir de casa, comenzó a trabajar en su marca personal. “Me sentía estancada profesionalmente y dependiente de mi pareja. Necesitaba hacer algo que me permitiera desarrollarme”, explica. Así fue como empezó otro viaje con el verbo emprender. 

Dayami pasó de ser una persona a quien la cámara le intimidaba a convertirse en una creadora de contenido que no solo habla frente a un lente, sino que edita reels en CapCut, diseña páginas y lanza transmisiones en vivo. Su nicho de audiencia son mujeres que buscan superar vínculos amorosos con hombres de perfiles narcisistas. Un tema complejo que Dayami conoce, además, por su experiencia de vida.

El motor para digitalizarse fue su hija. “Necesitaba trabajar en algo que me permitiera estar presente en su vida”, dice. “Tengo tiempo para llevarla al colegio”, añade.

Aunque incipiente, su emprendimiento ‘Sé tu propia heroína’ tiene potencial de crecimiento. Por el momento ha logrado ingresos haciendo mentoría a dos mujeres migrantes que, como ella, viven en Estados Unidos. Y como sabe editar y hacer reels, gestiona las cuentas de Instagram del gimnasio al que asiste, así como la del club de fútbol de su hijo.

Dayami cuenta que intentó convalidar la profesión, pero sabía que era complejo. Además tenía una prioridad más grande, traer a su hijo mayor que se había quedado en Cuba. Homologar el título en Chile es uno de los grandes desafíos que enfrentan las mujeres migrantes. Datos de la Fundación para la Promoción y Desarrollo de la Mujer, PRODEMU, referencian que el 18% tiene educación universitaria completa, sin embargo, las barreras del sistema han impedido que el 80% pueda convalidar su profesión. 

“La realidad de muchas mujeres es que cuando llegan a Chile tienen que dedicarse a algo completamente distinto”, dice Vanessa González, psicóloga social y cofundadora de Migrantas. “Por lo que un camino para consolidar sus emprendimientos es el espacio digital”. Vanessa es quien dicta los talleres de emprendimiento y marketing digital. Empezaron en 2024 y la convocatoria despertó gran interés. Para Dayami, esta iniciativa convirtió la tecnología en una herramienta de vida.

“Cuando empecé ni siquiera sabía abrir un zoom o manejar Instagram. Vengo de un país donde el Internet casi no existía. Con mi negocio aprendí a hacer llamadas online, a gestionar citas, usar WhatsApp Business”, relata Dayami. Los talleres de Migrantas contribuyeron a ese aprendizaje. “Ahí fue la primera vez que use Canva”.

Admite que el camino para familiarizarse con las herramientas a veces resulta “frustrante” porque “tienes que aprender muchas cosas y sientes que no sabes”. Partió de cero. Postuló a fondos del gobierno de Chile e invirtió el dinero otorgado para equipar su oficina. Compró un escritorio, un equipo de podcasting y recientemente adquirió un plasma que ocupa la mitad de la pared de su sala. Sin embargo, la realidad para muchas mujeres en Chile es otra.

“La mayoría de migrantes trabajan en servicio doméstico, como personal de aseo en empresas o instituciones. En restaurantes, bares, cafés, o en el cuidado de infancias y ancianos. Son nichos específicos que tienen que ver con los cuidados, a veces son trabajos temporales y con bajo sueldo”, explica Caterine Galaz, científica social de la Universidad de Chile.

Dayami ha podido sortear esa realidad con ayuda de su familia, especialmente del papá de su hija. “Aunque fue un proceso que tomó su tiempo. Antes no entendía qué tanto hacía en el computador”, dice.

En su canal de Youtube figuran las 40 sesiones en vivo que ha emitido como parte de su programa “Confesiones: lo que las mujeres no cuentan”.  Ahora planea darle otro enfoque a su negocio, uno que la ayude a llegar a mujeres con más poder adquisitivo.

“Cuando una emigra no conoce nada de ese otro país: las reglas, las costumbres ni mucho menos los beneficios a los que puedes acceder. Por eso, tejer redes como lo hace Migrantas es algo maravilloso. Es lo mejor que nos puede pasar”, sostiene.

Erotismo sin medidas

A Yohana Polo la salvó emocionalmente la red de Migrantas. Pasó de la soledad y la exclusión a sentirse parte de un espacio colectivo, así lo relata ella. 

Sentada en el sofá de su casa ubicada en la comuna de El Bosque, al sur de Santiago, ‘Yovi’, como la conocen, gestiona su emprendimiento. Para la ocasión ha colocado tres maniquís con figuras femeninas. Las ha vestido con lencería de colores rojo y negro. Con esa mercadería hizo realidad un largo anhelo y cumplió una meta personal.

“Yo siempre tuve el sueño de abrir mi propio sexshop, pero en mi ciudad hay mucho tabú”, dice esta mujer de 39 años, natural de Cartagena, caribe colombiano. 

Hace calor en verano y Yovi proyecta frescura. Su cabello corto y ondulado, definido por la crema de peinar, enmarca un rostro jovial. Luce un vestido verde que resalta su sensualidad, una que lleva con orgullo. Se mueve con la confianza de quien conoce su cuerpo y lo celebra sin pedir permiso.

“Me gustaba la idea de ayudar a otras mujeres. Como no pude terminar Psicología por falta de dinero, me pregunté qué más podía hacer”, recuerda. Esa pregunta encontró respuesta en mayo del 2025. Con cien mil pesos de inversión y mucha determinación Yovi compró un primer stock de lencería y fundó ‘Musas Yovisex’.

Pero su negocio no nació para encajar en la belleza hegemónica: “soy de talla grande”, dice. Sabe que la confianza es un territorio que, en principio, se conquista frente al espejo. Fue su propia modelo y puso su cuerpo en el centro de la marca. “Resulta que me veía bien. Me veía bonita”, dice con una chispa en los ojos. Pensó que, si ella podía verse así de poderosa, otras también podían.

Sus redes sociales son hoy un catálogo de resistencia y deseo. En TikTok, su comunidad es de 351 seguidores. Yovi prioriza el vínculo de confianza: atiende pedidos de mujeres, tanto chilenas como migrantes. Con los hombres, dice, marca una distancia para evitar que su mensaje sea malinterpretado.

En el perfil ‘Musas Yovisex’, aparece ella sobre la cama vistiendo batas de satín o conjuntos de encaje que desafían los moldes tradicionales. Sus publicaciones no son simples anuncios; son cartas dedicadas a su comunidad, a quienes llama con devoción sus “musas” y sus “dioses”.

La logística de su negocio cabe en un teléfono: gestiona pedidos por WhatsApp Business y directamente acude a los puntos de encuentro para las entregas. Esta autonomía digital le permite criar a su hijo de cinco años sin los horarios rígidos de un empleo convencional. 

Pero el camino hacia la autogestión fue cuesta arriba. Cuando llegó a Santiago, impulsada por el padre de su bebé y sin documentos, se ganó la vida haciendo aseo en la casa de su vecina. Es que las condiciones migratorias en Chile son duras. Para acceder a un Rol Único Tributario (RUT) y ser beneficiaria de servicios sociales y permiso laboral, es necesario cumplir con ciertos requisitos indispensables y ella en principio no los cumplía.

“Ya no es posible cambiar la visa de turista a trabajador estando en Chile”, explica Galaz. La académica señala que la norma exige que el permiso se tramite en el país de origen y que se cuente con un contrato previo al ingreso a territorio chileno. Para la población migrante esto significa quedar atrapados en un limbo donde “debes volver a tu país para acceder a un permiso”, una opción imposible para quienes huyen de crisis profundas.

El anhelo por una regularización no se ha concretado. En junio del 2023 el gobierno del entonces presidente Gabriel Boric, puso en marcha el plan de empadronamiento biométrico para identificar a las personas migrantes que habían ingresado al país por pasos no habilitados hasta el 30 de mayo del 2023. Miles tuvieron la expectativa de poder regularizar su situación migratoria a través de este programa, pero las esperanzas cayeron en saco roto.

“Estas personas se presentaron voluntariamente al Estado para ser registradas. Eso implicaba hacer una autodenuncia de ingreso irregular, dar información demográfica y localización. Junto a académicas y más de cien organizaciones migrantes, hicimos una petición con más de cinco mil firmas pidiendo a la Presidencia que lograra la regularización antes de que asumiera el nuevo gobierno, pero nos dieron un portazo en la cara”, explica Fernanda Stang, del  Centro de Investigación en Ciencias Sociales y Juventud de la Universidad Católica Silva Henríquez.

La espera por la cédula y una depresión postparto terminaron por drenar emocionalmente a Yovi. Exhausta, regresó a Colombia por cinco meses para buscar refugio en su familia. “Mi mamá se puso a llorar cuando me vio. Estaba muy flaca, no era la de antes”, recuerda. En Chile, la xenofobia y los juicios por su forma de hablar o de moverse eran constantes. Incluso en su círculo íntimo sus formas siempre eran reprendidas: “El papá de mi hijo siempre me decía ‘no me grites’, y yo le explicaba que no gritaba, que así hablo yo”.

Antes de fundar Musas Yovisex’, intentó solventar sus gastos ofreciendo masajes, depilaciones y hasta abrió una pizzería en sociedad con una antigua pareja. Eran esfuerzos individuales en un entorno hostil, hasta que llegó a Migrantas. Allí la red de mujeres fue su refugio emocional. 

“Me pegué con ‘La Cata’ y ahí desahogaba mi vida”. Se refiere a Catalina Bosch, cofundadora de Migrantas. En esa complicidad volvió a verse a sí misma. “Ella me decía: ‘dale pa’lante, que todas cargamos con una cruz’”. Esa conexión la impulsó a integrarse a las ferias y asistir a los talleres de redes sociales. “Me comenzaron a incluir, me tenían en cuenta. Yo también hacía reuniones en mi casa, me sentí acompañada”, dice. 

El apoyo de la red transformó su vida. Yovi volvió a ser la mujer sonriente que cocina y dispara ideas de negocio una tras otra. Su herramienta principal de negocio es su teléfono de alta gama. En su cuenta de TikTok gestiona su emprendimiento como toda una estratega digital: elige la imagen de un gel potenciador con sabor a miel, sincroniza el audio en tendencia que anuncia que llega nueva mercadería y, antes de lanzar el post al algoritmo, escribe su sello personal: “Miel para mis Musas y Dioses”, entre hashtags y emojis.

Su catálogo en redes sociales desafía las formas conservadoras. Vende desde lencería y accesorios íntimos hasta dispositivos vibradores que promociona con un enfoque pedagógico: “para darse placer solitas” o “para fortalecer el piso pélvico”. Cada publicación es un acto de amor a su comunidad y un ecosistema donde construye identidad: “Ahora soy conocida como Musa”, dice con orgullo. “Ya ni siquiera me dicen mi nombre”.

Postres que saben a independencia

Caribay Luna hizo un viaje de ocho días en bus, desde Barquisimeto, Venezuela con sus dos hijos. En 2015 atravesó más de 4800 kilómetros para empezar una nueva vida con Andrés Davis, que en ese entonces tenía cinco años y Abraham, un año. Si quería trabajar no tenía con quién dejar al más pequeño cuando se instaló en Valparaíso.

“No podía tomar ningún trabajo debido a los horarios. Tenía que recoger a Abraham al jardín todos los días a la una y media de la tarde. Tampoco estaba la opción de trabajar unas tres o cuatro horas al día. Ahí empecé a preguntarme qué podía hacer”, cuenta. 

La variable de la empleabilidad es crucial para la población migrante, especialmente para las mujeres. Al cierre del 2023, según cifras del Servicio Nacional de Migraciones (SERMIG) y del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), la población extranjera en Chile asciende a un millón 900 mil personas, lo que equivale a aproximadamente 8.8% de la población total censada. 

La inserción laboral sigue favoreciendo a los hombres. Los datos del primer semestre de 2025 revelan que por cada 100 mujeres que logran un permiso para trabajar de forma remunerada, 127 hombres obtienen el suyo. El mercado laboral, incluso en los papeles, sigue teniendo un sesgo masculino.

“Como mujeres migrantes muchas de nosotras no estamos en situación de regularidad. Por lo tanto, no podemos trabajar en empleos específicos, pero en el espacio digital, cuando somos freelance, eso carece de importancia”, explica Vanessa Gonzáles y añade. “Tampoco debemos estar dentro de Chile para ofrecer nuestros servicios y saberes”.

Con la idea de no depender de un horario en una oficina, Caribay dio vida a ‘Postres Caribay’. Su negocio proyecta identidad. Ella es una mujer dulce, de gestos gráciles y una melena larga y ondulada. Habla de su trabajo con gran generosidad, respondiendo cada pregunta con lujo de detalles. Es consciente de que a veces se exige mucho, pero esa misma exigencia fue lo que la llevó a aventurarse en la repostería.

“Empecé a aprender, a hacer pruebas, salía a la calle para ofrecerle a la gente, pedía opiniones. Así se pasó todo un año”, cuenta. Tras ensayos y errores logró dar con la fórmula ideal para preparar quesillo, un postre tradicional de su tierra. Con confianza y disciplina aprendió también las recetas del mousse de maracuyá, el tiramisú, la torta tres leche; y las marquesas, otra exquisitez de Venezuela.

Con el tiempo montó el negocio en su departamento en Valparaíso, donde vive con su familia. Durante la entrevista está trabajando. Sobre un mesón metálico impecable coloca una balanza para pesar la harina y el polvo de hornear que mezcla en la batidora industrial añadiendo huevos, vainilla y colorante. Prepara galletas con forma de corazón para la fiesta de San Valentín. La mezcla la pone sobre un papel mantequilla y lleva la bandeja al horno.

Mientras las galletas se hornean, el negocio continúa en otro lado: en la pantalla de su computador. En el living comienza la gestión. En tablas de Excel organiza gastos y presupuestos. En Google Drive almacena los documentos de sus talleres. Y desde su smartwatch, se mantiene al tanto de las notificaciones de sus redes sociales.

Las asesorías de Migrantas fueron clave. “Nos enseñaron a usar Canva, también cómo diseñar un logo y elegir un nombre para tu negocio”, explica. 

El caso de Caribay demuestra que la red funciona. Supo de los talleres de Migrantas a través de otra organización, ‘Mamitas Migrantes’, de la cual hoy es su presidenta.

Para Catalina Bosch, Migrantas es un espacio que no solo aborda las necesidades de las mujeres, sino también sus propuestas. “Construimos desde un enfoque de género, intercultural y de derechos humanos. Cruzar esas miradas no es nada simple. Nuestro desafío era construir un prisma muy interseccional que nos permita trabajar la movilidad humana, considerando esas variables”, dice.

Caribay dice que abrió su perfil de redes sociales porque cuando salía a vender, le preguntaban: “¿Y cómo te sigo en Instagram?”. 

Ahora enfrenta dos desafíos mayores tanto en lo físico como en lo digital: conseguir que la Secretaría Regional Ministerial (SEREMI) le otorgue una licencia de funcionamiento y crear una página web para su negocio.

“Lo que sucede en la vida se traduce al espacio digital y viceversa”, asegura Vanessa, de Migrantas. “Entender nuestras condiciones de movilidad es aprovechar las oportunidades y generar conexiones en ambos ecosistemas”. Y añade que la organización es consciente de la importancia de profesionalizarse, por eso empezó un taller de programación para montar páginas web. El curso tan solo duró seis meses. La brecha de digitalización es todavía muy amplia. 

*************

A las tres historias se sobreponen contextos aún más difíciles. En enero del 2026, Migrantas sostuvo su primera reunión en el parque Inés de Suárez en Santiago. Hubo lágrimas, tensión pero también mucha resistencia. Saben que el discurso antiinmigrante ha calado profundamente en la sociedad chilena. La administración del presidente José Antonio Kast ha avanzado en la construcción de una zanja en las fronteras de Perú y Bolivia. El objetivo es bloquear el paso de los “sin papeles”.

“Nos genera mucha preocupación, angustia y temor. No solo por las comunidades o las personas que van a sufrir atropellos, sino también por la integridad de las defensoras de derechos de los migrantes”, dice Catalina Bosch, quién viaja a su pasado para contar que llegó a Chile en 1990 como parte del programa que ACNUR emprendió para repatriar a quienes se exiliaron durante la dictadura. Carga con una larga historia de migración y activismo en su familia. Sus bisabuelos emigraron de Europa a América Latina, pero la figura central en su árbol genealógico es su abuelo, el político y escritor Juan Bosch, que fue presidente de República Dominicana por un breve tiempo y fue derrocado. A partir de ello lideró la oposición contra la dictadura de Trujillo desde el exilio.

Vanessa, su socia, piensa en el futuro. “Hay un discurso nacionalista muy negativo y peligroso. Sabemos que eso lleva a tendencias jerárquicas y racistas, pero estamos pensando en rutas de abordaje. Seguiremos construyendo comunidad colocando los cuidados en el centro”, sostiene. Y lo hace porque “Chile es como mi segunda vida”, dice.

Testigos de ese trabajo son Dayami, Caribay y Yovi, que descubrieron en Migrantas un campo de resistencia que les confirma que no están solas.

Artículos relacionados

Medio ambienteSoluciones comunitarias

Sembradoras en el asfalto: cultivar futuro en los márgenes de Buenos Aires

Entre la Reserva Ecológica Costanera Sur y los rascacielos de Puerto Madero,...

Soluciones comunitarias

Mujeres de barro Ngiwa: Memoria y resistencia

La tierra, identidad y memoria de las mujeres artesanas de un pueblo...

LGBTIQA+Soluciones comunitarias

Mocha Celis: un bachillerato travesti trans que abraza a todo el mundo

Hace 15 años abrió sus puertas el Bachillerato Popular Mocha Celis, el...

Soluciones comunitarias

Mediatón 2026: ¡convocatoria abierta!  

Pronto viene la nueva edición de la Mediatón: "Más vida, menos bytes:...