Opinión

De su contractura cervical, brota un nuevo corazón 

Un relato íntimo sobre bipolaridad, maternidad y memoria familiar. Rocío Bolaños explora el trauma intergeneracional y la salud mental desde la relación madre e hija.

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Cuando, por fin, se animó a contarle a su madre que la psiquiatra le había diagnosticado síndrome bipolar tipo 2, sintió que las palabras se le aflojaban sobre las yemas de los dedos. Le costó apretar «enviar». Minutos después, la respuesta llegó por WhatsApp, con letras verdes sobre fondo blanco: 

«Sí, a lo largo de tu vida te has saboteado los neurotransmisores con la falta de sueño, los excesos de bebida, la mala alimentación y tantos desórdenes… Lo importante es que ya comprendiste qué y por qué te ha pasado. Ahora hay que tratar de corregir lo que se deba. Lo mejor es que vivas tranquila, equilibrada.» 

El mensaje, breve y contundente, cayó sobre ella como un relámpago, directo a heridas que todavía no terminaban de cerrarse. Sintió el vórtice en las manos, como cuando era niña y algo se rompía en la casa y todos contenían la respiración. 

En el curso de los años, las sensaciones en la garganta y el estómago, en situaciones de gran incertidumbre, son iguales, como cada vez que parecía que su madre era poseída por una fuerza sin aviso. La escena vuelve completa: aquella noche de viernes, el olor agrio del alcohol impregnado en la ropa de su padre, la espera para ir a cenar pupusas, el hambre mezclada con ilusión. Y luego, de repente, el torbellino. La mujer tirándosele encima al hombre, como si de pronto todo en ella ardiera. La niña, paralizada, observando cómo la madre agarraba cuchillos, tijeras, platos. Todo terminaba roto. Y los días siguientes también. 

A veces piensa que la Virgen de madera colgada en la pared debía haber visto más de lo que cualquier niña podía nombrar. Ese día, ella y su hermano rezaron de rodillas frente al muro, sin saber si pedían protección o silencio. 

Pero la memoria nunca es tan simple. Junto al miedo también regresan los momentos de alivio. Los sábados por la mañana, la madre encendía el televisor voluminoso, el de las perillas a los lados, para que, mientras hacía oficio, los niños bailaran al ritmo de Juan Luis Guerra 4.40. El piso frío bajo los pies, la música subiendo como espuma. Algunas veces preparaba carne asada con chirmol, tortillas recién hechas de la tienda de la esquina, gaseosa helada en envase de vidrio. Por las tardes, iban a los deslizaderos de Metrosur, como si los cuerpos en movimiento pudieran lavar las tensiones del día anterior. Y cuando el fin de semana había terminado en pleito, salían a comprar una hamburguesa, doble queso, sin salsas, y regresaban con un juguetito para el niño y con pósters de Ricky Martin para ella, que fueron ocupando las paredes del cuarto donde dormía, pegado a la cochera donde el padre hacía fiestas. 

Así transcurrieron los años: un péndulo entre el alboroto y el derrumbe. Entre la carcajada alta y el portazo. Entre la carne asada y los platos rotos. Entre la protección y el miedo. 

No sabía, entonces, que el drama crecería sin avisar y sin medida. Hasta que, un día, mientras conducía con demasiada velocidad por la cuesta de la calle San Antonio, la madre dijo con la voz quebrada: 

«Me dan ganas de matarme, de estrellarme contra el muro». 

La niña no olvidó jamás esas palabras. Y aún de adulta, sin aviso, se apoderan de ella mientras maneja, después de diagnósticos, psiquiatras, crisis silenciosas y madrugadas en vela, se sorprende preguntándose qué habría pasado si alguien hubiera hablado. Pero, en su casa, no se hablaba. No se nombraba. No se reconocía el temblor de nadie. Se seguía adelante como se pudiera, con la vergüenza hecha costumbre. 

Con el tiempo, la figura de la madre se convirtió para ella en una especie de vacío poderoso, un hueco que no devora, pero al que una regresa a mirar hasta encontrar cierto placer en ese desmadre doméstico que antes la paralizaba. De adulta entendió algo que de niña no podía: que su madre había sido también una mujer atrapada entre sombras, expectativas, silencios y en un país que no sabía, y aún no sabe, ponerle nombre a los dolores de las mujeres. 

Porque es cierto, ella tiene un buen corazón. Se hace cargo del cosmos familiar con un instinto feroz, casi animal, de no rendirse. Repite siempre: «Uno nunca se equivoca si hace el bien. Todos podemos necesitar de cualquiera, hasta de las hormigas». A su modo, se entrega completa. De su contractura cervical, brota un nuevo corazón. Su forma de amar es pagar el precio más alto: entregar su independencia para que sus hijos puedan tener la propia. La hija —la de hoy— lo sabe, aunque le duela. 

Ahora que todos son adultos, ha descubierto que la madre encuentra en la inteligencia artificial una manera más sencilla de decir lo que siente, como si al fin hubiera una grieta segura por donde se asoma lo emocional sin que se quiebre nada. Se acostumbró a no mostrarse sensible; necesitó mantener ese pedestal que ella misma construyó para no volver a caer en la penumbra. 

La hija, por su parte, quisiera ser tan fuerte como la madre. Pero terminó siendo otra cosa: un agujero sensible. Se despierta con el corazón triste, baila estremecida de nostalgia a ciertas horas; y cuando llega la noche, vaciada por la luz, siente el tirón de su propia locura. A veces piensa que su diagnóstico solo puso nombre a un eco que venía de lejos. 

Y ahora, cuando por fin las cuentas cuadran —las suyas, las de la madre, las de las generaciones que crecieron sin palabras— ambas reconocen, aunque sea en silencio, que lo que las une no es solo la sangre: es esa forma invisible en que se les mete, de la misma manera, el frío en el cuerpo. 


Rocío Bolaños 

Nació en El Salvador y reside en Italia desde 2009. Traductora, poeta y profesora de inglés y español. Actualmente es redactora de la sección «Evohé» de L’Indiependente. Ha colaborado con Laboratori Poesia, en la sección de traducción «L’Arte del Quasi», y es fundadora de FormArti, asociación cultural y editorial dedicada a la difusión de la poesía hispanohablante y anglófona en Italia y de la poesía italiana en el extranjero. Organiza festivales de poesía, ciclos de encuentros literarios, grupos de lectura en lengua extranjera y otros eventos culturales. Es autora de las colecciones La vida incierta / Vita incerta (2022; Chiare Voci, 2024) y Oltre al colle (Chiare Voci, 2025). 


Este texto es resultado de la participación en el taller de escritura «El magma soy yo», impartido por Miroslava Rosales, quien además ha estado a cargo de la edición del dossier homónimo.

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